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IX

Autor: Daimé
last update Fecha de publicación: 2026-01-17 12:56:48

Ante el cuerpo desequilibrado de la reina, lo único que quedaba por hacer era fortalecer su resistencia física. La pasión y la resiliencia ya estaban incorporadas en ella desde hacía tiempo, forjadas por la pérdida, la responsabilidad y el peso de la corona. La motivación era conocida por todos los presentes: el bienestar y el pronto retorno de Thomas. Tal vez un heredero a la corona hubiese sido lo más adecuado para elevar la fortaleza de Catherine y asegurar la continuidad del reino, pero ese pensamiento aún era una herida latente, demasiado delicada para ser abordada.

Las doncellas ingresaron a los aposentos de la reina con pasos suaves y medidos. Catherine no podía despertar de la profunda fatiga acumulada en su cuerpo. Habían dejado que descansara cerca de las nueve, postergando todas sus actividades debido a su malestar incontrolable. No obstante, aun entregada al sueño, su mente no encontraba reposo. En ese espacio oscuro e íntimo, su esposo seguía presente. Thomas era quien despertaba sensaciones y sentimientos que ella había mantenido aplacados durante años por la ira, el resentimiento y la amarga sed de venganza. Si bien esas emociones persistían dentro de ella, ahora eran interpretadas de un modo distinto. Ya no era solamente por ella misma. Ahora también importaba él.

El hombre que había sido desprotegido por su propia madre, bajo la mirada de su codicia intrépida y de los deseos carnales que la habían convertido en la egoísta villana que era.

—Mi reina —susurró Raluca suavemente, hablando desde detrás del velo que separaba la estancia—. Es hora de trabajar.

Aun cuando sus piernas no respondían y sus brazos parecían ajenos a su voluntad, Catherine intentó incorporarse. Debía hacerlo. Era necesario volver a impulsar el crecimiento de aquellas tierras. Su mirada reflejaba fatiga y tristeza, emociones que no pasaron desapercibidas para quienes la rodeaban. Era momento de que no demostrara esas debilidades frente a la alta curia; así lo pensaba Raluca.

—¿Puedo sugerir algo, mi amada reina? —titubeó la doncella, con respeto y cautela.

Sin ánimo de responder con palabras, el cuerpo de Catherine reaccionó positivamente, concediéndole permiso.

—Como bien sabe usted, entre los nobles hay personas que afirman lealtad a nuestro rey. Sin embargo, existen infiltrados que aún no hemos sido capaces de identificar junto al conde —continuó—. Permítame ser sincera —esperó una señal.

Catherine volvió a demostrar la misma actitud silenciosa, pero escuchaba atentamente cada consejo de su fiel servidora.

—Sé que extraña a nuestro amable rey, pero no debe demostrar esos sentimientos frente a ellos. Los tomarán en sus manos y los usarán en su contra —sostuvo con firmeza—. Como su leal servidora, le ofrezco esta humilde opinión.

Raluca se arrodilló ante ella.

Catherine pensó en silencio, imaginando futuros escenarios que tal vez jamás se cumplirían, pero comprendía que debía ser cautelosa con cada gesto y cada palabra.

<<ojalá estuviésemos en el bosque> >, pensó.

Las cargas resultaban aún más pesadas cuando se sostenía una ficción que no era tibia ni compasiva. La lealtad era difícil de conseguir, pero su fe descansaba en el profesor del príncipe, quien anteriormente, antes de su partida, había comentado ser una persona fiable. Catherine creía en el príncipe y también en el barón Spelftgh.

—Comprendo tu punto, querida —respondió finalmente, mientras permitía el ingreso de las doncellas.

Las ataduras de sus vestimentas dejaban ver a una mujer firme y recta, capaz de ocultar sus cargas más profundas dentro de la recámara real. Su rostro se mostraba radiante y neutro, libre de cualquier indicio que pudiera ser leído por ojos ajenos. Tomó las joyas de su amado, aquellas en las que tanto esmero había puesto en perfeccionarlas. Adornaban su cuello con delicadeza, y una corona en conjunto realzaba sus preciosos ojos.

—Su majestad ingresa a la sala —anunció un eunuco.

Todos se inclinaron para recibir a la reina, quien caminaba con un vigor que desmentía su agotamiento previo.

—De pie —ordenó—. Es hora de recibir a las personas y de juzgar.

Alzó su cetro.

Las personas ingresaron por las altas puertas, derramando a los pies de la reina los hechos que atormentaban sus vidas. Entre ellos se encontraban quienes se consideraban inocentes y también las largas mentiras que demoraban el curso de la justicia. La autoridad de Catherine no se desdibujaba. Su voz era firme, y las sentencias se dictaban de forma adecuada y acorde a los delitos presentados.

Las largas horas de sesión se acortaron debido a las disputas que surgieron entre los presentes. Catherine demostró que sus decisiones se centraban en el orden, sin dejar espacio a la violencia ni al desorden de quienes pretendían beneficiarse de la justicia. La imparcialidad la regía. Aquello que había sido tolerado bajo el gobierno de la emperatriz viuda no sería admitido jamás durante su reinado.

Pasado el mediodía, reunió a su comité de confianza junto a algunos profesores invitados. Llevaba consigo una propuesta destinada a beneficiar a toda la nación. La autoridad concentrada únicamente en el rey como juez debía ser modificada. Aquello no restaba poder a la familia imperial, sino que aliviaba cargas innecesarias, haciendo que el juicio fuese más eficiente y eficaz.

—He convocado esta sesión extraordinaria para presentar una propuesta innovadora —sonrió, mientras Raluca se acercaba con un sobre.

Cada invitado recibió el plan que detallaba el proyecto denominado “Tribunal de Justicia”. Al inspeccionar la planilla con detenimiento, el ambiente se tensó, incluso el conde, su mayor apoyo, mostró sorpresa. Delegar poder era un paso revolucionario, impensado para la corona. Sin embargo, si realmente deseaban devolver la prosperidad al reino, la reina debía concentrar toda su atención en ese futuro.

—Mi reina… esto es… —pausó—. No sé qué decir.

—He pensado esta propuesta con detenimiento —respondió Catherine—. Se necesitan personas capaces de sostener este tipo de estabilidad. No puedo ayudar si no cuento con ayuda. Tengo su apoyo para enfrentar a quienes se oponen al rey, pero con personas justas, capaces de pensar en el pueblo antes que en sí mismas, alcanzaremos nuestras metas con mayor rapidez.

Los profesores estuvieron de acuerdo. Los nobles aún no lograban comprenderlo del todo. La capacitación en leyes y la aplicación de la jurisprudencia abrían un camino posible, pero temían por la línea del poder. No querían ser señalados como traidores a la corona por aceptar esta delegación.

Aun sin comprender completamente este nuevo ordenamiento, jamás visto desde su nacimiento, lo cumplirían por ella.

< >, se escuchó con euforia en la sala.

La selección y perfeccionamiento de los candidatos sería rigurosa. Hijos de nobles, ya eruditos, serían investigados personalmente por el conde, quien actuaría con extrema cautela en cada paso. El proceso sería costoso, pero necesario.

En medio de la reunión, Raluca interrumpió con una carta sellada con el emblema real. Provenía de Thomas. Los presentes se retiraron, dejando ese momento en privacidad.

Con manos temblorosas, Catherine abrió el sobre.

Para mi amada reina:

Han pasado ya treinta y dos días desde que me alejé de tu lado. Las peleas con estos salvajes me han agotado, y la ausencia de tu presencia me abruma. Anhelo que esta guerra termine pronto para regresar a ti. Sentir tu aliento y el aroma de tu piel me protege de la fría realidad. Por favor, cuida tu salud y no me olvides.

Quien te ama, tu humilde siervo, Thomas.

Contuvo las lágrimas, consciente de que podía ser observada. Sin embargo, su corazón latía con fuerza.

Desde el lado más oscuro del castillo, alguien no dejaba de vigilarla. Sabía, por la agitación de su pecho, que ella era feliz por un hombre que no era él. Haría todo lo posible para que Thomas no regresara jamás. Por ahora, la culpa recaía sobre la malvada emperatriz viuda. Si él fuese juez, como Catherine había propuesto, no le sería difícil inculparla.

En el horizonte, los rayos del sol dibujaban una gama de colores amarillentos y anaranjados. Dos personas permanecían unidas entre la vida y la muerte. Se amaban, esperando un reencuentro pronto y seguro, para vivir lo que quedase de tiempo en aquella tierra tan efímera y apagada. 

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