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XXXII

Autor: Daimé
last update Fecha de publicación: 2026-04-23 01:46:05

Los rayos iluminaron la ensombrecida escena con una violencia blanca y eléctrica, revelando por breves instantes la cartografía del horror que se había dibujado en la habitación real. No era una iluminación de guía, sino un parpadeo acusador del cielo que desnudaba la miseria humana en su estado más puro. En el centro de ese cuadro macabro, la mano de Edward tiritaba con una arritmia frenética, un espasmo de la carne que parecía intentar rebelarse, demasiado tarde, contra la voluntad ya quebrad
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Último capítulo

  • Las Joyas de Sangre   CIV

    Mientras la humillación de Edward se consumaba en la alcoba, una chispa de piedad cruel brotó en la reina. Reclinándose sobre un cojín de terciopelo púrpura, contempló al guardián atónito.—Ven a mí —ordenó.Arrastró las rodillas sobre la piedra fría hasta que el hierro podrido le mordió los tobillos, pero el dolor no era más que un murmullo lejano frente a la fiebre que le quemaba. Movido por la sed, una necesidad animal que le hacía vibrar, Edward hundió el rostro en la carne más dulce y privada de Catherine. La devoró sin piedad, reclamando con la lengua encendida cada gota, cada centímetro de su esencia. Aquella humedad tan fría le pertenecía; era el único banquete concedido a un perro enjaulado.Cada gemido de la reina era un trago de licor espeso que le disparaba la sangre, un veneno delicioso

  • Las Joyas de Sangre   CIII

    La reina no estaba enferma. Ya que se encontraba aferrada a las sábanas de lino, sus uñas rasgaban la tela con una fuerza muscular que habría pulverizado los articulaciones de un hombre común. Sus gemidos, ahogados por el terciopelo de las colgaduras del lecho, retumbaban en la estancia con la sonoridad de una tormenta encajonada. Sus piernas, largas y de una palidez de mármol, se retorcían en el aire, presionando la cabeza de Amity contra su vientre.Amity, con los dedos clavados en la cadera de su soberana, no retiraba la boca de la piel de Catherine. Entre gruñidos de un placer puramente animal, el vampiro saboreaba la humedad de su reina, una mezcla de exudaciones corporales y el aroma al duce propio de su naturaleza que lo había vuelto adicto, aun más que la sangre misma. La firmeza del cuerpo de Catherine, tenso por la inminencia del colapso, excitaba a Amity hasta borrar todo rasgo de obediencia obsesiva. I

  • Las Joyas de Sangre   CII

    Cuando la tensión se disipó, Vlad la desenganchó de su cuerpo y la dejó caer sobre las losas como quien se desprende de un trapo sucio. Se rasgó la piel de la palma izquierda utilizando la uña afilada del pulgar y dejó que tres gotas de su sangre, densas y de un tinte violáceo, cayeran sobre la lengua entreabierta de la sierva. Raluca las tragó con una avidez desesperada, sintiendo cómo el fuego de la estirpe de Vlad le restauraba la firmeza en las fibras musculares.—Ve y mátalos a todos —ordenó el conde, ajustándose el cinturón de cuero con una calma helada—. Cuando esas naves orientales toquen tierra en el estuario, los hombres de la viuda solo deben encontrar cadáveres flotando en la sentina. Mi amada Catherine no obtendrá recurso alguno de esos cargamentos; sus planes deben desplomarse uno a uno hasta que no le quede más opción q

  • Las Joyas de Sangre   CI

    —Mi querida Emperatriz... este anciano aún busca la verdad entre las cenizas de los restos —protestó con una voz que sonaba como grava arrastrada —. Pero estoy solo. No tengo ningún compañero que se encargue de la destilación de los minerales, ni que averigüe los rastros químicos por mí. Los reactivos se agotan en las boticas y la corte es un terreno infestado de miradas.La mujer no se molestó en procesar la justificación. Con un movimiento brusco, le arrebató de las manos temblorosas un frasco de vidrio verdoso que el alquimista sostenía contra el pecho. Del recipiente emanaba un aroma penetrante, denso, similar al de las lilas puestas a fermentar en un pozo ciego. Sin dudarlo un segundo, retiró el tapón de cera y se empinó el frasco, tragándose el contenido de un solo sorbo.En su paladar se instaló un gusto viscoso, salobre y dulz&o

  • Las Joyas de Sangre   C

    La cúpula de mármol y arcos de ojiva que coronaba el ala más antigua del palacio no respiraba el aire, era una condensación espesa de hollín, cera vieja y el hedor a grasa de cerdp quemada que ascendía en columnas desde las curtidurías del estuario. Allí donde la piedra ancestral se unía con el roble de las vigas, la carcoma había trazado galerías ciegas, reduciendo la madera a un polvo rojizo que caía en una llovizna constante sobre los tapices deshilachados.La emperatriz viuda no ejercía el mando desde la luz ni desde la majestuosidad del trono; habitaba en el centro de un laberinto de corredores sin ventilación, arrastrando faldas de terciopelo ajadas cuyo dobladillo juntaba la roña de las baldosas y la costra de los liquenismos que crecían en los rincones más húmedos.Creía firmemente haber reconquistado el dominio de la corte, sosteniendo la fragilidad de sus huesos gastados sobre la ejecución de una alquimia abyecta. Que era el sacrificio minucioso y nocturno de criaturas puras

  • Las Joyas de Sangre   XCIX

    Tras la marcha de la emperatriz viuda, el silencio que quedó en el comedor era denso y asfixiante. Catherine permaneció de pie junto a la mesa, con la cabeza baja y los hombros levemente encorvados, simulando que su espíritu había quedado completamente quebrado por la presencia y el desprecio de la anciana. Una lágrima fingida pareció brillar en la comisura de sus ojos, un detalle magistral para terminar de convencer a su audiencia. Su apariencia desvalida despertó un instinto de protección inmediato en los dos monarcas humanos, quienes no sabían cómo actuar para que la reina volviera a divertirse o cambiara su decaído estado de ánimo. Se sentían inútiles ante su dolor.—¿Está sufriendo, mi amada reina? —preguntó el rey de Francia, inclinándose hacia ella con una mirada cargada de una preocupación genuina pero ciega. Su voz temblaba

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