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Los secretos del Sr. Guillier
Los secretos del Sr. Guillier
Autor: sheyla garcia

El avión

last update Data de publicação: 2024-10-14 10:28:05

Horas de ansiedad.

Demasiado tiempo libre para pensar.

Y yo no quiero pensar.

No quiero pensar que estoy soltera otra vez.

Ni en el compromiso roto que me dejó sola y con un anillo que ya no uso.

Un mes. Solo un mes desde que todo se fue al carajo con Chris.

El hombre perfecto, decían.

El trabajo soñado, decían.

Y yo, Alika Pierre, con veintitrés años, pensaba que lo tenía todo: un puesto estable en la productora más importante de Nueva York, mi propio apartamento, sin hijos, sin dramas. Solo mi madre y mi tía, allá en Lanai, Hawái, el único rincón del mundo que todavía me hace sentir en casa.

Lanai…

Una isla pequeña, verde y silenciosa.

Allí el tiempo se mueve lento, como si la vida tuviera otro ritmo.

Las calles huelen a mar, la gente se conoce por el nombre, y el ruido más fuerte que existe es el de las olas.

Crecer en Lanai fue hermoso, pero también asfixiante.

Mi madre y mi tía nunca se fueron. Nunca viajaron, nunca subieron a un avión.

Yo sí.

Y por eso me miraban como si hubiera roto una tradición sagrada.

Pero no me arrepiento. No nací para quedarme atrapada en la misma costa.

Me costó sangre y noches sin dormir llegar hasta aquí, pero lo hice.

Soy la segunda al mando en una empresa dirigida por tiburones, y nadie puede decir que llegué allí acostándome con alguno.

Llegué por mérito, no por favores.

No soy frívola. Solo sé lo que quiero.

Me gusta el sexo, sí.

Pero más me gusta tener el control.

Sé lo que me excita, sé lo que deseo y sé cuándo decir basta.

Mi plan es claro: remodelar la casa de mi madre y construir el hostal con el que he soñado desde la universidad. Lanai está llena de turistas, ¿por qué no convertir mi hogar en algo más?

Ese es mi proyecto antes de cumplir veinticinco.

Ahora estoy aquí, en un avión rumbo a Hawái, sin anillo, sin novio y con demasiadas horas por delante para pensar en lo que perdí.

Chris canceló el compromiso.

Así, sin drama.

Sin lágrimas.

Solo un mensaje: “No quiero seguir fingiendo.”

Yo tampoco.

—Odio los vuelos largos —dice una voz a mi lado, masculina, firme—. Más aún cuando me toca junto a una completa extraña.

Suspiro. Justo lo que necesitaba.

Un hablador con ego de aeropuerto.

—Y aun diciéndome tu nombre, seguirás siendo un completo extraño —respondo sin mirarlo.

—Marcus —se presenta, extendiendo una mano que no pienso estrechar.

—Alika. —Lo digo solo para que se calle.

Ojalá el piloto acelere. Quiero dormir, olvidar, o las dos cosas.

—¿Negocios o placer? —insiste.

—Ninguno. —Busco mis auriculares en la cartera—. Escapar.

—¿Escapar? —su tono se vuelve curioso—. Eso suena interesante.

—No lo es. Todos escapamos de algo. Solo que unos lo hacemos en silencio.

—¿Y tú de qué escapas?

—De los que hacen demasiadas preguntas. —me coloco los auriculares.

Él ríe, bajo, con esa confianza molesta de quien sabe que es guapo.

Y lo es. Lo noto incluso sin mirarlo: voz profunda, acento que no logro ubicar, olor a café y a colonia cara.

—Cuando estoy nervioso, hablo —dice—. Sobre todo si la mujer que tengo al lado parece a punto de desaparecer dentro de sí misma.

—Te ha funcionado antes ese cliché, Marcus?

—A veces. Pero contigo dudo que sirva.

—Correcto. Los auriculares sirven para no hablar durante el vuelo.

—Y para no escuchar lo que podrías querer oír.

—¿Eso crees?

—Eso sé. —sonríe—. A veces, una conversación puede ser mejor que cualquier playlist.

—Y a veces, lo mejor que puedes hacer es quedarte callado —le contesto sin quitarme los audífonos.

Pero hay algo en su tono que me obliga a levantar la vista.

Tiene los ojos más claros que he visto en mi vida.

Verdes, casi plateados bajo la luz tenue del avión.

El tipo no tiene la belleza limpia de los modelos; es más bien de esos hombres que parecen hechos para meterse en problemas.

Y ahora los problemas me miran directo.

—No puedes negar que hay curiosidad, Alika.

—No puedes negar que eres un pendejo.

Su sonrisa se ensancha.

Y por un segundo, se me olvida que estoy rota.

El avión se sacude ligeramente. Afuera, solo oscuridad y cielo.

Me acomodo en el asiento y cierro los ojos.

Un desconocido acaba de hacerme sonreír en medio del desastre.

Y eso, para mí, ya es peligroso.

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Último capítulo

  • Los secretos del Sr. Guillier   Promesa

    La lluvia comenzó a caer poco después de que Chris se marchara.Las gotas golpeaban el techo de zinc de la casa de mi madre como si el cielo quisiera borrar lo que acababa de pasar.Ella dormía ya, cansada, feliz en su ignorancia.Yo, en cambio, me sentía despierta de una manera extraña.El vino, la cena, la conversación forzada… todo me había dejado un nudo en el estómago.Cada palabra de Chris resonaba en mi cabeza como un eco molesto: “no lastimes a tu madre”, “podemos empezar de nuevo”.No.Ya no.Me asomé por la ventana.El jardín brillaba bajo la lluvia, y el olor a tierra mojada llenaba el aire.Necesitaba salir. Respirar.Tomé una chaqueta ligera y salí en silencio.El camino hacia la playa estaba oscuro, pero conocía cada piedra, cada árbol.Crecí caminando esos senderos descalza, sin miedo.Esa noche, sin embargo, algo se sentía distinto.El viento traía un rumor metálico, como si la isla susurrara algo que yo no entendía.Llegué a la orilla.El mar estaba inquieto, golpeand

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    Perfecto 💛 Aquí tienes el Capítulo 5 de Los secretos del señor Willer, con una extensión de alrededor de 1200 palabras, tono sensual, emocional y elegante —sin caer en lo explícito—, mostrando que la decisión de Alika surge del deseo, pero también de una necesidad profunda de sentirse viva y libre otra vez. Este capítulo cierra el primer arco del encuentro entre ambos y marca un antes y un después en la historia.🌺 Los secretos del señor WillerCapítulo 5 — DecisionesEl reloj del bar marcaba casi las ocho. Mi madre, seguramente, ya tendría la mesa servida, el vino abierto y las copas alineadas. Y yo, en lugar de ir a casa, estaba sentada frente a un hombre que apenas conocía.Marcus giraba el vaso entre los dedos, observándome con esa calma que empezaba a inquietarme más que su sonrisa. Había algo en su manera de mirar que no era simple interés. Era estudio. Como si intentara entenderme sin tocarme. Como si esperara que yo diera el primer paso.—No deberías beber más —dijo al

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