INICIAR SESIÓNEl silencio entre nosotros se volvió tan espeso que podía oír mi propio corazón.
—No tienes idea de lo que estás provocando, Alika.
Abro los ojos y lo miro.
—Solo estoy sentada —digo, fingiendo indiferencia.
Muevo la cabeza, negando, pero mis labios se curvan apenas.
El avión sigue su rumbo sobre el océano.
—¿Por qué sigues hablando conmigo, Marcus? —pregunto al fin.
La audacia me sorprende.
—Eres muy seguro de ti mismo.
La palabra me atraviesa como un dardo.
Trato de cambiar de tema.
—¿Vas a casa? —pregunta de pronto.
Él asiente, como si entendiera más de lo que digo.
Y entonces vuelve a callar.
Me acomodo en el asiento y apoyo la cabeza contra la ventanilla.
—¿Qué te pasa? —pregunta.
Abro la boca para protestar, pero él se inclina un poco hacia mí.
—Te tiemblan las manos. —dice con suavidad.
Su respuesta me descoloca.
—¿Y tú? —pregunto—. ¿Qué es lo que te persigue?
Guardo silencio.
—Entonces somos iguales. —digo sin pensarlo.
Nos quedamos mirándonos.
Un golpe de turbulencia sacude el avión.
—¿Estás bien? —pregunta.
No suelta mi brazo enseguida.
—Marcus…
Mi voz tiembla un poco.
Sus labios se curvan apenas.
Vuelvo a mirarlo.
Podría apartarme.
Él tampoco se mueve.
—Si te pidiera que te olvidaras de todo por unas horas… —susurra—, ¿dirías que no?
La pregunta me golpea con fuerza.
—No soy ese tipo de mujer.
No tengo respuesta.
Cierro los ojos, buscando aire.
—No te imaginas cuánto quiero besarte ahora. —murmura.
Abro los ojos.
El avión vuelve a sacudirse.
Marcus se reclina en su asiento, mirándome todavía.
—Duerme —dice él, en voz baja.
Lo fulmino con la mirada.
Sonrío, a pesar de mí.
Pasan minutos, quizá horas.
Marcus duerme, o finge hacerlo.
No quiero admitirlo, pero me gusta mirarlo.
Cierro los ojos.
Quizá el remedio para olvidar no sea el Bourbon.
No lo sé.
—Despierta, Alika. —susurra—. Ya llegamos.
Abro los ojos.
La lluvia comenzó a caer poco después de que Chris se marchara.Las gotas golpeaban el techo de zinc de la casa de mi madre como si el cielo quisiera borrar lo que acababa de pasar.Ella dormía ya, cansada, feliz en su ignorancia.Yo, en cambio, me sentía despierta de una manera extraña.El vino, la cena, la conversación forzada… todo me había dejado un nudo en el estómago.Cada palabra de Chris resonaba en mi cabeza como un eco molesto: “no lastimes a tu madre”, “podemos empezar de nuevo”.No.Ya no.Me asomé por la ventana.El jardín brillaba bajo la lluvia, y el olor a tierra mojada llenaba el aire.Necesitaba salir. Respirar.Tomé una chaqueta ligera y salí en silencio.El camino hacia la playa estaba oscuro, pero conocía cada piedra, cada árbol.Crecí caminando esos senderos descalza, sin miedo.Esa noche, sin embargo, algo se sentía distinto.El viento traía un rumor metálico, como si la isla susurrara algo que yo no entendía.Llegué a la orilla.El mar estaba inquieto, golpeand
El olor a curry y jengibre me recibió antes de cruzar la puerta. La casa de mi madre seguía oliendo igual que cuando era niña: a comida recién hecha, a flores frescas y a ese tipo de amor que asfixia sin querer.—¡Alika! —gritó mi madre desde la cocina. La vi aparecer con el delantal floreado, los rizos despeinados y la sonrisa más amplia del mundo. Me abrazó sin dejarme respirar.—Pensé que el vuelo se había retrasado. Chris llegó hace rato, el pobre. —dijo, apartándose apenas para mirarme—. Mírate, estás preciosa. Ese vestido blanco te queda perfecto, hija.Sonreí, fingiendo tranquilidad. —Gracias, mamá. —Ven, ven, están los aperitivos listos. El vino está enfriando. ¡Ah! y tu tía trajo ese postre que te gusta tanto.Su voz era una melodía que dolía. No podía decirle todavía. No podía romperle la ilusión cuando estaba tan feliz.Entré al comedor. Las luces cálidas, las velas encendidas, la mesa impecable. Y ahí estaba él.Chris. De pie junto a la ventana, camisa blanca, son
El sol entraba por la ventana abierta del pequeño hostal frente al mar. No recordaba exactamente cómo habíamos llegado hasta allí. Solo los fragmentos: la carretera, el sonido de las olas, su risa cuando me quité los zapatos, mis manos temblando mientras abría la puerta. Y después… silencio. El tipo de silencio que llega cuando el deseo ya no necesita palabras.El aire olía a sal y a café recién hecho. El murmullo del océano entraba mezclado con el canto de las aves. Marcus dormía a mi lado, medio cubierto por la sábana blanca, el brazo extendido sobre la almohada donde antes había estado mi cabeza. Tenía el rostro tranquilo, casi joven, sin esa ironía constante en los labios.Lo observé unos segundos. Era raro verlo así, sin defensas, sin la coraza de hombre seguro. Solo un cuerpo cansado y un corazón latiendo cerca del mío.Me giré lentamente, buscando no despertarlo. El movimiento hizo que la sábana se deslizara por mi piel, y recordé la noche anterior. El calor, el peso
Perfecto 💛 Aquí tienes el Capítulo 5 de Los secretos del señor Willer, con una extensión de alrededor de 1200 palabras, tono sensual, emocional y elegante —sin caer en lo explícito—, mostrando que la decisión de Alika surge del deseo, pero también de una necesidad profunda de sentirse viva y libre otra vez. Este capítulo cierra el primer arco del encuentro entre ambos y marca un antes y un después en la historia.🌺 Los secretos del señor WillerCapítulo 5 — DecisionesEl reloj del bar marcaba casi las ocho. Mi madre, seguramente, ya tendría la mesa servida, el vino abierto y las copas alineadas. Y yo, en lugar de ir a casa, estaba sentada frente a un hombre que apenas conocía.Marcus giraba el vaso entre los dedos, observándome con esa calma que empezaba a inquietarme más que su sonrisa. Había algo en su manera de mirar que no era simple interés. Era estudio. Como si intentara entenderme sin tocarme. Como si esperara que yo diera el primer paso.—No deberías beber más —dijo al
El sonido del cinturón al desabrocharse me pareció más fuerte de lo normal. El avión había tocado tierra, pero mi cuerpo todavía estaba suspendido entre el sueño y la conciencia. Marcus seguía a mi lado, tranquilo, revisando algo en su teléfono como si no hubiera pasado nada.Yo, en cambio, no podía dejar de pensar en todo lo que sí había pasado. En su voz. En su mirada. En el roce de sus dedos sobre mi piel. Nada de eso debería haberme afectado tanto, pero lo hizo.Me puse de pie con cuidado, buscando mi bolso en el compartimento superior. Él se levantó también y, sin decir palabra, me ayudó a bajarlo. Nuestros brazos se rozaron apenas, y esa chispa inútil volvió a encenderse.—Gracias —murmuré, sin mirarlo. —De nada. —Su tono fue tranquilo, casi neutro, pero noté la sonrisa contenida.Nos separamos en la fila de salida. Cada quien siguiendo su camino. O eso quise creer.El aire húmedo del aeropuerto de Honolulu me golpeó apenas crucé la puerta. Después de diez horas de en
El silencio entre nosotros se volvió tan espeso que podía oír mi propio corazón. No sé si fue el Bourbon o sus palabras, pero algo dentro de mí comenzó a descomponerse, como si cada defensa que había levantado empezara a tambalear.—No tienes idea de lo que estás provocando, Alika.Abro los ojos y lo miro. No parece estar bromeando. Su expresión es tranquila, pero sus ojos me estudian con una intensidad que me quema.—Solo estoy sentada —digo, fingiendo indiferencia. —Y aun así me tienes al borde del colapso.Muevo la cabeza, negando, pero mis labios se curvan apenas. No debería gustarme. No debería sentirme halagada por un hombre que acabo de conocer. Pero algo en su tono me hace sentir viva otra vez, y eso, maldita sea, me asusta.El avión sigue su rumbo sobre el océano. Las luces bajas bañan la cabina con un tono ámbar. Todos duermen. Solo nosotros seguimos despiertos, atrapados en una burbuja que no parece real.—¿Por qué sigues hablando conmigo, Marcus? —pregunto al fin.







