LOGIN"Si tu hijo es mío, entonces tú también lo eres. De ser el padre de tu bebé, a ser tu esposo, solo va un paso y estoy dispuesto a darlo" Steve Brown, magnate millonario, exitoso en los negocios y desafortunado en el amor. ¿De dónde sacaría un hijo biológico, cuando sus exámenes decían por lo claro que era infértil? Y para completar, viudo y sin esposa a la vista. Todo lo que había construido en su vida, se iba a las manos de su medio hermano y solo por los caprichos de un anciano injusto y egoísta. Emma solo quería tener a un bebé. Había luchado tanto contra su enfermedad, que cuando logró su embarazo, pensó que su vida sería perfecta. Solo que no contó con quedarse sin esposo, sin casa, sin trabajo, embarazada y dueña de una deuda impagable, que acabaría con todos sus planes. El hijo que tanto había deseado y esperado, tendría que ser entregado a otros padres, porque no tenía ni para darle de comer. Pero quién se iba a imaginar, que el hombre desconocido que le salvó la vida, tenía con ella más en común de lo pensado. Un error, que uniría sus vidas para siempre. - Le doy la custodia total del bebé, si me deja permanecer a su lado, al menos, como su niñera – le rogó al importante hombre que ahora tenía su destino y el de su hijo en sus manos. Un papá sexy y millonario, una madre dispuesta a todo por su hijo, un bebé criado en el medio de una familia con luchas de poder, traiciones y tramas ocultas por todos lados. ¿Qué podría salir mal de esta combinación? ¿Podrá el amor superar los intereses del dinero?
View MoreThe rain hasn’t stopped for hours.
It drums against my hood, slides down my face, seeps through the old cloak clinging to my body. My boots sink into the mud with every step, but I keep walking because stopping means thinking, and thinking hurts more than the cold.
Two years.
Two years since I walked away from Bloodstone territory with nothing but a shattered bond and two heartbeats that weren’t my own.
Now I’m back.
A flash of lightning tears across the sky, lighting up the border gates of Bloodstone Pack. Iron, stone, and the heavy scent of dominance in the air. Even from here, I can smell him, that sharp mix of smoke and pine that used to make my heart race.
Delph.
The name alone sends something through me, a memory that tightens my chest. My wolf, Mira, stirs uneasily inside me, whining. He’ll know we’re here.
“I know,” I whisper. My voice cracks. “We don’t have a choice.”
The twins shift in my arms, cocooned against my chest. Their tiny breaths fog against my damp clothes. I pull them closer, tucking them beneath the cloak. Their warmth keeps me steady.
“This is for them,” I murmur, as if the wind might carry the words to the Moon Goddess herself.
I didn’t come back to beg or to love him again. I came because running isn’t living. Because the world outside these borders is cruel to omegas and even crueler to wolves without a pack.
And maybe, deep down, because part of me wants him to see what he threw away.
The guards at the border move when they see me. They recognize the scent before their eyes do. One of them stumbles forward, disbelief written all over his face.
“Luna Afnan?”
The title hits like a blade. Once, that word used to mean everything. Now it’s just a ghost.
“I’m not your Luna,” I say quietly. “Not anymore. Tell your Alpha that I seek entrance.”
They exchange glances. I can hear the whisper of their minds linking with him, their Alpha. My heart starts to pound, each beat syncing with the rain.
He’ll know in seconds. He’ll scent me before they finish speaking.
And he’ll come.
I don’t realize I’ve stopped breathing until I hear it, that low, commanding growl that shakes the ground under my feet. The kind of sound only one wolf in this world can make.
Then he’s there.
Tall. Broad-shouldered. Dressed in black that clings to him like sin itself. Even in the storm, he’s composed, regal, terrifying. The years haven’t softened him; if anything, they’ve made him sharper, colder.
Delph. Alpha of Bloodstone. My former mate.
His eyes find me through the rain steel gray, piercing, unreadable.
And for the briefest second, something flickers there. Shock. Disbelief. Maybe even pain.
Then it’s gone.
“Afnan.” My name rolls off his tongue like a curse and a prayer combined. “You dare to return?”
I lift my chin. The old me would’ve trembled. The woman standing here doesn’t.
“I’m not here for your forgiveness, Alpha,” I say softly. “I came because some ghosts can’t stay buried forever.”
His nostrils flare. His wolf is close to the surface. I can feel it, raw and dangerous. “You shouldn’t have come back.”
“Maybe,” I whisper, “but I did.”
His gaze drops suddenly to the small bundle in my arms. The twins stir, one tiny hand poking out from the cloak. Delph freezes. The air thickens.
For a heartbeat, neither of us moves.
Then his voice, low and cold: “What are you hiding?”
I step back, my wolf bristling. “Nothing that concerns you.”
His growl deepens, the rain hissing against the tension in the air. “Everything that concerns you, concerns me.”
I almost laughed at that. “Since when?”
Lightning flashes again, illuminating his face the fury, the confusion, the faint hint of something he doesn’t want to feel. His jaw tightens, and I see it, the moment realization starts to dawn. The scent of the twins, faint but familiar, cuts through the rain.
His eyes widened.
His control slips for a split second.
And in that heartbeat, I know he knows.
“You will come with me,” he orders finally, his tone leaving no room for argument. “Now.”
The guards hesitate, watching. My pulse hammers, but I don’t move.
I’ve faced rogues, hunger, and fear. I can face him.
“If I come with you,” I say, my voice quiet but firm, “it’ll be on my terms, Delph. Not yours.”
He takes a slow step forward, close enough that I can feel the heat radiating from him. His scent wraps around me, intoxicating and dangerous.
“You forget who you’re speaking to,” he murmurs.
I meet his eyes. “No. I remember exactly who I’m speaking to. The Alpha who rejected his mate for power.”
The silence after that could drown the thunder. His wolf roars beneath his skin, I can feel it in the air, wild and desperate.
Then, softly, almost brokenly, he says, “You should’ve stayed gone.”
Maybe I should have. But as I look down at the twins one with my eyes, one with his I know I couldn’t have.
Because ghosts don’t stay buried.
And some secrets… aren’t meant to be kept forever.
— Contesta Steve, por favor, contéstame amor, esta vez contesta – murmuraba con los ojos rojos, pero nadie le aceptaba la llamada y Emma ya estaba al borde del llanto, no podía creer que vivía esta angustia de nuevo. Tenía hasta hace un momento a su hijo en los brazos, solo se distrajo un momento hablando con Vladímir y lo dejó mirando unas figuras de payasos en la entrada, ¡solo un segundo y lo perdió! ¡Rriiinng, Riiingg! De repente, el sonido del tono de un móvil cerca de ella, la sacó de su agonía mental. Emma corrió hacia el sitio donde vio un celular sobre una banca de madera. ¡Era el móvil de Steve!, ¿qué hacía aquí sonando solo?, ¿qué tipo de película de terror era esta? Antes de encontrar la respuesta, de un momento a otro, todas las luces del parque se prendieron, sorprendiendo a Emma. Al mirar al frente de ella, había una enorme noria llena de luces brillantes, con un enorme cartel en neón que decía: “Querida Emma, ¿te quieres casar conmigo?” Ahora sí, las lágrimas q
— ¡Maldit0s desgraciados! ¿Cómo fue que dieron con nosotros? ¡Me aseguraste que ese dispositivo de bloqueo de señal era infalible! ¡No había pasado ni una hora y nos descubrieron! Amaia estaba chillando como loca dentro del auto, ahora que ya había pasado el peligro.— ¡No pude hacerlo firmar y todo fue por sus incompetencias! ¡Mi padre…! – pero no pudo terminar su frase porque el auto dio un fuerte frenazo que la hizo casi estrellar la cara contra el parabrisas.— ¡¿Qué estás haciendo?! ¡¿te volviste loco?!Le gritaba al hombre que se bajó de repente dando un portazo y Amaia comenzó a tener miedo. Miró a su alrededor y estaban en las afueras de unos almacenes del puerto, sin embargo, no había ni un alma a la vista, ¡este lugar estaba desolado!— ¡Sale del auto! – el hombre le intentó abrir la puerta de su lado, pero Amaia la agarró con fuerza, halándola hacia ella, con sus dos manos.Por alguna razón todas sus alarmas se encendieron, ¡este hombre era peligroso y estaba extremadamen
— ¡Algo me está hiriendo en la mano, me está quemando! ¡Ayúdame, ayúdame o no podré firmar nada con la mano inutilizada! – de repente un grito de ayuda de Steve los sacó de su conversación. — Por todos los cielos calla a ese imbécil que ya no sabe que inventarse, métele un calcetín apestoso tuyo o lo sea en la boca. ¡Se me baja todo de solo de escucharlo! Le ordenó el que estaba entre las piernas de Emma al otro, que con fastidio, dejó de aguantarla y caminó hacia Steve. El magnate suspiró aliviado al ver que su plan surtía efecto. Lo único que se le había ocurrido para separarlos, era esa estúpida excusa. El corazón de Steve le latía con alegría y esperanza, ¡Vladímir, era Vladímir que se había asomado a la salida de uno de los túneles que conectaban con este y le había hecho señales de que se callara! Steve pensó que separar a los dos tipos favorecería el ataque sorpresa, para evitar que uno de los dos diera la alarma o escapara. — Revisa mi mano, me duele, parece que una rat
— Es cierto, los mataré, pero puede ser rápido o lento. Ya que elegiste el peor camino, entonces te lo concederé. Viólenla primero delante de él. — No la maten todavía, necesitaremos más sesiones para que Steve se motive – les dijo a sus hombres y a pesar de las ofensas, súplicas e insultos de Steve, Amaia hizo caso omiso y salió de ese agujero mohoso. No se quedaría a ver esa asquerosa escena, con que la viera Steve y esa hija de puta sufriera, bastaba y sobraba. Caminó por entre los pasillos más adelante, a donde tenían montada una base improvisada. — ¿Firmó los papeles? – el real jefe de los hombres que su padre había dispuesto bajo sus órdenes le preguntó, sentado tranquilo en un muro de una pared derrumbada, jugando a las cartas con otro maleante. — No, pero pronto lo hará, me encargaré de doblegar su voluntad – Amaia le respondió entre dientes, quedándose de pie en la pared frente a ellos y un poco alejada. Odiaba estar escondida como una rata en este agujero de mala muerte


















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