FAZER LOGINHelena buscó en su mente otra solución.
Quitar el olor a sangre era difícil, no podía simplemente rociarle vinagre encima.
A no ser que se frotara en él y dejara algún rastro de olor, para que los demás confundieran ese olor con la sangre virginal.
Como si la gente no se iba a dar cuenta...
Su jefe/marido vio cada una de sus reacciones. Helena sintió vergüenza cuando no se le ocurrió nada.
Se sintió tan inútil y Russell casi pareció asesinarla con la mirada. Helena, derrotada, accedió a dejarle algunas marcas.
Ella vio el torso expuesto, con la camisa aún enredada en los brazos. Pensó en qué hacer.
―Haz un chupetón ―ordenó.
El tono frío de su voz, fue capaz de apagar cualquier llama.
Revisó cada lugar, así que optó por lugares visibles. Fue hacia su cuello, pero no pudo alcanzar a pesar de medir uno punto siete metros.
Él, como el amargado que fue, se agachó y ella lo sujetó por los hombros. Chupó con todas sus fuerzas, se aprovechó de la ocasión para dañarlo sin castigo.
Él tragó fuerte cuando ella le mordió la clavícula.
―Creo que debería arañarlo, podría disimular el olor ―sugirió Helena.
Él tuvo una extraña sensación ante la suave voz.
―Hazlo ―ordenó en un susurro.
Ella aprovechó, abrazó la estrecha cintura y con las garras de loba le arañó la espalda desde arriba hacia abajo.
Russell gruñó, pero no se movió.
Helena revisó las heridas con un vistazo superficial. Se le borró la sonrisa al ver la sangre en las finas líneas.
Se dio cuenta de que se había sobrepasado un poco.
―¿Terminaste? ―Russell preguntó impaciente.
Revisó las marcas, pocas, pero muy evidentes, y asintió con la cabeza.
―Tu turno ―dijo él.
Helena con asombro retrocedió y se abrazó a sí misma, en un intento por protegerse.
―¿Para qué? ―Ella cuestionó.
Russell gruñó.
―Nadie va a creer que te toqué si estás intacta.
Helena se distrajo un poco con el torso al aire. Él la miró con severidad.
―Tengo que hacerte algo ―dijo con frustración.
―No, gracias, así estoy bien. ―Helena intentó zafarse de la situación.
Él extendió una mano.
Helena quiso protestar, pero él tuvo razón. Iba a ser raro. Se imaginó a ella fresca como una lechuga y a él destrozado.
―¿Eso no significará que usted es un buen amante?
Russell gruñó, no como humano, sino como lobo.
Derrotada, Helena tomó la mano de su jefe/marido.
Él fue suave con su agarre, giró la mano y dio una pequeña mordida en la muñeca. A Helena le dolió, pero se le adormeció la mano al sentir el rostro de Russell en su palma.
El suave chupetón en la herida provocó una corriente que recorrió su cuerpo.
Ella desvió la mirada para distraerse y esperó que aquello terminara, pero sintió unos dedos tomar el tirante de su vestido.
Ella lo detuvo.
―¿Qué hace?
―Una mordida.
―¿No se supone que está prohibido? ―Russell dio un vistazo a su propia clavícula. Miró, en especial, la mordida de Helena―. Hágalo rápido. ―Imitó la fría voz de Russell.
Le dio escalofríos el lento movimiento de sus manos que se colocaron en su cintura. Ella se sintió más sensible de lo normal.
Russell la giró.
Helena, desprevenida, casi se cayó si no fuera porque la sujetó bien de la cintura.
La mordió en la espalda con un gruñido. Helena se removió incómoda ante el dolor, pero no protestó.
―Esto será lo último ―susurró en su oído desde atrás.
Le dio vuelta de nuevo y su rostro se hundió en el pecho.
Helena intentó quitárselo de encima, pero el chupetón sobre uno de su seno la sobresaltó. Había sido demasiado cerca de su pezón.
El rostro de Helena hirvió de la vergüenza.
―Tomaré un baño ―anunció Russell, como si nada.
Helena quiso taparse la cara.
Russell se fue tranquilo, y para cuando salió del baño, ella se mostró esquiva con la cara roja.
Él se acomodó la ropa a medias. Se acercó a ella y le arrancó el collar.
―¿Qué hace? ―No pudo evitar quejarse, él le rompió parte de la falta y le alborotó el cabello.
―Tengo que dar la impresión de que soy un buen amante, ¿no?
Helena le fulminó con la mirada.
―No pagaré por los daños ―dijo entre dientes.
Russell enarcó una ceja.
―¿Quién lo cobró?
La discusión paró cuando alguien tocó la puerta.
Al abrirla, un grupo de hombres uniformados, que parecieron más a un grupo de mafiosos que a guardaespaldas, informó sobre un ataque hacia el hotel.
Ambos bajaron con rapidez, protegidos por el equipo de seguridad de la familia durante el camino, y cuando llegaron al vestíbulo, se encontraron con la madre de Russell.
―Amenaza de bomba, vaya novedad ―dijo con burla, antes de tomar el último trago de su copa.
Fue increíble cómo la gente estaba alterada a su alrededor y ella tan fresca como una lechuga.
La dama vio a su nuera, notó las marcas en ella. Helena se tapó con vergüenza el seno.
―Es una lástima que fueran interrumpidos. ―Le dio la copa vacía a uno de los guardaespaldas―. Me pregunto a quién se parecerán mis nietos.
Helena no supo cómo reaccionar, ni cómo tomarse ese comentario tan casual.
Russell ni siquiera la escuchó, solo prestó especial atención al informe de sus guardias.
―No se preocupen. ―Alguien habló con voz potente en medio del caos―. Mi gente y yo nos estamos encargando.
La gente vio al joven rubio que tenía con una enorme sonrisa petulante adornando su rostro.
Aunque el traje gris no le combinó con su aura jovial, caminó con orgullo, como un niño queriendo ser aceptado entre adultos.
―Otra vez este cachorro... ―murmuró la viuda Russell.
El joven se colocó delante de ella e hizo una reverencia con caballerosidad.
―Mi señora Gloria de Russell, no permitiré que la lastimen, yo traeré ante usted a los atacantes, porque...
―¿Con permiso de quién te estás moviendo? ―La voz de la viuda fue autoritaria.
El joven la miró con confusión.
―Que yo sepa, si el Alfa muere, la Luna queda a cargo. ¿Eres la Luna de la manada?
―No, yo... ―El joven no supo cómo responder.
―Yo no sabía que mi marido tuvo dos Lunas... ―murmuró para sí misma.
La implicación fue clara.
El joven no se defendió por la sorpresa. Los invitados alrededor se pusieron nerviosos, y los demás cachorros se rieron con morbo.
―Solo quería protegerla, mi señora. ―Quiso aclarar.
―¿Desafiando mi autoridad? ¿Así es como quieres ganarte el título de Alfa?
Los invitados guardaron silencio, nadie quiso hacer un ruido, pues la Luna de la manada Red Moonlight había sido provocada.
¡Hola!Muchas gracias por llegar hasta aquí. Fue una tarea titánica, pues nunca había llegado a escribir una novela tan larga. Como es la primera vez, tendrá muchos errores y agujeros en la historia. Puede que el final no sea del agrado de muchos, pero creo que la pareja ya ha pasado por muchas cosas, así que es hora de dejarlos en paz.Me alegro de que hayas llegado hasta aquí, pues la novela cumplió con su misión que fue entretenerte y desconectarte un poco de los asuntos mundanos.Por ahora esta historia termina aquí, pero puedes venir conmigo a pasar el rato en otras historias sacadas de mi cabeza. De nuevo, gracias. Y deseo que tengas un buen día o noche.
Helena se aferró al respaldo del sofá.Sus gemidos mezclados con risas juguetonas hicieron eco en la habitación junto a los gruñidos de Russell. Los sonidos atravesaron la puerta de la oficina y viajaron por los pasillos vacíos hasta reinar todo el piso. Incluso llegó a la planta superior e inferior. Un hombre silbó sorprendido por el tremendo alboroto con la mirada fijada en el techo.―¿Crees que estarán bien? ―preguntó el joven Ulises a su lado con voz temblorosa.Roger despegó los ojos de la fuente del ruido y miró al chico que estaba rojo como un tomate.―No lo sé ―habló con indiferencia.―¡Pero! ¿Y si la mata? ―preguntó alterado el joven.Roger se rio.―Nah, no creo. Bueno... ―Roger prestó atención de nuevo al ruido en el techo―. La está matando, pero creo que ella está feliz. ―Y luego se encogió de hombros; le resto importancia al asunto.―¡No seas idiota! ―gritó el joven Beta más ruborizado que nunca. Se pasó una mano por la frente, limpió el sudor acumulado―. Otra vez tendré
Russell sintió vergüenza de sí mismo.Ella solo necesitó unas cuantas palabras para ponerlo al límite. Tomó una bocanada de aire frío para mantener la calma. Pensó en lo que debía hacer. Hubo tanto, pero no estuvo seguro por dónde empezar.Suspiró. Decidió tomarse su tiempo, pues no iba a ser la única vez para probar todo lo que quería.―Está bien, pero si algo no te gusta, no te obligues.Con los dedos, él se bajó la orilla del pantalón con su bóxer. El pene salió de un salto, justo frente la nariz de su amada esposa. Tomó la delicada mano de Helena y la guio para que lo tocara.Al principio fue delicada, pero con su guía le ayudó a masturbarse con suaves movimientos, desde la punta hasta la raíz, una y otra vez. Él siseó de placer. Con la mano libre la tomó de la barbilla y le metió el pulgar dentro la boca. Imitó el movimiento de aquella mano, haciendo que su cabeza se imaginara como ella lo devoraba con esa delicada boca.La cara de Helena estaba roja como un camarón, había compre
«No juegues con fuego...» Pensó ella.Al principio Helena jugueteó con él para molestarlo. Pero al ver que las cosas se estaban calentando demasiado. Trató de mantener la calma, solo por la presencia del chofer.No tardaron mucho tiempo cuando llegaron a un helipuerto, la plataforma estaba suspendido sobre la orilla del mar. Abordaron un helicóptero. Los nervios se le congelaron durante el ascenso, pues fue la primera vez viajando en esa cosa. Pero aquel miedo fue opacado por el hermoso paisaje de la ciudad Amstin pintada por el atardecer. Olvidó al depredador que tenía a su lado y durante el viaje admiró todo el recorrido hasta que sobrevolaron la ciudad Esteron, su lugar natal, en medio de la noche.Aterrizaron sobre un edificio familiar. Russell la guio hasta el ascensor y una vez adentro, la besó con hambre sin esperar a que las puertas se cerraran. Ella cerró los ojos por el ardiente beso, se dejó saquear tanto como él quiso. Pero pronto se quedó sin aire. Russell paró no sin ant
El humor de Helena se volvió complicado.Esa mujer en realidad no había sido lo que esperó. Y aunque no pudo evitar ser borde, le costó odiarla. Apartó esos pensamientos y se enfocó en el siguiente problema.Las puertas de la oficina de Sandro, que estuvieron bien cerradas, fueron abiertas por Roger. De inmediato recibió dos agudas miradas, como las de dos cazadores a punto de atacar. Pero de inmediato aquella sensación desapareció.―Heli.―Señorita García.La tensa atmósfera se relajó. Aunque Russell le envió una mirada cargada de furia a Sandro y él, por su parte, mantuvo su sonrisa brillante.―Justo a tiempo. Necesitamos su ayuda señorita García.―Señora Russell para ti ―recalcó Russell.Esa rabieta le hizo reír a Sandro, lo cual le hizo hervir la sangre a Russell. Helena analizó a los dos hombres. Estaba claro que ambos habían sido amigos en el pasado, y que Sandro sabía como tocar la fibra más sensible de su esposo.«¿Esposo? Esposo...» Pensó.―Ya que por fin estamos los tres jun
Familia, boda, luna de miel, mudanza.Russell parloteó como nunca lo hizo. Helena contempló al hombre. La idea de que era un impostor cobró relevancia en su cabeza, pero lo apartó porque no quería perderse del monólogo extenso que él dio de camino a la mansión de Sandro.Quería dos hijos, como mínimo. Quería hacer la boda otra vez pero a lo grande. La luna de miel lo quería pasar en el extranjero y quería trasladarla a su propio territorio en Deugas, pues ya había pasado mucho tiempo fuera y quería regresar con ella.―¿Qué opinas? ―preguntó él luego del extenso parloteo. Helena no supo qué responder. Russell sintió nervios―. ¿No te gusta el plan?―Bueno... Todavía no sé qué hacer. Déjame pensarlo...Russell mantuvo esa sonrisa siniestra pegada en sus labios. Le dio un apretón a la mano de su esposa que nunca soltó. Pero no conforme con ese simple gesto, la rodeó con el brazo y la arrastró hacia su pecho mientras el automóvil se deslizó con suavidad por las calles de la ciudad.Helena







