INICIAR SESIÓNLas emociones se agitaban dentro de mí como un océano en plena tempestad, mientras mi razón intentaba procesar lo que había hecho. Me refugié en la intensidad de aquellos ojos, en la seguridad de sus brazos, que parecían diseñados para cargar con mi tormento. No lo conocía, pero era exactamente lo que necesitaba en ese instante, el único resquicio de calma en mi mundo reducido a cenizas.
No hubo preguntas, solo la firmeza de su abrazo, atrayéndome hacia la calidez inesperada de su cuerpo, un contraste punzante con el frío abismo que se había abierto dentro de mí. Sus labios se apoderaron de los míos con una urgencia que consumió mi capacidad de pensar, de respirar, de existir más allá de ese instante. Bebió mis lágrimas como si fueran el único néctar capaz de saciar una sed eterna, cada gota una promesa silenciosa de olvido. La sorpresa me invadió al sentir una metamorfosis interna, un cambio tan repentino y violento como un volcán que despierta de su letargo. La lava ardiente de emociones reprimidas brotó desde lo más profundo de mi ser, envolviéndome en una ola de calor que borraba todo rastro del frío que me había congelado el alma. Me abandoné a esa sensación, a ese calor que me impregnaba, haciendo que cada roce fuera una descarga eléctrica en mi piel, cada caricia un lenguaje nuevo y ardiente que mi cuerpo aprendía con avidez. —Compláceme y hazme todo lo que quieras, hazme olvidar, por favor —rogué de nuevo ante su mirada interrogante—. Compláceme hasta el delirio. No respondió ni preguntó nada, siguió acariciando mi cuerpo apretándome contra él con todas sus fuerzas, como si sintiera la necesidad que me llenaba de fundirme con algo, con él. Cómo si percibiera mi necesidad de desaparecer. No supe cuando dejamos de bajar e iniciamos a subir. El ascensor, ese cubículo metálico que se había convertido en el umbral hacia una realidad alternativa, e inició a ascender silencioso hacia el último piso. Tampoco supe cuando mi ropa se desvaneció en algún punto entre los pisos, no supe cómo ni cuándo quedé desnuda en sus brazos, solo que cada prenda que se deslizaba fuera, dejaba una estela de sensaciones a su paso. En ese torbellino de tacto y sensibilidad exacerbada, mi mente se vació de todo excepto del placer puro y desbordante. Un placer tan inmenso y abarcador que eclipsaba cualquier pensamiento, cualquier recuerdo, cualquier dolor anterior. Era la primera vez que me sumergía en tales profundidades de esas caricias, de esos besos, que me llenaron de éxtasis, y no quería emerger jamás. Mi mente se debatía en un caos, una tormenta de emociones que chocaban y giraban con violencia. La imagen de ellos, sus gemidos, sus reclamos, permanecían en ella como si una macabra escena de una película se repitiera una y otra vez. Y en medio de esa tempestad, mi cuerpo era reclamado por este desconocido que parecía haber sabido, con alguna premonición insondable, que eventualmente me tendría así, desmoronada y suplicante a su merced. Nos habíamos cruzado innumerables veces, dos figuras solitarias orbitando la misma esfera sin nunca realmente tocarnos. Nunca una palabra, nunca un saludo; éramos dos desconocidos solitarios como las estrellas fugaces en el mismo cielo nocturno, destinadas a cruzarse sin más interacción que la breve estela que dejaban a su paso y que ahora había colisionado inesperadamente. Él era un enigma, con una presencia que irradiaba un magnetismo silencioso pero ineludible. Y ahora, mientras me iniciaba en un territorio desconocido para mí, era imposible no reconocer su habilidad para navegar por las corrientes ocultas de deseo y necesidad. A pesar de mi nula experiencia, era evidente que él conocía cada movimiento necesario para despertar sensaciones que yo no sabía que podía sentir. No le avisé de nada, como si necesitara castigarme con el dolor de su introducción en mí por primera vez. Me merecía eso y mucho más por dejarme engañar doblemente. Mi prometido perfecto y mi hermana la niña mimada por todos se habían burlado de mí por tanto tiempo. ¿Por qué? No lo entendía, no comprendía por qué motivo habían hecho una cosa como aquella. Las lágrimas seguían su curso por mis mejillas, cada sollozo era un eco de mi corazón roto. De mi gran frustración y confusión. Pero mis súplicas al formularlas al desconocido que me complacía sin preguntar, eran claras: quería ser poseída hasta el olvido, ser consumida hasta que no quedara nada del dolor. Y él cumplió con mi ruego sin palabras, sin pedirme que detuviera mi llanto, sin cuestionar mi necesidad. Sin preguntar que me había sucedido, ¿es que acaso eso fue lo que quiso advertirme antes? ¿Habría visto a Roger y Celeste entrar en mi casa, o los habría escuchado? —No tienes que contarme nada —me dijo con voz ronca—. Pero si necesitas hablar, estaré aquí. No respondí. No podía. Las palabras eran encarceladas por un nudo en mi garganta del tamaño de la humillación que acababa de sufrir. Lo único que pude hacer fue mirarlo, intentando transmitir con mis ojos lo que mi boca no podía articular. No pregunté, no quería saber nada de él. Seguí pidiéndole que me complaciera, que me hiciera olvidar. Y me complació, una y otra vez, a través de las horas que se desdibujaban en una neblina de agotamiento y éxtasis hasta que finalmente me sumí en un sueño profundo, aún entre sollozos, pero extrañamente completa entre sus brazos. Desperté envuelta en un abrazo que ya no me era ajeno, pero me deslicé fuera de su alcance con una suavidad que lo hizo abrir los ojos. Su mirada me siguió mientras me vestía en un silencio que se extendía como una neblina, densa y reveladora. Él, sin romper esa quietud, se levantó y se dirigió a un mueble del cual extrajo una llave ofreciéndomela con una simplicidad que desmentía la complejidad del gesto. —Es de esta casa, puedes venir cuando quieras sin avisar —anunció. —Te complaceré cada vez que me lo pidas. La acepté, incapaz de encontrar palabras que pudieran navegar el mar de emociones que me ahogaba. Me acerqué y deposité un beso en sus labios, un sello de reconocimiento a lo inefable de lo que habíamos compartido. Él respondió atrayéndome, y por un instante, el calor de su cuerpo desnudo amenazó con derretir todas las barreras que había construido. Pero me solté, dejando atrás ese fuego para enfrentar el frío de mi realidad. —Sé inteligente —lo escuché a mis espaldas— nadie te creerá si lo dices o los enfrentas ahora. Es tu palabra contra la de ellos.Mientras los veía salir, sentí una oleada de gratitud y felicidad. El doctor Luigi comenzó a realizar los últimos chequeos, y yo cerré los ojos por un momento, saboreando la paz que siguió al nacimiento de mi hijo, consciente de que pronto la habitación se llenaría de la alegría y el caos de mi familia.El tiempo pasó volando, y antes de que nos diéramos cuenta, llegó el día de mi boda. La playa de Cedera se había transformado en un escenario de cuento de hadas. Flores exóticas adornaban el altar, y el sonido de las olas proporcionaba la música de fondo perfecta. No acepté nada tecnológico quería todo normal y Alonso me complació.Con mi vestido blanco y radiante, caminé hacia Alonso, quien me esperaba con una sonrisa que iluminaba todo su ser. Nuestro pequeño Fiodor, en brazos de Diletta, gorjeaba fel
Nectáreo, siempre práctico y resuelto, tomó el control de la situación. Su voz firme y decidida contrastaba con la tensión que se palpaba en el aire.—Bien, familia, parece que tendremos que posponer la celebración. ¡Vamos al hospital!Todos miramos a nuestro alrededor, estábamos en la costa, lejos del centro de Cedera donde quedaba el hospital de Luigi. En ese instante anhelé que uno de esos autos que hablaban solos y que aparecían a cada rato si te veían caminar hicieran acto de presencia.—¿Dónde están todos esos locos autos cuando más los necesitan? —grité al sentir que una nueva contracción me envolvía y cómo un líquido caliente corría por mis piernas—. ¡Ah..., aparezcan maldita sea!Mis hermanos me miraban sin entender a qué me refería, pero vi a mi Alonso sacar su
Mi embarazo estaba en su recta final, y mi corazón anhelaba desesperadamente noticias de mis queridos hermanos. Cada día que pasaba, sentía un vacío creciente al imaginar que mi única hermana, Diletta, no estaría a mi lado en el momento más importante de mi vida. Aunque las mujeres de la familia se desvivían por ofrecerme su compañía y apoyo, en el fondo de mi alma, solo deseaba la presencia reconfortante de mi hermana.Alonso, mi amado esposo, notaba mi inquietud. Me sorprendía constantemente mirando hacia el puerto y el aeropuerto, como si pudiera hacer aparecer a mis hermanos con la fuerza de mi deseo. Con su dulzura habitual y siguiendo el consejo de mi cuñado, el doctor Luigi, decidió sacarme a dar un paseo por la playa.—Caminar te ayudará con el parto— me recordó con una sonrisa cálida.El atardecer en Cedera era un
Se abrazó a mi cuerpo repitiendo que era feliz, pero podía notar que no lo era del todo. No insistí, quizás eran cosas del embarazo. Seguimos caminando rumbo a nuestra bella casa que hice exactamente como ella quería; no me importó las veces que me hizo cambiar algo. Lo hacía porque quería complacerla hasta el más mínimo detalle para que fuera feliz, y lo haré gustoso cada vez que me lo pida.Mientras caminábamos, pasamos por delante de la fábrica de Gaby, que es de cristal. Al observar a los jóvenes ingenieros y científicos trabajando con entusiasmo en los laboratorios, sentía una profunda gratitud. Hemos pasado de ser una familia unida por secretos oscuros a ser una comunidad que trabaja junta por un futuro brillante. Y todo gracias a la visión y determinación de Gabriel D'Alessi y todos nuestros jóvenes, porque ellos no se quedan at
El regreso de las jóvenes interrumpió el momento. Me apresuré a ayudarlas, tomando sus bolsos con alivio. Salimos rumbo a nuestro destino, dejando atrás el pasado turbulento y mirando hacia un futuro incierto pero lleno de posibilidades.Mientras cargaba el equipaje en el coche, sentí el peso de las decisiones tomadas y de las que aún estaban por venir. El camino que nos esperaba era largo y desconocido, pero estaba dispuesto a recorrerlo con Celia a mi lado. Lo demás, como siempre en esta vida impredecible, se lo dejaríamos al destino.En las siguientes horas, todo se desarrolló con una rapidez vertiginosa. Volamos a Monte Giardino, donde realizamos el ritual en el manantial de la vida, liberando a Celia y a mi cuñada de los tatuajes que las habían marcado durante tanto tiempo. La gran caldera del tesoro, señalada por el abuelo, fue encontrada y rescatada, cerrando así u
No respondí. Corrí al baño y me metí bajo el chorro frío de la ducha para despertarme. Lo sentí sacar mis ropas mientras me contaba que los hombres estaban entrenando, los había visto desde su ventana. Dante y yo habíamos vivido mucho tiempo solos y nos ayudábamos mutuamente en todo. Al salir, me puse la ropa que había elegido para mí sin preguntar. Lo notaba nervioso, y yo también lo estaba.Salimos en silencio hasta el comedor donde Nectáreo reía a carcajadas con sus dos hermanas, en verdad las amaba y lo hacían feliz. Él mismo había preparado, ayudado por ellas, el desayuno; cocinar era su pasión. Tomamos asiento luego de saludar a cada extremo de la mesa como era nuestra costumbre.—¿Y esto a qué se debe? —me atreví a preguntar, intrigado por la escena familiar que se desplegaba ante mis ojos.&m







