FAZER LOGINSia apretó la frente contra el pecho de Valerius durante unos segundos más, buscando la calma en el ritmo de los latidos del corazón del hombre. La calma duró poco. El frío de la montaña se le metió por la ropa y el ardor en el antebrazo derecho le dio una punzada tan violenta que la hizo soltarse del abrazo con una mueca de dolor.—Ya estuvo bueno de discursos —dijo Sia, frotándose la piel sobre la manta mientras trataba de recuperar el aliento—. Si esa luz violeta sigue creciendo en la playa, no nos va a servir de nada haber sobrevivido a la cueva. Trae a Leo y a mi madre. Tenemos que entender qué dice la corona de tu abuelo antes de que la noche nos agarre a ciegas.Valerius asintió con la cabeza y llamó a Leo con un gesto seco de la mano. El joven se acercó rápido al pie de la torre, cargando la caja de madera gastada entre los brazos con un cuidado extremo. La Gran Anciana los siguió a pasos cortos, mirando a los lados con el miedo reflejado en los ojos.Subieron los cuatro a la
El grito del heraldo resonó en las paredes de la torre oeste ahogando la respiración de todos los presentes. Valerius soltó la manta que cubría a Sia y avanzó tres pasos hacia el mensajero, apretando la mano sobre el puñal que llevaba en el cinto. La claridad del amanecer entró por las ventanas peladas y dejó al descubierto un cielo raro: nada del azul bonito de verano, sino un plumazo gris cruzado por rayas púrpuras que parpadeaban. —Repite lo que acabas de decir antes de que te tire por el balcón —le ordenó Valerius. La voz le salió baja, cargada de rabia, de tal magnitud que hizo retroceder al joven guardia hasta chocar contra el marco de la puerta de roble.—Las olas de la costa sur... mi Señor —tartamudeó el mensajero, apretándose el pecho con la mano temblorosa—. Se volvieron de un color violeta encendido. La gente del pueblo de pescadores abandonó las chozas y corre hacia la ladera. Dicen que el agua quema la piel de los peces y que el cielo se está deformando sobre el mar.S
Sia dio un paso al frente, apretando la manta contra su antebrazo derecho para ocultar el ardor que no le daba tregua. La presencia del emisario de la costa en el patio de armas abría una grieta de alivio entre los sobrevivientes que miraban con hambre desde los arcos de piedra. Los carromatos cargados con barriles de sal, pescado seco y fardos de tela limpia significaban la diferencia entre la vida y la muerte para los niños de la ladera durante las próximas semanas.Valerius mantuvo la mano apoyada sobre la empuñadura de su espada corta, examinando al hombre de la túnica azul con una desconfianza tajante.—Aceptamos las provisiones —declaró Sia, hablando con un tono de voz firme que cortó el murmullo de la multitud—. Pero dile a la gente de los mares que la deuda de Malakai no se paga con unas cuantas toneladas de pescado. Si quieren mantener la paz con esta montaña, van a tener que abrir las rutas comerciales de la costa para la gente común sin cobrar impuestos de guerra.El emisar
A Sia le ardía el antebrazo de una forma tan salvaje que sentía que la piel se le iba a caer a pedazos. La marca violeta y negra resplandecía con una luz opaca bajo la luna llena, dibujando una corona de espinas alrededor del ojo abierto. Valerius le sujetaba el brazo con la mano temblorosa, apretando los nudillos hasta dejarlos blancos mientras intentaba comprender el origen de esas líneas oscuras. La calidez del encuentro íntimo de minutos atrás se evaporó por completo de la torre oeste, dejando un silencio incómodo entre los dos.—¿Qué demonios es esto, Sia? —preguntó Valerius en un gruñido, ahogado por la rabia y el desconcierto—. Tu sangre no tiene rastros de la sombra. Te limpie el cuerpo con mi propia energía cuando el Cristal explotó. Esto no tendría que estar pasando.Sia apretó los dientes para reprimir un gemido de dolor, zafando el brazo del agarre del hombre con un jalón seco.—Si yo supiera lo que es, no estaría aquí parándome como una estúpida a ver cómo me sale humo de
El aire en el balcón de la torre oeste se volvió pesado, espeso y caliente en cuestión de segundos. La brisa helada que subía desde el abismo de la montaña golpeaba las paredes sin lograr enfriar la piel de ambos. Valerius abrió los ojos y atrapó la muñeca de Sia con una mano firme pero libre de la brutalidad de otros tiempos. No apretó la carne con desesperación de verdugo; sostuvo su mano con un temblor imperceptible en los dedos, sintiendo cómo el flujo constante de luz blanca corría bajo la piel de la mujer con una soltura perfecta.—Llevo días sintiendo que me vuelvo loco, Sia —murmuró Valerius. La voz le salió cargada de una sed vieja y acumulada que no tenía nada que ver con los venenos de la sombra ni con las marcas de dominio de las manadas—. Llevo días viéndote dormir en ese lecho de hierba, temiendo que al tocarte te deshicieras como humo entre mis manos.Sia no dio un solo paso hacia atrás. Clavó sus ojos en el rostro del hombre, observando las líneas duras de su mandíbula
Sia se quedó sin habla por un segundo. Pasó la vista por las líneas trazadas en el mapa, reconociendo las tierras que antes pertenecían a la nobleza militar.—¿Escuelas para los lisiados y los parias? —preguntó ella, asegurándose de haber escuchado bien—. Los antiguos Alfas usaban esas tierras para entrenar a los perros de guerra.—Ya no habrá perros de guerra —aseguró Valerius con una frialdad tajante—. Ningún niño que nazca con la sangre débil o con el cuerpo imperfecto volverá a ser arrojado a las fosas de la montaña ni vendido como sirviente. Se les va a enseñar a trabajar la tierra, a leer, a manejar la medicina y a defenderse si alguien intenta tocar sus fronteras. Ese proyecto es en tu honor, Sia. Porque si este reino sobrevivió a la podredumbre, fue por la fuerza de una persona a la que todos consideraban defectuosa.Un silencio emocionado corrió entre las mujeres y los hombres de la gente común. Varias sirvientas que tenían hijos nacidos con deformidades o sin el don de la tr







