Masuk
—Vuelve a México. Tu hermana menor se casará con un hombre rico de Europa. Sé que la odias, aunque tengan madres diferentes, siguen siendo hermanas de sangre. Estaré esperando tu regreso junto a tu prometido estadounidense.
Solté un largo suspiro al leer el mensaje de mi padre, y entonces escuché un sonido extraño. —Oohhh… aaaah… mmmhh… El sonido llegaba débilmente desde el final del pasillo de la UCI del tercer piso. Al principio pensé que era el televisor o algún paciente gimiendo de dolor, pero mis pasos se detuvieron cuando el sonido se volvió más claro. Jadeos contenidos y el roce de piel contra piel detrás de la puerta del baño del personal. Me acerqué con las manos temblorosas. En la puerta del baño había un letrero que decía Out of Service, pero por la rendija inferior se veían las sombras de dos personas moviéndose frenéticamente, y entonces escuché la voz de aquel hombre. —Olivia… Mi cuerpo se congeló al instante. Era Ethan, mi novio. Neurocirujano. Y Olivia Carter era nuestra propia amiga. La cardióloga que cenaba con nosotros casi todas las semanas. La puerta del baño no estaba cerrada con llave. Mi mano tocó la manija y la empujé. La puerta se abrió y, durante los primeros segundos, nadie se movió, pero mis ojos lo vieron todo. Ethan estaba de pie junto al lavabo. Su camisa blanca seguía pegada a su cuerpo, pero los tres botones superiores estaban completamente desabrochados, dejando ver su pecho cubierto de sudor. Las mangas estaban remangadas hasta los codos. El cinturón ya estaba desabrochado y los pantalones medio caídos. Olivia estaba apoyada contra el borde del lavabo frente a él. Su uniforme médico yacía tirado en el suelo. Debajo, su camisón rojo había resbalado hasta sus tobillos, combinado con unas medias negras rasgadas en las rodillas. No llevaba nada debajo de la bata médica. Una de las piernas de Olivia rodeaba la cintura de Ethan. Sus manos se aferraban a los azulejos detrás de su cabeza. Su largo cabello rizado, normalmente recogido con pulcritud, ahora caía desordenado, pegado a sus mejillas y a su cuello sudoroso. Giró parcialmente el rostro hacia la puerta cuando la luz del pasillo iluminó la habitación. Sus ojos se abrieron de par en par y, por un instante, lo vi todo. Vi cómo el cuerpo de Ethan seguía unido al de Olivia. Vi los muslos húmedos de Olivia y cómo las manos de Ethan seguían sujetando con fuerza sus caderas. También escuché a Olivia gemir suavemente en el último segundo antes de recuperar la conciencia, un pequeño jadeo apenas audible, la vibración en su garganta que hizo que todos los vellos de mi nuca se erizaran. —¿Camila? —la voz de Ethan salió entrecortada. Finalmente soltó a Olivia. Sus grandes manos alcanzaron sus pantalones, intentando cubrir lo que ya había quedado expuesto ante mis ojos. —¿Así que esta es la razón por la que siempre hacen horas extras juntos? ¿En el baño del hospital? —pregunté. Olivia se apresuró a acomodarse la bata médica. —¡Escúchame primero! —¡Cállate! Miré a Ethan como si fuera un extraño. Durante cinco años estuve a su lado. Cinco años de relación, creyendo que algún día se convertiría en mi esposo. Y ahora estaba acostándose con mi mejor amiga en el hospital donde trabajábamos. —Son asquerosos —dije. —No es lo que crees —dijo Ethan. —¿Ah, sí? ¿Entonces vi mal? —¡Camila, por favor! —Voy a denunciar esto ante el director del hospital. Están teniendo relaciones inapropiadas en un área médica —dije. —No hagas esto —dijo Olivia. —¿Por qué? ¿Tienen miedo de que sus carreras se arruinen? Olivia cruzó los brazos sobre el pecho. —¿De verdad crees que el director te va a creer? Fruncí el ceño. —¿Qué quieres decir? —¿De verdad crees que no estábamos preparados para el día en que descubrieras todo? —preguntó Olivia con una sonrisa cínica, y por alguna razón sentí que algo terrible iba a pasarme. Al día siguiente. Estaba sentada en la sala del comité ético del hospital con las manos frías y el rostro pálido. Frente a mí estaban sentados cinco altos cargos del hospital, incluido el director Richard Coleman. Un expediente grueso descansaba sobre la mesa. Mi nombre estaba escrito en grande. Dra. Camila López. Todavía no podía creer que todo estuviera ocurriendo tan rápido. —Dra. Camila López, ¿niega usted que durante los últimos meses ha consumido benzodiacepinas sin reportarlo oficialmente al hospital? —Sí tomo medicamentos para la ansiedad, pero son recetados por un médico —respondí. —Sin embargo, nunca lo reportó al hospital. —Nunca puse en peligro a ningún paciente. Siempre hice bien mi trabajo —dije. —Una doctora de urgencias dependiente de sedantes sigue siendo considerada un riesgo. —Tengo una receta de medicamentos para la ansiedad emitida por mi psiquiatra, pero la dosis es baja y nunca… —¿Dosis baja? —interrumpió el director Coleman. Sacó una hoja de papel y la dejó sobre la mesa. —Sus análisis de sangre muestran un nivel de benzodiacepinas suficiente para incapacitar a alguien de su tamaño. Eso no es una dosis baja. Eso era imposible. Yo solo tomaba 0.5 mg, la dosis más baja recetada para pacientes con trastorno de ansiedad leve. Giré la cabeza hacia una esquina de la sala. Ethan estaba sentado allí junto a Olivia. Ambos parecían tranquilos. Olivia incluso tenía las piernas cruzadas elegantemente mientras sus dedos golpeaban el reposabrazos de la silla. —Eso es imposible. Alguien manipuló los resultados —dije. —También tenemos grabaciones de CCTV de tres incidentes separados donde se la ve introduciendo algo en su boca en la sala del personal, en su oficina y en el baño —dijo el director. El director Coleman pulsó un botón en su portátil. La pantalla de la pared se encendió. Primer video: yo en la sala del personal, abriendo una botella de agua y llevándome algo a la boca. Recuerdo que era un caramelo de menta. Acababa de terminar un turno largo y tenía un sabor amargo en la boca. Segundo video: yo en mi oficina, bebiendo café mientras revisaba expedientes médicos. Recuerdo perfectamente que no había ninguna pastilla, solo café negro. Tercer video: yo en el baño público. ¿Cámaras en el baño? ¡Eso era ilegal! Sostenía un frasco pequeño. Pero en el video la imagen estaba borrosa. No podía distinguir detalles, solo mi silueta cargando algo. —¡Eso no eran sedantes! ¡Era un caramelo de menta y café! —dije. —¿Entonces qué hay de este frasco? —El director Coleman sacó una bolsa plástica transparente. Dentro había un frasco de medicamento. Nombre en la etiqueta: Dra. Camila López. Fecha de prescripción: hace tres meses. Medicamento: Alprazolam 2 mg. Yo nunca había tomado alprazolam. Miré el frasco y luego miré a Ethan. —Nunca tomé ese medicamento. Alguien lo puso en mi casillero. Quiero un abogado… —Ya está siendo representada por el abogado del hospital, y él le ha aconsejado cooperar plenamente. Miré al abogado sentado a mi lado, un hombre que ni siquiera quería mirarme a los ojos. Él no era mi abogado. Era alguien enviado por el hospital para asegurarse de que yo no prolongara esa audiencia. Traidores por todas partes. —Muy bien. Además del consumo ilegal de sedantes, también se la acusa de presentar denuncias falsas contra sus colegas, el Dr. Ethan Reed y la Dra. Olivia Carter, relacionadas con una supuesta relación inapropiada dentro de las instalaciones del hospital —dijo el director. Abrí los ojos de par en par. ¿Denuncias falsas? —Los vi teniendo sexo en el baño del personal —dije. —Hemos revisado las grabaciones del baño del personal la noche que usted menciona. No se registró ninguna actividad sospechosa. El baño estaba vacío. —¡Porque borraron las grabaciones! —casi grité. El ambiente en la sala se tensó. El director Coleman me observó con una mirada de advertencia. —Le sugiero que se controle. Desde una esquina de la sala, Olivia habló por primera vez. —La Dra. López ha mostrado un comportamiento inestable últimamente. Muchos miembros del personal estaban preocupados. A menudo parecía distraída, irritable, e incluso estuvo a punto de dejar caer a un paciente en urgencias porque le temblaban las manos. —¡Eso es mentira! —dije. Olivia se encogió de hombros mientras el director Coleman soltaba un suspiro. —Basándonos en las pruebas existentes, los análisis de sangre, las grabaciones de CCTV, los testimonios del Dr. Reed y la Dra. Carter, así como en su historial médico, el comité ético determina que la Dra. Camila López es culpable de faltas éticas graves. Su licencia para ejercer en el St. Augustine Medical Center queda revocada a partir de hoy. —Además, el comité ético nacional ya ha recibido este informe. Su nombre será incluido en la lista nacional de vigilancia para médicos con antecedentes de abuso de sustancias. Temporalmente, no podrá trabajar en ningún hospital de Estados Unidos hasta que se realice una evaluación adicional. Lista negra. Destruyeron mi carrera y mi vida. Miré a Ethan una última vez antes de ponerme de pie. El hombre al que amé durante cinco años ni siquiera me miró. —Algún día pagarán por todo esto —dije antes de abandonar la sala.Al día siguiente, Natalia se encontraba en el umbral de la puerta del sótano que Ethan utilizaba como lugar de trabajo. El aire del interior era frío y estaba impregnado de un penetrante olor a antiséptico. Las luces blancas del techo iluminaban la mesa de operaciones, donde yacía un cadáver con el pecho abierto.Ethan estaba de pie junto a la mesa, vestido con una bata blanca y guantes de látex. Su rostro permanecía sereno mientras manejaba el bisturí, como si lo que estaba haciendo fuera un trabajo completamente normal.Natalia se quedó paralizada.Ya sabía que Ethan realizaba trabajos horribles para Alessandro Moretti. También sabía que el hombre del que estaba enamorada ya no era el médico que ella había imaginado. Sin embargo, verlo con sus propios ojos le revolvió el estómago.Ethan no se había percatado de su presencia. Estaba demasiado ocupado examinando algo en el interior del cadáver y dando instrucciones a un hombre que permanecía a su lado.—Anota los resultados. Quiero qu
Al día siguiente.La sala de reuniones de la mansión Vitale estaba llena de doce ancianos de la familia. Una larga mesa de caoba brillante, decorada con lámparas de cristal que colgaban sobre ella. Al final de la mesa, Luca estaba sentado con la espalda recta, llevando un traje negro impecable, corbata gris y una expresión ilegible.Stefano estaba de pie detrás de él, como de costumbre.El tío Agostino abrió la reunión con voz grave.—Fallaste en traer a Natalia de vuelta.Luca no parpadeó. —No fallé. Natalia ya eligió. Ya no es parte de esta familia.—Lo dices con facilidad —dijo la tía Concetta, entrecerrando los ojos—. Sangre Vitale corre por su cuerpo. Dejaste que se convirtiera en enemiga.—Dejé que tomara su propia decisión. No puedo obligar a alguien que no quiere ser salvada.—Entonces eres débil —dijo el tío Agostino.Luca se levantó lentamente. Su silla se deslizó hacia atrás con un sonido suave que resonó en la habitación silenciosa.—¿Soy débil? He liderado esta familia de
Camilla cerró la puerta de la habitación de los niños con cuidado, asegurándose de que ningún ruido despertara a Lucia y Nico. Se quedó de pie un momento en el pasillo, dejando que el silencio de la mansión la envolviera. El reloj ya marcaba las nueve de la noche, y por primera vez en días, se sentía verdaderamente agotada—no cansada físicamente, sino agotada del alma.El día había sido pesado. Había una paciente adolescente que intentó suicidarse, una madre joven que perdió a su bebé, un anciano que no podía perdonarse a sí mismo. Camilla lo escuchó todo, absorbió sus heridas, y ahora se sentía vacía.Caminó hacia la habitación principal, desabrochando los botones de su blazer uno por uno. Su mente seguía agitada—sobre Lucia, sobre Natalia, sobre la amenaza que aún pendía sobre su familia.La puerta de la habitación se abrió.Camilla se detuvo en el umbral, y todos esos pensamientos se desvanecieron.Luca estaba de pie cerca de la ventana, de espaldas a la puerta. Su espalda ancha es
Los días pasaron como el agua de un río que fluye tranquila en la superficie, pero con una corriente fuerte debajo.La mansión Vitale volvió a estar silenciosa después de la tormenta de la reunión con los ancianos, pero la tensión aún pendía en el aire como una niebla que no quería irse.Camilla estaba de pie en el umbral de la habitación de los niños, mirando a dos pequeñas criaturas que eran todo su mundo.Nico ya podía caminar. Sus piernas regordetas daban pasos tambaleantes del sofá a la mesa, de la mesa a la estantería, con las manos extendidas para mantener el equilibrio.Cada vez que se caía, se reía, luego se levantaba de nuevo. El niño estaba lleno de energía, lleno de vida, y todos en la mansión, guardaespaldas, sirvientes, cocineros, competían por elogiarlo.—¡Ven aquí, el joven señor Nico!—¡Qué inteligente! ¡Mira, ya puede correr!—¡Qué niño tan guapo, idéntico al señor Luca!Nico se convertía en el centro de atención dondequiera que estuviera. Sus ojos azules, su cabello
El avión privado de Vitale aterrizó suavemente en un pequeño aeropuerto cerca de la mansión. Camilla suspiró aliviada cuando las ruedas tocaron la pista. Lucia se despertó de su sueño, frotándose los ojos con sus pequeñas manos. —¿Ya llegamos, mamá? —Sí, cariño. Ya llegamos. Nico seguía durmiendo en brazos de Luca, sin ser molestado por el sonido del motor que se apagaba. Stefano ya estaba de pie en la puerta, preparándose para bajar primero junto con los guardaespaldas. Al llegar a la mansión, había tres coches negros aparcados frente a la puerta principal. Coches que no reconocía y en el porche, varios hombres mayores estaban de pie con trajes oscuros, rostros duros que reconocía como los ancianos de la familia Vitale. —Luca, ¿por qué están aquí? Luca los miró con la mandíbula apretada. —Ya han oído sobre Natalia. Ya sospechaba que esto pasaría. El coche se detuvo. Luca salió primero, entregó a Nico a Camilla, luego ayudó a Lucia a bajar. Stefano inmediatamente tomó posició
El Hospital General estaba ocupado como de costumbre. Enfermeras y médicos iban y venían por los pasillos, los pacientes esperaban en sillas de plástico, y el aroma a antiséptico llenaba el aire. Camilla estaba de pie frente a la entrada, llevando un blazer gris que había tomado prestado de la maleta de Luca, tratando de verse profesional aunque su corazón latía con fuerza.Luca estaba de pie a su lado, acompañado por dos guardaespaldas que mantenían distancia. Stefano se quedó en el hotel con los niños y los otros guardaespaldas.—¿Estás segura? —preguntó Luca en voz baja.Camilla asintió. —Vamos.Entraron, pasaron por recepción y preguntaron dónde podían encontrar a la Dra. Olivia.El pasillo del tercer piso era más silencioso. Solo había algunas enfermeras que pasaban, y las puertas de las habitaciones estaban bien cerradas. Camilla caminaba con paso firme, aunque sentía su estómago como si estuviera lleno de piedras.Al final del pasillo, una mujer estaba de pie de espaldas a ell







