LOGINAlma se quedó inmóvil entre la maleza. Su corazón comenzó a latir desbocadamente mientras observaba al desconocido que se acercaba cada vez más. Intentó retroceder, pero sus piernas ya no le respondían. Estaba agotada, tenía miedo y apenas le quedaban fuerzas para mantenerse en pie.—No… por favor, no te acerques —suplicó con voz temblorosa.El hombre extendió una mano hacia ella.Alma intentó apartarse, pero una oleada de mareo la obligó a sujetarse de una rama. La vista comenzó a nublársele. Comprendió que estaba a punto de perder el conocimiento y, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, lanzó un grito desgarrador.—¡AUXILIO!Su voz resonó entre los árboles.—¡AYÚDENME!Después, sus piernas cedieron y todo se volvió oscuro.Aquel grito llegó hasta la pista de aterrizaje, donde Héctor conversaba con el comandante. Ambos se volvieron de inmediato.—¡Alma! —exclamó Héctor, reconociendo la voz de su esposa.Sin pensarlo, salió corriendo hacia la zona de donde había provenido el gr
Al otro lado de la llamada, varios vehículos policiales avanzaban hacia la antigua pista. Los agentes se preparaban para intervenir en cuanto recibieran instrucciones, conscientes de que la operación podía complicarse si Víctor seguía en las inmediaciones.Unos minutos después, el comandante guardó su teléfono y miró hacia el frente.—Estamos llegando.Héctor se enderezó inmediatamente.Matilde también se puso de pie, aferrándose al respaldo del asiento mientras el capitán iniciaba las maniobras de descenso.El jet comenzó a perder altura.A través de la ventanilla, Héctor distinguió la vieja pista rodeada de terrenos cubiertos por vegetación. El lugar parecía abandonado desde hacía años.No había edificios en buen estado ni señales de actividad, salvo algunos vehículos que se acercaban por uno de los caminos laterales.—¿Es aquí? —preguntó Héctor.—Es la ubicación que nos proporcionaron —respondió el comandante—. Los agentes están llegando. En cuanto aterricemos, nos coordinaremos co
Sin embargo, en aquel momento no le importaban los reproches ni las miradas de Héctor. Lo único que deseaba era que Alma estuviera a salvo.—Comandante, cuando lleguemos, dígame dónde debo ir —solicitó Rafael—. Si hay que revisar cada rincón de ese lugar, lo haré.—Primero debemos conocer la situación y asegurarnos de que el sospechoso no tenga hombres armados vigilando la zona —respondió el comandante—. No quiero que nadie actúe por su cuenta y ponga en peligro a la víctima.Rafael asintió, aunque la impaciencia se reflejaba en su rostro.El señor López, por su parte, caminaba detrás de ellos, visiblemente nervioso. Sabía que su colaboración había sido importante para localizar a Víctor, pero también era consciente de que el hombre al que había ayudado podía ser peligroso.Aun así, había decidido contar lo que sabía y ahora esperaba que aquello sirviera para devolver a Alma a su hogar.Finalmente, todos comenzaron a subir al jet.Mientras Alma continuó caminando entre la maleza, apar
Matilde fue la última en hacerlo. Antes de entrar, se volvió hacia el capitán, que aguardaba junto a la puerta de la cabina.—Capitán, en cuanto reciba las coordenadas del comandante, diríjase directamente al lugar. No quiero desvíos ni demoras innecesarias.—Entendido, señora Varela. Estamos listos para despegar.Matilde asintió y entró en la aeronave.Pocos minutos después, las puertas se cerraron, los motores comenzaron a rugir y el jet avanzó por la pista. Héctor permanecía sentado, incapaz de encontrar una posición cómoda. Miraba su teléfono a cada instante, esperando una llamada, un mensaje, cualquier noticia que le confirmara que Alma seguía con vida.Entonces el avión comenzó a elevarse.La pista quedó atrás y, poco a poco, la aeronave se perdió entre las nubes, llevando consigo a una familia desesperada por recuperar a la mujer que Víctor les había arrebatado.Héctor apoyó los codos sobre las rodillas y entrelazó las manos, apretándolas con tanta fuerza que los nudillos se le
Mientras la avioneta continuaba estacionada en la vieja pista cuando Víctor consiguió recuperarse lo suficiente para incorporarse.Miró hacia los árboles y comprendió que Alma había logrado escapar de su alcance inmediato.Su rostro se contrajo de rabia.—¡Encuéntrenla! —ordenó al hombre que lo esperaba junto a la aeronave—. ¡No puede haberse alejado demasiado!El hombre dudó.—Señor, deberíamos irnos. Si alguien descubre que estamos aquí...—¡He dicho que la encuentres!El hombre obedeció, empezó a correr y se internó en la vegetación, mientras Víctor sacaba su teléfono para realizar una llamada.Pero antes de marcar, se detuvo.Si Alma conseguía llegar a una carretera y alguien la reconocía, todo su plan se vendría abajo.Y si la policía ya había descubierto su paradero, permanecer allí sería un error fatal.Miró hacia la avioneta y después hacia el bosque.Por primera vez, tuvo que enfrentarse a una posibilidad que jamás había considerado seriamente.Tal vez Alma nunca se rendiría.
Alma corrió en dirección contraria a la avioneta, hacia una zona de terreno irregular que se extendía detrás de los hangares. Sabía que no podía correr directamente hacia la carretera por la que habían llegado, porque Víctor la alcanzaría antes de que consiguiera alejarse lo suficiente.Necesitaba confundirlo.Por eso se internó primero en la dirección opuesta, hacia una pequeña zona boscosa que bordeaba la pista.—¡Alma, detente! ¡No tienes idea de lo que estás haciendo!La voz de Víctor resonaba a sus espaldas.Ella escuchaba sus pasos, pero también notaba que él no conseguía correr con normalidad debido al dolor. Aquella era su oportunidad.Alma se internó entre los árboles y continuó avanzando hasta que la vegetación comenzó a ocultarla de la vista.Solo entonces cambió de dirección.Había memorizado el camino durante el trayecto en automóvil: las curvas, un viejo cobertizo junto a la carretera y una señal oxidada que habían pasado poco antes de llegar a la pista.Si conseguía enc







