เข้าสู่ระบบEl jueves, Sofía sale de Correos con el resguardo en la mano.No me deja guardarlo hasta que hemos cruzado la calle.—¿Ahora ya va?—Ahora ya va.Leo camina al otro lado. Se inclina para ver el papel, pero no lo toca.—¿En avión? —pregunta.—Tiene que cruzar el océano.Sofía dobla el resguardo por la mitad. Lo vuelve a abrir porque ha tapado una línea que quería mirar.En casa lo mete dentro del cuaderno rosa. El sobre se ha quedado en Correos. La carta no vendrá en nuestro bolso al día siguiente.El viernes traslado mi silla al salón del piso de Diego. La de comedor vuelve a la mesa de la cocina. En mi estudio dejo una silla sencilla junto al tablero de caballetes.Por primera vez desde que montamos la mesa de haya, puedo apartarme del dibujo sin levantar el asiento.Las ruedas no rozan el zócalo.El sábado treinta y uno, Leo saca una caja de piezas de construcción y se sienta en la alfombra.Sofía abre su libro de países sobre la mesa baja. Entre ellos dejan sitio suficiente para un
Sofía trae el cuaderno rosa a la cocina el miércoles veintiocho.Lo pone al lado de mi taza. No lo abre hasta que retiro el plato de las tostadas.—Tengo que terminar una cosa.Diego recoge una cuchara del suelo. Leo se bebe la leche sin apartar los ojos del cuaderno de su hermana.—Ahora vamos al colegio —dice su padre.—Después.Sofía abre por una página que tiene una esquina doblada. Hay palabras tachadas y una línea que acaba en el margen sin terminar.Me deja verla. No acerca el cuaderno ni me lo entrega.—¿Lo de la ciudad? —pregunto.Niega con la cabeza.—Lo de Mateo.Leo deja el tazón.—Te lo dije.—Ya lo sé.Cierra el rosa y se lo lleva al cuarto. Vuelve con la mochila, pero sin el cuaderno. Lo terminará por la tarde.Diego lleva a los niños al colegio. Yo paso por el estudio y trabajo allí hasta las tres. Antes de salir, pongo en el bolso unas hojas blancas que uso para las notas de obra.No sé si Sofía va a querer una. Las llevo igual.Por la tarde la recojo con Leo. Caminam
El flexo nuevo tiene un brazo demasiado rígido.Lo compré ayer. Hoy, lunes veintiséis, necesito una mano para sujetar la base y otra para orientar la luz sin arrastrarlo por el tablero.Lo consigo a la tercera.Son las cinco y media. He trabajado en el estudio desde las nueve y me falta revisar una sección antes de enviarla. La he traído para terminarla aquí.Leo hace los deberes en la cocina. Sofía busca una ciudad en su libro de países. Diego acaba de llegar con una bolsa de fruta.—Necesito una hora —le digo—. Hasta las seis y media. Para esto.Señalo la lámina.Diego deja la bolsa sobre la mesa de la cocina.—Me quedo con ellos.Me siento. La silla es una del comedor; no tiene ruedas y tengo que apartarla cada vez que quiero levantarme. Todavía no he traído la mía.Coloco la regla. Ajusto la luz otra vez. En el estudio dejé la sección abierta en pantalla para compararla, pero aquí puedo verla entera sin deslizar nada.Trabajo doce minutos sin levantar la cabeza.Luego suena el tel
La esquina del tablero gira en el dibujo antes de girar en el pasillo.El lunes por la noche termino de marcar el recorrido. El martes veinte lo compruebo con el flexómetro, después de que los niños se hayan ido al colegio.Diego sostiene la cinta en el marco de la puerta. Yo mido la distancia hasta la pared de enfrente.—De canto —digo—. Y sin las patas.Asiente. Apunto la última cifra junto a la curva que dibujé ayer.El tablero pasa. Las patas también, por separado.La mesa entera, no.Recojo la cinta y vuelvo al salón. La estantería sigue delante de la ventana. Hay que vaciarla antes de moverla; las carpetas de Diego no pueden quedarse apiladas en la cocina durante una semana.—¿El sábado? —pregunto.Diego consulta el calendario en el teléfono.—Tengo una llamada a las diez. Después puedo.—Yo voy a pedir el transporte para las doce.—Vale.En el estudio hago dos encargos. El transporte de una mesa desmontada. Un tablero sencillo y dos caballetes para trabajar aquí cuando la otra
A las seis y cincuenta y dos, abro los ojos antes de saber dónde estoy.El techo queda demasiado cerca del borde de la ventana. Hay una línea de luz debajo de la puerta y el agua de la ducha llega desde el otro lado del pasillo.Pongo los pies en el suelo.La lámpara está apagada. Recuerdo haberla apagado yo.En la silla hay dos almohadas y mi bolso. Detrás de la puerta, las cajas dobladas.Me quedo sentada hasta que el agua se corta.Diego sale del baño con el pelo mojado. Se detiene en el umbral del dormitorio.—Buenos días.—Buenos días.—¿Café?Asiento.Va a la cocina. Yo me pongo el jersey que dejé ayer en el armario y busco los calcetines. Los encuentro debajo, en el mismo estante.No tengo que volver a mi casa a buscarlos.A las siete y cuarto, Leo aparece en la cocina con el pijama y una marca de almohada en la mejilla. Se queda junto a la puerta cuando me ve.—Buenos días —digo.Me mira un segundo más.—Buenos días.Se sienta. Acerca su tazón y empieza a cortar una tostada po
El domingo dieciocho, las dos cajas llegan al cuarto piso antes que yo.Las dejo junto a la puerta de Diego para buscar el timbre sin soltarlas a medias. Tengo una manga enganchada debajo de la correa del bolso y el cartón me ha marcado la base de los dedos.Al otro lado se acercan pasos pequeños.Leo abre.Me mira. Mira el suelo.No sonríe ni pregunta qué hay dentro.Se vuelve hacia el pasillo y va a buscar a su padre.—Papá. Mamá trajo cajas.Diego aparece desde la cocina. Tiene un paño sobre el hombro. Leo camina a su lado.Durante un segundo, ninguno de los tres se mueve.Yo sigo en el rellano.—Hola —digo.Diego aparta el paño del hombro. Lo sostiene con una mano mientras mira las cajas.—Hola.Sofía llega corriendo desde el salón y tiene que frenar detrás de su hermano.—¿Qué hay?—Libros. Ropa. Cosas para trabajar.Se inclina para mirar la etiqueta medio arrancada.Diego se aparta de la puerta. Cojo la caja de ropa y entro. Él levanta la otra después.El casco blanco de Mateo q







