FAZER LOGIN«Me robó a mis hijos mientras yo aún sangraba en la camilla de un hospital. Ahora he vuelto para robarle su imperio.» Hace cuatro años, el magnate Diego Walker obligó a su esposa a tomar una decisión imposible: su libertad o sus hijos. Rota, traicionada y bajo los efectos de la anestesia, Camila firmó su sentencia de exilio. Diego creyó que había ganado. Creyó que podía borrarla de la historia y criar a los gemelos, Leo y Sofía, como si su madre nunca hubiera existido. Se equivocó. Camila ha regresado a Madrid, pero ya no es la mujer sumisa que él desechó. Ahora es la accionista mayoritaria que tiene el destino de la empresa Walker en un puño de hierro envuelto en seda. Su venganza es perfecta, fría y letal... hasta que se cruza de nuevo con la mirada del único hombre capaz de incendiar su piel con un solo roce. Mientras la guerra estalla en la sala de juntas y el deseo tóxico resurge entre las cenizas del odio, un secreto amenaza con desarmarlos a ambos: el pequeño Leo, encerrado en un mutismo selectivo, ha comenzado a dibujar obsesivamente el rostro de una mujer que no debería recordar, susurrando a la oscuridad la única palabra prohibida en la mansión Walker: «Mamá». Él creyó que la tenía cautiva en el pasado. Ahora, él es el prisionero de su venganza. ¿Podrá el amor sobrevivir cuando el objetivo es la destrucción total?
Ver maisEl jueves, Sofía sale de Correos con el resguardo en la mano.No me deja guardarlo hasta que hemos cruzado la calle.—¿Ahora ya va?—Ahora ya va.Leo camina al otro lado. Se inclina para ver el papel, pero no lo toca.—¿En avión? —pregunta.—Tiene que cruzar el océano.Sofía dobla el resguardo por la mitad. Lo vuelve a abrir porque ha tapado una línea que quería mirar.En casa lo mete dentro del cuaderno rosa. El sobre se ha quedado en Correos. La carta no vendrá en nuestro bolso al día siguiente.El viernes traslado mi silla al salón del piso de Diego. La de comedor vuelve a la mesa de la cocina. En mi estudio dejo una silla sencilla junto al tablero de caballetes.Por primera vez desde que montamos la mesa de haya, puedo apartarme del dibujo sin levantar el asiento.Las ruedas no rozan el zócalo.El sábado treinta y uno, Leo saca una caja de piezas de construcción y se sienta en la alfombra.Sofía abre su libro de países sobre la mesa baja. Entre ellos dejan sitio suficiente para un
Sofía trae el cuaderno rosa a la cocina el miércoles veintiocho.Lo pone al lado de mi taza. No lo abre hasta que retiro el plato de las tostadas.—Tengo que terminar una cosa.Diego recoge una cuchara del suelo. Leo se bebe la leche sin apartar los ojos del cuaderno de su hermana.—Ahora vamos al colegio —dice su padre.—Después.Sofía abre por una página que tiene una esquina doblada. Hay palabras tachadas y una línea que acaba en el margen sin terminar.Me deja verla. No acerca el cuaderno ni me lo entrega.—¿Lo de la ciudad? —pregunto.Niega con la cabeza.—Lo de Mateo.Leo deja el tazón.—Te lo dije.—Ya lo sé.Cierra el rosa y se lo lleva al cuarto. Vuelve con la mochila, pero sin el cuaderno. Lo terminará por la tarde.Diego lleva a los niños al colegio. Yo paso por el estudio y trabajo allí hasta las tres. Antes de salir, pongo en el bolso unas hojas blancas que uso para las notas de obra.No sé si Sofía va a querer una. Las llevo igual.Por la tarde la recojo con Leo. Caminam
El flexo nuevo tiene un brazo demasiado rígido.Lo compré ayer. Hoy, lunes veintiséis, necesito una mano para sujetar la base y otra para orientar la luz sin arrastrarlo por el tablero.Lo consigo a la tercera.Son las cinco y media. He trabajado en el estudio desde las nueve y me falta revisar una sección antes de enviarla. La he traído para terminarla aquí.Leo hace los deberes en la cocina. Sofía busca una ciudad en su libro de países. Diego acaba de llegar con una bolsa de fruta.—Necesito una hora —le digo—. Hasta las seis y media. Para esto.Señalo la lámina.Diego deja la bolsa sobre la mesa de la cocina.—Me quedo con ellos.Me siento. La silla es una del comedor; no tiene ruedas y tengo que apartarla cada vez que quiero levantarme. Todavía no he traído la mía.Coloco la regla. Ajusto la luz otra vez. En el estudio dejé la sección abierta en pantalla para compararla, pero aquí puedo verla entera sin deslizar nada.Trabajo doce minutos sin levantar la cabeza.Luego suena el tel
La esquina del tablero gira en el dibujo antes de girar en el pasillo.El lunes por la noche termino de marcar el recorrido. El martes veinte lo compruebo con el flexómetro, después de que los niños se hayan ido al colegio.Diego sostiene la cinta en el marco de la puerta. Yo mido la distancia hasta la pared de enfrente.—De canto —digo—. Y sin las patas.Asiente. Apunto la última cifra junto a la curva que dibujé ayer.El tablero pasa. Las patas también, por separado.La mesa entera, no.Recojo la cinta y vuelvo al salón. La estantería sigue delante de la ventana. Hay que vaciarla antes de moverla; las carpetas de Diego no pueden quedarse apiladas en la cocina durante una semana.—¿El sábado? —pregunto.Diego consulta el calendario en el teléfono.—Tengo una llamada a las diez. Después puedo.—Yo voy a pedir el transporte para las doce.—Vale.En el estudio hago dos encargos. El transporte de una mesa desmontada. Un tablero sencillo y dos caballetes para trabajar aquí cuando la otra


















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