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Capítulo 3

Auteur: Bella
POV: Elena

Abrí el cajón del escritorio, saqué varias hojas y redacté mi declaración formal de desvinculación. Antes de acostarme, ya había dejado por escrito que renunciaba a cualquier título, beneficio o protección relacionados con la familia Gambino.

A la mañana siguiente, entré en el despacho del consigliere Luca con el documento firmado entre las manos. Él fumaba un puro detrás de su enorme escritorio de caoba y, al verme, señaló la silla frente a él.

—Elena, toma asiento —me pidió con calma—. Los Ancianos ya aprobaron los cambios de la ceremonia. La familia se encargará de darte una compensación adecuada por…

—Tío Luca, no quiero ninguna compensación —lo interrumpí mientras dejaba el documento sobre su escritorio—. Vine porque necesito que lo selles con el emblema de la familia.

Luca apartó el puro y comenzó a leer. Apenas llegó al encabezado, frunció el ceño. Después recorrió el resto de las hojas con tanta rapidez que por un momento creí que iba a romperlas.

—¿Una declaración de desvinculación? —exclamó mientras se levantaba tan rápido que la silla chocó contra la estantería—. Elena, ¿vas a abandonar la familia? ¿También vas a dejar a Vincent?

En nuestro mundo, la sangre y la lealtad no eran frases bonitas para brindar durante una cena. Eran leyes. Romper por voluntad propia los vínculos con una familia podía considerarse una traición o, peor aún, una declaración de guerra.

Y yo no pretendía abandonar a cualquier grupo de mafiosos.

Estaba renunciando a la familia Gambino.

—Mi firma ya está en el documento —respondí sin titubear—. Solo necesito tu sello para hacerlo oficial.

Luca rodeó el escritorio y se detuvo frente a mí. Por la forma en que apretaba la mandíbula, estaba claro que no pensaba dejarme salir de aquel despacho sin hacerme cambiar de opinión.

—Niña, ¿sigues molesta por lo de la boda? —preguntó con preocupación—. Vincent tiene sus razones. El padre de Sofía acaba de morir y la situación de los Colombo es complicada. Darle el título era la manera más rápida de estabilizarlo todo, pero eso no significa que él no te valore. Tú eres la mujer a la que ama de verdad. Eso nunca va a cambiar.

Claro. Me amaba tanto que necesitaba casarse con otra para demostrarlo.

—Tío Luca, por favor, no insistas —le pedí sin perder la calma.

—Si abandonas la familia, también perderás su protección —me advirtió mientras se pasaba una mano por el cabello—. ¿Sabes cuántos enemigos aprovecharían esa oportunidad? ¿De verdad pensaste bien lo que estás haciendo?

—Sé cuidarme sola —le aseguré—. Además, ya acepté un puesto en otro lugar. En cuanto termine los trámites, me marcharé de Chicago.

Mi decisión estaba tomada y ambos lo sabíamos.

Luca me observó durante varios segundos. Al final, soltó un suspiro cansado, regresó a su silla y abrió uno de los cajones. Sacó el sello de los Gambino y lo estampó sobre el documento.

—Niña, solo espero que no termines arrepintiéndote —murmuró. Su voz sonó mucho más vieja que cuando entré.

Guardé las hojas y salí de su despacho.

A las nueve de la noche estaba en mi penthouse, acomodando ropa dentro de una maleta, cuando escuché el pitido del seguro electrónico. Alguien había abierto la puerta con una tarjeta de acceso.

Solo una persona, aparte de mí, tenía una.

Vincent apareció en la entrada con el traje puesto y el abrigo sobre los hombros. Debía haber regresado de alguna reunión, porque ni siquiera se había aflojado la corbata. La furia en su rostro dejó claro que no había venido a ayudarme a empacar.

—¡Elena! ¿Te volviste loca? —rugió desde la puerta.

Atravesó la habitación en unas cuantas zancadas y me sujetó de la muñeca. Sus dedos se cerraron con tanta fuerza que sentí la presión contra los huesos.

—¿Fuiste con Luca y firmaste una desvinculación por una simple boda? —me reclamó—. ¿Tienes idea de lo que significa? Si mi prometida abandona la familia, todos pensarán que soy el tipo de hombre que utiliza a las mujeres y luego las desecha. ¿Qué pasará con mi reputación?

Ni siquiera intenté liberarme. Solo levanté la mirada hacia el rostro que durante años me había parecido tan atractivo y que ahora apenas reconocía detrás de toda aquella rabia.

—Entonces viniste corriendo porque te preocupa tu reputación, no porque estés preocupado por mí —deduje con frialdad—. ¿Eso es todo?

Su agarre perdió fuerza durante un segundo.

—¡No cambies de tema! —me gritó mientras me soltaba y se aflojaba la corbata—. Elena, siempre pensé que eras la persona más razonable y sensata que conocía. La familia de Sofía se está desmoronando y ella no tiene forma de protegerse. Si le cedes la ceremonia y permites que reciba la protección de los Gambino, le salvarás la vida. ¿Por qué no puedes mostrar un poco de compasión? ¿Por qué tienes que ser tan fría y manipuladora?

—¿Fría y manipuladora? —repetí, incapaz de creer que lo hubiera dicho en serio.

Observé al hombre por quien alguna vez lo habría dado todo y traté de encontrar algo de lógica en sus palabras. No la había.

—Vincent, si sientes que tienes una deuda con los Colombo y quieres proteger a Sofía, está bien —le expliqué con serenidad—. Puedes darle dinero, enviarle guardaespaldas o cederle parte de los negocios del puerto. Tienes cientos de maneras de ayudarla.

Bajé la mirada hacia el pequeño escudo de los Gambino que llevaba prendido en la solapa.

—Pero elegiste casarte con ella —concluí mientras volvía a mirarlo a los ojos.

Vincent descargó el puño contra el gabinete de roble. Varios adornos de vidrio cayeron al suelo y se hicieron pedazos.

—¡Elena, solo es una ceremonia! —gritó con furia—. Cuando todo esto termine, me casaré contigo. ¡Eso siempre estuvo claro!

El penthouse quedó en completo silencio.

Lo miré, pero él sostuvo mi mirada sin la menor señal de arrepentimiento. Conocía demasiado bien aquella expresión fría y distante. En mi vida anterior había aparecido miles de veces después de la muerte de Sofía, cada vez que pronunciaba su nombre o recordaba la vida que, según él, yo le había arrebatado.

Entonces comprendí algo que me había negado a aceptar durante treinta años.

No importaba si Sofía vivía o moría. Tampoco importaba cuánto me sacrificara por Vincent. Ante sus ojos, yo siempre acabaría siendo la mujer fría y manipuladora que se había interpuesto entre ambos.

Lo poco que todavía sentía por él desapareció.

—Tienes razón —respondí con una tranquilidad que pareció desconcertarlo—. Solo es una ceremonia.

Aparté mi muñeca adolorida y volví a mirar la maleta abierta sobre la cama.

—Por eso, a partir de ahora, lo nuestro se terminó.

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