MasukMi figura siempre atrae miradas adondequiera que vaya. Mis ojos, intensos y penetrantes, tienen esa extraña capacidad de desarmar a cualquiera que se cruce en mi camino. En Hollywood me consideran uno de los mayores símbolos de belleza y sensualidad. Sin embargo, después de cinco años viviendo en esta ciudad, ningún productor se ha atrevido siquiera a acercarse a mí. La razón es simple: el hombre que comparte mi cama es Don Vincenzo, el jefe más temido y despiadado de la mafia de Nueva York. Pasé siete años a su lado y, durante todo ese tiempo, me hizo creer que era especial. Después de cada encuentro, cuando por fin recuperábamos el aliento, me envolvía entre sus brazos, me besaba con devoción absoluta y me llevaba al baño para borrar con delicadeza cualquier rastro de la pasión que acabábamos de compartir. ¡Qué ingenua fui al pensar que sería la única mujer de su vida y que algún día llegaría a ser su Donna! Todo cambió la noche de mi cumpleaños número veintiocho. Después de la cena familiar, lo escuché hablar de mí y reírse con uno de sus hombres de confianza. —Chloe sirve para pasar el rato, pero mi Donna tiene que ser alguien diferente. En ese instante, arranqué de mi pecho el corazón frágil que había creído en cada una de sus promesas y decidí convertirme en lo que él, aparentemente, deseaba: una amante perfecta, una mujer interesada únicamente en su dinero. Pero, para mi sorpresa, ni siquiera eso fue suficiente para Vincenzo. Sus ojos oscuros y penetrantes se clavaron en los míos. —¿De verdad no quieres nada más de mí, además de un penthouse en Manhattan? Deslicé suavemente los brazos alrededor de su cuello y fingí sorpresa. —¿Me estás diciendo que también puedo pedirte un Ferrari?
Lihat lebih banyakPerspectiva de VincenzoAún la recuerdo, arrodillada en aquel sótano de Brooklyn. No pasaba de los veintiún años. Su vestido estaba rasgado y sus ojos... esos ojos en los que solo se reflejaba el terror más profundo. En ese preciso momento, entendí que me pertenecía.El control definía mi existencia. Lo respiraba. Con tan solo una palabra, podía elevar a alguien a la cima o hundirlo. Y ella... ella dependía de mí para seguir avanzando. Me gustaba esa sensación. Me fascinaba.Un intercambio justo.En los primeros años, ella hacía todo lo posible por mantener cierto equilibrio. Con lo que ganaba como actriz, me compraba gemelos sencillos a cambio de los collares de diamantes que yo le regalaba.Me encantaba ver cómo se esforzaba por complacerme.En su mirada siempre encontraba esa mezcla de admiración y dependencia que tanto anhelaba.Pero entonces… todo cambió. La chispa que encendía sus ojos al mirarme se apagó. Sus caricias pasaron a ser una obligación, lejos del deseo. Se estaba alej
—Lárgate —dijo Vincenzo con una calma aterradora.Antoine se cubría la nariz con una mano, mientras la sangre se filtraba entre sus dedos. Tomé un fajo de billetes de mi bolso y se lo puse en la palma.—Antoine, lo siento muchísimo. Toma esto para los gastos médicos.—Señorita, ¿está segura de que no quiere que me quede? —me preguntó con preocupación.—No, por favor. Solo vete.Antoine asintió y salió a toda prisa.En la sala solo quedamos Vincenzo y yo. Él se quedó junto a la puerta y se quitó despacio el abrigo. Llevaba las mangas de la camisa blanca arremangadas hasta los codos, y en el dorso de la mano aún tenía manchas de sangre.—Lastimaste a un hombre inocente —le reproché.—No es inocente —respondió mientras se limpiaba la sangre de la mano—. Sencillamente, no me gustaba su cara.—¿Solo porque es un hombre?—¡Porque esos ojos inmundos estaban mirando lo que no debían!Caminó hacia el centro de la sala y recorrió el lugar con la mirada: un departamento diminuto, con muebles desg
—Espera…En cuanto corté la llamada, un fuerte estruendo resonó a lo lejos, desde el yate.¡Crash!Harper y yo nos sobresaltamos y giramos de inmediato hacia el río.En la cubierta, alguien acababa de derribar de una patada la torre de copas de champán. El licor se derramó por todas partes. Luego vi a Vincenzo salir a grandes zancadas hacia el balcón. Vestía un esmoquin negro, pero su rostro estaba tan oscuro como un cielo de tormenta.Ginebra permanecía en medio de la cubierta, con un vestido blanco y un ramo de flores entre las manos. Se la veía aterrorizada; el miedo absoluto se reflejaba en sus ojos. Incluso desde esa distancia, podía percibir la furia helada que emanaba de él.Parecía que buscaba confirmar algo. Lanzó una mirada directa hacia el restaurante donde yo estaba. Después tomó la mano izquierda de Ginebra. No le deslizó el anillo con suavidad; se lo colocó a la fuerza.En ese momento estallaron los fuegos artificiales sobre el río, iluminando la noche con destellos dora
A la mañana siguiente estaba armando las maletas cuando llamó Sarah.—¡Chloe! ¡Por Dios, no vas a creer lo que pasó! —Su voz temblaba de emoción—. ¡No solo me pidieron que volviera, sino que me ascendieron a gerente de la tienda! ¡Gerenta!Dejé de empacar.—Felicitaciones, Sarah.—Todo esto es gracias a ti —continuó con la voz quebrada—. El gerente me llamó personalmente anoche para disculparse. Según él, todo había sido un malentendido y hasta me dio un aumento. ¡Chloe! Ahora ya tengo asegurada la escuela de mi hija.Sostuve el teléfono contra mi oído mientras una sensación de alivio y calidez me llenaba el pecho. Al menos Vincenzo había cumplido su palabra.—Te lo mereces —le respondí—. Sigue así.—Por cierto —bajó de repente el tono de voz—. Recuerdo que en la escuela siempre estabas dibujando. Decías que querías irte a París para dedicarte a la pintura. ¿Sigues pintando?Me quedé paralizada unos segundos.—De vez en cuando.—¡Qué bien! Tienes muchísimo talento; no lo desperdicies.












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