Share

Capítulo 2

last update publish date: 2025-02-05 12:42:33

El resplandor de las velas parpadeaba sobre los rostros enlutados, como si el fuego también dudara en arder aquella noche.

Dante Bellandi se giró hacia ellos.

Hombres curtidos por la sangre, por las balas y la lealtad comprada a base de miedo. Sus rostros eran una galería de cicatrices, arrugas y sospechas. Y todos lo miraban igual: esperando ver si caería… o si se alzaría como su padre.

No había espacio para la duda. Ni tiempo para llorar.

Con pasos lentos, Dante se acercó al ataúd. Cada zancada era una sentencia, cada mirada un juicio silencioso. Al llegar, lo miró. Al titán caído. Al monstruo. A su padre.

Vittorio Bellandi descansaba entre las sombras, con los ojos cerrados como si solo durmiera. Pero ya no era temible. No más.

Dante tragó saliva.

El silencio era denso. Cortante.

Entonces, habló.

—Mi padre fue un hombre de hierro —dijo, sin apartar la vista del cadáver—. Lo que construyó fue más que un imperio. Fue una maldición. Un legado de poder, sí… pero también de muerte.

Algunos hombres intercambiaron miradas. Otros bajaron la cabeza. Pero nadie interrumpió.

—No voy a repetir su camino —continuó Dante, su voz creciendo con cada palabra—. No porque lo desprecie, sino porque yo no soy él. Esta familia necesita más que miedo para mantenerse en pie. Y yo… tomaré mis propias decisiones. Mi propio camino.

La sala tembló en su silencio.

La frase no fue solo una declaración.

Fue una amenaza.

Dante dio un paso atrás.

Uno de los capos —un veterano con la cara surcada por la guerra— se persignó. Otro se llevó un cigarro a los labios con manos temblorosas.

No lo veían como un niño.

Ya no.

Ahora lo veían como algo más peligroso: un Bellandi que pensaba.

Dante giró sobre sus talones. El mármol frío del mausoleo crujió bajo sus botas mientras se alejaba. Pero en su mente, una voz lo perseguía como un eco maldito.

“El poder no se hereda, Dante. Se toma.”

Las palabras de su padre seguían clavadas en su pecho, como un cuchillo que aún sangraba.

Y ahora, sabía lo que tenía que hacer.

Tomarlo todo.

Incluso si tenía que arder para lograrlo.

★★★★★

La villa Bellandi dormía.

O al menos fingía hacerlo.

Afuera, los jardines se extendían como una pintura en sombras: cipreses recortados con precisión quirúrgica, estatuas desnudas bajo la luna, y una fuente que murmuraba como si supiera más de lo que debía. Dentro, el mármol blanco respiraba el silencio como un secreto. Las lámparas, escasas y tenues, apenas se atrevían a iluminar el pasillo principal.

Todo estaba en calma.

Todo estaba en pausa.

Hasta que no lo estuvo.

Fabio, erguido junto a la ventana del despacho, inhalaba lentamente el aroma del aire nocturno: lavanda, madera vieja… y pólvora dormida. El humo de cigarro impregnaba aún la habitación, como si el fantasma de Vittorio —el viejo jefe— se negara a abandonar su trono.

Fabio no lo extrañaba.

Lealtades nuevas. Juego nuevo. Regla nueva.

La puerta crujió con un lamento sutil. Un hombre robusto cruzó el umbral. Camisa negra, barba descuidada, ojos de alguien que ha hecho cosas que no se cuentan.

—Fabio —saludó con voz ronca.

—¿Está hecho? —preguntó sin moverse, aún mirando la fuente.

—Sí. Ella ya está en camino. Nadie preguntó. Nadie miró.

Un segundo de silencio se estiró como un hilo tenso antes de romperse con una sonrisa torcida en los labios de Fabio.

El plan había comenzado.

Avanzó con calma hacia el bar. Sirvió whisky. El caro. El que Vittorio reservaba solo para cerrar guerras.

—Quiero que el signore Dante reciba su regalo lo más pronto posible —dijo, con la voz de quien sabe exactamente el caos que está a punto de soltar.

El otro hombre frunció el ceño.

—No lo entiendo… ¿Por qué ella? ¿Qué tiene esa mujer?

Fabio lo miró. Una chispa de algo más que estrategia se encendió en sus pupilas.

—Porque no ha dejado de pensar en ella desde el primer momento que la vio.

Bebió un sorbo lento, dejando que el ardor le quemara los recuerdos.

—Fue en Moscú. Hace dos años. Gala navideña en el Bolshói. Ella bailaba… y él la vio. El resto del teatro desapareció.

El silencio cayó como una losa. Nadie nombró lo que ocurrió esa noche. Nadie mencionó el cadáver.

—Intentó acercarse —continuó Fabio—, pero tuvimos que regresar a Italia de emergencia. No volvió a verla.

—¿Y usted… se la da como un regalo?

Fabio asintió, el cristal del vaso tintineando contra la madera.

—Los hombres como Dante no piden lo que desean. Lo toman. Yo solo le estoy facilitando el trabajo.

—¿Y si ella no lo quiere? ¿Si lo odia por esto?

Una risa seca se escapó de los labios de Fabio. Sin humor. Sin piedad.

—Que lo odie. El odio es mejor que la indiferencia. Que grite, que lo muerda, que lo maldiga... —sus dedos trazaron lentamente el borde del vaso—. Pero que lo sienta. Porque eso es lo único que importa: que él sienta algo real.

Afuera, un trueno rasgó el cielo.

La tormenta aún no había llegado.

Pero ya estaba en camino.

Como ella.

Como el deseo.

Como el principio de algo… irreversible.

★★★★★

El frío la despertó. No ese frío de invierno que se cuela bajo la piel. No. Este era distinto.

Era el frío del metal.

Del miedo.

Svetlana parpadeó. La luz era tenue, dorada, extrañamente cálida para un infierno. Pero el zumbido constante la anclaba a la realidad: estaba encerrada. Aturdida. El cuerpo le pesaba como si cada músculo estuviera empapado en plomo. A su alrededor, las sombras bailaban sobre paneles de madera pulida. Un lujo que se sentía sucio.

Trató de incorporarse. El mareo la golpeó con violencia.

Y entonces lo recordó.

Los hombres.

La van.

La droga.

El pañuelo empapado.

La lucha inútil.

El pánico la estranguló.

—¡Auxilio! —gritó, su voz áspera, rota. Golpeó la puerta con los puños, una, dos, diez veces. —¡Déjenme salir, malditos!

Pero su desesperación se estrelló contra las paredes, tan inquebrantables como su condena.

La habitación parecía una celda disfrazada de suite: mesa, asiento, una bandeja con agua… y silencio. Nada más. No había ventanas, ni relojes. Solo el eco de su respiración agitada.

Esto no es un secuestro cualquiera.

Se le encogió el estómago. Apretó los puños. El miedo era real. Pero también la rabia.

—Cuando lo vea… —murmuró entre dientes— le voy a escupir en la cara. Sea quien sea. Lo voy a hacer sangrar.

El clic de la cerradura la interrumpió.

La puerta se abrió.

Un hombre entró. Alto, ancho de hombros. Camiseta negra ajustada. Músculos tensos como cuerdas. Su rostro era una máscara de mármol. Sin emoción. Sin prisa.

Svetlana retrocedió de inmediato. La espalda contra la pared. El corazón bombeando con fuerza brutal.

Él dejó un plato sobre la mesa y se fue sin mirarla, cerrando la puerta con un golpe seco que retumbó en sus huesos.

Ella se quedó allí, jadeando, como una fiera acorralada.

El plato contenía pan, queso, fruta. Comida simple. Casi tierna. Pero a sus ojos era veneno disfrazado.

—¡Váyanse al infierno! —gritó, arrojando la bandeja contra la puerta. El metal retumbó, el pan rodó por el suelo como si también quisiera escapar.

Lágrimas calientes nublaron su visión. La rabia la consumía, pero el miedo se filtraba por cada grieta.

Y entonces, la voz.

Una voz masculina, grave, teñida de un acento extranjero. Salió de una bocina invisible, y su tono era como un cuchillo deslizándose por la garganta.

—Basta de gritar. Nadie va a venir a ayudarte. Estás muy lejos de casa, rusa.

Svetlana alzó la vista. Una cámara giraba lentamente desde el techo, apuntándola como el ojo de un dios cruel.

—¿Quién eres? ¿Qué quieren de mí? —rugió entre sollozos, su voz quebrándose en pedazos.

La única respuesta fue silencio. El zumbido del motor. La vibración constante bajo sus pies.

Entonces lo entendió.

No era una habitación.

Era un avión.

Su mente conectó cada sensación: la presión en los oídos, el aire reciclado, el leve balanceo.

—Me están sacando del país —susurró, en ruso, temblando. Se dejó caer al suelo, abrazándose las rodillas. —¿Por qué a mí?

Pero nadie contestó.

Ni la cámara.

Ni la bocina.

Ni Dios.

Solo el sonido leve… del gas. Un humo blanco comenzó a filtrarse por debajo de la puerta. Espeso. Dulzón.

—No… no otra vez… —jadeó, tratando de levantarse. Pero sus piernas ya no obedecían. Sus ojos ardían.

El mundo giró.

Las luces se apagaron.

Y antes de hundirse en la oscuridad, solo pudo pensar en una cosa:

¿Volveré a verlos? ¿A Anya? ¿A mamá? ¿A papá?

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • Mi adorable mafioso / Prometida en sangre   NUEVA HISTORIA YA DISPONIBLE

    Queridos lectores,Hoy quiero tomarme un momento para agradecerles desde lo más profundo de mi corazón. Ha sido un viaje increíble, y no puedo dejar de sonreír al pensar en todo lo que hemos compartido. En este casi año que hemos estado juntos, me han apoyado, han leído mis novelas, y han dejado sus comentarios y valoraciones. Todo eso me ha motivado a seguir escribiendo, a seguir creando este mundo tan especial que hemos formado.Sé que no todo ha sido perfecto, y si en algún momento algo no les gustó o causó molestia, les pido sinceramente disculpas. Mi intención siempre ha sido darles lo mejor de mí, y cada comentario, cada mensaje, me ha ayudado a mejorar y a crecer como escritora.Pero no se preocupen, la historia de los Bellandi no termina aquí. ¡Tenemos mucho más por venir! En breve, seguirán la historia en un nuevo libro que será publicado en esta misma plataforma. Además, estoy emocionada de contarles que, junto a la continuación de la saga, también les traigo nuevas historias

  • Mi adorable mafioso / Prometida en sangre   PROMETIDA EN SANGRE - Capítulo final

    Regresaron a Tokio. A la ciudad que nunca dormía, que no concedía pausas ni indulgencias, que exigía presencia absoluta y sangre fría. El regreso no fue brusco, pero sí contundente, como si el mundo les recordara, sin necesidad de palabras, a donde realmente pertenecían.Calabria quedó atrás como un paréntesis luminoso.Durante el vuelo, Erika observó las luces extinguirse bajo las nubes y pensó que aquel viaje no había sido una huida, sino una confirmación. Había ido a encontrarse con sus raíces… y regresaba con algo más profundo aún: la certeza de que ese ya no era su mundo, sino el que tendría al lado de su esposo.Al pisar suelo japonés, la calma italiana se disolvió, pero no desapareció del todo. Se replegó dentro de ella, como una fuerza silenciosa que ahora sabía que podía llevar consigo incluso en medio del caos.El coche negro los aguardaba. El trayecto hasta el complejo del clan transcurrió envuelto en una quietud cargada de significado. Takeshi conducía con la atención abso

  • Mi adorable mafioso / Prometida en sangre   PROMETIDA EN SANGRE - Capítulo 100

    Calabria los recibió con un cielo amplio y un sol tibio que no hería, que acariciaba.Desde la ventanilla del coche, Erika reconoció el paisaje antes incluso de que el conductor anunciara la llegada. Las colinas onduladas, el verde intenso que no pedía permiso para existir, el aire salino que venía del mar mezclado con tierra antigua. Todo estaba allí, intacto y vivo, como si el tiempo hubiese decidido respetar ese rincón del mundo.Respiró hondo.No era solo un regreso físico. Era un retorno a la sangre.Takeshi observaba en silencio. No hablaba. No preguntaba. Se limitaba a mirar cómo el cuerpo de Erika reaccionaba antes que su mente: la forma en que sus hombros se relajaban, el brillo distinto en sus ojos, la manera en que sus dedos se aferraban a la tela de su vestido como si temiera que aquel paisaje fuera un espejismo.Allí no era la esposa del oyabún.Era hija y hermana.La villa Bellandi se alzaba sólida, de piedra clara y líneas sobrias.Los hombres apostados en los accesos i

  • Mi adorable mafioso / Prometida en sangre   PROMETIDA EN SANGRE - Capítulo 099

    Las puertas correderas se abrieron con un sonido grave, contenido, y el murmullo que flotaba en el aire murió de inmediato. No fue una orden. Fue instinto. Fue reconocimiento. Takeshi había regresado en toda regla.Caminaba despacio, sin necesidad de apurar el paso. Un dolor muy tenue seguía allí, latente en el costado, recordándole cada movimiento, pero su postura era impecable: la espalda recta, los hombros firmes, la mirada afilada de quien no ha perdido ni un centímetro de control. El traje oscuro caía sobre él como una armadura silenciosa, sobria, sin ostentación. No necesitaba símbolos exagerados para demostrar poder. Él era el símbolo.A su lado, no un paso atrás, no medio cuerpo relegado, caminaba Erika.El impacto fue inmediato.Algunos hombres levantaron apenas el mentón. Otros tensaron la mandíbula. Hubo miradas rápidas, evaluadoras. No de desprecio. De cálculo. De reconocimiento forzado. Erika avanzaba con la cabeza en alto, vestida también de negro, con un porte limpio y

  • Mi adorable mafioso / Prometida en sangre   PROMETIDA EN SANGRE - Capítulo 098

    La casa estaba silenciosa, pero Takeshi no lo notó. Entró sin mirar a nadie, ignorando murmullos del personal, ignorando protocolos, ignorando todo excepto un único pensamiento: Erika. Cada paso suyo resonaba como un golpe contenido, un huracán que avanzaba directo al dormitorio donde ella debía esperarlo, tal como él le había pedido: desnuda, solo para él.—¡Erika! —rugió, con voz grave y cargada de necesidad, atravesando el pasillo con pasos largos, precisos, decididos.Abrió la puerta del dormitorio de un empujón. La habitación estaba intacta. Las sábanas lisas, el aire frío, el silencio absoluto. Ella no estaba.El golpe le atravesó el pecho. Era un hueco primitivo, un instinto de poseerla, de encontrarla, de asegurarse de que estaba allí y que nadie ni nada podría arrebatársela.Dejó las llaves sobre la mesa del recibidor con un golpe seco y salió disparado, recorriendo pasillo tras pasillo, inspeccionando habitaciones, entrando y saliendo, frenético. Cada puerta cerrada, cada es

  • Mi adorable mafioso / Prometida en sangre   PROMETIDA EN SANGRE - Capítulo 097

    El amanecer llegó sin prisa.No irrumpió.No reclamó.Simplemente se filtró entre las cortinas gruesas del dormitorio, derramando una luz tibia y pálida sobre las sábanas desordenadas, sobre dos cuerpos que aún no tenían intención de separarse del todo.Erika despertó primero.No porque el sueño la hubiera abandonado, sino porque su cuerpo ya no estaba en alerta. Porque por primera vez en mucho tiempo, abrir los ojos no significaba calcular riesgos ni anticipar el siguiente golpe del mundo. Abrió los ojos y lo encontró allí.Takeshi dormía boca arriba, una mano sobre el abdomen, la otra extendida hacia ella como si incluso dormido necesitara comprobar que seguía ahí. Su respiración era profunda, lenta, distinta a la del hombre que ella había conocido meses atrás. Ya no era la respiración contenida del depredador siempre alerta. Era la de alguien que, al menos por unas horas, se había permitido descansar.Erika se giró apenas, apoyándose en un codo, y lo observó sin pudor.Había visto

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status