FAZER LOGINPOV CLARA
En casa me preparo con cuidado. Me pongo un vestido color coral de corte sencillo hasta la mitad de los muslos, con mangas largas y un escote en V moderado. Complemento con zapatos de tacón en color negro, un cinturón a la cintura del mismo color y unos aritos de oro.
Decido llevar el cabello suelto y alisado, con una pequeña trenza en un lado para mantenerlo fuera de mi rostro. Me maquillo de manera sencilla, con una base ligera, un poco de rubor, máscara de pestañas y un labial nude.
—¡Dios mío! —exclama Marina apareciendo de la nada, haciéndome saltar del susto. Suelta una risa—. ¿A dónde vas tan hermosa?
—A la casa de Hernán —contesto haciendo una mueca de indecisión—. Estoy nerviosa, dijo que iba a darme las respuestas que necesitaba.
—Ay, Clarita… tengo miedo de que vayas —expresa soltando un suspiro. Se acerca a mí y toma mis manos—. ¿Te sientes segura estando cerca de él?
Me encojo de hombros.
—La verdad que sí —respondo—. Hay algo en él que me hace sentir… protegida.
—Está bien, pero no dudes en llamarme si me necesitas —expresa antes de darme un abrazo.
—Lo haré. Gracias, Marina —le digo, devolviéndole el abrazo con fuerza.
A las ocho en punto, el timbre suena y mi corazón da un vuelco. Abro la puerta y allí está Hernán, vestido con un traje negro impecable. Su camisa blanca y su corbata gris añaden un toque elegante, y no puedo evitar notar lo atractivo que se ve. Su porte firme y seguro hace que mi corazón lata aún más rápido. Dios mío, ¿cómo puede verse tan sexy solo… respirando?
—Hola, Clara —saluda con una sonrisa que hace que mis rodillas se sientan un poco débiles—. ¿Lista?
—Sí, estoy lista —respondo, tratando de mantener mi voz estable.
Antes de que podamos salir, Marina aparece en la sala, mirando a Hernán con detenimiento.
—Cuida bien de mi prima —le dice con tono amistoso, pero con una nota de advertencia. Luego, se vuelve hacia mí—. Diviértete, Clara. Nos vemos más tarde.
—Gracias, Marina. Nos vemos —respondo, sonriéndole. A veces creo que es mi mamá.
Salimos juntos y no puedo evitar sentirme pequeña a su lado. Hernán me abre la puerta del coche y yo me deslizo dentro, notando el aroma familiar y embriagador que siempre lleva consigo. Mientras él se acomoda en el asiento del conductor, siento mi estómago estrujarse de nervios.
El coche arranca y el silencio se instala entre nosotros, solo se escucha el suave murmullo del motor y el roce del asfalto bajo las ruedas. Miro por la ventana, observando las luces de la ciudad que pasan velozmente, intentando calmar mis pensamientos.
—Te ves hermosa esta noche —dice Hernán de repente, mirándome de reojo.
—Gracias —respondo, sintiendo cómo mis mejillas se ruborizan—. Tú también te ves muy bien.
Hernán sonríe y asiente, manteniendo la vista en la carretera.
El auto sigue su curso y, poco a poco, las luces de la ciudad comienzan a dispersarse, dando paso a un paisaje más tranquilo y sereno.
—¿Quieres poner música? —me pregunta, señalando el estéreo.
—Em… ¿falta mucho para llegar? —cuestiono con tono dubitativo.
—Diez minutos como mucho —replica esbozando una pequeña sonrisa.
—Entonces no —digo encogiéndome de hombros.
—Te gusta el silencio —expresa.
—Sí, aunque suene un poco anti…
—Es curioso, a mí también me gusta el silencio —comenta—. A no ser que sea interrumpido con tus jadeos y gemidos —agrega mirándome con intensidad.
Me quedo sin palabras, sintiendo cómo el calor sube a mis mejillas. Trago saliva y trato de mantener la compostura, pero la mirada de Hernán me tiene completamente atrapada.
—¿Siempre eres así de directo? —pregunto, tratando de sonar casual, aunque mi corazón late a mil por hora.
Hernán sonríe y desvía la vista hacia la carretera.
—Solo cuando estoy seguro de lo que quiero —responde con un tono bajo y seductor.
Mi mente está a mil, tratando de procesar sus palabras y la forma en que me hacen sentir. El paisaje continúa cambiando, volviéndose cada vez más tranquilo y alejado del bullicio de la ciudad. Finalmente, el coche se detiene frente a una casa elegante y acogedora, rodeada de árboles y con luces cálidas que iluminan el camino hacia la entrada.
—Llegamos —anuncia Hernán, saliendo del coche para abrirme la puerta.
—Gracias —digo, tomando su mano para salir.
La casa es aún más hermosa por dentro, con una decoración combinada de madera y piedra y una atmósfera íntima. Hernán me guía hacia el salón, donde una chimenea encendida añade un toque de calidez al ambiente.
—Es realmente hermoso —digo, admirando el entorno.
—Me alegra que te guste. Quería que estuviéramos en un lugar donde pudiéramos relajarnos y hablar con tranquilidad —responde Hernán, mirándome con una intensidad que me hace sentir especial.
Me hace un gesto para que me siente en el sofá y me ofrece una copa de vino.
—La comida va a estar lista en unos minutos —manifiesta entrando a la cocina.
Me quedo mirando a la nada mientras tomo mi bebida y, al final, decido ir a hacerle compañía. Me siento incómoda estando sola en la sala.
—¿Te importa si te hago compañía? —pregunto, apoyándome en el marco de la puerta.
Hernán se gira y me sonríe.
—Claro que no, me encantaría —responde, y su sonrisa hace que me sienta más relajada.
Me acerco y me siento en uno de los taburetes altos, observándolo mientras cocina. Se quitó el saco y tiene las mangas arremangadas hasta los codos, dejando notar un tatuaje que no distingo del todo.
Hernán está estirando la masa de una pizza sobre la encimera, y no puedo evitar notar lo hábiles y seguros que son sus movimientos. Cada vez que usa el rodillo para aplanar la masa, sus músculos se tensan y relajan de una manera que me resulta increíblemente sensual.
—¿Haciendo pizza? —pregunto, sonriendo mientras observo cómo la masa se va transformando bajo sus manos. Es una pregunta muy tonta, lo sé.
—Sí, es una de mis especialidades. Nada como una buena pizza hecha en casa —responde, levantando la masa y dándole forma con destreza.
El aroma de la masa fresca y los ingredientes comienzan a llenar la cocina, y mi panza gruñe de hambre. Hernán suelta una risita mientras extiende la masa con una precisión que me deja fascinada, me encuentro hipnotizada por la manera en que sus manos se mueven.
—¿Te gustaría ayudarme a poner los ingredientes? —pregunta, mirándome con una sonrisa traviesa.
—Claro, me encantaría —respondo, levantándome para unirme a él en la encimera.
Hernán me pasa la salsa de tomate, y yo comienzo a extenderla sobre la masa con una cuchara mientras él corta rodajas de mozzarella y las coloca cuidadosamente sobre la pizza. Nuestras manos se rozan, y siento un cosquilleo que recorre mi piel.
—¿Cuál es tu ingrediente favorito para la pizza? —me pregunta, mirándome a los ojos.
—Me encanta el jamón —respondo, disfrutando de la cercanía y la complicidad del momento.
—Entonces, vamos a ponerle mucho de eso —dice, sonriendo mientras añade generosamente los ingredientes.
Seguimos trabajando juntos, añadiendo queso, jamón y otras delicias a la pizza. Cada movimiento, cada interacción, se siente cargada de una tensión suave, pero palpable. Es como si este simple acto de cocinar juntos estuviera creando un vínculo más profundo entre nosotros.
—Listo, al horno —anuncia Hernán, deslizando la pizza sobre una bandeja y colocándola en el horno precalentado.
Nos miramos y sonreímos, satisfechos con nuestro trabajo en equipo. Me doy cuenta de que estoy disfrutando más de lo que imaginé, y la presencia de Hernán hace que todo se sienta especial.
—La pizza estará lista en unos quince minutos. Mientras tanto, ¿te gustaría tomar otro poco de vino? —me ofrece, llenando mi copa nuevamente.
—Por supuesto —respondo, tomando un sorbo y sintiendo el cálido líquido que me relaja aún más.
Se posiciona frente a mí, atrapándome entre su cuerpo y la encimera, y desliza una mano sobre mi cuello desnudo. Lo miro a los ojos por unos instantes y me sorprendo ante lo brillante y dilatadas que están sus pupilas.
—Gracias por venir, Clara —susurra con tono grave, haciéndome estremecer.
—Gracias por invitarme —respondo en un murmullo.
Sus dedos acarician suavemente mi cuello, provocando un escalofrío que recorre mi espalda. La cercanía entre nosotros es casi abrumadora, y puedo sentir el calor de su cuerpo irradiando hacia el mío. Inspiro con fuerza y siento ese aroma exquisito inundando mis fosas nasales.
—Sabes, he estado pensando en ti mucho últimamente —confiesa Hernán en voz baja y profunda.
—Ah, ¿sí? —pregunto, mi corazón late con tanta fuerza que estoy segura que lo siente a través de la tela.
—Sí. Hay algo en ti, Clara, algo que me atrae de una manera que no puedo explicar —dice, acercándose un poco más. Su aliento cálido roza mi piel, y me siento atrapada en su mirada.
—Hernán... —murmuro, sintiendo cómo mi resistencia se derrite.
De repente, sus labios se encuentran con los míos en un beso suave y apasionado. Mis manos se deslizan por su espalda, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo la tela de su camisa. El mundo a nuestro alrededor parece desvanecerse mientras nos perdemos en la intensidad del momento.
Justo en ese instante, una visión golpea mi mente con la fuerza de un rayo. Veo imágenes fugaces de un bosque oscuro, una luna llena iluminando el cielo, y una figura transformándose en un lobo. La visión es tan vívida que casi puedo sentir la brisa fresca y el olor a tierra húmeda.
Me aparto bruscamente de Hernán, jadeando y con los ojos muy abiertos.
—Clara, ¿estás bien? —cuestiona con tono preocupado, sosteniéndome de la cintura porque mis piernas se aflojan.
—¿Qué… qué fue eso? —pregunto con la boca reseca. Frunce el ceño.
—Un beso —responde.
—No, las imágenes… —expreso confundida. Me mira con seriedad.
—¿Qué viste? —quiere saber. No respondo, simplemente me quedo mirándolo—. Clara, ¿qué viste? —repite.
Estoy por responder cuando todo se tambalea a mi alrededor y termino desvaneciéndome en sus brazos.
POV CLARAHan pasado cinco años desde la guerra, desde que la oscuridad intentó devorarnos y el mundo tembló bajo el rugido de lo imposible. Cinco inviernos, cinco veranos… y, aun así, siento que fue ayer cuando el cielo se cubrió de sombras y nuestras manos, unidas, empujaron la luz de regreso.Y aquí estamos.Nuestro hogar, en medio del claro donde antes ardían los rezos de los ancestros, es ahora una cabaña viva, cálida, llena del aroma a madera, flores silvestres y pan recién horneado. La luz del sol entra por las ventanas altas, tiñendo el suelo de reflejos dorados. La brisa trae consigo los cantos del bosque y el murmullo de la manada a lo lejos.Me inclino para recoger un juguete caído: una figura de lobo hecha a mano, tallada por Hernán en una tarde de lluvia. Nuestra hija, Luna, se ríe al verlo, con sus rizos oscuros desordenados y sus ojos pardos brillando con esa chispa dorada que solo los suyos poseen. Su risa, dulce y pura, es la melodía que me ancla al presente.—¡Mamá, m
POV HERNÁNNo es el frío abismo del veneno, sino la noche profunda y la paz silenciosa del bosque. El caos se ha desvanecido. En el aire ya no solo flota el olor a azufre y sangre, sino también la promesa del amanecer, la frescura de la tierra húmeda, el aroma dulzón de las hojas recién caídas. Y el rostro de Clara, mi Luna, mi amor. La imagen de ella, sana y salva, se graba en mi mente, un faro de luz en medio de la tormenta que ha consumido nuestra manada. Es su fuerza la que me ha devuelto a la vida, la que me ha sacado del abismo de la desesperación, la que me ha hecho más fuerte de lo que jamás imaginé. No soy solo un Alfa. Soy su Alfa. Y ella, mi Luna. Mi otra mitad.Lyke aúlla en mi interior, no con la furia de la batalla, sino con el profundo y ancestral alivio de haber encontrado a su compañera. La conexión, antes un hilo frágil, ahora es una cuerda de hierro, vibrante y fuerte. Siento su corazón latiendo al unísono con el mío, un ritmo que me da paz en medio del infierno que
POV CLARAEl dolor es insoportable. Mi cuerpo arde, mis músculos se contraen en espasmos incontrolables, mi mente se retuerce en un laberinto de agonía. Es la aguja de Alan Uyina. El líquido verdoso. El acónito. Un veneno que me consume, que me debilita, que me somete. No es solo un dolor físico; es una tortura para mi alma, un veneno que ataca mi esencia, mi magia, mi conexión con mi lobo. Siento cómo mi energía se apaga, como si una vela en mi interior estuviera siendo extinguida por una ráfaga de viento helado.Estoy en una mesa de metal, atada, mi cuerpo desnudo, vulnerable a la mirada fría de mi captor. Las luces parpadean, cegándome con su intensidad cruel, y el zumbido de las máquinas es ensordecedor. El rostro de Alan se cierne sobre mí con una sonrisa fría, calculadora, que me hace querer gritar. Ha logrado lo que tanto anhelaba: tenerme a su merced, despojada de mis poderes, de mi fuerza.—El despertar está por comenzar, Luna —dice, su voz es un susurro que me hiela la sangr
POV HERNÁNUn fuego helado que recorre mis venas, apagando mi fuerza, mi furia, mi conciencia. Es la sensación de estar atado, de ser un títere en mi propio cuerpo. Intento moverme, pero mi cuerpo está pesado, mis músculos no responden. Es como si una fuerza invisible me anclara al suelo, una pesada losa que me impide levantarme. Alan Uyina. Clara. Las últimas palabras de Valeria, un eco siniestro en el abismo de mi mente.—¡Lyke! —grito en mi mente, desesperado por su presencia, por su fuerza.Pero no hay respuesta. Solo el silencio. Mi lobo está dormido. O peor… Muerto. El terror más profundo me invade. Sin Lyke, soy solo un hombre. Un hombre débil, inútil. Un Alfa sin su lobo. Un corazón sin su otra mitad. Es la sensación de estar incompleto, de que me falta una parte vital de mi ser. La oscuridad se profundiza, y siento que me ahogo, que me pierdo en la inmensidad del vacío. Es la sensación de la muerte, de la nada.—No… —murmuro, mi voz se pierde en el silencio, un susurro de des
POV CLARAEl frío es lo primero que siento. Un frío que me cala los huesos, que me envuelve, me asfixia. No es el frío de un invierno nevado, sino un frío metálico, estéril y punzante que se filtra por cada poro de mi piel. Abro los ojos, y la oscuridad es absoluta. Una oscuridad tan densa que parece tener peso, una manta de tinieblas que me oprime el pecho y me roba el aliento. No hay ni una pizca de luz, solo un vacío que me ensordece. El silencio es más aterrador que cualquier rugido de guerra, un silencio que grita de soledad y desesperación.¿Dónde estoy?Mi mente, todavía aturdida, intenta procesar la última imagen que recuerdo: el rostro de Alan Uyina. La punzada en mi vientre. El dolor. La súbita ruptura del vínculo con Hernán, un desgarro que me dejó sin aliento, como si una parte de mi alma hubiera sido arrancada a la fuerza. Intento moverme, pero mis brazos y piernas están atados, una sensación que me hace entrar en pánico. El metal frío de las cadenas roza mi piel, y el so
POV HERNÁNSiento un dolor tan agudo que me parte el alma, un desgarro que no es físico, no es una herida de garra ni el impacto de un golpe, sino una herida profunda en el tejido mismo de mi ser. Es un eco sordo que me inmoviliza, me congela en el epicentro de una batalla infernal. Mi vínculo. El vínculo con Clara. Se ha roto. La conexión que nos unía, más fuerte que cualquier lazo de sangre, se ha deshecho en un instante, dejando un vacío ensordecedor.—¡Clara! —grito dentro de Lyke, mi voz es un rugido primario de desesperación que se desgarra en mi garganta, un sonido brutal que se ahoga y se pierde en el estruendo caótico de la guerra que nos envuelve.Lyke, aúlla con una furia y un pánico que jamás había experimentado. Es el terror ancestral de la pérdida, la agonía insoportable de la separación de su Luna, de nuestra Luna. Siento un agujero negro en el pecho, una vorágine de nada donde antes residía la luz, la calma, la presencia constante y reconfortante de Clara. Era mi ancla







