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Capítulo 3

Autor: Natasha
last update Fecha de publicación: 2026-02-27 22:38:46

Ya no iba a sufrir por quien no tenía interés en mí, así que les pedí que no lo nombraran. No me importaba, él no existía, así de fácil. Se mordían por decir “Nando esto” o “Nando aquello”, pero se limitaban a decir “mirá quién va allá” o cosas así. Yo me hacía la sorda y les cambiaba el tema.

—¿Vieron que salvé casi todos los exámenes? Ya casi me voy a la playa…

—Nos vas a extrañar —se reían.

—No, porque ustedes van a ir a visitarme…

El fin de semana pasó y, casi sin darme cuenta, ya era lunes otra vez. A las 6 a. m. sonó la alarma de mi despertador y la apagué con rabia. Quería seguir durmiendo, pero tenía que levantarme. HOY, oficialmente, después del último examen, comenzaban mis vacaciones: tres meses de puro sol, mar y arena.

Hoy me tocaba rendir literatura. Esa materia me gustaba, aunque muchos pensaban que no, puesto que me la llevé a diciembre y, obvio, soy cero romántica. Lo dicho: mi reputación me precede. Pero en realidad sí soy muy romántica, o al menos eso supongo. Amo leer y escribir poesía, pero nadie nunca ha leído nada de lo que escribo. Me da vergüenza.

Tercero, cuarto y quinto rendían la materia el mismo día. No había pensado en eso antes, y mucho menos en la posibilidad de verlo allí. Pero ahí estaba, sentado en una banca cercana a la puerta del salón, esperando que los profesores dieran la orden de entrar. «Maldita sea mi suerte», pensé. Cuanto menos quería verlo o pensarlo, más se cruzaba en mi camino.

Me quedé lejos, unos dos metros de distancia por lo menos, y recé porque no me viera, aunque era algo imposible si íbamos a estar en el mismo salón dentro de unos minutos. La profesora Lucía abrió la puerta y, con su dulce voz, nos dio la bienvenida e invitó a todos a pasar. Ella era, por lejos, la mejor profesora que había tenido hasta el momento: dulce, amable y siempre dispuesta a ayudar y escuchar cuando era necesario.

Esperé a que todos pasaran, suponiendo que Nando entraría entre los primeros ya que estaba muy cerca de la puerta, pero el muy desgraciado se quedó sentado esperando, igual que yo. Sin más remedio, tuve que avanzar y toparme con él.

—Hola, Ray —me dijo algo tímido.

—Hola —respondí cortante, solo porque no me salía ser desagradable, mucho menos con él. Apuré el paso para entrar.

Me mentía a mí misma, lo sabía. Verlo me aceleraba el corazón y hacía que me sudaran las manos. Sentía su presencia detrás de mí y eso me ponía aún más nerviosa. Miré a todos lados e, irónicamente, solo quedaban dos asientos libres, uno al lado del otro. Apenas unos centímetros separaban las sillas, en el fondo, esperando que las ocupáramos.

Saqué mi lapicera y el corrector de la mochila, y los dejé encima del pupitre esperando que comenzara el reparto de hojas. Llegó la mía, pasada de adelante hacia atrás. Tomé una y, luego de que dieran todas las instrucciones, agarré mi lapicera para empezar… pero no escribía. La revisé para comprobar la tinta y estaba repleta. La pasé varias veces por la hoja, pero no funcionó. Alcé la mano y pedí una prestada a la profesora, pero…

—Yo te presto —se apresuró a decir la voz varonil a mi lado.

—Gracias —dije, y la tomé tragando saliva, sintiendo el calor rojo que subía a mis mejillas cuando mi mano rozó la suya.

---------

Me apresuré a terminar para poder salir antes que ella del salón. Sabía que si ella lo hacía primero, dejaría la lapicera en mi pupitre y no tendría excusa alguna para hablarle fuera del salón. Terminé de escribir y entregué la hoja en el escritorio de los profesores. No revisé nada; no me importaba si algo estaba mal, solo me importaba esperarla afuera.

Aún quedaban unos minutos más de examen, pero parecían eternos. Al fin, la puerta se abrió y comenzaron a salir todos. Ella fue la tercera en hacerlo, y la vi caminar hacia mí. Lento… o eso me pareció. La verdad es que el corazón se me detuvo y sentí que moría en la tortuosa espera de los dos metros que nos separaban. Su voz me devolvió a la vida, sacándome de mi muerte hipnótica.

—Gracias, Nando, me salvaste —dijo, y mi rostro dibujó una sonrisa.

—Merece —respondí—. ¿Cómo te fue? —traté de buscar conversación.

—Bien, en realidad me gusta la literatura —contestó con su tierna voz que me derrite cada vez que la escucho—. ¿Y tú? —preguntó tímida.

—Creo que bien —me encogí de hombros—. A mí también me gusta la literatura, pero no le agrado mucho a mi profesor —agregué—. ¿Qué vas a hacer ahora? —pregunté, sabiendo que teníamos que esperar los resultados, y eso podía llevar dos o tres horas.

—Nada, o sea… no hay mucho que hacer —hizo una mueca con la boca.

—¿Quieres ir a fumar? ¿Conmigo? —recalqué la invitación por las dudas; mirá si me decía que sí, pero que iba a ir ella sola. Crucé los dedos detrás de mi espalda para que la respuesta fuera afirmativa.

—Vamos —me dijo, aunque noté cómo miraba disimuladamente a todos lados antes de responder. ¿Estaría esperando a alguien?

Abrió su mochila buscando sus cigarrillos, pero yo le ofrecí de los míos, esperando que aceptara. Tomó uno y lo colocó con delicadeza en sus labios. Me apresuré a ofrecerle fuego, encendiendo el encendedor que ella misma me había dado días atrás. Tenerla tan cerca me ponía nervioso. La respiración se me aceleraba, evidenciando mis nervios. Bajé la mirada; no iba a soportar estar a centímetros de su boca y no besarla.

Por unos minutos, ninguno de los dos pronunció palabra alguna. Creo que ella también estaba nerviosa. De repente, rompimos el silencio tratando de hablar a la vez. Nos reímos como tontos y me pidió que fuera yo quien hablara primero. Acepté, solo por no contrariarla.

—¿Sabes que le gustas a mi amigo Luis? —no sé por qué dije eso. Bueno, sí lo sé… soy un idiota, por eso.

—¿Ah, sí? No lo sabía —sus ojos reflejaron algo que no supe definir, decepción quizás—. ¿Y tú estás de novio con Mery? —preguntó con la cabeza baja, mirando el suelo.

—¡No! —solté casi en un grito, desahogando mi frustración.

Casi han pasado dos horas y seguimos platicando. Al principio fue algo raro y molesto, pues estaba muy nerviosa, y creo que él también; pero después nos fuimos soltando. En realidad, creo que el momento justo fue cuando, casi con un grito, me respondió que NO era novio de esa facilona de Mery. No es que le tenga odio ni nada, pero la idea de que fuera su novia me tenía a mal traer.

Dejamos de lado eso de los novios y novias para quitar presiones, aunque no voy a mentir: eso de que le gusto a Luis me molestó, no por Luis, sino porque preferiría gustarle a él y no a alguien más. Tendré que conformarme con ser su amiga, muy a mi pesar, para así poder tenerlo cerca y, quién sabe… quizás en algún momento pueda ser algo más.

Es muy gracioso, no lo parecía. Desde lejos, como estaba acostumbrada a verlo, se veía serio, pero este Nando que tengo ahora frente a mí no puedo negar que me gusta aún más. Lo escucho hablar diciendo tonteras y tarareando canciones a las que me uno entre risas. Lo veo sonreír, y cada vez que lo hace, un perfecto collar de perlas se asoma entre sus labios… labios que me hipnotizan y me hacen dudar si todo esto es real.

La voz lejana de la profesora, mi profesora, anuncia que darán los resultados del examen y pide que nos acerquemos todos.

—Quienes no hayan llegado a la nota aceptable deberán esperar para dar examen oral, ¿de acuerdo? —procede.

—¡APROBADO! —escucho tras mi nombre y salto de alegría.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —pregunta Nando, que, por cierto, también aprobó.

—Mañana me voy, tengo tres meses de merecidas vacaciones.

—Si aún te queda algo de amor… dentro de tu corazón,

No me mires a los ojos

Que me muero, yo me muero de dolor…

Hacelo por mí… —canta agarrándose el pecho como si lo hubiera herido, y no logro contener una carcajada que él acompaña. Juro que, por momentos, me confunde.

—¡Qué tonto! —mi risa se detiene abruptamente—. Creo que te están esperando —mi voz se vuelve dura, al igual que mi rostro.

—¡Espera! Podemos ir todos juntos a celebrar que aprobamos —me dice alzando la voz mientras me retiro. Veo cómo el rostro de la tal Mery dibuja una mirada desafiante en mi dirección, enarcando una ceja.

—No gracias… —respondo sin mirar atrás, dejándolo parado. No pienso compartir el mismo aire que ella.

Creo que sí, la odio. Al menos un poco. Apresuro el paso para salir de ahí lo más rápido posible. Siento cómo la rabia se apodera de mí, apretando con una mano invisible mi garganta, enlenteciendo poco a poco mi respiración, y con la otra me hunde el pecho estrujando mi corazón. Las lágrimas salen sin permiso a borbotones de mis ojos, nublando mi visión. A escasos metros, logro divisar unas siluetas conocidas que se apresuran a estrecharme en sus brazos.

—¿No digas que reprobaste? —van a la conclusión más obvia.

—¡No me detengan! —niego a su pregunta—. Vamos, no quiero estar acá… —lloro.

Daniela y Sabrina me abrazan y se ponen una a cada lado para irnos, no sin antes lanzar una mirada acusadora a quien ya imaginan, con tan solo ver, que es el causante de mi llanto.

—¡Ya mismo nos decís qué fue lo que pasó! —increpan mis amigas, y realmente no hay nada que decir.

—Nada, no me hagan caso, que la tonta soy yo y nadie tiene culpa.

—¿Cómo que nadie tiene culpa si estás hecha un trapito de lágrimas? Vamos a sentarnos y nos contás TODO con lujo de detalles y sin omitir nada —me advierten.

¿Qué puedo decir? Si yo me hice una película en mi cabeza que no tiene sentido. Quiero ser su amiga ya que, al parecer, no le gusto y no pasará más que eso. Aunque, si lo pienso bien, hay cosas que me confunden: primero me dice que le gusto a su amigo Luis, después me dice muy eufórico que no tiene nada con Mery, me canta tirando indirectas y, por último, quiere invitarme a salir con ella. No lo entiendo. No sé si estaré dramatizando o qué.

—¿Qué hacés acá, Mery? —pregunto, un tanto enojado.

—Nada, quería saber cómo te había ido, ¿qué, no puedo? —responde con gesto sobrador.

—No, perdón… —me disculpo, no hizo nada malo, por el contrario.

—¿Querés celebrar conmigo? —me pregunta sensualmente, mordiendo su labio inferior.

—Tengo algo más que hacer… lo siento —comienzo a caminar para ver si puedo alcanzar a Rayhan.

Noto que no le agradó mucho mi respuesta, pero no me importa. Ray se va mañana, pero no dijo dónde; no puedo perder el acercamiento que logré hoy. Al menos quiero ser su amigo, si con eso tengo la oportunidad de estar cerca.

La busco con la mirada por todos lados, pero no sé en qué momento se perdió de mi vista. Parece que la hubiera tragado la tierra, no pudo irse tan lejos si apenas aparté la mirada unos segundos para hablar con Mery. Camino rumbo a mi casa sin dejar de buscarla por todas partes, disimuladamente, y no pierdo la esperanza de encontrarla en alguna esquina antes de llegar.

Llego cabizbajo y me encuentro a mi madre, que espera en el umbral esperando la buena noticia. Pero al notar mi temple supone que no hubo suerte. No, no hubo suerte, pero no se trata del examen precisamente.

—¿Perdiste? Bueno, ya llegará la oportunidad en febrero, solo hay que estudiar un poco más —alza los hombros y hace una mueca con su boca en señal de resignación.

—No, má, sí salvé. Solo estoy cansado, me voy a bañar —no le voy a decir que me gusta alguien, sería cursi.

—Ah, bueno, me alegro mucho y te felicito. Ve a bañarte, mugrientito —se burla riendo. Ella es así, siempre te saca una sonrisa aunque estés hundido en la más grande depresión.

—A descansar, que mañana será otro día. Tres meses sin verla quizá ayuden para calmar las hormonas.

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Hacía mucho quería hablarle, pero no me animaba. Treinta años pasaron y yo sigo sintiendo esas cosquillas al verla. La vida ha pasado, el paso del tiempo se nota, pero le sienta bien. Por otro lado, no estoy tan seguro de que en mí se vean bien las décadas que se han posado en mi ser: las líneas en mi rostro, las manos más ásperas y la falta de cabello que ya se empieza a notar en mi frente cada vez más prominente.

Dudo mucho antes de acercarme a hablarle. Debo disimular, no puedo olvidar que estoy en la escuela esperando a mi hijo, al igual que ella lo hace… y lo más importante: está casada, quién sabe cómo lo tome. Los nervios hacen que mis manos suden, aunque estén frías. Puedo fingir tranquilidad y seguridad, pero soy un manojo de nervios, eso no ha cambiado ni después de treinta años.

—Hola, ¿te acuerdas de mí? —le pregunto apenas me pongo lo más cerca posible de ella, no tanto como para atraer las miradas, pero lo suficiente para hablarle discretamente.

—Claro que sí, te recuerdo muy claramente —responde, y espero que eso sea bueno.

—Estás linda, has crecido, pero aún sigues siendo la misma.

¿No podía haber escogido otras palabras? Parezco un viejo baboso hablando así.

—Claro, han pasado treinta años —responde cortante.

“Estoy casada”… esas palabras marcan una distancia y se clavan como puñales en mis oídos. No todo está perdido, al menos sabe de mi existencia, sabe que estoy solo y me ha visto muchas veces. ¿Será que ella también me observa?

El timbre de salida suena y me alejo despacio y disimulado, más por ella que por mí. No quiero causarle inconvenientes.

Toda la tarde me he arrepentido por mis palabras. Debo buscar una excusa y decir algo mejor que eso. «A ver, Nando, imagina que es una obra y practica, ensaya; mañana es la presentación» me dice mi voz interior. Más de veinte años en escena, acostumbrado a contener o maximizar mis emociones, y con ella no puedo. Ella derrumba al actor que hay en mí. Lo hizo hace treinta años atrás y lo sigue logrando hoy. Mañana podré, mañana tengo que poder. No voy a ser tan estúpido, ya no soy un adolescente.

Busco su perfil en F******k y lo tiene vinculado también a I*******m. Reviso sus publicaciones y fotos: hay varias de cuando éramos jóvenes, también algunas de cuando era niña, y veo todas sus facetas: niña, joven y adulta. Entiendo por qué me trae loco desde siempre. Agradezco que no tenga su perfil restringido para poder deleitar mi visión.

También tiene fotos abrazada a su esposo. Eso no me agrada tanto y prefiero pasarlas de largo, apretando los dientes con rabia.

¿Cómo hubiera sido nuestra vida juntos? ¿Aún estaríamos enamorados? ¿O tal vez ya hasta nos tendríamos odio? Es raro pensar en odiar a quien tanto amas. Amor… ¿será? Supongo que sí: si al pensarla o verla siento cosquillas en el estómago, si me sudan las manos y no me salen las palabras… sí, definitivamente tiene que ser amor.

Revisando sus fotos encuentro una de su graduación. “Escuela de Diseño Textil”, se lee en un letrero detrás del grupo de graduados. Es así que llega a mí una loca idea, pero es ¡la excusa perfecta! Yo, como director del teatro de la ciudad, puedo ofrecerle ser la nueva diseñadora de vestuario, ya que Ethel está a un mes de jubilarse. «Te amo, Ethel» pienso con la emoción a flor de piel.

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—Hola, ¿cómo estás? Perdón si ayer fui algo atrevido —me disculpo—. Solo quería saludar.

—Hola, Fernando, soy yo quien debe pedir disculpas. Creo que fui un poco grosera al responder, pero es que me agarraste por sorpresa.

—Entiendo, hace tiempo que quería acercarme, pero no estaba seguro si eras tú… —miento descaradamente—, hacía tanto que nos habíamos dejado de ver…

—Cierto, yo sí te reconocí en cuanto te vi, hace como cuatro años ya —se encoge de hombros—, pero como no mirabas siquiera, pensé que no querías hablarme o no sé.

Me siento mal por hacerla dudar y parecer que la culpable es ella por no haber dado el puntapié inicial.

—¿En serio? —una sonrisa con brillo de esperanza se dibuja en mi cara.

—Definitivamente, esa sonrisa eres tú —reconozco que me avergüenzo con su comentario—, la sonrisa de collar de perlas, ese es el Nando que recuerdo.

—Ray, la chica de comillas en el rostro —nos reímos recordando uno al otro—. Tú sigues teniendo esas comillas a los lados de tu sonrisa.

—Qué tonto, veo que no has cambiado, y me alegro.

El timbre suena anunciando la hora de salida y maldigo los pocos minutos que tuvimos para charlar. Pero esta vez me quedé a su lado: somos dos adultos que se conocen y conversan como tales. Los niños salen eufóricos buscando a sus respectivos padres. Nos saludamos como dos viejos amigos para luego retirarnos cada cual por su lado.

—Hoy sí, hoy te luciste, Nando —me felicito en voz baja mientras me dedico a mis quehaceres. Ella te recuerda, eso es bueno. “Sonrisa de collar de perlas”… sonrío como tonto recordando la frase. No sabía que me veía así, nunca me lo dijo antes. Poco a poco, aún tengo algo más de tiempo para invitarla a trabajar conmigo. O sea… no conmigo… bueno, yo me entiendo.

Toso y siento el pecho desgarrarse por dentro. Creo que me estoy enfermando. Luego iré a la farmacia por algo para aliviar la tos mientras me preparo un té con miel y limón. Mmm, no… pensándolo bien, voy a tener que ir a buscar algún remedio ahora. No me puedo dar el lujo de faltar mañana a la salida de la escuela. Por suerte, mi hijo ya está en casa de su madre, así no se preocupa. Él tiende a preocuparse demasiado con las enfermedades desde que murió su abuelo. Una gripe es algo gravísimo para él, y lo entiendo: ningún niño debería experimentar la muerte de un ser amado, no hasta tener el entendimiento suficiente como para lidiar con el proceso.

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