INICIAR SESIÓN
Punto de Vista de Valentina
365 días.
Un año completo lejos de Italia.
Dos inviernos en París.
Decenas de hombres intentando besarme.
Y ni uno solo logró arrancarme a Adrián Rossi de la piel.
Observé las luces de Milán desde la ventana del vehículo mientras la lluvia golpeaba suavemente el cristal. El chofer hablaba por teléfono en voz baja, dándome privacidad.
Privacidad.
Qué palabra tan absurda.
Porque incluso después de dos años lejos de casa, Adrián seguía invadiéndolo todo.
Su voz.
Sus manos.
Su maldito autocontrol.
Todavía recordaba la última vez que lo vi antes de marcharme. Él estaba de pie frente a la mansión De Luca, impecable dentro de un traje negro, mirándome con esa frialdad devastadora que solo él sabía usar conmigo.
—Eres demasiado joven para confundir admiración con amor, Valentina.
La humillación todavía me quemaba el pecho.
Apreté los dedos sobre mi abrigo, intentando empujar el recuerdo fuera de mi cabeza.
Había odiado a Adrián Rossi cada día desde entonces.
Y lo peor era que jamás había dejado de amarlo.
—¿Directo a la mansión, signorina? —preguntó el conductor.
Tardé varios segundos en responder.
Porque no.
No quería llegar todavía.
No estaba preparada para verlo.
Ni siquiera sabía si seguía viviendo cerca de la familia o si finalmente había construido una vida lejos de nosotros.
Levanté lentamente la mirada.
—No. Antes iremos a otra dirección.
Le entregué la ubicación que llevaba guardada en mi teléfono desde hacía semanas.
La antigua casa de Elena Rossi.
La madre de Adrián.
Pensé demasiadas veces en casa de aquella mujer mientras estaba en París. Elena siempre había sido dulce conmigo. Maternal. Cálida.
Todo lo que la mansión De Luca dejó de ser después de la muerte de mi madre.
Tal vez visitarla primero era un error.
Pero necesitaba hacerlo.
Necesitaba comprobar que Adrián ya no podía afectarme.
Veinte minutos después, el automóvil se detuvo frente a una enorme residencia moderna ubicada en una de las zonas más exclusivas de Milán.
Fruncí ligeramente el ceño.
Aquella no era la antigua casa de Elena.
La propiedad era enorme.
Minimalista.
Elegante.
Obscenamente lujosa.
Y entonces entendí.
Adrián.
Él había comprado aquello.
Una presión incómoda se instaló en mi pecho.
Porque mientras yo intentaba sobrevivir al recuerdo de él… Adrián Rossi había seguido avanzando.
—¿Desea que espere, signorina? —preguntó el chofer mientras abría la puerta.
—No será necesario.
Mentí.
La lluvia fina humedeció mi cabello apenas bajé del vehículo. El frío de noviembre golpeó mis piernas desnudas bajo la falda negra.
Respiré profundo antes de acercarme a la entrada.
Y justo cuando iba a tocar el timbre… La puerta se abrió.
Una mujer rubia apareció frente a mí.
Hermosa.
Alta.
Perfectamente arreglada incluso usando ropa casual.
Y llevaba un bebé en brazos.
El mundo se detuvo.
La mujer sonrió con naturalidad.
—¿Valentina De Luca?
Parpadeé, confundida.
Ella me conocía.
—Sí…
—Oh, Dios, Adrián tenía razón —rio suavemente—. Eres incluso más hermosa de lo que imaginaba.
La náusea me golpeó antes incluso de entender por qué aquella frase me dolía tanto.
Claro que sabía quién era yo.
¿Por qué no lo haría?
Yo era la sobrina de Adrián.
La hija de Alessandro De Luca.
La niña consentida de la familia.
La mujer acomodó ligeramente al bebé entre sus brazos.
—Soy Camille.
Y entonces sentí que el suelo desaparecía debajo de mis pies.
Camille.
La prometida de Adrián.
Mis ojos bajaron automáticamente hacia el niño dormido sobre su pecho.
Tenía ojos oscuros. Oscuros como los de Adrián.
La náusea fue inmediata.
—Yo… —intenté hablar, pero el nudo en mi garganta era grueso—. Vine sin avisar y… No… No es correcto que…
Camille sonrió con demasiada tranquilidad.
—Para nada. Adrián va a volverse loco cuando vea que regresaste. Tu padre habla de ti todo el tiempo y Elena no deja de mostrar fotos tuyas.
Cada palabra era una cuchilla.
Porque significaba que Adrián escuchaba sobre mí.
Pensaba en mí.
Sabía de mi vida.
Y aun así nunca me buscó.
Nunca llamó.
Nunca lo intentó.
Pero antes de que pudiera responder, una presencia masculina apareció detrás de ella.
Y entonces lo vi.
Adrián Rossi.
El tiempo había sido obscenamente cruel con él.
Porque ya no quedaba nada del hombre joven que dejé atrás.
Ahora era otra cosa.
Más grande.
Más frío.
Más peligroso.
Más atractivo.
El traje oscuro abrazaba sus hombros anchos con perfección. Su mandíbula estaba más marcada, su mirada más dura y esos ojos grises…
Dios.
Seguían destruyéndome igual que antes.
El bebé comenzó a llorar.
Pero nadie se movió.
Ni él.
Ni yo.
El silencio entre nosotros fue brutal.
Noté la manera en que Adrián tensó ligeramente la mandíbula mientras sus ojos recorrían mi rostro lentamente.
Mi boca.
Mi cuello.
Mis piernas.
Y después regresaban a mis ojos con una intensidad que me hizo doler el pecho.
—Valentina…
Mi nombre salió de su boca ronco.
Peligroso.
Retrocedí inmediatamente.
La vergüenza y la rabia me subieron por todo el cuerpo como fuego.
Claro que tenía una familia.
Claro que había seguido adelante.
¿Y por qué no lo haría?
La única idiota había sido yo.
Yo fui quien se quedó atrapada en algo que nunca existió.
—Disculpen la molestia.
Giré sobre mis talones y comencé a caminar rápidamente bajo la lluvia.
—¡Valentina!
La voz de Adrián retumbó detrás de mí.
Pero seguí caminando.
No iba a llorar frente a él.
No otra vez.
Escuché sus pasos acercándose.
Firmes y rápidos como siempre y segundos después sentí su mano sujetándome el brazo.
El contacto hizo que todo dentro de mí colapsara.
Adrián me obligó a girarme lentamente y lo sentí demasiado cerca.
Su perfume seguía siendo el mismo, una mezcla de madera, lluvia y peligro.
—¡Suéltame! —le exigí con furia. Pero él no lo hizo.
Sus ojos descendieron lentamente por mi rostro como si estuviera comprobando que realmente había vuelto.
—Volviste.
Esa simple palabra hizo que la rabia explotara dentro de mí.
—¿Eso es todo lo que vas a decirme después de dos años?
Adrián endureció la mandíbula.
—No deberías haber venido aquí. No debiste regresar, nadie aquí te extraña.
Sentí el golpe directamente en el pecho.
Pero me obligué a sonreír, aunque era una sonrisa amarga y dolida.
—Créeme, ya me di cuenta.
Sus ojos se oscurecieron inmediatamente.
—Tengo todo lo que siempre quise —escupió con arrogancia y soltó esa sonrisa altanera que solo usaba cuando despreciaba a alguien.
Miré hacia la casa, hacia la mujer, hacia el bebé y sentí que algo dentro de mí terminaba de romperse.
—Claro que sí, Adrian, siempre obtienes lo que quieres, sin importar que.
Adrián pasó una mano por su cabello mojado, perdiendo por primera vez algo de compostura.
—Valentina…
—¿Vas a presentarme a tu familia? —pregunté con crueldad—. ¿O eso también pensabas ocultarlo, tío?
Solté aquella palabra con intención, porque sabía cuánto la odiaba.
Y por primera vez desde que lo conocía, Adrián pareció quedarse sin palabras.
Eso me destruyó todavía más, porque el silencio también era una respuesta y finalmente me aparté bruscamente de él.
—Espero que seas feliz, tío Adrián.
El cambio en su rostro fue inmediato.
Oscuro.
Violento.
Sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca otra vez. Apretando más, hundiéndose en mi piel.
Y cuando habló, su voz salió baja.
Peligrosa.
—No me llames tío.
Mi corazón dejó de latir.
Porque nunca antes…
Jamás en toda mi vida…
Adrián me había pedido eso.
POV. LUCIANOLa herida no era grave. Eso fue lo primero que dijo el médico. Y aun así sentí que podía respirar por primera vez desde que desperté.Leo estaba bien. Eso era lo único que importaba.Lo tenía en mis brazos cuando salimos del hospital.El pequeño dormía. Su rostro descansaba contra mi pecho.Lo miré.Y sentí aquella sensación extraña nuevamente.No sabía ser padre. Pero cada vez me parecía menos aterrador intentarlo.Thiago caminaba a mi lado.—Deberías descansar.—Estoy bien —le dije con un gruñido y la verdad es que no entiendo que sigue haciendo aquí. —Te dispararon, Luciano. No eres una máquina. —Rozó. He tenido heridas peores.—Te desmayaste. Y no lo dudo, pero…—¡No te metas, Thiago! Además, ¿Qué carajos haces aquí todavía? ¿No tienes una vida? No te prohibieron tus papis con apellido de abolengo que no te metas con Valentina y su familia, bueno pues yo hago parte de esa mierda, así que puedes irte antes de que te regañen.Thiago negó con la cabeza.—Sigues siendo
POV. ADRIÁNEl teléfono volvió a vibrar. No necesitaba mirar la pantalla para saber quién era.Alfonsino.Había pasado demasiado tiempo desde que escuché ese nombre pronunciado como una amenaza.Ahora era peor.Era mi padre.Miré hacia Valentina. Estaba de pie frente a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho. No había llorado. No después de todo lo que había ocurrido.Pero conocía esa expresión. Estaba aterrada.Y aun así intentaba que yo no lo notara.—¿Es él? —preguntó. Asentí.—Quiere verme —Valentina cerró los ojos.—No vayas —la miré.—Tengo que hacerlo.—No —se giró hacia mí.—Adrián, él acaba de aparecer después de veinte años. Tiene hombres. Tiene información. Estoy segura de que atacó a Luciano y a Leo. Y ahora está citándote como si pudiera llamarte y tú simplemente fueras a aparecer.No respondí. Porque tenía razón. Pero había algo más. Algo que no podía ignorar.Leo.Pensé en él.En sus pequeñas manos. En la manera en que se calmaba cuando Valentina lo abrazaba.
**POV. LUCIANO**No podía dejar caer al niño. Ese era el único pensamiento que tenía.Uno. Después otro. Después otro.Pero siempre regresaba al mismo.No lo sueltes. No lo dejes caer.Leo lloraba contra mi pecho.Sus pequeñas manos se aferraban desesperadamente a mi camisa. Yo podía sentir cómo la sangre se extendía bajo la tela.No era grave. Eso era lo que me repetía. No era grave.Solo una herida.Solo dolor.Solo sangre.Habíamos salido para caminar unos minutos. Eso era todo. Adrián había insistido en enviar seguridad. Dos vehículos. Cuatro hombres. Me había parecido exagerado.Hasta que comenzaron los disparos. Todo ocurrió demasiado rápido. Un automóvil bloqueando la calle. Hombres saliendo de los vehículos.Armas.Gritos.Los hombres de Adrián reaccionaron antes de que yo pudiera entender qué estaba ocurriendo.Uno cayó. Otro respondió. Yo corrí con Leo en brazos. Porque de pronto nada más importaba.Ni Vittorio.Ni Alfonsino.Ni la guerra.Ni siquiera yo.Solo ese pequeño cue
POV DE VALENTINA—No voy a… Tengo que ir.Lo miré. Él permaneció completamente quieto.—Todavía no entiendes lo que eso significa —susurré.Sus ojos se oscurecieron.—Lo sé.—No. Y haces lo que quieres.Adrián bajó la mirada. Y entonces lo entendí. No tenía miedo de Alfonsino.Tenía miedo de descubrir que, durante toda su vida, había odiado al hombre equivocado.O peor.Que había heredado demasiadas cosas de él.El teléfono volvió a sonar. Adrián lo miró. Y esta vez los dos guardamos silencio. No era el número de Alfonsino.Era Luciano.Adrián contestó inmediatamente.—¿Qué ocurre? —pero no hubo nada. Solo silencio. El rostro de Adrián cambió—. ¡Luciano! —mi respiración se detuvo—. ¿Dónde estás?Se giró hacia mí.La burbuja de esa mañana definitivamente se había roto… Vi miedo en sus ojos.Miedo de verdad.—No cortes.Entonces salió corriendo de la habitación. Y yo fui detrás de él. Sin saber que, a varios kilómetros de distancia… Luciano estaba intentando mantenerse con vida.Con mi s
**POV. VALENTINA**Nunca imaginé que la paz pudiera dar tanto miedo.Estaba recostada sobre el pecho de Adrián, escuchando los latidos de su corazón, y aun así… no podía dejar de pensar que algo estaba a punto de ocurrir.Quizá era porque nuestra historia jamás había sabido quedarse quieta.Cada vez que creíamos haber encontrado un momento para nosotros, algo aparecía.Una mentira.Un padre.Una boda.Un disparo.Un secuestro.La puerta del mundo abriéndose de golpe para recordarnos que nosotros nunca habíamos tenido permitido ser simples.Pero aquella mañana… Aquella maldita mañana… Por unos minutos lo fuimos.Adrián tenía una mano sobre mi espalda. Sus dedos se movían lentamente, dibujando círculos distraídos sobre mi piel.No hablábamos. Y por primera vez, el silencio entre nosotros no estaba lleno de secretos.—¿Qué estás pensando? —pregunté.Sentí cómo su pecho vibraba bajo mi mejilla.—En nada.Sonreí.—Mentiroso.—No estaba mintiendo —levanté la cabeza para mirarlo.—Adrián, ll
POV. ELENAEstaba sola.Eso fue lo primero que comprendí cuando el sonido llegó desde la cocina.No era fuerte. No era el ruido de alguien entrando por la puerta.Fue algo más pequeño. Un vaso moviéndose. Quizá una taza.Me quedé completamente quieta.—¿Valentina? —pero nadie respondió.Fruncí el ceño. Valentina no podía estar allí.Había salido hacía horas. Isabella tampoco.Adrián estaba con Leo. El silencio regresó.Y durante unos segundos pensé que lo había imaginado.Entonces escuché pasos.Lentos.Firmes.Detrás de mí.Mi cuerpo se congeló.No quise girarme.Porque, de pronto, lo supe.Hay personas que reconoces incluso antes de verlas.Por la forma en que el aire cambia.Por el miedo que dejaron enterrado dentro de ti.—Elena.Mi corazón dejó de latir.No.No.No podía ser.Cerré los ojos. Veinte años. Habían pasado veinte años. Me giré lentamente.Y allí estaba.Alfonsino Rossi.No parecía un fantasma. Eso habría sido mucho más sencillo.Parecía real. Terriblemente real. El ca







