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YO NO AMO A LILIANNE

Autor: Luna Nova
last update Fecha de publicación: 2026-07-15 07:04:28

Se puso un vestido negro que había llevado consigo y unas sandalias de tacón bajo.

Era una mujer hermosa, aunque todavía se le escapaban ciertos aires de campo que se esforzaba por disimular.

Y, por supuesto, seguía cargando con su bastón, porque el primero en verla caminar sin él sería su esposo.

Esta vez nadie se interpuso en su camino. 

El señor había dejado claro que ella era alguien importante, y era evidente que Lilianne había pasado la noche en la alcoba principal.

Sentada en el comedor, recibió el mejor desayuno y preguntó con disimulo a qué hora se había marchado Douglas.

—El señor desayunó temprano con la señorita Karla y después se marcharon juntos a la empresa.

Aquel nombre volvió a crisparle los nervios.

¿Acaso esa mujer no tenía una casa propia donde desayunar?

—Bien. Por favor, dígale a un chófer que esté preparado para llevarme por la ciudad.

Al decirlo, percibió la resistencia del mayordomo.

—El señor dijo...

—¿Acaso soy una prisionera aquí?

Lilianne lo interrumpió con tono firme, y eso bastó para que el hombre cediera.

Por si acaso, era mejor complacerla. 

Todos habían sido testigos de lo que el señor Calder le había hecho al guardia de seguridad que la había maltratado.

El chófer del Mercedes debió de pensar lo mismo cuando Lily le pidió que la llevara al rascacielos del Grupo Calder y la ayudara a entrar utilizando su pase de seguridad.

El hombre sudaba frío, sin querer meterse en problemas, pero ella terminó convenciéndolo.

Subió muy feliz en el elevador de cristal, desde donde podía contemplar todo el vestíbulo y las demás oficinas.

Era increíble y con ese aire de poder que estaba por encima de los demás.

Ahora entendía un poco mejor por qué Douglas trabajaba tan duro para proteger su patrimonio.

—Voy a apoyarte, mi amor. No dejaré que vuelvas a avergonzarte de mí —susurró Lily.

Cuando las puertas se abrieron en el último piso, salió al pasillo alfombrado, pasando frente a varias oficinas cerradas.

Era la hora del almuerzo y su intención era invitar a Douglas a salir un rato, pero, al acercarse a la enorme puerta del fondo, escuchó una discusión a través de la rendija.

—... ¡Deja en paz el asunto de Lilianne! Ella solo es la mujer con la que me casé por agradecimiento. ¿Acaso querías que la abandonara después de que recibió una bala por mí?

El rugido furioso de Douglas la detuvo en el umbral.

—¡Pero ayer saliste corriendo detrás de ella dejándome en ridículo! ¡Sé que te encerraste en tu alcoba a follártela!

El reclamo provenía de Karla.

El golpe que resonó sobre una mesa hizo sobresaltarse a Lilianne, que solo podía mirar la puerta mientras su mundo se venía abajo.

—Ni tú ni nadie va a cuestionarme. Tenemos un trato y estuviste de acuerdo. Lo que haga con Lilianne es asunto mío. Ya te lo dije, y métetelo en tu maldita cabeza...

Douglas hizo una pausa.

La silla del escritorio rechinó como si se hubiera levantado, y después se escucharon unos pasos lentos.

Lilianne quería darse la vuelta y escapar. 

Fingir que no había escuchado nada.

Dolía demasiado y sabía que las próximas palabras la destrozarían.

—Lilianne Evans no es más que una deuda de gratitud para mí. Y si tengo que follármela y hacerle creer que somos una pareja feliz para pagarle esa deuda, lo haré.

El silencio que siguió pesó como una montaña.

Ellos continuaron discutiendo, pero Lily ya no podía escuchar demasiado.

Se estaba ahogando en su propia desilusión y lágrimas.

Incluso extendió la mano para empujar la puerta y enfrentarlos, abofetear a Douglas y escupirle en la cara.

Pero, de repente, se sintió ridícula ante la idea de volver a mendigar un amor que nunca había tenido.

Debió haberlo imaginado.

Douglas solo le había propuesto matrimonio después del accidente.

Lástima. Caridad. Gratitud.

Eso era lo único que Douglas Calder había sentido siempre por ella.

—Lo arreglaré cuando llegue el momento y tendremos un divorcio limpio. Pero no vuelvas a hablarme del tema y entiéndelo de una vez: yo no amo a Lilianne Evans.

***** 

«Yo no amo a Lilianne Evans. Yo no amo a Lilianne Evans».

Las palabras se repetían como un bucle en su mente mientras bajaba las escaleras de emergencia como una loca.

Fue entonces cuando descubrió que sus piernas realmente funcionaban bastante bien.

Quizá fue la adrenalina, la rabia que la ahogaba o simplemente su lucha por no derrumbarse allí mismo, pero logró atravesar la última puerta de emergencia y corrió hacia la salida.

A Lilianne no le importó la imagen que daba mientras se desplomaba contra la pared del callejón lateral del enorme edificio.

Sus sollozos rotos resonaron mientras se cubría el rostro con las manos y lloraba como nunca había llorado en su vida.

Varias personas aminoraron el paso con intención de ofrecerle ayuda. 

El bastón caído a su lado solo provocaba todavía más lástima.

Lástima.

Eso era lo único que inspiraba.

Le gritó como una loca al primero que intentó tenderle una mano, solo para disculparse al instante. 

Tenía que marcharse de allí.

Las cafeterías cercanas estaban llenas de trabajadores de Douglas. 

No seguiría interpretando el papel de la mujer patética, aunque estaba segura de que ninguno de ellos la conocía.

Era su sucio secreto. Su vergüenza.

La mujer a la que follaba de vez en cuando solo por caridad.

Lilianne consiguió llegar a un parque cercano. 

Se sentó en un banco y se quedó mirando a la nada, perdida, mientras las lágrimas continuaban bajando por sus mejillas y, de vez en cuando, los sollozos volvían a ahogarla.

Cada recuerdo dolía demasiado.

Douglas lo sabía.

Sabía muy bien que ella estaba loquita por él. 

Le había dado esperanzas desde que eran jóvenes. 

Parecía encantarle tenerla siempre detrás de él, como una perra moviendo la cola.

Lilianne incluso estudió Contabilidad para ayudar a su padre con la administración de la hacienda. 

Porque quería ser útil para Douglas. Porque quería permanecer a su lado.

Dejó atrás su sueño de estudiar Diseño, de entrar en el mundo de la moda y la costura. 

Algo que la apasionaba. Algo para lo que tenía un talento natural.

Todo por estar junto a él.

Las horas pasaron y Lilianne continuó sentada donde estaba, mirando a la nada, hasta que sus ojos chocolates, antes vacíos, adquirieron un brillo de rebeldía y decisión.

—Vas a tener que decírmelo a la cara, maldito bastardo... —masculló, con la rabia nublándole la mente y levantándose de golpe.

No escaparía más.

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Último capítulo

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