INICIAR SESIÓN—¿Qué le pasa, mamá? —cuestionó con la voz temblorosa, al mismo tiempo que se levantaba de la cama.
—No es un tema que deba hablarse por teléfono ―Jaxon supo en ese instante que algo grave estaba sucediendo, y que su vida, tal vez, estaba a punto de cambiar para siempre.
Colgó el teléfono y se dejó caer de nuevo en su cama, con el eco de la voz de su madre resonando en su cabeza. El significado era claro, dolorosamente claro. La preocupación, fría y pegajosa, se instaló en su estómago y el peso de la llamada lo seguía cargando en su pecho.
A pesar de todos los roces, de las discusiones sobre su soltería, de las indirectas sobre su "vida desordenada," Jaxon amaba a sus padres. Eran la roca de su mundo, el ancla en medio de la tormenta; y la idea de que esa roca pudiera desmoronarse, de que esa ancla se rompiera, lo aterrorizaba.
Nunca había pensado en el día en que ya no estarían. Para él, sus padres vivirían por siempre en el rancho, con sus rutinas, sus manías y sus reproches. Era como si el tiempo se detuviera en ese lugar, en esa burbuja de pastos verdes y cielos infinitos.
Pasó la madrugada dando vueltas en la cama, atormentado por imágenes sombrías y preguntas sin respuesta. ¿Qué haría sin ellos? ¿Cómo sería su vida sin las llamadas de su madre, sin las bromas secas de su padre, sin el olor a tierra mojada y a leña quemada del rancho?
Se despertó a media mañana con la cabeza pesada y los ojos irritados. El sol, implacable, inundaba su departamento, recordándole que el tiempo no se detiene, y que la vida sigue su curso a pesar de todo. Se levantó, se preparó un café fuerte y se obligó a comer algo.
Tenía que ir al rancho. Tenía que estar allí.
Después de un par de llamadas para reorganizar la agenda de la librería, se subió a su coche y condujo por un camino serpenteante y solitario, que lo llevó a dejar atrás los edificios y el asfalto, adentrándose en campos de viñedos y olivares. El trayecto de cuatro horas le sirvió para meditar en lo poco que su madre le había dicho, para prepararse para lo que le esperaba; no obstante, cuando finalmente vislumbró la silueta familiar del rancho, no pudo evitar sentirse nervioso.
Aparcó el coche frente a la casa, sintiendo la conocida sensación de paz que siempre lo embargaba al pisar ese lugar. La puerta se abrió de inmediato y allí estaba ella, su madre, con su sonrisa cariñosa y los ojos que parecían leerle el alma.
—¡Jaxon! ¡Pero qué milagro! —exclamó con su habitual tono dramático. —¿Y bien? ¿Vienes sólo a pasar el rato o te has decidido a traer a la prometida que nos debes? ―Jaxon sonrió ante la ya acostumbrada broma, mientras caminaba hacia ella.
—Madre, ya sabes que el amor es una tarea ardua, y que las buenas mujeres escasean; además, ¿quién querría atarse a un librero arruinado? ―la tomó de los hombros y le plantó un beso en la mejilla con afecto.
—Ay, muchacho, con esa labia conquistarías a cualquier mujer —respondió su madre con una sonrisa forzada. —Pero bueno, entra, vayamos a comer que tu padre está en el campo y regresará más tarde ―ambos entraron en la casa, con el aroma a tierra y a hogar flotando en el ambiente.
El comedor estaba impecable, como siempre, ya que su madre era una maníaca de la limpieza. Después de comer y tras un breve intercambio de banalidades, su madre lo condujo a la sala.
Jaxon se sentó frente a ella, sintiendo un nudo en el estómago.
—¿Qué pasa, mamá? ―finalmente se atrevió a preguntar.
Su madre suspiró profundamente, mientras sus ojos se cristalizaron repentinamente. —Tu padre está enfermo. Tiene cáncer ―reveló sin rodeos.
La noticia cayó sobre él como un martillo. Se quedó sin habla, repitiendo las palabras con lentitud en su mente.
—¿Cómo… cómo es posible? —balbuceó aún incrédulo.
—Lo diagnosticaron hace una semana. Estamos esperando los resultados de los análisis para saber qué tipo de tratamiento necesita ―su madre le explicó con la voz entrecortada.
Luego, continuó hablándole sobre los síntomas, las pruebas, los tratamientos, de las esperanzas y de los miedos.
El silencio se apoderó de la habitación. Jaxon sintió un dolor sordo en el pecho, una mezcla de tristeza, miedo y rabia.
—¿Y papá…? ―ni siquiera pudo terminar la pregunta.
—Ya lo conoces, él es como es. No quiere que nos preocupemos. Quiere seguir con su vida normal, pero yo necesitaba que lo supieras ―Jaxon se levantó de inmediato para abrazarla, sintiendo su fragilidad, su dolor.
—Mamá, ¿qué puedo hacer? —dijo con la voz quebrada.
—Estar aquí. Estar cerca de él.
En ese momento, la puerta se abrió permitiendo escuchar un silbido de una melodía alegre; era su padre entrando con su habitual porte despreocupado, el rostro bronceado por el sol y una sonrisa divertida.
—¡Pero mira quién está aquí! —exclamó sin dejar de sonreír. —¿Qué, muchacho? ¿Te aburriste de la ciudad? ―lanzó su primer ataque sarcástico.
Jaxon y su madre intercambiaron una mirada rápida; con una mezcla de tristeza y determinación, ambos se obligaron a sonreír fingiendo normalidad.
—¡Papá! ¡Qué alegría verte! —le guiñó un ojo tratando de sonar lo más natural posible.
—¿Todo bien, cariño? —preguntó su madre, con una sonrisa forzada.
—Todo perfecto. El campo está precioso y la cosecha de mandarinas pinta muy bien ―se acercó a besar a su esposa castamente.
La cena transcurrió entre risas, anécdotas y bromas. Jaxon, con la garganta apretada, intentó disfrutar de cada bocado, de cada palabra, de cada mirada; mientras la conversación ocultaba la tormenta que se avecinaba.
Después de cenar, cuando sus padres se retiraron a su habitación, Jaxon se quedó en el porche contemplando las estrellas. El rancho, silencioso y sereno, era el legado familiar, ¿qué pasaría con él? ¿Qué pasaría con su madre? Y sobre todo, ¿qué pasaría con su padre?
Pensó en el futuro: en el rancho, en la librería, en sus padres, en la necesidad de tomar decisiones importantes, porque una sombra de incertidumbre los había envuelto. Sus padres siempre le habían manifestado el deseo de verlo casado y con hijos, de que la familia continuara la tradición; y él, por el contrario, siempre había huido de ese compromiso. Sin embargo, en ese momento, la idea de que se fueran sin que él hubiera cumplido ese deseo, le causaba un dolor indescriptible. ¿Cómo iba a cumplir con esas expectativas ahora?
Estaba sumido en sus pensamientos cuando escuchó el sonido de un coche acercándose. Reconoció el vehículo al instante: el jeep rojo de Alba, la hermana pequeña de Auritz.
***El siguiente capítulo es un fragmento de la vida de Auritz, que será el protagonistas de la siguiente historia. No spoiler (bueno, tal vez un poco). Podrás encontrar la historia como: Un corazón en español.***La mañana valenciana se colaba a través de las persianas, bañando de una luz dorada el departamento de Jaxon. Alba suspiró, sintiendo la suave brisa marina que se colaba por la ventana abierta. Atrás quedaron los secretos, las mentiras piadosas y la farsa que había unido sus vidas. Habían pasado ya dos meses desde que la farsa había terminado, dos meses desde que se habían sincerado sobre sus sentimientos, y se habían lanzado a la aventura de ser oficialmente una pareja. Ahora eran Alba y Jaxon, una pareja real, con una rutina que se extendía entre el rancho, la librería y la quesería.—Mmm, huele a queso —murmuró Jaxon entrando en la cocina con una sonrisa pícara.El aire olía a sal y a pan recién horneado, una escencia que era el símbolo de su nueva vida juntos.Alba revolv
Jaxon bufó. —No es poesía erótica, papá. Es un análisis crítico de la obra de… ―ni siquiera pudo terminar.—Ya, ya, ya —Manuel tenía una sonrisa socarrona. —Lo que tú digas. ¿Y cómo va la librería? ¿Vendiendo muchos libros a los poetas eróticos? ―volvió a bromear mientras se servía del queso ahumado.—Papá… —Jaxon suspiró, resignado. —Va bien. Estamos pensando en organizar un club de lectura ―decidió responder a la pregunta detrás de su mofa.—¿Un club de lectura? —su padre arrugó la frente. —Y eso, ¿qué es? ¿Un grupo de gente leyendo en voz alta? ―Negó con una mueca de asco. ―Ya ves, deberías encargarte del rancho, es más productivo ―llevó un bocado a su boca.—El rancho va genial ―Alba intentó mediar, sabiendo que la conversación se dirigía a un territorio peligroso. ―Jaxon está involucrándose con los cultivos de mandarina y con la contabilidad. Y yo me encargo de los pedidos de leche para el mercado ―finalizó con una sonrisa dulce y cándida.—Sí, eso es importante —comentó mirándolo
Dos años después. En la casita frente al campo de mandarinas.La luz dorado bañaba la cama en un cálido resplandor. Alba, con su cabello revuelto y una sonrisa que no desaparecía ni en sus sueños, se removió entre las sábanas, sintiendo la familiar patada en su vientre. Tenía seis meses de embarazo y, a pesar de las náuseas matutinas y los antojos impredecibles, se sentía radiante.Un gruñido adormilado resonó a su lado. Jaxon, con la barba de dos días y su torso descubierto, se estiró, bostezando ruidosamente.—Buenos días, cariño —murmuró Alba acariciando su mejilla.Jaxon entrecerró los ojos, intentando enfocar la mirada. —Mmm ¿Qué hora es? ¿Ya es hora de la tortura matutina? ―se arrastró el pequeño espacio que los separaba, para abrazarla.Alba soltó una carcajada. —No seas exagerado. Sólo son las siete. Y no, no es hora de la tortura. Todavía ―le dio unas palmadas en el brazo, con cariño.—Bien. Pero si me obligas a ir al establo a esta hora, voy a necesitar un café extra fuerte
Siguiendo con los planes del fin de semana, viajaron a Valencia.El sábado, cuando el sol descendió por el cielo con intensos colores vívidos, y después de haber terminado sus tareas en la librería y en la quesería, Jaxon y Alba entraron al departamento para desplomarse en el sillón, acurrucarse y sumergirse en ese silencio que los envolvía en un aura de satisfacción, felicidad y cansancio físico.Después de varios minutos de relajación, Jaxon rompió el momento. —¿Tienes planes para esta noche? —preguntó con una sonrisa misteriosa, aunque Alba no pudo verla.Alba arqueó una ceja. —Depende ―se incorporó, encontrándose de inmediato con la mirada de Jaxon. ―¿Qué tienes en mente? ¿Una cena romántica a la luz de las velas? ―comentó con ligereza, sin embargo, era una pregunta bien estudiada.Jaxon sonrió aún más. —Tal vez ―respondió con la misma ligereza, pero totalmente consciente del juego de Alba. ―Pero tendrás que esperar y ver. Solo te diré que te pongas guapa ―la vio separarse un poco
Un año después.El sol de la mañana pintaba de un naranja cálido las montañas que rodeaban el rancho de los Navarro. Jaxon, con las mangas de la camisa hasta el codo y el cabello revuelto por el viento, observaba a Alba mientras esta alimentaba a las cabras. La luz dorada acariciaba su cabello castaño, resaltando los destellos cobrizos que tanto le gustaban y sus mejillas, rosadas por el esfuerzo, le daban un aspecto aún más radiante.—Buenos días, mi amor —avanzó hacia ella con una sonrisa más que amplia.Alba, que traía un poco de maíz en la mano, lo miró. Sus labios dibujaron también una sonrisa genuina, una que había comenzado a aparecer con frecuencia desde que la farsa había dado paso a algo real.—Buenos días, vago. ¿Ya terminaste de leer esa novela cursi que te presté? ―lo recibió con el habitual sarcasmoJaxon, que se detuvo a la mitad de su trayecto y llevó una mano a su pecho, fingió una mueca de ofensa. —¡Oye! Es un clásico ―exclamó alterado. ―Y sí, la terminé anoche. Me g
Jaxon, sin perder más tiempo, se dirigió al establo con la curiosidad siendo aplastada por el nerviosismo. Ahí estaba Alba, sentada, con las manos delicadas y expertas en la ubre de una de las cabras. Estaba concentrada en su tarea, con las mejillas sonrojadas, el cabello revuelto y el sol iluminando su rostro, resaltando sus rasgos delicados.―Buenos días, granjera ―la saludó acercándose con una amplia sonrisa.Alba, al escuchar su voz, levantó la vista, al mismo tiempo que se enderezó con una mueca de sorpresa. Su mirada se encontró con la de él. —Buenos días, señorito. ¿Se le ofrece algo? ¿Necesita leche fresca para el desayuno? ―se limitó a responder con un tono que mezclaba el sarcasmo y la incomodidad.Jaxon se detuvo, sintiendo la incomodidad en el aire. —¿Todo bien? —preguntó con suavidad.Alba se encogió de hombros. —Todo normal.Se acercó, sintiendo una oleada de afecto; pero Alba desvió la mirada, sintiéndose extraña, fuera de lugar. No sabía cómo reaccionar. La intimidad c







