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4. El queso

Autor: Furukawa
last update Data de publicação: 2026-02-02 05:49:20

—No es improbabilidad —respondió Jaxon con un tono más serio. —Es, digamos, un desafío actoral.

—Un desafío actoral que implica besarme, supongo —Alba sonrió con malicia. —¿Y qué tal tus habilidades actorales, Jaxon? ¿Han mejorado desde la última vez que intentaste conquistar a la camarera del bar de la esquina?

Jaxon sintió un leve rubor en las mejillas, al ser la hermana menor de su mejor amigo, ella tenía un conocimiento enciclopédico de sus fracasos románticos, y eso siempre lograba desarmarlo.

—Eso fue hace mucho tiempo —él se defendió. —Además, esa camarera era complicada.

—Todas lo somos, Jaxon. Todas ―ella se apresuró a puntualizar.

La conversación se detuvo por un momento, un silencio incómodo que Jaxon interrumpió rápidamente.

—Mira, Alba, sé que te parezco un idiota —confesó rindiéndose ante la verdad, —y entiendo que no confíes en mí, pero en verdad necesito tu ayuda ―evidenció su angustia.

—¿De verdad? ¿El gran Jaxon, el soltero empedernido, necesita ayuda de la pequeña Alba? ¿Qué pasó? ¿Se te acabó el repertorio de frases cursis? ―pero ella no cedió, continuó con la ironía.

—Es en serio, Alba. Necesito tu ayuda. Mis padres… —Jaxon hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas. —Quieren nietos y yo… no tengo novia.

Alba se quedó en silencio, procesando la información. Conocía a los padres de Jaxon, sabía lo mucho que deseaban una familia numerosa, y su única esperanza estaba en su hijo, ya que ellos apenas si habían logrado engendrarlo a él.

—¿Y por qué no les dices la verdad? —lo cuestionó con un tono más suave.

—Porque la verdad es aburrida —replicó con una sonrisa amarga, —y porque no quiero decepcionarlos. Les debo mucho, Alba, y quiero que estén felices ―la expresión de Alba se suavizó y asintió, comprendiendo perfectamente.

—Entiendo —dijo después de su momento de reflexión. —Y, ¿qué propones exactamente? ¿Que sea una especie de novia temporal? ―su curiosidad se hizo evidente.

—Exactamente, sólo simularás ser mi novia —respondió Jaxon con una sonrisa esperanzada. —Fingiremos que somos novios sólo cuando estemos en el rancho. En Valencia, nuestras vidas seguirán siendo normales ―añadió con precisión.

—¿Y qué pasa con los besos? —una chispa traviesa iluminó sus ojos, pero necesitaba iniciar un interrogatorio con el objetivo de determinar los alcances de la simulación.

—Podemos evitar los besos si quieres —contestó Jaxon, sintiéndose aliviado de que la conversación avanzara. —A menos que sea absolutamente necesario ―terminó con precaución.

—Ya veremos —de inmediato habló Alba, entrecerrando los ojos y con una sonrisa difícil de interpretar. —¿Y qué pasa si la farsa se sale de control? ¿Si tus padres insisten en una boda? ―expuso con interés.

—Nos divorciamos —le respondió al instante y se encogió de hombros. —Sin drama, sin peleas y sin complicaciones ―Alba alzó la ceja, percatándose de que la farsa podía llegar hasta el matrimonio.

—¿Y qué hay de la intimidad? —cuestionó con cierta preocupación. —No me imagino compartiendo cama contigo.

—¡Por supuesto que no! Cada uno en su habitación —reaccionó Jaxon con una sonrisa que intentaba transmitir obviedad.

Se quedó pensativa por un momento. —¿Y qué gano yo con todo esto? —lo miró inquisitiva y expectante.

—Además de la satisfacción de ayudar a tus amigos —Jaxon sonrió travieso, pero Alba no reaccionó. —Podrías, no sé, ¿tener un suministro ilimitado de leche gratis?―propuso rápido al ver su seriedad.

Alba soltó otra carcajada. —Trato hecho, Jaxon. Por tus padres y por el queso ―aceptó entre risas, a la vez que alzó su copa y bebió todo el vino.

Un peso se levantó de los hombros de Jaxon. —Gracias, Alba, de verdad.

—No me des las gracias todavía —respondió ella con una sonrisa pícara. —Entonces, ¿cuándo les damos la noticia? —se mostró divertida.

—Mañana, si puedes. Les diré que te invité a cenar y revelaré que somos novios ―le informó su plan.

—Perfecto. Mañana regreso. ¿A qué hora? ―se levantó de la mesa mientras cuestionaba para tener trazado el plan.

—A la hora que quieras ―Alba sonrió, sintiendo una extraña mezcla de emoción y nerviosismo.

—Bien, entonces, novio, será mejor que empieces a ensayar tu papel, porque, créeme, no te lo voy a poner fácil ―le dijo con una sonrisa maliciosa y agarró la leche.

Jaxon le devolvió la sonrisa, sintiendo una extraña sensación de alivio y expectación. Sabía que aquello iba a ser una locura, pero la forma en la que Alba estaba actuando, de alguna manera, lo hacía ver divertido.

—No te preocupes, Alba. Estoy preparado.

—Eso ya lo veremos ―con una última mirada cómplice, ella se dirigió a la puerta. —Nos vemos mañana, novio ―y terminó por salir de la casa.

Jaxon, con una sonrisa en los labios, la observó irse. Sabía que el juego estaba por comenzar, y por algún motivo, no podía evitar sentirse emocionado.

Domingo.

El sol, como un gigante perezoso, comenzaba a asomarse por el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja intenso. Jaxon se removió entre las sábanas, maldiciendo internamente el despertador que lo obligaba a abandonar el cálido abrazo de su cama; pero el deber llamaba, y el olor a heno y a tierra húmeda le recordaba que, aunque su vida transcurriera entre libros y cafés en Valencia, su corazón aún latía al ritmo del rancho familiar.

—¡Vamos, muchacho! ¡El sol no espera! —la voz grave y enérgica de su padre resonó desde el pasillo.

Jaxon gruñó, se levantó a regañadientes y se vistió con la ropa de trabajo que, a pesar de sus protestas, siempre le quedaba un poco grande. Bajó las escaleras encontrándose con su padre ya en la cocina, con las manos manchadas de grasa y una sonrisa juguetona en los labios.

—¿Y ese entusiasmo, papá? ¿Acaso te has enamorado de una cabra? —bromeó, intentando disimular la preocupación que le carcomía por dentro.

Su padre soltó una carcajada profunda, que hizo vibrar el aire. —No seas tonto, muchacho. Hoy tenemos un pedido grande de leche, así que hay que ordeñar a esas señoritas antes de que se pongan de mal humor.

Mientras desayunaban, el diálogo se mantuvo entre bromas y burlas. Jaxon, con su cinismo característico, no perdía oportunidad de recordarle a su padre que él prefería la vida urbana entre libros y letras, a la dura rutina del rancho; su padre, por su parte, le respondía con la paciencia de quien conoce a su hijo a la perfección, sabiendo que, en el fondo, Jaxon apreciaba su hogar y a su familia más de lo que admitía.

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Mimis
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