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6. Mil veces mejor

Autor: J.M.Rose
last update Fecha de publicación: 2026-02-21 07:45:23

—Katherine, tu diseño está muy bien hecho —una voz masculina desde detrás me hizo girar—. ¿Piensas enviarlo como propuesta para Alemania? Considero que ganarías la puja de las otras empresas sin problemas.

Trazaba el papel con detenimiento hasta terminar. Levanté mi lápiz, dando un paso hacia atrás. Sí, tenía razón. El diseño que había creado era futurista, pero sobre todo elegante.

—¿Eso crees?

—No lo creo, lo sé.

Anthony sonrió con orgullo. Era mi compañero en la compañía de arquitectura donde trabajaba. Habían pasado tres años desde que terminé graduándome como arquitecta en tiempo récord. Con el pago de Oliver, pagué toda mi carrera y la de mi hermana, sobrando apenas unos veinte mil dólares… pero después de eso… nada más. La mensualidad que me enviaba Oliver la guardaba de manera ahorrativa, pues mi objetivo era comprar una casa algún día.

—Anthony, el problema no es que gane —murmuró Daniela con molestia desde el escritorio contiguo cerca de mí—. El problema es lo brillante de nuestro jefe —farfulló.

—En eso estoy de acuerdo —agregó Mérida—. Esta compañía tiene arquitectos novatos muy buenos excepto por Anthony que consiguen contratos increíbles… y aun así ¡estamos a punto de la quiebra!

—Mérida, no grites así.

—Claro que grito. Tal vez así nuestro imbécil jefe despierte y deje de estar apostando todo lo que gana.

Todos éramos compañeros de una pequeña compañía de arquitectura. Nuestros pagos eran muy competitivos más cuando comenzamos a recibir propuestas de la nada de compañías francesas. No nos importaba la procedencia solo que ganaramos para sobrevivir... y aun asi... ya estábamos preparados para saber que nunca crecería.

—Lo mejor sería que se fuera a la quiebra —Daniela hizo girar la silla—. Así, si tenemos suerte, una empresa grande nos absorba. Tenemos talento, tenemos proyectos… y un jefe que no sabe contar dos más dos.

Todos los que estábamos en la pequeña compañía nos reímos. A pesar de que teníamos talento, al no tener tanta experiencia, las compañías grandes nos rechazaron, terminando en este lugar. Pequeño, sí, pero con futuro si alguien llevara las riendas.

—Seamos positivos, tal vez nuestro jefe decida dejar de apostar y que quiere invertir en una nueva cafetera.

Mi comentario provocó que Anthony hiciera una leve mueca de dolor. Él era el amante del café. Los cuatro éramos como los cuatro mosqueteros. Mientras me recostaba en mi asiento, un repartidor entraba a nuestra pequeña oficina. Rosas tan blancas como la nieve, con una rosa roja en el medio. Un arreglo floral que hizo que las chicas suspiraran de emoción, mientras que Anthony solo se sentó en el escritorio.

—¡Flores! —Daniela, emocionada, se levantó tomando la tarjeta en cuanto el repartidor se fue—. Mira, son para ti, Katherine.

—De nuevo —Mérida le quitó la tarjeta a Daniela de las manos—. ¿De quiénes son? ¿Del abogado que te saludó el otro día?

—Oh, ¿hablas de Floir? Él pareció muy interesado en ti —Anthony asintió con calma—. Fue una gran sorpresa que lo conocieras.

—Sí, tuvimos suerte de ser invitados a esa fiesta y te encontraste con uno de los solteros más codiciados.

Mérida abrió la tarjeta y, haciendo un gesto de estar tomando aire, comenzó a leer en voz alta.

—Te estaré esperando esta noche. Espero te agraden las flores. Por nuestro aniversario de casados… —su mandíbula se abrió de golpe.

Hubo un silencio que solo fue apagado por el tic-tac del reloj. Los tres pares de ojos se posaron en mí.

—¡¿Aniversario?! —gritó sorprendida Daniela—. Katherine, ¡¿cuándo te casaste?!

—Hace tres años —hice una mueca.

—Pero, ¿y tu anillo?

Saqué el collar debajo de mi blusa, donde estaba la pequeña joya.

—Me incomodaba para trabajar, así que siempre lo llevo aquí.

—Entonces ¿cuándo conoceremos a tu esposo?

—Después de hoy —mi mirada se sostuvo en la pantalla—. Dudaría mucho que pregunten sobre eso.

Ignoré las flores. Sabía que no habían sido de él. No. Para él, yo había desaparecido de la faz de la tierra. Desde mis regalos de cumpleaños, graduación y aniversario… todo era por parte de su asistente, que estaba en Nueva York. Él, básicamente, se encargaba de que yo estuviera viva.

Al llegar a la casa tras terminar, me esperaba lo de siempre. Sabía que me juzgaban; para todos, solo era una invitada en la casa de Oliver. Me arreglaba viendo el vestido que esperaba en la cama. Elegante. Vibrante. Uno que gritaba pertenencia.

No lo puse.

Decidí colocarme un vestido rojo algo provocativo que mostraba lo que mi cuerpo había mejorado durante tres años. Mi cabello estaba más largo. Mis pechos un poco más crecidos y mis muslos más firmes. Fui llevada al restaurante, a uno de los más exclusivos: Le Bernardin.

Él había alquilado todo el restaurante, como siempre. El lugar era impecable. La música de fondo del piano llenaba mi espacio para ocultar la soledad y la tristeza que había pasado. Ya no estaba como en mi primer año, ansiosa mirando la puerta.

El primer año revisaba cada noticia donde aparecía su nombre. El segundo dejé de esperar llamadas que nunca llegaban a pesar de que yo lo llamaba y mandaba mensajes insistentes. Para el tercero… ya no recordaba cuándo fue la última vez que pensé en él antes de dormir entre lágrimas… ni siquiera recordaba completamente como lucia.

Por eso... ya no lo esperaba.

Un mesero se acercó donde me encontraba, colocando una copa en mi mesa mientras abría una botella.

—Su champán, señorita Katherine.

Sirvió el líquido rosado con un cuidado milimétrico. Las burbujas subieron lentamente y, tras esto, se retiró. Observé la copa mientras el líquido espumoso se elevaba.

Tres años llenos de desilusiones.

Tres años de regalos.

Tres años donde solo sabía que estaba vivo por las noticias de la farándula.

Respiré hondo, cerrando los ojos por unos segundos. Este matrimonio se había convertido en una trampa donde solo era una esposa de papel, invisible, de cristal.

Inútil.

A pesar de que había hecho lo que deseaba en mi vida al terminar mi carrera, mi vida amorosa estaba en la basura. Con calma, desde mi cartera, saqué un documento en una carpeta junto a un lapicero. Con una calma casi teatral, saqué el lapicero.

Con mi dedo bajaba lentamente entre las líneas, trazando con la yema de mis dedos las palabras “Acta de Divorcio”. Como si fuese un verdugo, bajé por las líneas llegando a mi nombre.

No esperé.

Con una elegancia como si hubiera practicado para hacerlo una y otra vez, firmé mi nombre debajo de la línea donde debía. No pedía nada, ni un centavo extra de su parte. Al terminar, le di varios toques con la punta del lapicero al papel y, tras esto, reí con ironía.

Tan fácil que fue firmar, y tan difícil que fue pasar estos tres años.

Al terminar, chasqueé mis dedos, notando que el asistente de Oliver, que estuvo siempre en la esquina, corrió hacia mí.

—¿Necesita algo, señorita Katherine?

Levanté la mirada hacia él. No había ni un pedazo de alma. De manera letal, le extendí la carpeta y, con una voz gélida, dije:

—Entrégale este regalo a Oliver. Asegúrate de que él sepa que este es mi regalo por nuestro aniversario.

Él tomó la carpeta con ligera duda hasta que finalmente asintió.

—Como desee, señorita.

No dijo nada más, solo se fue. Con calma tomé la copa, alzándola levemente.

—Salud, por este condenado matrimonio.

Le di un sorbo lento y, tras esto, dejé la copa en la mesa, saliendo del restaurante.

Después de firmar, esperaba un mensaje, una llamada, un comentario desde su asistente al día siguiente.

Nada.

Pasaron las horas…

Los días…

Al tercero, al llegar después de mi horario laboral, su asistente estaba parado en la sala con una carpeta, esperándome.

—Señorita Katherine —dijo con calma, acercándome la carpeta—. Esto es para usted. El señor Chevalier pide estrictamente que abandone la propiedad para mañana a las diez de la mañana.

Tomé la carpeta y, tras esto, se fue. Escuché la puerta detrás de mí en un suave golpe. Respiré con pesadez. Un silencio absoluto, como si todos los empleados hubieran desaparecido. Abrí la carpeta, notando que había firmado todo. Ni siquiera una nota para maldecirme, nada. Sostuve el papel con firmeza, mirando hacia el techo.

No había más tristeza ni dolor. Tomaría esto como mi impulso de no dejar que me impusieran a nadie. Pensaría por mí, solo en lo que era lo mejor para vivir. Esa misma noche recogí toda mi ropa, solo la que compré por mi trabajo. Me había obligado a no utilizar casi nada de lo que Oliver me compró.

Una maleta…

Era lo único que podía llevarme. No sentí ni una pizca de lástima o molestia. Al terminar, me retiré el anillo dejandolo al lado del collar que me compro colocándolos en la mesa de noche y, tras eso, bajé sola mis pertenencias. Eran las nueve de la noche. Aún no había ni una pizca de que hubieran personas, por lo que imaginé que Oliver les pidió que no estuvieran en la casa para no ayudarme.

No me importó.

Pasé la puerta de esa solitaria casa, esa que me acompañó durante tanto tiempo. Al llegar afuera, desvié mi mirada lentamente hacia la puerta.

—Oliver Chevalier, todo esto que me hiciste, espero que lo sufras. Mueras por soledad y no puedas encontrar a nadie que te haga feliz —mis palabras salieron viscerales—. Yo, Katherine Lion, me alejaré de ti lo más que pueda. Nunca… nunca volveremos a estar juntos, aunque seas el último hombre en el mundo.

Me di la vuelta, comenzando a caminar arrastrando mi maleta. Esa noche debía dormir en un hotel… pero por ahora sabía una cosa…

Oliver Chevalier podía quedarse con su amante. Yo me aseguraría de pretender que nunca existió.

¿Cómo?

Siendo feliz con otro. Mostrándole que yo, Katherine Lionheart, viviría mil veces mejor sin él.

POV Oliver Chevalier

El papel yacía en mi escritorio.

La noche anterior debió de haber sido espectacular. Le envié las mejores flores… y las vi, en una foto que me había enviado mi asistente desde Nueva York.

En la basura.

Mi mandíbula se tensó.

Era una advertencia silenciosa. Una forma de recordarle que, a pesar de la distancia, seguía siendo mía. Ahora… esa imagen se burlaba de mí. Mis dedos rozaron su firma. Elegante. Firme. Intocable.

Fruncí el ceño.

No firmaría.

No aún.

Quería que se desesperara.

Que me buscara.

Que volviera arrastrándose si era necesario.  Llamé a la ama de llaves en mi casa de Nueva York. Respondió de inmediato.

—Es probable que mi esposa esté… indiferente —murmuré, con voz baja—. Asegúrense de cuidarla. Pero en cuanto desaloje mi casa… quiero que lo pierda todo.

Hice una pausa.

—Y déjenle claro que mis puertas seguirán abiertas… si decide arrepentirse.

Silencio. Luego, un “sí, señor Chevalier”. La línea se cortó. Apoyé ambas manos sobre el escritorio, respirando lento.

Ella volvería a mí.

Porque, aunque intentara arrancarme de su vida… yo ya era parte de la suya.

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Comentarios (2)
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Klivia Nohelia Rivera Zeledon
Que desgraciado siempre la cita a emcima tratar con ella para luego dejarla plantada
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Elvira Portillo
tenías ilusión Katherine,pero nunca comprendiste era solo un contrato, pero cumplas tus palabras y logres ser feliz
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Último capítulo

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