FAZER LOGINPasos acelerados me obligaban a subir hacia la parte de arriba. Al salir, el aire frío golpeó mi cuerpo. Con una fuerza bestial cerró la puerta con un ruido seco. El sonido de la música…
Desapareció. Su respiración era errática. Su mirada me atravesaba como cristales. A la distancia se escuchaban los autos, pero en ese instante se distorsionaban en un sonido lejano. Soltó mi mano sin alejarse. Una mirada que parecía un volcán a punto de estallar. —¿Qué hace? —murmuró con una serenidad letal, como la calma antes de la tormenta. Ignore su pregunta revisando mi brazo, asegurándome de no tener ningún moretón. —¡Quieres dejar de ignorarme! —alzó la voz en un gran estallido. —Oh, ahora tú me pides que no te ignore —mi mirada ácida se posó en él. —Katherine Chevalier, ¡¿qué demonios estás haciendo?! —replicó con dureza entre dientes, brotando su acento francés—. Mais tu ne vois pas ce que tu es en train de faire ?! (¡¿Pero no ves lo que estás haciendo?!) Lo observé detenidamente sin entender del todo lo que acababa de decir. Llevé mi mano a la cadera manteniendo un gesto gélido. Por otro lado, la respiración de Oliver era errática, similar a cuando corres un maratón quedando sin aire. —¿Quieres bajar tu voz? —Entonces responde —sentenció. —A ver, según tú estoy haciendo algo —fruncí el ceño—. Recuérdame qué estoy haciendo que te afecta —crucé los brazos con molestia—. ¿Acaso te molesta que respire? Porque eso es lo que estoy haciendo en la fiesta. —¡No! —rugió—… tú… tú… —se separó caminando de un lado a otro unos segundos, intentando calmarse sin lograrlo. Se detuvo, posando su mirada visceral en mí— ¡Estás coqueteando con Floir! No fue una pregunta, sino una acusación. Sin poder evitarlo, comencé a reír incrédula de lo que estaba pasando. Era como si un niño que no juega con un juguete se enojara porque alguien quisiera tomarlo. —No coqueteo con él —desvié la mirada unos segundos. —¡Claro que sí! Estabas hablando con él. Te reíste. ¡Iba a sacarte a bailar! —Oh, por favor, él no iba a hacer eso. —Claro que lo iba a hacer, lo vi ¡Y tú ibas a aceptar! Encima, te sonrojaste cuando pensaste que te compraría ese collar que yo compré para ti. ¡Porque solo yo puedo regalarle cosas a mi esposa! Bordel! (¡Maldita sea!) Parpadeaba varias veces intentando comprender la situación tan hilarante. —Oliver, ¿puedes dejar de actuar así? —¿Así cómo? —replicó con fastidio. —Como si estuvieras celoso de que otro hombre me mire. Mis palabras fueron como un balde de agua fría. Su rostro, que estaba irritado, comenzó a endurecerse poco a poco. Hubo un largo silencio entre nosotros, solo interrumpido por el viento. —¿Celoso? Ja, no confundas las cosas —dijo—. Solo me fastidia que olvides que tienes mi apellido. Debes serme fiel como mi esposa. Aquello solo fue un golpe en mi estómago. Levanté una ceja, anonadada por la tontería que había escuchado. —Qué cínico eres, Oliver. ¿Ahora soy tu esposa? Ja, por favor. Hace días, es más, horas atrás me ignorabas queriéndome lejos como si fuera una enfermedad —ladeé la cabeza dejando escapar una risa seca—. Pero no, tú sí puedes estar pegado de tu “no es nada mío” mientras yo debo quedarme callada esperando. Pues no, Oliver, las cosas no funcionan así. Su mandíbula se tensó. —Agatha no es nada mío —finalmente dijo—. Es solo una amiga de mi infancia, nada más. —¿Ah, sí? ¿Y por qué trajiste a tu supuesta amiga desde Francia en una noche que se suponía yo estaría contigo? Porque, te recuerdo, tú pediste que me arreglara para estar como pareja. Silencio de nuevo. La tensión se volvió insoportable. Su mirada chispeó. —Oliver, no me respondes. ¿Por qué viniste con ella? —pregunté con la poca cordura que me quedaba. —Porque se me da la gana —disparó tenso. —Oh, por favor. Seguro la trajiste para decirme que este matrimonio es una porquería, que aún estás libre —llevé mi mano al pecho con enojo—. ¡Yo sé que es una basura! Pero yo no ando por ahí agarrada de otro hombre para desprestigiarlo. Su mirada se oscureció poco a poco, tornándose peligrosa. —No te atrevas a decir que este matrimonio es una basura, no lo entiendes. —¡Claro que lo entiendo! —estallé por fin—. Me odias. Mis palabras parecieron ser el detonante. La gota que rebosó el vaso. Se alejó de mí enseguida, como si mi cuerpo fuera veneno. Se acercó a una pared lejana, golpeando una baranda de hierro. El sonido metálico retumbó. Di un paso hacia atrás, intentando alejarme. Lo noto. Se volteó rápidamente cuando intenté abrir la puerta, volviéndola a cerrar. Frente a frente. Sus manos en la pared, a ambos lados de mi cabeza. Su mirada jade con miel, tornándose ennegrecida. —No te odio —finalmente dijo—. Solo no te acepto. Me niego a que me obliguen a estar contigo. Yo no te elegí, y cuando te tengo cerca es el recordatorio. Sus palabras, heladas. No respondí. Su mirada bajaba de mis ojos a mi collar, volviendo otra vez a mirarme. Era como un animal enjaulado. —Cada vez que te veo, recuerdo que fuiste la opción que no se me dio. Eres lo que escogieron para darle mi apellido, a quien debo presentar como mi esposa. No me dejaron escoger: era aceptar o renunciar a lo que construí. Su tono masculino se quebró. Su mirada volvió a mi collar, tan intensa que juraría que mi cuello se estaba quemando. —Si sientes eso, no tienes que descargarlo conmigo —apenas susurré—. Yo no te obligué a ponerte el anillo. Yo tampoco tuve opción, y no por eso ando haciendo tonterías ni provocando que te sientas como si no existieras. Si tanto me detestas, pide el divorcio. Yo hablaré con tu abuelo y le diré que no puedo estar casada contigo y asumiré las consecuencias. Sus ojos volvieron a los míos. Había una intensidad imposible de describir. Se clavaban en mí y, en su mirada, todo desapareció. —No es tan simple como lo pones. —Oliver, no me quieres, no me aceptas, apenas me soportas. Si no puedes tenerme cerca porque te escogieron, entonces terminemos esto. Bajó su mano lentamente. Dio un paso hacia atrás. Un destello de rabia. —No me dirás qué hacer. Sí, no soporto que no seas mi decisión. No acepto que seas una esposa impuesta obligada. Pero sigues siendo mi esposa, al menos por tres años lo eres. Sus palabras dolieron. Eran como una sentencia difícil de procesar. Mordí mi labio por la rabia y, sin pensarlo, dije: —Déjame ir. Probablemente estaré muchísimo mejor con otro hombre que me aprecie. Ya no te quiero, Oliver. Sus ojos se abrieron. Hubo un cambio en su expresión. Rabia. Orgullo golpeado. Un fuego que se encendió de repente. Dio un paso hacia mí y todo cambió… Fue devorador. No había suavidad ni romance, era una necesidad carnal. Un beso salvaje. Ardiente. Exigente. Su mano me tomó con una posesión imposible de entender. Su mano izquierda sostuvo mi nuca, acariciando mi cuero cabelludo con la yema de sus dedos. Su lengua, esa parte de su cuerpo, se volvió un látigo. Me poseyó, me invadió. Me hizo suyo donde me dejé. Había dado besos antes, sí, pero ese superaba todos los que había dado por mucho. Su boca hambrienta buscaba más, deseaba más, y yo se lo di. Mi cuerpo comenzó a reaccionar cuando su mano derecha bajó. Como si fuera una pluma, me cargó con una mano, y lo abracé con las piernas para no caer. Me movió un poco de la pared para volverme a pegar. Me arquee siguiendo el voraz beso. Mi mano se dirigió a su cabello, apretándolo con fuerza contra mí. Su pecho se frotaba contra el mío. Detuvo el beso y me miró. Su mirada se había nublado en algo que no comprendía. Nuestras respiraciones eran irregulares. Una necesidad abrupta. Volvió hacia mi cuello, mordiendo mientras su mano se apretaba contra mi muslo. Me arrancó un jadeo sin querer mientras susurraba en un exhalo de placer: —Oliver… Algo pasó de repente. Se detuvo. Me bajó de su pierna separándose de manera brusca. Fue tan rápido que parecía que me había quemado. Sus ojos no dejaban de escudriñarme, pero esta vez estaban extraños. No eran fríos… Tampoco molestos… Sus ojos jade estaban tan oscuros que podrían competir con el ónix.—No esperes que sienta ni la más mínima atracción por una mujer que se vendió a mi familia. Alguien a quien no le importó casarse por dinero fácil. Solo por eso… no te quiero cerca.
No pude responder, pues salió dándose la vuelta con un fuerte portazo. Me dejó allí…
Fría.
Él se llevó todo mi calor. No lo entendía, no lo comprendía.
POV Oliver Chevalier
Mi respiración errática. Me recostaba contra la puerta metálica ya cerrada. cerrando los ojos un segundo. Ajusté mi corbata con torpeza, como si ese gesto pudiera devolverme el aire que ella me arrebató.
Joder.
Ella era parte de un acuerdo que despreciaba. Una mujer que, a pesar de todo, no podía dejar de desear. No iba a aceptar tener a una mujer que prácticamente compré, aunque mi cuerpo parecía protestar al no estar de acuerdo.
Aún alterado por ese beso, me erguí, alejándome de la puerta. Caminé sin rumbo, intentando recuperar el control. Porque si no me alejaba de Katherine… ella terminaría tomando el único control que jamás debía perder.
El control.
De mí mismo.
POV Oliver Chevalier Muchos decían que la felicidad estaba en el dinero… ¿Para mí? Era mi familia. Acomodaba con calma mis gafas de sol, suficientes para poder ver a los pequeños. Emma construía un castillo de arena con Brandom y Brittany mientras Eliott intentaba nadar Aurora, la hija de Jeremy y Daniela, observaba a mi hijo desde la distancia. Un leve gimoteo infantil hizo que desviara los ojos. Pierre acomodaba a su pequeño de apenas seis meses para darle de comer. —Noah, este jugo te gustará. —Pierre lo acomodaba. —Intenta con el de sandía Katherine envió extra por los niños; además, es refrescante —sacaba la botella de plástico. —También puede ser que tenga hambre. —Anthony sacó las galletas de una de sus bolsas—. Mérida es muy prevenida y envió cosas extras. Los mellizos a veces cambian mucho. —Oh, tal vez sea que está muriendo. —Jeremy torció un poco la nariz haciendo una mueca. Pierre levantó a su pequeño dándole unas palmaditas y lo que recibió fue un gran
POV Leila LionheartHoy era el día en que tanto tiempo de espera daba sus frutos.Cuatro años siendo una de las estudiantes más destacadas. Mientras caminaba, los aplausos de mis compañeros me envolvían. Miré hacia arriba, sintiendo las miles de luces sobre mí. Apenas podía ver, pero aun así, sin distinguirlo entre el público, sonreí, pues mi corazón me gritaba que él estaba ahí.Me dirigí al podio tras ser presentada como la mejor estudiante, con el promedio más elevado de mi generación. Las luces me iluminaron y respiré profundo. Di un discurso de esperanza, fuerza, resiliencia y, sobre todo, esfuerzo. No solo en el ámbito de los estudios, sino también en el de la vida.La esperanza cuando los días parecen más oscuros.La fuerza que debes tener cuando parece que estás cayendo.La resiliencia para adaptarte cuando las cosas no salen como quieres…Y, sobre todo, el esfuerzo que debes hacer. A veces muchos nacen con una ventaja inevitable, pero con esfuerzo también pueden ser alcanzados
POV Katherine Chevalier—Oliver, yo puedo sola.—No puedes.Sin siquiera mirarme, tomó el ramo de flores que llevaba entre los brazos como si fuera la cosa más pesada del mundo y él debiera protegerernos.—Nuestro bebé merece que lo cuiden desde ahora... y tú también. Quiero que ni siquiera cargues una pluma, Katherine —su tono fue firme y con una preocupación latente.No pude evitar hacer una ligera mueca ante su exageración. Él respondió con una de esas sonrisas que seguían desarmándome incluso después de todo lo que habíamos vivido. Fue suficiente para que cualquier molestia que hubiera sentido desapareciera en un solo respiro.—Bueno, de acuerdo —suspiré con derrota.Aquel día era especial.Después de tantos meses de espera, por fin descubriríamos si nuestro pequeño era niño o niña. Oliver insistió en hacer una revelación de género y, para mi sorpresa, estaba incluso más emocionado que yo. Llevaba toda la mañana preguntando la hora cada cinco minutos, incapaz de ocultar los nervios
POV Daniela Washington Hoy sería el día más especial de mi vida… porque hoy haría algo ilegal. Iba a secuestrarlo. Pero primero lo primero. Emocionada, tocaba de manera agitada la puerta de la oficina de Oliver hasta que escuché un simple: —Pase. Al entrar, noté a Mérida que, a pesar de que su vientre aún estaba plano, se veía radiante. Ella y Oliver revisaban unos papeles cuando ambos levantaron la vista. —¿Sí? —Hoy vengo a pedir mis vacaciones —coloqué el formulario sobre la mesa con una sonrisa coqueta. Oliver parpadeó varias veces antes de bajar la vista al escritorio y volver a mirarme. —¿Vacaciones? —Sí, dos semanas. —Daniela, creo que se te pasó que debes pedirlas con anticipación —Mérida me reprendió con esa típica mirada de jefa. —Eh... no. Mira, prefiero pedirlas ahora porque nuestro lindo, caballeroso, vigoroso... —Daniela, no me adules —suspiró Oliver. —Bueno, nuestro jefe se irá por un tiempo cuando Katherine dé a luz al bebé, más o menos en dos meses y medi
POV Anthony Gray Había creado mi vida de una manera tan perfectamente cronometrada, que muchos antes me consideraban más un robot que una persona… hasta que ella me enseñó a vivir. Desesperado, frotaba mi mano caminando de un lado a otro. Oliver me de dio un leve golpe en el hombro con una sonrisa juguetona. —Ella ha tardado un poco —revisó su reloj—. Tal vez se escapó. Mi rostro debió ser demasiado bueno porque Jeremy dejó escapar una leve risa. Se encogió de hombros ladeando la cabeza. —Oliver, no lo asustes. Él tuvo suerte de que, después de tanto insistir, Mérida haya aceptado por fin casarse de verdad con él y no ser la prometida. Sí… Le había pedido casi todos los días casarnos, donde pensé que pasarían dos cosas… Dejaría mi apartamento y me entregaría mi anillo de compromiso, o se casaría conmigo. Por suerte, pasó lo segundo. Ella no quiso nada pomposo, nada que pareciera de película; solo un pequeño lugar con nuestras personas más allegadas. Escogimos el valle Hudson.
El sol mañanero se filtraba por la ventana cubriendo con ámbar la habitación.Decían que la felicidad no podía ser tan plena. Se equivocaban.Mi cuerpo dolía por la intensa noche anterior, pero no me importaba. Estaba con el amor de mi vida en la hermosa Bora Bora. Desde mi ventana podía ver la laguna de ese azul eléctrico que parecía falso, pero no lo era. El sol hacía que brillara aún más.Recostada, miraba el hermoso lugar. Ya teníamos casi cuatro semanas allí y regresaríamos pronto. Sabía que volveríamos a nuestra vida de trabajo, pero no me molestaba, pues lo que habíamos disfrutado esos días era más que suficiente.Relajada, sentí algo que me hizo saltar. Unas manos juguetonas se colaron por debajo de mis sábanas. Decidí fingir que dormía, pero una risa áspera y juguetona me dio a entender que lo sabía. Movió mi cuerpo colocándome boca arriba, donde abrió mis piernas.Sentí besos juguetones por mis muslos. Olfateaba. Me estremecía arqueando mi espalda.—Oliver, ¿acaso no te cansa







