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Capítulo 2. AGRADECIMIENTOS

Autor: Mary Ere
last update Data de publicação: 2021-04-03 13:04:47

El auto se detuvo, el hombre en él se quedó helado al golpe. No podía creer lo que acababa de ocurrir. Esa chica había salido de la nada.

El hombre de cabello castaño y ojos cafés levantó la mirada para encontrar las palmas de una chica, no mayor a veinte años, fijas en el cofre de su auto.

La pelinegra temblaba de pies a cabeza, respiraba pesadamente y sus hermosos ojos marrón solo veían el lugar donde sus manos se habían impactado.

Fernanda tampoco se creía lo que había pasado. Al darse cuenta de la proximidad de un auto, que para ella apareció de la nada, usó sus manos para detenerlo, como si eso pudiera ser posible. Pero, supuso que un milagro pasó, pues el auto debajo de sus manos estaba completamente inmóvil.

Ella estaba anonadada. Era cierto que, entre todo su dolor, había pensado que tal vez no haber nacido hubiera sido lo mejor, pero no por ello deseaba morir, al menos no justo en ese momento, y mucho menos atropellada.

—¿Estás bien? —escuchó la chica cuando comenzó a recobrar el sentido del oído, que al parecer decidió darse un respiro por unos minutos tras el impacto sufrido.

La persona, dueña de la voz que hizo la pregunta, era un hombre. Fernanda lo miró al escuchar su gruesa voz y, dejando salir en lágrimas la adrenalina contenida en sus pulmones, que también habían dejado de funcionar momentáneamente, cayó al suelo al perder la poca fuerza que tenían sus temblorosas rodillas.

» Oye, ¿estás bien? —preguntó de nuevo el hombre que se acercaba a asistirla.

—Casi me matas —respondió Fernanda entre sollozos.

—Tú te atravesaste —refutó el hombre, intentando defenderse de tan aterradora acusación—. ¿Estás loca?

—Pues sí —respondió Fernanda, aun sin mirarlo—, pero no por eso quiero morirme… Saliste de la nada.

—No, tú saliste de la nada —aseguró el hombre—. Casi te atropello… ¿Puedes ponerte de pie?

Fernanda no contestó a eso, ni siquiera estaba segura de sí sus rodillas responderían adecuadamente. Pero, al intentarlo, lo logró. Eso la alegró mucho. Después de sentir morir, estar de pie era algo que le hacía sentir realmente satisfecha.

» ¿Realmente estás bien?, ¿no quieres que te lleve a un hospital?, ¿a tu casa? —preguntó el hombre.

—No —respondió ella con una sonrisa más de nervios que de felicidad—. Estoy bien, en serio. Solo necesito que se me pase el susto. Creo que si me siento en aquella banca y tomo un poco de agua se me pasará rápido.

El hombre pidió que alguien, de los muchos testigos oculares de semejante situación, acompañara a la joven hasta esa banca en el parque de enfrente que ella apuntaba, y estacionó su automóvil para ir a cerciorarse de que estaba realmente bien.

» Eso me asustó —soltó Fernanda al que le entregaba una botella con agua minutos después.

—A mí también —aseguró él—… casi te mato —declaró, haciéndola reír, pues él acababa de asegurar eso que minutos atrás había negado.

—Lo lamento —se disculpó la chica—. Estaba distraída, no te vi venir.

—Sí, tampoco te vi venir —repitió el hombre y ambos se rieron, rompiendo esa tensión que los envolvía—. ¿Te llevo a tu casa? —preguntó el hombre y Fernanda volvió a negarse.

—No —dijo—, no quiero ir a mi casa. Necesito un lugar donde no me odien. Iré a casa de un amigo.

El hombre miró a la chica con ternura. Supuso que cargaba con alguna situación complicada, pero no preguntó nada. Después de todo, ella solo era una extraña a la que casi atropelló.

—¿Te llevo a la casa de tu amigo? —preguntó esta vez.

—Él no vive lejos, puedo ir sola —aseguró Fernanda excusando su nueva negativa.

—Aun así, déjame llevarte —pidió el castaño.

Fernanda lo miró con desconfianza.

—No subiré al auto de un extraño —dijo por fin ella—. Además, no tiene caso. No estoy segura de que seas un secuestrador, pero, en caso de que sí, déjame decirte que, aunque hay madres que darían la vida por sus hijos, la mía no daría ni tres pesos por mí…

La risa del hombre interrumpió lo que fuera que siguiera para decir.

—No te quiero secuestrar —aseguró él—, solo quiero asegurarme de que estás bien. Estoy preocupado, eso es todo. Además, no soy un extraño, soy Fernando Báez… —se presentó el hombre y quien rio ahora fue la chica.

» ¿Qué es tan gracioso? —cuestionó Fernando con un poco de molestia por la risa burlona de la chica.

—Soy Fernanda Marmolejo —dijo ella, aun entre risas—. Fernanda… Fernando… es un poco gracioso que casi me mató mi tocayo.

Fernanda sonrió, pero el hombre no lo hizo.

—¿Mar... molejo? —preguntó él, asombrado—... ¿Conoces a Emma?

Fernanda observó al hombre detenidamente. Ciertamente parecía el tipo de hombre que conocería a su hermana.

—Emma Marmolejo es mi hermana mayor —explicó la chica.

—No sabía que ella tenía una hermana —soltó asombrado Fernando—, cuando la conocí era hija única… ¿Cuántos años tienes?

—Diecisiete —respondió sin prisa la morena.

—¿Segura de que eres su hermana? —preguntó el muy contrariado hombre.

Fernanda sonrió de medio lado, descolocando al hombre que ahora la miraba.

—Tan segura como que somos igualitas —declaró la chica, haciendo reparar a Fernando en algo que no había notado: los rasgos de la chica. Era cierto, ella era justo como recordaba a Emma—. Aunque solo lo somos en apariencia. Yo no estoy nada cerca del nivel de perfección de ella.

—¿Emma perfecta?, ¿segura de que hablamos de la misma Emma? —preguntó Fernando.

—Pues, si la Emma Marmolejo de que tú hablas osaría siquiera imagina el intentar algo que no fuera correcto, entonces no hablamos de la misma —contestó Fernanda.

—Supongo que la gente cambia —repuso el hombre, rindiéndose a saber más de esa mujer que tanto había extrañado, pues la joven no parecía demasiado cómoda hablando de su hermana mayor.

Y, además, ya habría tiempo de resolverlo. Él había regresado a esa ciudad, tras casi dos decenas de años, para encontrarse con ella, y no se iría sin hacerlo.

» ¿Segura que estás bien? —preguntó de nuevo él.

—Sí, hierva mala nunca muere —respondió la chica, regalándole una sonrisa enorme al que tenía una extraña corazonada.

—Tocaya —habló el hombre, deteniendo el paso de la que comenzaba a irse—. ¿Podrías entregarle algo a Emma de mi parte?

Fernanda puso cara de molestia.

—Emma y yo no nos llevamos bien —explicó ella al hombre—, pero, supongo que, por el hombre que no me mató, puedo dejarle un post-it en su bolso.

—Lo que quiero que le des no cabe en un post-it —señaló él y la chica lo miró confundida.

Estaba segura de que un saludo cabría en un post-it.

—¿Qué quieres que le dé? —preguntó.

Fernando le extendió una mano y, aun con intriga, pero actuando en reflejo inocente, Fernanda tomó la mano que frente a ella se tendía.

Fernando apretó la mano de la chica, la jaló a su cuerpo, envolviéndola en sus brazos, y la adolescente se sorprendió tanto que no pudo atinar a hacer nada más que dejarse abrazar.

El abrazo duró el tiempo suficiente como para que ella pudiera escuchar el corazón de ese hombre que la abrazaba y, cuando el hombre, de tal vez cuarenta años, le soltó, ella soltó un gritillo, pues sintió un fuerte tirón en los cabellos de su nuca.

» ¡Oye! —reclamó la chica.

—Lo lamento, tus cabellos se enredaron en mi reloj —explicó el hombre, disculpándose.

—No le daré un abrazo a Emma —aseguró Fernanda, mirándole con reproche, y también sobando la parte de su cabeza que había perdido un puño de cabello—, pero, si quieres que aún le entregue tu saludo, puedo hacerlo en un puñetazo.

—¿En serio no se llevan nada bien? —preguntó Fernando.

—Yo la odio —informó la chica para el hombre que esperaba una respuesta, mientras una triste sonrisa le adornaba el rostro—. Gracias por no matarme.

Fernando asintió para la chica y, al verla irse, suspiró en una sonrisa para terminar con la vista en los cabellos de esa chica que guardaba en su puño.

 

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Comentários (1)
goodnovel comment avatar
cecilia guerrero
que astuto para tomarle unos cabellos.....
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