INICIAR SESIÓNEl bar estaba lleno esa noche, más de lo que Savannah podía tolerar. El aire era pesado, espeso con humo de cigarrillo y risas, y el suelo pegajoso por los vasos derramados. Ella llevaba horas corriendo de mesa en mesa, con la espalda empapada de sudor y los pies ardiendo dentro de unos zapatos baratos que habían dejado de ser cómodos hacía mucho tiempo. Cada bandeja que cargaba pesaba más que la anterior, y cada sonrisa forzada le consumía un pedazo de energía.
Lo que no esperaba era verlo a él de nuevo. Un hombre con esa presencia y con tanto poder —porque se notaba a leguas que lo tenía—, no era común que frecuentara sitios como ese, bares de mala muerte donde incluso el aire acondicionado ni siquiera funcionaba. Estaba sentado en la misma mesa oscura del rincón, como si fuera dueño del lugar. Su traje impecable parecía desentonar con la vulgaridad del sitio, y sus ojos, esos ojos profundos y calculadores, la siguieron apenas entró en su rango de visión. No necesitó hablar para llamar su atención; su sola presencia la desestabilizaba. Savannah sintió cómo un escalofrío le recorría la piel bajo la tela barata de su uniforme, había algo en su mirada que la ponía muy nerviosa. —Savannah —la voz de su jefe la hizo acercarse a la barra—, el de la mesa tres quiere hablar contigo. Ella no necesitó preguntar quién era para saber qué hombre era. Su estómago se contrajo de inmediato. Tomó aire, como si se preparara para subir a un escenario, y caminó hasta él. Cada paso era una lucha entre sus ganas de girar sobre los talones y desaparecer y la certeza de que huir solo lo provocaría más. —Buenas noches, ¿qué desea? —preguntó en cuanto estuvo frente a él, con fastidio y altanería. Massimo dejó el vaso de whisky sobre la mesa con un movimiento lento, como si saboreara la tensión de ella. —Que te sientes —ordenó. Savannah apretó la bandeja contra su pecho, resistiendo el impulso de obedecer. —Estoy trabajando —replicó con sequedad—, no nos sentamos con clientes a conversar, esto no es un café. Él sonrió de lado, ese gesto cargado de arrogancia que la irritaba tanto como la inquietaba. —Cinco minutos, nena. No se va a caer el mundo porque descanses un poco. Finalmente, y más para que no armara un espectáculo que por otra cosa, Savannah se dejó caer frente a él. Sus dedos se retorcían en el borde de la bandeja, inquieta, irritada y deseando irse cuanto antes. —Dígalo rápido, ¿qué es lo que quiere? —murmuró. Massimo inclinó la cabeza, estudiándola como un cazador mide a su presa antes de dar el zarpazo. Después, metió la mano en el bolsillo interior de su saco y colocó sobre la mesa un sobre grueso. No hizo falta abrirlo para intuir que estaba lleno de billetes Savannah se quedó paralizada, la furia llegando a su rostro que enrojeció a más no poder. —Aquí tienes cien mil dólares en efectivo —dijo él, como quien comenta algo trivial—. Solo por una noche conmigo. La sangre se le heló. El murmullo del bar desapareció de sus oídos, reducido a un zumbido lejano. Sintió que todo su cuerpo se endurecía ante aquella propuesta obscena e indecente. —¿Cree que puede comprarme? —logró decir al fin, con la voz quebrada pero firme. Massimo apoyó un codo en la mesa, inclinándose hacia ella con un aire depredador. —No lo creo, lo sé. Todos tienen un precio, Savannah. El tuyo solo necesito descubrirlo y pagaré por ello. Ella lo miró, furiosa, dolida, humillada. Recordó las cuentas sin pagar, los medicamentos de su hijo, la nevera vacía. El sobre frente a ella era la solución a todo, pero también era una condena que no quería cargar a cuestas. Aún le quedaba dignidad, con un sueldo mediocre y con más deudas de lo que ganaba en una noche, pero sus valores seguirían intactos hasta el fin de sus días. —Guárdese su dinero por donde no le da el sol —escupió, empujando el sobre hacia él con un golpe seco—. No soy una mercancía, señor. Massimo no se molestó en recogerlo. La observó con calma, con una paciencia que le hirvió la sangre. —Eres más terca de lo que pensaba —dijo, casi con diversión—. Me gusta. Savannah se levantó de golpe. El corazón le latía con tanta fuerza que sentía que todos podían oírlo. —No se me vuelva a acercar por ningún motivo, ¿entiende? —le advirtió, temblando de rabia—. A la próxima, no dudaré en darle una patada en los huevos a como siga acosándome. Él levantó el vaso otra vez, indiferente, como si no le afectara su rechazo. Pero cuando Savannah dio media vuelta, su voz resonó con una gravedad que la obligó a detenerse. —Recuerda lo que te dije, nena. Todos tienen un precio, y tarde o temprano, encontraré el tuyo. Savannah cerró los ojos un instante, mordiéndose el labio para no responder. No quería darle la satisfacción de verla alterada. Caminó hacia la barra con pasos rápidos, sin mirar atrás, ardiendo de furia y queriendo golpear a ese sujeto tan descarado, pero ella sabía que ese hombre no aceptaría rechazos ni negaciones, y eso no le agradaba en lo absoluto. Le incomodaba, ese hombre tenía un aspecto muy áspero por más atractivo que fuera, pero esa forma de mirarla no le gustaba. Esos ojos grises y profundos no disimulaban la peligrosidad de ese desconocido que se había ensañado con ella.Savannah se dio vuelta en la cama por tercera vez, sintiendo demasiado calor e incomodidad a pesar de estar sola en la habitación. Soltando un suspiro cansado, volvió a girarse, viendo el lado vacío de Massimo y sintiéndose de repente muy sola.—Lo que faltaba, que ahora no pueda dormir sin ese sinvergüenza —masculló, molesta, y cerró los ojos una vez más, pero segundos después los volvió a abrir y se levantó molesta de la cama, resoplando y farfullando en voz baja—: No es posible que me robe el sueño también. Primera vez que no lo tengo encima por tanto tiempo y, en lugar de estar tranquila y en paz, aquí estoy, pensando en él. Maldición... ¿qué carajos me pasa? ¡Fuera de mi mente, imbécil!Enojada, se acercó a la ventana y contempló la inmensidad del mar en completa oscuridad y en silencio. Un escalofrío la recorrió. No le gustaba la noche, porque era consciente de que no podía escapar nunca de ese lugar. Ese vacío inmenso la aterraba, más cuando el agua parecía estar en calma. La l
Santino, enojado y sin contener por más tiempo su ira, apartó a la chica de su regazo y sacó su arma en tanto se ponía de pie y le apuntaba directamente a Massimo.Todos los hombres reaccionaron al mismo tiempo, apuntando de un lado hacia el otro, algunos protegiendo a Santino otros dispuestos a abrir fuego si Massimo lo ordenaba.Domenico maldijo entre dientes y tiró al suelo a la chica con la que estaba coqueteando, para sacar su arma y apuntarle de vuelta a Santino. No iba a permitir que nadie le arrebatara a su gemelo, antes de que eso sucediera, sería capaz hasta de dar su vida por protegerlo.El único que no reaccionó y se mantuvo impasible fue Massimo, que volvió a rodar la moneda sobre la mesa mientras miraba a Santino dejar caer la máscara que por años había usado delante de él.—No eres más que un desagradecido —escupió, furioso—. Te saqué de las calles, te di comida, te di la maldita mano y me has pagado con traición. He dejado pasar tus faltas de respeto y errores porque e
El club nocturno estaba a reventar, la música alta, parejas sudorosas bailando en la pista, hombres adinerados buscando un poco de placer y mujeres de la noche haciendo lo único que podían hacer estando en un mundo que la gran mayoría no deseaba estar pero al cual ya estaban acostumbradas a estar.En la sala vip, un grupo de hombres fumaba, tomaban y reían. Menos uno. Massimo estaba serio, con el ceño fruncido y su aura imponente intimidando a sus acompañantes. Su hermano, a su derecha, fingía como siempre que la pasaba bien, pero su mirada era igual de dura y vacía que la de su gemelo. Una rubia estaba sentada en su regazo mientras Massimo hacia rodar una moneda entre sus dedos, mirando con fijeza a Santino, quien estaba demasiado ocupado con una morena que lo besaba en tanto él mantenía su mano bajo su corto vestido.Massimo estaba enojado, claramente no le gustaba tratar con él ni menos tener que soportar las estupidas reuniones que mantenían, pero debiá rendir cuentas como también
Massimo cargó a Savannah hasta la habitación y la tiró en la cama una vez entró. Ella soltó un gritito que se ahogó cuando él presionó su boca contra la de ella, hambrienta y desesperada, al mismo tiempo que deslizaba sus manos por todo su cuerpo y colaba una entre sus piernas por encima de la ropa.El hombre gimió y la besó más profundo al sentir el calor que irradiaba su sexo, deseoso de hundirse en ella cuanto antes y hacerle gritar su nombre. No tenía suficiente de ella, cada vez que la hacía suya, su parte obsesiva la reclamaba cada vez más, como si no fuera posible poseer un poco más a un persona.Se separó de ella y la observó, tenía las mejillas sonrosadas, el cabello oscuro revuelto sobre el edredón y la mirada obnubilada por el placer. El deseo aumentó y su verga palpitó en sus pantalones.Le sonrió y se deleitó al ver cómo se sonrojaba un poco más, antes de quitarle los zapatos y poco a poco la ropa, pasando sus manos con suavidad y delicadeza.Savannah de estremecía bajo s
—¿Crees que podríamos conocer todo el país? Me gustaría conocer todas las ciudades, ir a la playa y tomarme muchas fotos. ¡Aquí es donde vive el Papa!Massimo soltó una risa en tanto que Savannah sonreía al ver a su hijo tan emocionado.Estaban los tres jugando en la parte trasera donde había toda una zona de juegos que el italiano había pedido construir para el pequeño, y aunque ella trataba de estar serena, todo eso la abrumaba en demasía. Nunca se acostumbraría a tener tanto al alcance e incluso más de lo que era necesario.—No, Piccolo, estamos muy lejos de Roma. Vivimos en Catania —dijo el hombre—. A donde sí podemos ir cuantas veces desees, es a la playa. Estamos muy cerca, tenemos acceso directo a una de las mejores playas.—¡Quiero ir! ¿Podemos ir, mamá? —suplicó, dejando el balón de fútbol a un lado—. Nunca hemos ido a la playa. Solo las veíamos en televisión.Savannah reprimió el agudo dolor que le apretó el pecho y se obligó a sonreír. Habían pasado varias semanas desde que
—Vas a destruir lo que tanto nos costó construir por una obsesión que solo existe en tu cabeza. Ellos no son tu verdadera familia, Massimo, pero... —rendido, su gemelo soltó un suspiro y se acercó a él, tomándolo de la nuca y apoyando la frente de la de Massimo—. Antes de todo, primero estás tú, y mataría a todo aquel que quiera hacerte daño porque tú eres mi única familia.—Dom, entiende que esa mujer y ese niño ahora son parte de mí.Hubo un corto silencio entre ellos antes de que Domenico soltara un profundo suspiro.—Necesitas dejar el pasado atrás, Massimo.El mencionado sonrió, pero fue una sonrisa vacía que nunca llegó a sus ojos.—Ya el pasado quedó atrás, murió en el mismo instante en que Gemma murió junto a mi hijo. Ya la olvidé y entendí que, haga lo que haga, jamás voy a recuperarla. Savannah me fascina, me enciende su renuencia, me enloquece que me mire y hable con odio cuando su cuerpo reacciona tan bien al mío —confesó por primera vez a alguien y soltó un bufido—. Era m







