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Cap.2

Autor: N.A.S.C
last update Data de publicação: 2026-03-12 20:50:17

— Laura es una niña... esto... movidita. Su niñera dimitió ayer y dijo que no volvía ni atada. Estamos sin nadie. El Sr. Ferreira es un hombre muy ocupado, viaja un montón y no hay manera de contratar a una sustituta. Todas pasan de largo a los dos días.

Ah, de lujo. La niña debía de ser un angelito. Me rasqué la ceja, sin poder creérmelo.

— Carla... que yo no tengo ni idea de niños. Pero ni idea, ¿eh? La única vez que cuidé a los hijos de mi vecina, me quedé frita antes que ellos. Y cuando desperté, estaban pintando la pared con crema hidratante.

Carla se rió tapando la boca.

— Ya sé que no tienes experiencia. Pero tienes mano, eres espontánea, divertida, sabes apañártelas en situaciones caóticas... y créeme, Laura necesita exactamente eso. —Soltó un suspiro—. Sería solo por unos meses, hasta que encontremos a otra. Y tu puesto en IT está garantizado después de esto. Palabra de la directiva.

Me quedé mirándola, un poco atontada. Niñera. Yo, Mariana Castro, futura genio de la informática, cuidando a un ser humano rico y probablemente astuto. Pero el sueldo llamaba, y la plaza fija llamaba aún más. Y mi cuenta bancaria, la pobre, ya me estaba mandando un mensaje de: "Acepta, por el amor de Dios".

Respiré hondo, sintiendo que mi vida estaba a punto de ponerse patas arriba.

— Carla... ¿esto va en serio? —pregunté bajito, como quien pregunta se ha acabado el mundo y nadie le ha avisado.

Ella asintió con esperanza. Y yo... sentí que la zancadilla del destino no había hecho más que empezar. Me quedé mirándola, pensando si aquello era una broma o algún tipo de test psicológico. Pero su cara era demasiado desesperada para ser un troleo.

Suspiré, hundida en el sillón.

— Vale... —dije, sintiendo que se me revolvía el estómago—. Acepto. A regañadientes. MUY a regañadientes. Pero acepto.

A Carla le brillaron los ojos como si acabara de salvarle la vida.

— ¡Genial! —Soltó una sonrisa de oreja a oreja y sacó una carpeta—. Pues deja que te enseñe la propuesta económica.

Me incliné hacia delante y entonces... el corazón me dio un vuelco que casi me deja sin aire.

— ¿Todo esto? —pregunté con la boca abierta.

Carla asintió, muy orgullosa.

— Como te he dicho, está muy bien pagado.

Ya me estaba imaginando un piso para mí sola, por fin libre de mis tíos locos, paz, silencio, poder andar en toalla por casa, comprar cortinas monas, poner una alfombra de esas de pelo donde nadie fuera a derramar cerveza... ¡ay, el sueño! Estaba sonriendo como una boba hasta que Carla siguió:

— Claro, ya sabes que... durante este tiempo, tendrías que vivir allí, ¿no?

Mi sonrisa murió en el acto. Se cayó. Se desplomó. Se estampó contra el suelo.

— ¿Qué? —abrí los ojos como platos—. ¿Cómo que VIVIR ALLÍ?

Ella apretó los labios, intentando suavizar el golpe.

— Mariana... Laura solo tiene seis años. Es muy sentida y el Sr. Ferreira viaja constantemente. La niña prácticamente no puede quedarse sola, ¿entiendes? Necesita a alguien presente en el día a día.

Me quedé parpadeando, intentando procesar si había oído bien.

— Vivir... ¿en casa del CEO? —dije despacio, como se me hubiera colgado el procesador interno.

— Sí —respondió Carla bajito—. Es temporal. Unos meses como mucho y tendrás tu propia habitación, totalmente aparte, no te preocupes.

Apoyé la cabeza en el respaldo y solté el suspiro más largo de mi vida. ¿Vivir en casa de ese hombre? ¿Del tal Rodrigo Ferreira? El mito, la leyenda, el terror de los empleados. Nunca lo había visto en persona, básicamente porque él no pisaba las plantas donde trabajábamos los pobres becarios. Eran siempre los gerentes los que subían a la planta de los dioses, digo, de la directiva.

Pero su fama... el tío era más frío que un aire acondicionado a 16 grados. Distante, arrogante, serio; de esos que deben de firmar los contratos con la sangre de empleados quemados.

Respiré hondo.

— Mira... no sé yo si quiero vivir con un tío que parece un iceberg con DNI... —murmuré.

Carla se rió, nerviosa.

— No da tanto miedo.

— Eso decís siempre cuando queréis timar a alguien —le solté.

Pero entonces volví a mirar la cifra del sueldo. Y pensé en mi tío berreando borracho a las tres de la mañana. En los platos sucios que nunca eran míos, en los gritos, en el olor a tabaco barato, en la falta de intimidad. Y en las ganas de salir corriendo de ese sitio cada vez que llegaba a casa.

Suspiré.

— Con este sueldo... —murmuré— puedo comprar paz. Al menos un poco.

Carla sonrió, como diciendo "sabía que ibas a caer".

— Entonces... ¿aceptas de verdad? —preguntó esperanzada.

Asentí despacio.

— Acepto. Pero que quede claro que si la niña intenta estrangularme com una muñeca ou pegarle fuego a mi cuarto, vuelvo a RR.HH. gritando.

Carla soltó una carcajada.

— Muy bien. Avisaré al Sr. Ferreira de que empiezas mañana.

Tragué saliva. Estupendo. En casa del hombre más seco de Ciudad Solmare. Cuidando a una niña que ha echado a todas las niñeras anteriores.


El jueves por la mañana estaba con la cara pegada a los apuntes, fingiendo que repasaba algo de clase. En realidad, solo intentaba digerir la bomba que había aceptado ayer. El aula se iba llenando poco a poco, con el sol entrando por las ventanas y dejándome medio traspuesta.

Niñera. De la hija del CEO. Viviendo en su casa. Aún no sabía si reír o llorar.

En eso, una sombra apareció a mi lado. Levanté la vista y allí estaba Jaime. Guapo, tierno, inalcanzable. El novio-de-otra. Me tendió el cuaderno.

— Gracias por prestármelo —dijo con esa sonrisa que hacía que hasta mi riñón quisiera donarse a su causa.

Cogí el cuaderno, sonriendo yo también.

— No ha sido nada. Cuando necesites algo, ya sabes.

Él se colocó el pelo, ese pelo que parecía diseñado por dioses que disfrutan vacilando a mujeres ingenuas como yo.

— ¿Y qué tal... cómo te fue ayer en la empresa? —preguntó—. ¿Te contrataron?

Mi sonrisa salió automática, pero un poco torcida.

— Más o menos —me encogí de hombros—. Voy a hacer otro trabajo antes, pero la plaza la tengo asegurada.

Frunció el ceño sin entender ni jota y yo tampoco le di detalles. Ni yo misma entendía muy bien dónde me había metido.

— ¿Otro trabajo? ¿Cómo que "otro"?

— Ah... larga historia —respondí, dándole largas—. Ya te contaré.

Parecía todavía más confundido, pero asintió, amable como siempre.

— Entiendo... supongo.

Soltó una risita suave y ahí... mi corazón se derritió como chocolate al sol. Aproveché el momento para preguntar:

— ¿Y tú? ¿Te quedaste en la empresa donde estabas de prácticas? ¿Te han hecho fijo?

Al momento, se le iluminó la cara y soltó una sonrisa enorme y preciosa que le dio luz hasta a los de la primera fila.

— ¡Pues sí! —dijo todo emocionado—. Mañana mismo empiezo en el nuevo puesto.

Me derretí otro poquito.

— ¡Aaaay, Jaime! ¡Enhorabuena! —dije dando palmaditas bajas—. Sabía que te cogerían. Eres demasiado bueno como para dejarte escapar.

Se puso un poco cortado, con ese toque encantador que tiene.

— Muchas gracias, Mari.

Se dio la vuelta para ir a su sitio. ¿Y yo? Pues me quedé mirando. Sí, le miré el culo mientras se iba. Porque si Dios lo hizo para ser admirado, yo solo cumplo con mi función social. Esos vaqueros le quedaban como si estuvieran enamorados de él.

Respiré hondo.

— Ay, Jaime... eres para morirse —murmuré para mis adentros—. Suerte tiene tu novia. Qué mala suerte para el resto del planeta.

La profesora entró mandando a todo el mundo a sus sitios. Abrí el cuaderno, pero mi cabeza era un caos absoluto.

Cuando llegué de la facultad, ya sentía los nervios en el pecho. Tenía que decirles a mis tíos que me piraba. Me había pasado toda la mañana pensando en cómo soltarlo sin que aquello acabara en guerra, pero bueno... en esa casa nunca se podía evitar del todo.

Bajé al salón y me encontré el panorama de siempre: mi tío tirado en el sofá con la botella casi vacía, la cara desencajada y ese olor que ya formaba parte de las paredes. Y mi tía de un lado para otro, furiosa, quejándose como siempre, diciendo que no servía para nada, que era un inútil y que solo sabía beber. Él le respondía al mismo nivel: que se callara, que le dejara en paz... lo de siempre desde hace años. Un amor tóxico de manual.

Me senté a la mesa con mi plato y me quedé un momento mirando la escena, intentando sacar valor de donde no había. Cuando vi que se me iba a pasar el arranque, respiré hondo.

— Tengo que deciros una cosa —solté de golpe.

Los dos pararon y me miraron a la vez. Mi tía con el ceño fruncido, mi tío con una sonrisa torcida y de burla.

— ¿Qué pasa ahora, niña? —preguntó ella.

Cogí aire y lo solté.

— Me voy a mudar.

Mis tíos se miraron como si hubiera dicho una gilipollez. Mi tío empezó a reírse. Pero a reírse de verdad, a carcajadas.

— ¿Y a dónde te vas a mudar tú, niñata? Si no tienes donde caerte muerta. ¿O vas a acabar en la trena, como tu padre?

Me quedé helada. Durante un segundo entero, mi cerebro simplemente... se apagó. Luego volvió a arrancar con una explosión de rabia.

— Lávate esa boca asquerosa para hablar de mi padre —escupí las palabras como fuego.

Su risa se cortó en seco y se levantó despacio, con la botella resbalándole de la mano y golpeando el sofá.

— ¿Qué has dicho? —dio un paso hacia mí.

Se me heló el estómago, pero no retrocedí.

— He dicho que te laves la boca —repetí, con la voz temblorosa pero lo bastante firme como para darle en el ego—, porque mi padre es inocente. Y tú no le llegas ni a la suela de los zapatos.

Ahí fue cuando despertó la bestia. Me agarró del brazo con una fuerza que noté cómo se me clavaban los dedos en la piel.

— Niña insolente... —gruñó, tirando de mí como si fuera un trapo.

Antes de darme cuenta, mi espalda golpeó la mesa con fuerza. Unos vasos se cayeron y estallaron contra el suelo con un estruendo que llenó toda la cocina. El corazón me iba a mil, sentía que se me salía del pecho.

— Suéltame... —tiré del brazo hacia atrás intentando soltarme—. ¡Quita tus manos mugrientas de encima, desgraciado!

No me soltó. Me llegaba su aliento caliente y apestoso a la cara. Mi tía gritaba algo, pero su voz sonaba lejana, como amortiguada. Apoyé la mano en su pecho y empujé, desesperada. Pero él era mucho más grande y pesado. Mi empujón solo sirvió para cabrearlo más; su mirada se oscureceu y levantó la mano.

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