INICIAR SESIÓNSamuel respiraba agitado. —Acaban de anunciar que quieren comprar Ediciones Áurea… La oficina quedó en silencio.
Emilia miró a Adrián. Él no dijo una sola palabra. Solo tomó su chaqueta.
—Mañana hablaremos de esto.
Apagó el computador.
—Por hoy, váyanse a descansar.
Nadie insistió.
Si algo había aprendido Emilia en cuatro días era que Adrián nunca hablaba de más.
A la mañana siguiente… El ambiente era completamente diferente. Ya no se escuchaban risas ni bromas. Las conversaciones eran en voz baja.
Emilia dejó su bolso sobre el escritorio.
—¿Qué pasó?
Valeria acercó su silla.
—Todavía no sabemos mucho.
Solo que una empresa muy grande quiere comprar la editorial.
—¿Y eso es malo?
—Depende. Si aceptan la compra, pueden cambiar muchas cosas, incluso el equipo.
Emilia sintió un pequeño vacío en el estómago; llevaba menos de una semana allí. Y ya existía la posibilidad de perder ese trabajo.
A las ocho en punto, Adrián salió de su oficina…
—Reunión. Como siempre, todos llegaron con sus libretas.
Adrián apoyó las manos sobre la mesa.
—No voy a hablar de rumores.
Cuando tenga información confirmada, ustedes serán los primeros en saberla.
Hasta entonces…
Seguiremos trabajando.
Samuel asintió.
Valeria también.
La tensión disminuyó un poco.
—Nuestro trabajo no cambia.
El Proyecto Horizonte sigue siendo la prioridad.
¿Alguna pregunta?
Nadie levantó la mano.
—Perfecto.
Volvamos al trabajo.
Dos horas después…
Emilia revisaba por última vez la presentación.
Solo faltaba enviarla al equipo.
Escribió el correo.
Adjuntó el archivo.
Respiró hondo.
Y presionó Enviar.
Cinco segundos después…
Su celular vibró.
Era Valeria.
Valeria:
Emilia…
¿Le mandaste ese correo a todos?
Emilia frunció el ceño.
Volvió a mirar la pantalla.
Sintió que el corazón le daba un vuelco.
En lugar de enviarlo solo al equipo…
Lo había enviado a toda la empresa.
Más de doscientas personas.
—No…
No, no, no…
Se llevó una mano a la frente.
En ese momento sonó el teléfono de su escritorio.
—¿Señorita Torres?
Era Adrián.
—¿Puede venir a mi oficina?
Emilia cerró los ojos.
—Sí…
Ya voy.
Caminó por el pasillo como si cada paso pesara el doble.
Tocó la puerta.
—¿Puedo pasar?
—Adelante.
Adrián estaba leyendo el correo en su computador.
No parecía molesto.
Eso la ponía aún más nerviosa.
—Lo siento.
Fue un error. Yo…
Se detuvo… Recordó algo. “No vuelva a disculparse tantas veces.” Adrián levantó la vista.
Esperó.
Ella respiró hondo.
—Fue un error.
Y voy a solucionarlo.
Por primera vez desde que la conocía…
Adrián sonrió.
Muy poco.
Pero sonrió.
—Esa respuesta me gusta más.
Emilia sintió que los nervios desaparecían.
—Ya preparé un nuevo correo aclarando que fue un envío equivocado.
Él leyó rápidamente el mensaje.
—Envíelo.
Ella lo hizo.
Después guardó silencio.
—Señorita Torres.
—¿Sí?
—Todos nos equivocamos.
La diferencia está en lo que hacemos después.
Ella asintió.
—Gracias.
Cuando salió de la oficina, Valeria estaba esperándola.
—¿Sobreviviste?
—Sí.
—¿Y?
Emilia sonrió.
—Creo que acabo de aprender otra regla del jefe.
—¿Cuál?
—Los errores no se esconden.
Se solucionan.
Valeria soltó una risa.
—Definitivamente…
Ya empiezas a hablar como él.
Las dos siguieron caminando por el pasillo.
Sin darse cuenta de que, desde su oficina, Adrián las observaba a través del vidrio.
No sonreía.
Pero había algo diferente en su mirada.
Algo que ni él mismo sabía explicar.
Y, mientras cerraba la carpeta del Proyecto Horizonte, su celular volvió a sonar.
Miró el nombre en la pantalla.
Esta vez…
No dejó que sonara dos veces.
Respondió de inmediato.
—Tomé una decisión.
Hubo unos segundos de silencio.
Después dijo:
—No voy a vender la editorial.
Y colgó.
Nadie habló. El sobre de color marfil permanecía sobre la mesa de la sala de reuniones. Adrián lo observó durante unos segundos antes de romper el sello, Emilia, Valeria y Samuel intercambiaron una mirada… El ambiente había cambiado por completo.Hacía apenas unos minutos hablaban de cronogramas y estrategias para la Feria Internacional del Libro.Ahora, el silencio parecía pesar más que cualquier palabra.Adrián sacó una sola hoja.No había cartas.No había documentos.Solo una fotografía.La dejó sobre la mesa.Emilia fue la primera en inclinarse para verla.Era una imagen antigua.Los colores estaban desgastados por el tiempo.Cinco personas sonreían frente al edificio de Ediciones Áurea.Entre ellas reconoció a un Adrián mucho más joven.Llevaba jeans, una camisa remangada y una sonrisa que casi nunca mostraba en el presente.Pero no fue eso lo que llamó su atención.El hombre que estaba a su lado tenía un brazo sobre su hombro.Sonreía con la misma naturalidad.En la parte inferi
El despacho quedó en silencio. Adrián seguía con la mirada fija sobre el teléfono. Emilia no se atrevía a decir una sola palabra; era la primera vez que lo veía perder el control, aunque fuera solo por unos segundos.Él tomó aire lentamente. Después cerró la carpeta del antiguo Proyecto Horizonte.—Perdón.Ella negó con la cabeza.—No tiene que disculparse.Adrián levantó la vista.—Sí, debo hacerlo. Esto no hace parte de sus responsabilidades.Emilia dudó un instante.—Tal vez no… pero ahora también hago parte del proyecto.Aquella frase lo hizo guardar silencio.Era cierto… Desde el momento en que aceptó liderar el equipo creativo, Emilia había dejado de ser una observadora. Ahora también estaba dentro de aquella historia.Adrián volvió a sentarse.Con los dedos entrelazados sobre el escritorio, permaneció unos segundos pensando.—¿Sabe por qué elegí ese nombre?Emilia miró la carpeta.—¿Proyecto Horizonte?Él asintió.—Porque un horizonte siempre parece lejano.Pero uno nunca deja
El silencio se apoderó de la sala de reuniones.Emilia estaba convencida de que había escuchado mal.—¿Yo…? —preguntó casi en un susurro.Adrián sostuvo su mirada.—Sí. Usted.Valeria sonrió de inmediato.Samuel también parecía satisfecho.Pero no todos compartían el mismo entusiasmo.Al otro lado de la mesa, Ricardo, uno de los diseñadores con más años en la editorial, dejó escapar una pequeña risa.—Con todo respeto, señor Montenegro… ¿No cree que es demasiado pronto?La sala volvió a quedarse en silencio.Emilia sintió un nudo en el estómago.Sabía que esa pregunta podía aparecer.Solo esperaba que no fuera tan rápido.Adrián no perdió la calma.—¿Por qué lo dice?Ricardo cruzó los brazos.—Porque la señorita Torres apenas lleva unos días aquí.No conocemos su forma de trabajar.Y este proyecto puede definir el futuro de la editorial.Nadie respondió.Valeria miró a Emilia con preocupación.Samuel bajó la vista hacia la mesa.Adrián apoyó ambas manos sobre el respaldo de una silla.
Adrián apagó la luz de su oficina. Por un instante permaneció inmóvil, con la mano sobre el interruptor.La editorial estaba casi vacía, solo quedaban algunas luces encendidas en la recepción y el sonido lejano del ascensor.Miró una última vez el escritorio de Emilia. Vacío. Negó con la cabeza, como si quisiera borrar aquella imagen, tomó su maletín y salió.El estacionamiento estaba casi desierto. Mientras caminaba hacia su automóvil, volvió a sacar la tarjeta que Esteban Salazar le había entregado; la miró unos segundos. “Nuestra oferta sigue sobre la mesa.” Luego, la guardó de nuevo.Pensó… No. Ediciones Áurea no estaba en venta; no mientras él pudiera evitarlo.A varios kilómetros de allí, Emilia abrió la puerta de su apartamento, dejó el bolso sobre una silla y se quitó los zapatos con un suspiro. El día había sido agotador, pero, por primera vez en mucho tiempo, se sentía orgullosa de sí misma.Encendió una pequeña lámpara junto a la ventana; sobre la mesa había una libreta de
—Buenos días.Mi nombre es Emilia Torres. Y quiero contarles una historia. Porque creo que las mejores ideas… Siempre empiezan así.La pantalla se iluminó. Pero Emilia apenas la miró, no quería leer diapositivas.Quería que la escucharan.—Cuando una persona compra un libro, cree que solo está llevando papel y tinta a su casa.Hizo una pausa.—Pero en realidad lleva recuerdos, preguntas, emociones… y, algunas veces, una versión diferente de sí misma.Esteban Salazar dejó de escribir. Por primera vez desde que había llegado a Ediciones Áurea, levantó la vista con verdadero interés.Emilia continuó.—Proyecto Horizonte no busca vender más libros.Busca que las personas vuelvan a enamorarse de la lectura. Que un niño espere con emoción el siguiente cuento, que una familia encuentre un espacio para compartir; que un lector vuelva a creer que todavía existen historias capaces de cambiar una vida.El silencio llenó la sala, nadie interrumpía, nadie miraba el reloj.Hasta Valeria, que normalm
El nombre seguía en la pantalla del celular. Gabriel Rivas.Adrián apagó el teléfono sin responder.—¿Todo está bien? —preguntó Emilia con cautela.Él tardó un instante en contestar.—Sí.Pero su voz decía lo contrario.Guardó el celular en el bolsillo del saco.—Será mejor que descanse.Mañana será un día largo.Emilia asintió.—Buenas noches.—Buenas noches, señorita Torres.Ella salió de la sala de reuniones.Cuando la puerta se cerró, Adrián dejó escapar el aire lentamente. Se llevó una mano al puente de la nariz y cerró los ojos por un momento.El silencio de la oficina vacía era casi absoluto. Solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado.Tomó el celular otra vez. Miró el nombre…Esta vez respondió.—¿Qué quieres, Gabriel?La voz al otro lado sonó tranquila.Demasiado tranquila.—Solo quería saber si ya pensaste mi propuesta.—Mi respuesta sigue siendo la misma.—Estás cometiendo un error.Adrián miró por el ventanal de su oficina.Las luces de la ciudad comenzaban a ence







