FAZER LOGINEl viento azotaba el vestido de Alessandra como una bandera roja de guerra mientras la motocicleta de Dante zigzagueaba entre el tráfico nocturno. Ella mantenía los ojos cerrados, aferrada a su cintura, sintiendo cada cambio de marcha en los músculos de él. No se detuvieron hasta que el brillo de los rascacielos fue reemplazado por la penumbra de la zona industrial, un lugar de almacenes oxidados y muelles solitarios.
Dante frenó frente a un antiguo taller mecánico cuya fachada descascarada no prometía nada más que moho. Con un movimiento brusco, bajó de la moto y dejó que ella descendiera por su cuenta.
Alessandra pisó el suelo de concreto frío con los pies descalzos y sucios. Sus piernas temblaban, pero se obligó a mantenerse firme.
—¿Aquí es donde te escondes? —preguntó ella, mirando el portón de metal que Dante abría con un código electrónico.
—Aquí es donde sobrevivo —corrigió él sin mirarla—. Pasa. Y no toques nada.
El interior era un contraste absoluto. Aunque por fuera parecía una ruina, por dentro era un búnker de alta tecnología: pantallas de vigilancia monitoreando la ciudad, un arsenal de armas organizado con precisión militar y un loft minimalista en la parte superior.
Dante se quitó la chaqueta de cuero, revelando una camiseta negra que se ajustaba a su torso atlético y unos brazos tatuados con símbolos que ella no reconocía. Se acercó a una mesa, dejó su arma y se sirvió un trago de whisky sin ofrecerle.
—Tu padre cometió muchos errores, Alessandra —dijo Dante, su voz rompiendo el silencio del taller—. Pero dejar que te encontraran en esa gala fue el último.
—¡Mi padre está muerto, Dante! —estalló ella, caminando hacia él. Sus ojos ardían de rabia y dolor—. No te atrevas a juzgarlo cuando tú fuiste quien apareció con una pistola en la mano. ¿Viniste a salvarme o a asegurarte de que no quedara nadie vivo para reclamar el apellido Cavallaro?
Dante dejó el vaso con un golpe seco sobre la mesa y se giró hacia ella con una rapidez que le robó el aliento. En dos pasos, acortó la distancia, arrinconándola contra la mesa de metal. Estaba tan cerca que Alessandra podía oler el whisky y el peligro que emanaba de él.
—Vine por lo que es mío —siseó él, inclinándose hasta que sus labios estuvieron a milímetros de su oído—. Vine porque tu padre me robó cinco años de vida. Me mandó a un agujero en el extranjero para que me pudriera mientras tú seguías siendo la "princesa perfecta".
Alessandra sintió un escalofrío que no era de miedo. La cercanía de Dante encendía recuerdos que ella había intentado enterrar bajo llave.
—Yo no sabía nada de eso... —susurró ella, su voz perdiendo fuerza.
—Mentira —la interrumpió él, fijando sus ojos oscuros en los labios de ella—. Sabías que me iba, y no hiciste nada por evitarlo.
Dante levantó una mano y, con una lentitud tortuosa, recorrió con el dorso de sus dedos la mejilla de Alessandra, bajando por su cuello hasta tocar el borde del vestido desgarrado. Alessandra contuvo el aliento, su corazón golpeando con violencia contra sus costillas. Por un segundo, el odio pareció transformarse en algo mucho más oscuro y hambriento.
—Mírame, Alessandra —ordenó él con voz ronca.
Ella lo hizo. Y en ese cruce de miradas, se dio cuenta de que el Dante que ella amaba había muerto hace cinco años. El hombre frente a ella era un extraño letal que la deseaba y la odiaba a partes iguales.
Dante rompió el contacto bruscamente, como si quemara.
—Hay un botiquín en el baño de arriba. Límpiate esos pies y cámbiate de ropa. No puedo tener a una heredera sangrando en mi suelo —dijo, dándole la espalda para volver a su whisky—. Mañana, el mundo entero sabrá que los Cavallaro han caído. Mañana, serás mi única moneda de cambio para recuperar la ciudad.
Alessandra lo miró alejarse, sintiendo que el "pacto de sangre" apenas estaba comenzando. Ella no era solo una moneda de cambio; era la clave, y si Dante creía que podía controlarla tan fácilmente, estaba muy equivocado.
(Una vida normal)[Cartagena, un año después.]El calor de Cartagena era el mismo de siempre: fuerte y pegajoso, pero a Alessandra ya no le molestaba. Estaba en el patio de una casa vieja en el barrio de Getsemaní que habían arreglado para que fuera una fundación. Había chicos entrando y saliendo, algunos con portátiles y otros simplemente hablando de sus clases.Ya no había pantallas gigantes ni códigos secretos. La "Fundación Mateo Leão" era un sitio para que los chicos del barrio aprendieran a programar y tuvieran una oportunidad diferente a la de la calle.—¡Doña Alessandra! —le gritó un muchacho desde un salón—. ¡Ya pudimos entrar al sistema de la alcaldía para ver lo de las becas! ¡Todo está en orden!—¡Excelente, sigan así! —le respondió ella con una sonrisa.Alessandra entró en su pequeña oficina y vio una foto en su escritorio. Salía ella con Dante en una lancha, muertos de la risa y despeinados por el viento. Era su foto favorita.Su celular vibró. Era un mensaje de t
El salto desde la Cúpula de San Pedro no fue un acto de desesperación, sino de liberación. Alessandra y Dante aterrizaron en los andamios de mantenimiento y, moviéndose con una coordinación que rozaba lo instintivo, desaparecieron por los callejones del Borgo antes de que el Vaticano pudiera cerrar sus murallas.Dos días después, el mundo era un lugar distinto. La filtración del "Archivo de las Almas Perdidas" había provocado la renuncia de tres cardenales y el arresto domiciliario de Pietro b’Amico. La red de la Tríada Roja y los Santos Pasivos se desmoronaba como un castillo de naipes bajo la lluvia.Alessandra citó a su madre en el único lugar donde todo había empezado: la terraza de la Quinta do Sangue en Oporto.El atardecer sobre el valle del Duero no era un evento meteorológico; era una declaración de principios. El cielo se había teñido de un naranja violento, como si las nubes estuvieran empapadas en el mismo vino que le dio nombre y fortuna a la familia Leão. Alessandra
El aire en las profundidades de la Ciudad del Vaticano era denso, impregnado de un frío que parecía emanar no de la piedra, sino del peso de dos mil años de secretos. Alessandra y Dante avanzaban por un pasillo flanqueado por estanterías de hierro que se perdían en la penumbra. No estaban en las áreas turísticas, ni siquiera en las zonas de estudio para académicos. Estaban en el "Búnker", la sección del Archivo Secreto donde la Iglesia guardaba lo que nunca debía ser leído.—Alessandra, ¿me recibes? —la voz de Elena sonó a través del auricular, con una interferencia estática—. He logrado hackear la subestación eléctrica de la Vía de la Conciliazione. Tienen diez minutos antes de que los sistemas de respaldo se activen y las puertas neumáticas se sellen para siempre.Alessandra no respondió. A pesar de haberle arrebatado el control del Proyecto Mariposa, Elena seguía operando desde Oporto, como un fantasma que se negaba a abandonar su castillo. Alessandra necesitaba su conocimiento
El regreso a la Quinta do Sangue fue una procesión de silencio. El aire de Oporto, habitualmente dulce por la uva madura, se sentía viciado. Alessandra cruzó el umbral de la biblioteca sin quitarse el abrigo, ignorando los saludos de los criados. En su mano, el chip que Dante le entregó en Ginebra ardía como un carbón encendido.Elena estaba en su puesto de mando, rodeada de pantallas que parpadeaban con flujos de datos globales. Se giró al sentir la presencia de su hija, con una sonrisa que no llegó a sus ojos.—Morel me dijo que hubo un altercado en Ginebra —dijo Elena con voz suave—. Me alegra que estés a salvo, Alessandra.—¿Te alegra? —Alessandra lanzó el chip sobre la consola. El metal tintineó contra el cristal—. Analízalo. Ahora.Elena vaciló un segundo, una fracción de tiempo que para Alessandra fue una confesión. Sin embargo, la madre insertó el dispositivo. En segundos, las pantallas se inundaron de documentos digitalizados con el sello de la Santa Sede y registros de
La gala de la Cruz Roja en el Bâtiment des Forces Motrices de Ginebra no era solo un evento social; era una vitrina de poder donde la arquitectura industrial del siglo XIX se mezclaba con la seguridad de una cumbre nuclear. Alessandra caminaba por el salón principal, su vestido de seda negra cortando la luz de las lámparas de cristal como una sombra líquida.Cada paso que daba era monitoreado por cámaras térmicas y por los ojos de la inteligencia europea. Pero ella solo buscaba una cosa: la anomalía.—Loba, aquí Centro. Tienes tres contactos sospechosos en el balcón norte —la voz de Elena llegó a su oído, nítida, desde los servidores en Oporto—. Llevan trajes de noche, pero su lenguaje corporal es militar. Son los Lobos del Volga.—Recibido, Centro —respondió Alessandra, aceptando una copa de champán de un camarero—. ¿Dónde está la policía local?—Morel dice que sus hombres están en posición, pero mis sensores detectan interferencias en sus comunicaciones. Están siendo hackeados d
Seis meses después de la Batalla en la Quinta do SangueEl otoño en Ginebra era una sinfonía de colores ocres y vientos helados que bajaban de los Alpes. Alessandra Leão observaba el lago desde la terraza blindada de la sede de la Interpol. Ya no era una fugitiva, ni siquiera una "Jefa Fantasma". Para el mundo oficial, era la Consultora Senior Leão, la mujer que había entregado las claves para desmantelar la red de lavado de dinero más grande de la década.Pero la realidad era mucho más compleja.—Los informes de Macao son preocupantes, Alessandra —dijo el Comisionado Morel, dejando una carpeta sobre la mesa de cristal—. La caída de Kenji Yue no trajo la paz. Trajo la anarquía. Sin el control central de la Tríada Roja, las facciones más pequeñas —los "Cuervos de Hierro" y el "Sindicato de la Seda"— están luchando por las rutas de opio sintético. La violencia en el sudeste asiático ha subido un 400%.Alessandra tomó un sorbo de té negro, su mirada perdida en las aguas grises del l







