INICIAR SESIÓNEl cañón del arma de Dante estaba frío, pero la mirada que le lanzaba a Alessandra era aún más gélida. Ella no retrocedió. A pesar del humo que empezaba a picar en sus pulmones y del cuerpo de su padre yaciendo a pocos metros, sostuvo la vista del hombre que una vez fue su mundo.
—Dispara si vas a hacerlo, Dante —desafió ella, con la voz temblorosa pero cargada de una dignidad que él no recordaba—. Pero no me hables de deudas mientras este lugar se cae a pedazos.
Dante soltó una risa seca, un sonido carente de humor que se perdió entre las explosiones lejanas. Bajó el arma con un movimiento fluido y la guardó en la funda de su muslo.
—Sigues siendo igual de dramática, Alessandra. Pero hoy no tengo tiempo para tu orgullo.
Sin previo aviso, la tomó del brazo. Su agarre era firme, posesivo, como si ella fuera un objeto que acababa de recuperar. La arrastró hacia la salida de emergencia justo cuando una ráfaga de balas impactaba contra la columna de mármol donde ella se había escondido segundos antes.
—¡Espera! ¡Mi padre! —gritó ella, intentando soltarse.
—Tu padre está muerto, Alessandra —sentenció él sin detenerse, su voz resonando en el pasillo de concreto de la escalera de incendios—. Y si te quedas un segundo más a llorarle, tú también lo estarás. Los hombres que entraron ahí no son de los Vancini. Son mercenarios de la "Triada Roja". Alguien ha vendido a ambas familias esta noche.
Bajaron los escalones a una velocidad vertiginosa. El tacón de uno de los zapatos de Alessandra se rompió, haciéndola tropezar. Dante la sostuvo antes de que cayera, su cuerpo chocando contra el de ella. Por un instante, el olor a pólvora y humo fue reemplazado por el aroma masculino y terroso de Dante. El contacto quemaba.
—Suéltame —siseó ella, recuperando el equilibrio.
—Quítate esa basura de zapatos —ordenó él, ignorando su protesta—. O te cargo yo o caminas descalza, pero no voy a dejar que nos maten porque no puedes correr.
Alessandra se deshizo de los tacones con furia y continuó descalza, sintiendo el cemento frío bajo sus pies. Al llegar a la planta baja, el rugido de las sirenas era ensordecedor. El vestíbulo principal era un caos de vidrios y disparos.
—Por aquí no —Dante cambió de rumbo hacia el sótano de carga.
Allí, una motocicleta negra, robusta y sin placas, los esperaba entre las sombras. Dante se subió y le lanzó un casco negro a Alessandra.
—Agárrate fuerte. Y cuando digo fuerte, quiero decir que no me sueltes a menos que quieras besar el pavimento a ciento veinte kilómetros por hora.
Alessandra dudó un segundo, mirando la espalda ancha de Dante. Él representaba todo lo que ella debía odiar: el enemigo, el desterrado, el hombre que volvía de las cenizas para reclamar venganza. Pero fuera de ese garaje, había un ejército queriendo su cabeza.
Se subió detrás de él, rodeando su cintura con los brazos. Podía sentir la dureza de sus músculos bajo la chaqueta de cuero y el latir acelerado de su propio corazón contra la espalda de él.
Dante arrancó el motor con un rugido que hizo vibrar las paredes del sótano.
—¿A dónde me llevas? —gritó ella sobre el ruido.
Dante giró un poco la cabeza, y ella pudo ver la sombra de una sonrisa cruel en su perfil.
—A mi terreno, princesa. Bienvenida al exilio.
La moto salió disparada del edificio justo cuando una segunda explosión sacudía los cimientos del rascacielos. Alessandra cerró los ojos y apretó el agarre, sabiendo que su vida, tal como la conocía, se había acabado para siempre. Ahora, su única ancla era el hombre que más razones tenía para destruirla.
Notas del Autor (Jan Rivera):
¡La acción no para! Alessandra ha dejado atrás su vida de lujos para entrar en el mundo oscuro de Dante. ¿Podrán convivir sin matarse el uno al otro?
(Una vida normal)[Cartagena, un año después.]El calor de Cartagena era el mismo de siempre: fuerte y pegajoso, pero a Alessandra ya no le molestaba. Estaba en el patio de una casa vieja en el barrio de Getsemaní que habían arreglado para que fuera una fundación. Había chicos entrando y saliendo, algunos con portátiles y otros simplemente hablando de sus clases.Ya no había pantallas gigantes ni códigos secretos. La "Fundación Mateo Leão" era un sitio para que los chicos del barrio aprendieran a programar y tuvieran una oportunidad diferente a la de la calle.—¡Doña Alessandra! —le gritó un muchacho desde un salón—. ¡Ya pudimos entrar al sistema de la alcaldía para ver lo de las becas! ¡Todo está en orden!—¡Excelente, sigan así! —le respondió ella con una sonrisa.Alessandra entró en su pequeña oficina y vio una foto en su escritorio. Salía ella con Dante en una lancha, muertos de la risa y despeinados por el viento. Era su foto favorita.Su celular vibró. Era un mensaje de t
El salto desde la Cúpula de San Pedro no fue un acto de desesperación, sino de liberación. Alessandra y Dante aterrizaron en los andamios de mantenimiento y, moviéndose con una coordinación que rozaba lo instintivo, desaparecieron por los callejones del Borgo antes de que el Vaticano pudiera cerrar sus murallas.Dos días después, el mundo era un lugar distinto. La filtración del "Archivo de las Almas Perdidas" había provocado la renuncia de tres cardenales y el arresto domiciliario de Pietro b’Amico. La red de la Tríada Roja y los Santos Pasivos se desmoronaba como un castillo de naipes bajo la lluvia.Alessandra citó a su madre en el único lugar donde todo había empezado: la terraza de la Quinta do Sangue en Oporto.El atardecer sobre el valle del Duero no era un evento meteorológico; era una declaración de principios. El cielo se había teñido de un naranja violento, como si las nubes estuvieran empapadas en el mismo vino que le dio nombre y fortuna a la familia Leão. Alessandra
El aire en las profundidades de la Ciudad del Vaticano era denso, impregnado de un frío que parecía emanar no de la piedra, sino del peso de dos mil años de secretos. Alessandra y Dante avanzaban por un pasillo flanqueado por estanterías de hierro que se perdían en la penumbra. No estaban en las áreas turísticas, ni siquiera en las zonas de estudio para académicos. Estaban en el "Búnker", la sección del Archivo Secreto donde la Iglesia guardaba lo que nunca debía ser leído.—Alessandra, ¿me recibes? —la voz de Elena sonó a través del auricular, con una interferencia estática—. He logrado hackear la subestación eléctrica de la Vía de la Conciliazione. Tienen diez minutos antes de que los sistemas de respaldo se activen y las puertas neumáticas se sellen para siempre.Alessandra no respondió. A pesar de haberle arrebatado el control del Proyecto Mariposa, Elena seguía operando desde Oporto, como un fantasma que se negaba a abandonar su castillo. Alessandra necesitaba su conocimiento
El regreso a la Quinta do Sangue fue una procesión de silencio. El aire de Oporto, habitualmente dulce por la uva madura, se sentía viciado. Alessandra cruzó el umbral de la biblioteca sin quitarse el abrigo, ignorando los saludos de los criados. En su mano, el chip que Dante le entregó en Ginebra ardía como un carbón encendido.Elena estaba en su puesto de mando, rodeada de pantallas que parpadeaban con flujos de datos globales. Se giró al sentir la presencia de su hija, con una sonrisa que no llegó a sus ojos.—Morel me dijo que hubo un altercado en Ginebra —dijo Elena con voz suave—. Me alegra que estés a salvo, Alessandra.—¿Te alegra? —Alessandra lanzó el chip sobre la consola. El metal tintineó contra el cristal—. Analízalo. Ahora.Elena vaciló un segundo, una fracción de tiempo que para Alessandra fue una confesión. Sin embargo, la madre insertó el dispositivo. En segundos, las pantallas se inundaron de documentos digitalizados con el sello de la Santa Sede y registros de
La gala de la Cruz Roja en el Bâtiment des Forces Motrices de Ginebra no era solo un evento social; era una vitrina de poder donde la arquitectura industrial del siglo XIX se mezclaba con la seguridad de una cumbre nuclear. Alessandra caminaba por el salón principal, su vestido de seda negra cortando la luz de las lámparas de cristal como una sombra líquida.Cada paso que daba era monitoreado por cámaras térmicas y por los ojos de la inteligencia europea. Pero ella solo buscaba una cosa: la anomalía.—Loba, aquí Centro. Tienes tres contactos sospechosos en el balcón norte —la voz de Elena llegó a su oído, nítida, desde los servidores en Oporto—. Llevan trajes de noche, pero su lenguaje corporal es militar. Son los Lobos del Volga.—Recibido, Centro —respondió Alessandra, aceptando una copa de champán de un camarero—. ¿Dónde está la policía local?—Morel dice que sus hombres están en posición, pero mis sensores detectan interferencias en sus comunicaciones. Están siendo hackeados d
Seis meses después de la Batalla en la Quinta do SangueEl otoño en Ginebra era una sinfonía de colores ocres y vientos helados que bajaban de los Alpes. Alessandra Leão observaba el lago desde la terraza blindada de la sede de la Interpol. Ya no era una fugitiva, ni siquiera una "Jefa Fantasma". Para el mundo oficial, era la Consultora Senior Leão, la mujer que había entregado las claves para desmantelar la red de lavado de dinero más grande de la década.Pero la realidad era mucho más compleja.—Los informes de Macao son preocupantes, Alessandra —dijo el Comisionado Morel, dejando una carpeta sobre la mesa de cristal—. La caída de Kenji Yue no trajo la paz. Trajo la anarquía. Sin el control central de la Tríada Roja, las facciones más pequeñas —los "Cuervos de Hierro" y el "Sindicato de la Seda"— están luchando por las rutas de opio sintético. La violencia en el sudeste asiático ha subido un 400%.Alessandra tomó un sorbo de té negro, su mirada perdida en las aguas grises del l







