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8. Seis años

Author: Arlene
last update publish date: 2026-09-20 13:01:16

Después de aquella noche, Nicolás y yo volvimos a hacer lo que mejor sabíamos hacer.

Fingir.

Fingir frente a nuestras familias, frente a los empleados e incluso frente a nosotros mismos.

La cena terminó sin incidentes. Nos arreglamos en silencio y regresamos al comedor como si nada hubiera ocurrido, como si no hubiéramos estado a punto de cruzar una línea que ambos juramos no cruzar.

Pero aquel beso había cambiado algo.

Aunque ninguno de los dos estuviera dispuesto a reconocerlo.

Durante los días siguientes, Nicolás comenzó a llegar cada vez más tarde a la mansión. Apenas lo veía y, cuando coincidíamos en algún pasillo, nuestras conversaciones se reducían a frases cortas y miradas que ninguno se molestaba en explicar.

Yo intentaba ocupar mi tiempo, aunque mis pensamientos siempre terminaban en el mismo lugar.

Mateo.

Su muerte.

La muerte del hermano de Nicolás.

Aquella noche que ninguno parecía recordar de la misma manera.

Y una pregunta que cada día se volvía más difícil de ignorar: ¿por qué nuestras familias habían esperado cinco años para obligarnos a casarnos?

Si realmente querían terminar con la guerra entre los Moretti y los Di Valentí, ¿por qué no lo habían hecho antes?

¿Qué había ocurrido aquella noche?

¿Y por qué sentía que, cuanto más intentaba recordar, más cosas parecían querer permanecer enterradas?

⸻

Aquella noche, Nicolás llegó mucho antes de lo habitual.

Yo bajaba las escaleras cuando lo vi entrar. Se quitó el abrigo y se lo entregó a uno de los empleados.

Parecía agotado. No era el hombre impecable y controlado que solía mostrar frente a los demás.

—¿Está todo bien? —pregunté.

Levantó la mirada.

—Sí.

Comenzó a subir las escaleras.

Fruncí el ceño.

—¿Eso es todo?

Se detuvo.

—¿Qué quieres que te diga?

—Últimamente pareces estar huyendo de mí.

Su mandíbula se tensó.

—No busques fantasmas donde solo hay negocios.

—Me pregunto si los negocios son realmente la razón por la que evitas mirarme a los ojos.

Nicolás se quedó inmóvil unos segundos. Finalmente, se giró.

—Estoy intentando mantener lo poco que queda de mi cordura después de haber dejado que te metieras bajo mi piel.

Sentí que el pecho se me apretaba.

No esperaba aquella respuesta.

—¿Y ahora vas a comportarte como un idiota?

Una sonrisa amarga apareció en mis labios.

Nicolás bajó lentamente las escaleras.

—¿Qué esperabas? ¿Que después de lo del otro día bajara a desayunar contigo y te leyera poesía?

No respondí.

Una parte de mí quería saber qué habría ocurrido si las cosas fueran diferentes. Si no existieran nuestras familias, el contrato ni las muertes que nos habían condenado a vivir de aquella manera.

Pero no podía permitirme pensar en eso.

Nicolás se detuvo frente a mí.

—No olvides quiénes somos, Lucía.

Su voz se volvió más baja.

—Cada vez que te toco, traiciono la sangre de mi hermano. Y cada vez que me miras así, haces lo mismo con el tuyo.

Sentí un nudo en la garganta.

—Entonces admítelo.

Di un paso hacia él.

—El contrato es solo una excusa para ocultar que te aterra sentir algo por mí.

Por primera vez, no tuvo una respuesta inmediata.

Lo empujé en el pecho, aunque no se movió ni un centímetro.

—Déjame en paz.

Me giré y subí rápidamente las escaleras.

No quería escuchar algo que pudiera hacerme cambiar de opinión.

Entré en mi habitación, me cambié y tomé mi abrigo. Necesitaba salir, respirar y estar lejos de aquella mansión.

Sobre todo, necesitaba estar lejos de él.

⸻

Cuando bajé, Nicolás me esperaba en la entrada con las llaves del coche en la mano.

—¿A dónde crees que vas sola a estas horas?

—A tomar aire.

—No vas sola.

—Puedo tomar un taxi.

—No.

Lo miré con frustración.

—¿Desde cuándo te importa tanto?

Sus ojos azules se clavaron en los míos.

—Desde que entendí que tu vida es el único seguro que mantiene a nuestras familias alejadas de otra guerra.

Aquello me dejó en silencio.

Siempre encontraba la manera de convertir cualquier gesto de preocupación en una cuestión de negocios.

Suspiré.

—Está bien. Llévame a la playa.

—¿Ahora?

—Ahora.

No discutió. Simplemente abrió la puerta.

Me senté en el asiento trasero y Nicolás ocupó el del conductor. Me miró por el espejo retrovisor.

—¿En serio? ¿Me vas a tratar como a tu chofer?

—Tú dijiste que no podía ir sola.

Negó con la cabeza y arrancó.

El trayecto transcurrió casi en silencio. Las luces de la ciudad fueron quedando atrás y, poco a poco, sentí que algo dentro de mí comenzaba a relajarse.

Por unos minutos, nadie me recordaba el contrato ni me decía qué debía hacer.

Cuando llegamos a la costa, bajé del coche y caminé hasta la orilla.

El viento frío golpeó mi rostro.

Me senté sobre la arena y abracé mis piernas mientras observaba las olas.

Entonces lo sentí.

Aquel peso familiar en el pecho.

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera evitarlo.

Seis años.

Seis años desde que había perdido a Mateo.

Seis años desde aquella noche que no conseguía recordar.

Seis años desde que una parte de mi vida había desaparecido y todos habían decidido que lo mejor era mantenerme lejos.

Me limpié las lágrimas, pero siguieron cayendo.

Escuché pasos detrás de mí.

Nicolás se acercó y se sentó a mi lado, dejando cierta distancia entre nosotros.

No hizo preguntas.

No intentó tocarme.

Simplemente se quedó allí.

—Seis años —murmuró.

Lo miré.

—No pedí tu opinión.

—Lo sé.

Sacó un cigarrillo y lo encendió.

—Hoy también se cumplen seis años para mí.

Aparté la mirada.

No quería pensar que, mientras yo había perdido a Mateo, él había perdido a su hermano.

Dos familias.

Dos muertos.

Una noche.

Demasiadas mentiras.

—No estoy así por eso.

Nicolás miró hacia el mar.

—No tienes que explicarme nada.

Aquello me sorprendió.

—Quiero estar sola.

Asintió.

—Lo sé.

—Entonces vete.

Esperé que se levantara, pero no lo hizo.

—¿Por qué?

Soltó el humo lentamente.

—Porque puedo respetar que quieras estar sola sin dejarte sola.

No supe qué responder.

Por primera vez, no parecía estar allí por obligación.

—Quédate tranquila —añadió—. No voy a hablar.

Una pequeña sonrisa apareció en mis labios.

—Eso sería un milagro.

Nicolás sonrió apenas.

—Puedo intentarlo.

Las lágrimas continuaron cayendo. Esta vez no intenté esconderlas.

Por primera vez en años, dejé que alguien me viera llorar.

Aunque ese alguien fuera Nicolás Moretti, el hombre cuyo hermano había muerto la misma noche que el mío.

El cansancio terminó venciéndome.

Apoyé la cabeza sobre mis rodillas y cerré los ojos mientras las olas rompían frente a nosotros.

⸻

Desperté lentamente.

Lo primero que sentí fue el calor de las sábanas y, después, un dolor de cabeza que me obligó a cerrar los ojos.

Cuando volví a abrirlos, reconocí la habitación.

Era la de Nicolás.

Me incorporé y miré a mi alrededor.

—¿Cómo diablos…?

Bajé la mirada.

Llevaba puesta una de sus camisas.

Recordaba la playa, el frío y las lágrimas. Recordaba a Nicolás sentado a mi lado.

Después, nada.

Me levanté y vi un papel sobre la mesa de noche.

Lo tomé.

«He salido a terminar lo que empezamos anoche. Quédate en casa. N.»

Fruncí el ceño.

—¿Qué demonios significa eso?

Dejé el papel y regresé a mi habitación para ducharme y cambiarme.

El agua caliente no consiguió borrar la sensación de aquellos brazos que me habían llevado hasta allí.

¿Por qué recordaba tan poco?

Decidí dejar de buscar respuestas por el momento.

Cuando terminé de arreglarme, salí al jardín.

El aire de la mañana era fresco y el sol iluminaba los rosales. Me detuve cerca de una fuente de piedra, contemplando la mansión Moretti.

Hermosa, imponente y completamente cerrada.

Entonces escuché una voz detrás de mí.

—¿Acaso intentas escapar otra vez?

Me giré.

Nicolás estaba apoyado contra una columna de la pérgola.

—El jardín siempre es más honesto que la casa, ¿no crees? —añadió—. Aquí, al menos, las espinas no intentan esconderse tras un traje de tres piezas.

Lo miré sorprendida.

—¿No se suponía que habías salido?

—Volví antes de lo previsto.

Guardó el móvil en el bolsillo.

—No pareces muy feliz de verme.

—No recuerdo haber dicho que lo estuviera.

Se acercó lentamente.

—¿Has descansado, Lucía? ¿O te despertaste con ganas de empujarme y huir otra vez hacia la costa?

—He descansado lo suficiente. Pero sigo esperando una explicación sobre cómo terminé aquí.

Nicolás soltó una risa corta.

—Te quedaste dormida llorando en la arena mientras subía la marea. Podría haberte dejado allí, pero habría arruinado mis planes para este matrimonio.

Lo miré con incredulidad.

—Eres un imbécil.

—Eso ya lo sabías.

Metió las manos en los bolsillos.

—Te traje porque eres mi responsabilidad y porque me gusta tener el control de dónde despiertas.

—¿Eso debería tranquilizarme?

—No. Solo informarte.

Negué con la cabeza.

—No busques caballeros andantes en esta casa.

Su sonrisa se volvió arrogante.

—Solo hay hombres que cuidan sus inversiones.

—¿Debo sentirme halagada por ser tu inversión más valiosa o resignarme a ser tu rehén?

Pasé a su lado y rocé deliberadamente su brazo.

Sentí cómo se tensaba.

—Llámalo como quieras, Lucía —dijo a mis espaldas—. Pero recuerda que las inversiones se protegen con sangre, y a los rehenes peligrosos se les vigila muy de cerca.

Me detuve y giré la cabeza.

—Entonces asegúrate de no pestañear, Nicolás. En cualquier momento podría dejar de ser solo una rehén.

Soltó una carcajada genuina.

—Oh, no te preocupes, piccola. Mis ojos no se han apartado de ti desde que entraste en esa iglesia vestida de blanco.

Mi sonrisa desapareció lentamente.

Nicolás continuó:

—Y créeme, estoy deseando ver el momento en que decidas dejar de ser una prisionera para convertirte en mi verdugo.

No supe qué responder.

Detrás de su sonrisa había algo que no conseguía identificar.

—Inténtalo, Lucía. Pero ten cuidado. En esta familia, quienes intentan cambiar las reglas suelen descubrir que ya he previsto sus movimientos.

Lo observé unos segundos.

Después sonreí.

Quizás Nicolás creía conocer todas mis jugadas.

Pero yo apenas estaba empezando a aprender las reglas.

Y, por primera vez, no estaba segura de querer salir de aquel juego.

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