LOGINCristian se dejó caer en la silla ejecutiva de su oficina con un suspiro de agotamiento. Cerró los ojos por un momento, dejando que su cabeza descansara contra el respaldo de cuero negro. Su cuerpo estaba extenuado, su mente saturada. La universidad, la empresa y el peso de la familia Soto estaban consumiendo su juventud a un ritmo alarmante.
Con un gesto automático, subió los pies sobre la mesa de cristal frente a él, sin importarle la imagen que daba. Aquel despacho, aunque elegante y decorado con un gusto sobrio, no le ofrecía consuelo. Era solo un recordatorio de la responsabilidad que ahora cargaba sobre sus hombros, una carga que nunca pidió pero que debía soportar. El sonido de unos ligeros golpes en la puerta lo sacó de su letargo. —Buenas tardes, señor Soto. Tiene una visita —anunció la voz firme pero cautelosa de su secretaria. Cristian entreabrió los ojos con fastidio. —¿Quién es? —preguntó con desdén, sin molestarse en bajar los pies de la mesa. Luego frunció el ceño y miró hacia la puerta con impaciencia—. ¿Acaso tenía una cita? ¿Desde cuándo dejas pasar a cualquiera? Su tono era afilado, cortante, como un látigo dirigido a la joven que permanecía de pie en la entrada, claramente incómoda ante su mal humor. —Es el señor Carbone —dijo ella rápidamente, haciéndose a un lado para dar paso a un hombre mayor, elegantemente vestido, que entró con paso seguro. Cristian se irguió de inmediato en su silla y bajó los pies de la mesa con un leve golpe. Observó con atención al recién llegado: Juan Carlos Vittorio Carbone, el patriarca de una de las familias más influyentes dentro de la mafia italiana. No era un hombre que acostumbrara a hacer visitas sin previo aviso. Pero lo que realmente capturó su atención no fue el hombre mayor, sino el joven que lo acompañaba. Alto, de porte distinguido, con un traje negro perfectamente ajustado a su cuerpo esbelto y una expresión que mezclaba arrogancia y confianza natural. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás con precisión, dejando al descubierto un rostro de facciones marcadas y ojos intensamente afilados. Cristian y el joven se miraron por un fugaz segundo, un encuentro visual que fue tan rápido como eléctrico. El señor Carbone avanzó con tranquilidad hasta su escritorio y le tendió la mano. —Señor Cristian Soto —saludó con una sonrisa educada, pero con esa frialdad calculadora que solo los hombres de su mundo sabían manejar. Cristian se levantó, acomodándose la chaqueta del traje antes de estrechar su mano con firmeza. —Señor Juan Carlos Vittorio, ¿a qué debo el honor? —preguntó con tono neutro, sin dejar de analizar cada movimiento del hombre. El patriarca de los Carbone giró levemente el rostro hacia el joven que estaba a su lado y extendió una mano en su dirección. —Este es mi hijo, Vittorio —presentó con un leve tono de orgullo en su voz. Cristian dirigió su mirada de nuevo hacia el joven, quien lo observaba con un brillo indescifrable en los ojos. —Cristian Soto —dijo Cristian con simpleza, extendiendo la mano.Sean se quedó de pie por un instante, observando el abrazo entre Jin y Vittorio. Una emoción dulce le recorrió el cuerpo. Luego, con una sonrisa leve, se giró hacia la cocina abierta del departamento.—Voy a preparar algo de cenar. Este encuentro lo merece —anunció, sacándose la chaqueta y arremangándose la camisa mientras caminaba hacia los gabinetes—. Aunque no prometo un banquete, haré lo mejor que pueda.—Con que no sea veneno —dijo James, medio en broma.—Eso depende de cuántas veces me vuelvas a dejar con el corazón en la garganta —replicó Sean desde la cocina, ya sacando ingredientes.Vittorio se acomodó en el sofá con Jin sentado en sus piernas, jugando con uno de sus anillos. Su mirada se fue hacia James, pensativa, inquisitiva.—James… ¿y los padres biológicos de Jin? ¿Sabes algo de ellos?James tragó saliva, apoyándose contra la pared. Asintió con lentitud.—Sí. Sabemos quién es su padre… Riso Carleoni.El rostro de Vittorio cambió. La calidez se borró por un instante, reem
James abrió la puerta del departamento y dejó entrar primero a Vittorio y a Cristian. Apenas cruzaron el umbral, Sean se levantó de golpe del sofá. Tenía el rostro tenso, los ojos enrojecidos, y el teléfono apretado en la mano. En cuanto vio a James, corrió hacia él y se abalanzó sobre sus brazos, abrazándolo con fuerza, casi con desesperación.—¡Por Dios, James! ¿Por qué demoraste tanto? —murmuró Sean contra su pecho—. Me tenías al borde de un ataque...James lo rodeó con sus brazos sin decir una palabra, apretándolo con fuerza.—Estoy aquí —susurró, cerrando los ojos por un instante.Del fondo del pasillo, Liam apareció descalzo, con el cabello revuelto y la mirada alerta. Se detuvo al ver a Cristian entrar de la mano de Vittorio. Sus ojos se agrandaron y, sin pensarlo, soltó un suave:—Papá...Y entonces corrió. No esperó explicaciones, no pensó en el pasado ni en los silencios. Se lanzó directo a Cristian y lo abrazó con fuerza, rodeándole el torso como si quisiera fundirse con él
Se levantó del sillón y comenzó a caminar lentamente por la sala, como si reviviera cada segundo.—Ella era la hija del poderoso Señor Martín, amigo de mi padre. Inteligente. Hermosa. Ambiciosa. Y sobre todo, devota del poder. Me casé con ella como un prisionero que firma su sentencia. Pero jamás dejé de ver a Cristian. Nos seguíamos viendo en secreto. Nos encontrábamos en lugares remotos, como adolescentes desesperados. Cada beso era una guerra ganada. Cada noche juntos era un desafío al infierno.—¿Y Sofía lo supo? —preguntó James, sin poder contenerse.Vittorio asintió, con la mirada dura.—Claro que lo supo. Siempre lo supo. Pero al principio le convenía callar. Mientras tuviera mi apellido, mi dinero y mi familia detrás, le daba igual a quién amara yo en secreto. Pero con el tiempo... se hartó. O tal vez se enamoró de mí, quién sabe. Lo cierto es que una noche, me atreví, estuviste con Cristian en nuestra propia habitación, ellas nos vió.—Vittorio se detuvo y miró a su hijo direc
James lo miró con los ojos húmedos, sintiendo que toda la rabia contenida durante años se revolvía dentro de él.—Entonces dime. Dímelo todo. Porque si vine hasta aquí… es para escuchar la verdad. De una maldita vez.Y Vittorio asintió, despacio. Con la mirada cargada de una historia que aún no había sido contada.—Entra. Esto no es algo que se diga en medio del frío… ni de pie.El interior de la cabaña estaba bañado por una luz tenue, cálida, proveniente de un par de lámparas de aceite que creaban sombras danzantes en las paredes de madera. El lugar era modesto, casi austero, pero estaba limpio y organizado, como si alguien hubiera dedicado años a hacerlo habitable en medio del olvido. Había una mesa de madera envejecida en el centro, dos sillones gastados frente a una chimenea apagada, y una pequeña repisa con libros desordenados y una radio antigua.James entró con cautela, aún con el pecho agitado por el encuentro, pero fue entonces cuando lo vio.Cristian estaba allí. De pie, al
Sean lo miró, preocupado, y cuando James se giró para caminar hacia la puerta, lo alcanzó rápidamente. Con una mano, lo detuvo suavemente, tomando su brazo con firmeza.—¿Qué harás, James? —preguntó, su voz cargada de temor. La intensidad en los ojos de James era palpable, como si llevara una tormenta en el pecho.James suspiró, con la respiración entrecortada, y sin mirar atrás, dejó que la mano de Sean lo tocara.—Necesito ver a mi padre, Sean —respondió con determinación—. Iré solo.Derek, que había permanecido callado, se adelantó y puso una mano en el hombro de James, con una expresión seria y grave.—No puedes ir solo —dijo, con voz firme. Pero sabía que no importaba lo que dijera. James ya había tomado su decisión, y ese fuego en sus ojos no podía ser apagado.James levantó la mirada, limpiándose las mejillas con brusquedad. Estaba agotado, pero su resolución no temblaba.—Tengo que hacerlo, Derek —respondió, su voz cargada de una tristeza profunda, pero clara—. Se lo debo, a m
James levantó la mirada lentamente, clavando los ojos en su madre. La tensión en la sala era tan densa que nadie se atrevía a respirar.—¿Qué quieres decir con que Vittorio no me haría daño? —preguntó, con la voz baja, tensa, contenida—. ¿Estás defendiendo al hombre que me tendió una trampa hace unos años? ¿Al mismo que casi me mata a mí y a Sean en aquel centro comercial? Por favor. Vittorio no quería aceptar lo que él mismo era. Homosexual Sofía lo miró, sin retroceder, pero algo en su rostro se quebró. La máscara de calma se resquebrajó por primera vez.—James...—¡Dilo! —gritó, dando un paso al frente—. ¡Dilo de una maldita vez! ¿Qué estás ocultando? ¿Desde cuándo?—Desde que tú tenías diecisiete años —confesó ella, bajando la mirada como si el peso de esa frase la hundiera.El silencio se hizo pedazos. Todos se quedaron congelados. James palideció.—¿Qué cosa?—El día que fuiste atropellado —continuó Sofía, con la voz temblorosa—. Estuviste horas en coma. Los médicos no sabían