INICIAR SESIÓN—Yo… no puedo hacer eso. No soy esta clase de mujer —confesó Aurora tartamudeando.
—“Esa clase de mujer” si estás aquí es porque el jefe así lo quiso, adicional seguramente vio potencial en ti. Lo único que debes hacer es bailar de manera sensual y ya. Te aseguro que puedes ganar mucho dinero.
—No creo que sea solo bailar. Puedo ver como esos hombres asquerosos tocan a las que supuestamente solo están bailando —dijo ella entre pánico.
—Querida, tú tienes suerte. Nadie te puede tocar por orden del jefe. Al parecer eres una joya para él.
Aurora puso la mano en su pecho sentía que su corazón se iba a salir de su cuerpo.
—No me importa si no te sientes preparada, debes salir quieras o no… y si no lo haces, te aseguro que no durarás mucho tiempo viva.
Aurora sintió como su vida estaba pendiendo de un hilo.
Ella escuchó como anunciaban a la nueva bailarina. Reaccionó en ese momento, necesitaba pagar la deuda que tenía con Luciano y todo volvería a ser como antes… todo sería como antes.
Se armó de valor y salió a la pista, no sabía qué hacer, era torpe para bailar, y estar al frente a muchas personas le generaba ansiedad.
Por unos cuantos segundos que parecieron eternos evaluó el lugar, y al fondo, en una silla que parecía un trono estaba él. Luciano sentado como si fuera el rey de todo el lugar, con un puro en una de sus manos y una copa en la otra.
Luciano tenía su mirada fijamente en ella, una mirada que la penetraba por completo. La observada de arriba a abajo, con algo más que deseo en su mirada.
Aurora no pudo evitar sentirse intimidada ante ese par de ojos oscuros que la atravesaban con una intensidad indescifrable.
Todo su cuerpo tembló, cuando las luces se tornaron tenues, sin embargo, una gran luz se posó sobre ella que prácticamente la dejó enceguecida.
Ella cerró los ojos y comenzó a moverse por inercia, por simple supervivencia sin saber que era lo que estaba haciendo, si lo estaba haciendo bien o toda ella era un caos.
De pronto, todo se tornó borroso, se escucharon algunos gritos y muchas personas armadas ingresaron al lugar. Todo se llenó de caos, pero en Aurora lo único que apareció fue su valentía.
Había llegado el momento de escapar, sin importar nada se iría de ahí buscaría a su abuela y a su hermana y escaparía muy lejos de las garras de Luciano, tan lejos que él no volvería a dar con ellas.
En el lugar, todos se apuntaron, unos contra otros. El hombre que lo estaba vigilando rápidamente se fue a proteger a Luciano. Mientras que él mantenía una tranquilidad impenetrable, mirando a cada uno de ellos directo a los ojos.
Las mujeres y clientes allí, taparon su cabeza o se escondieron. Era claro que estaban ahí dispuestos a atacar a Luciano.
Aurora se agachó y comenzó a correr directo a la salida. No le importaba nada, solo quería salir con vida y escapar de Luciano.
Antes de pasar la puerta, giró su cabeza hacia el lugar en donde estaba Luciano. Él tenía un arma apuntando a los hombres que ingresaron, sin embargo, su mirada no estaba con ellos en ese momento, su mirada estaba fija en Aurora.
Sus miradas se cruzaron, él con una clara advertencia y ella con una promesa de no volver.
Aurora se atravesó en la mitad de la carretera, las miradas lujuriosas por parte de los hombres que pasaban por allí le provocaba náuseas, al ver que ningún carro le paró, ella comenzó a correr. Corrió lo más rápido que sus pies le permitían.
Su cuerpo omitió el cansancio que sentía, solo quería evitar pisar ese lugar de nuevo en su vida.
A pesar de que la suerte no estaba del todo de su lado, una mujer en un carro paró y al verla, decidió ayudarla. Eso fue un alivio inmediato para ella, miró hacia atrás observando si alguien la estaba siguiendo, respiró por fin con tranquilidad al ver que afortunadamente nadie la siguió.
Aurora cubrió su cuerpo con algo de ropa que la mujer le prestó mientras se dirigía hasta la casa de su abuela.
Ella no dudó en agradecer, no solo a la mujer sino también a la vida por haber terminado con una parte de su pesadilla.
Al bajar del carro corrió y tocó la puerta con insistencia, tenía un mal sentimiento en su pecho irrevocable, sentía incertidumbre, no obstante, todo eso se alivió al momento en el que la puerta se abrió.
Su pequeña hermana abrió y al verla se lanzó sobre ella para abrazarla mientras que sus mejillas se mojaban con sus lágrimas.
—¿Estás bien hermana? —preguntó Aurora mirándola de arriba a abajo—. Dime por favor que estás bien.
—Sí, sí estoy bien y tú… ¿te hicieron algo? —Aurora movió su cabeza negando.
—Ahora que estás frente a mí te aseguro que estoy muy mucho mejor. Escúchame algo, nos iremos de aquí lejos, las tres empezaremos una nueva vida y viviremos bien. Te juro que no volverás a pasar por nada así —habló Aurora mientras se le formaba un nudo en su garganta.
—Pero hay algo que quiero decirte.
—Sé que estás asustada. Te juro que te protegeré con mi vida si es necesario, iremos por la abuela para irnos lejos de aquí. No te preocupes por nada —musitó y juntó su frente con su hermana en símbolo de promesa.
Ella miró a Aurora completamente asustada, creyendo que eso era suficiente como para alertarla por lo que estaba pasando adentro de esa humilde casa.
Cuando Aurora entró quedó paralizada al ver a su abuela completamente sometida ante un hombre que le apuntaba con un arma.
Quince años habían pasado desde que las llamas consumieron la vieja destilería ycon ella, los restos de Dante Russo. La mansión Costello, aunque seguía siendo una fortaleza, había mudado. Las enredaderas cubrían ahora los muros de piedra y los jardines, una vez diseñados para tener líneas de tiro despejadas, eran ahora un laberinto de rosas blancas y robles.Luciano Costello estaba de pie en su despacho, el mismo lugar donde una vez firmó con manos temblorosas un divorcio que casi le arranca el alma. Ahora, sus sienes mostraban algunos hilos de plata y su rostro tenía las líneas de expresión de un hombre que ha cargado el peso de un imperio, pero sus ojos negros conservaban el brillo letal de quien no ha bajado la guardia ni un solo segundo.Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos.—Adelante —dijo Luciano, su voz más profunda y rasposa por los años.Emma entró. A sus veinticuatro años, Emma Costello era la viva imagen de la elegancia y la inteligencia. Graduada en leye
La luz del amanecer se filtraba por los ventanales de la mansión Costello, pero esta vez no traía consigo la sombra del miedo. El aire se sentía limpio, como si la tormenta de sangre de la noche anterior hubiera sido lavada por una lluvia purificadora. En la habitación principal, el silencio era absoluto, roto solo por la respiración de Aurora y el suave murmullo del bebé, que descansaba en una cuna junto a la cama.Luciano entró en la habitación con pasos lentos. Se había bañado y cambiado; ya no quedaba rastro del verdugo que había ardido en la destilería. Vestía una camisa blanca impecable, abierta en el cuello, y su rostro, aunque marcado por el cansancio, reflejaba una paz que Aurora jamás le había visto.Ella se incorporó al sentir su presencia. Sus ojos, todavía hinchados por el llanto, se iluminaron al verlo. Luciano se acercó y se sentó en el borde de la cama, tomándole las manos con una delicadeza que contrastaba con la fuerza que había usado horas antes para destruir a su
El estruendo de los disparos se desvaneció, reemplazado por un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el goteo rítmico de una tubería rota y los jadeos sibilantes de Dante. Luciano se quedó de pie en el centro, observando cómo Aurora se alejaba con el bebé bajo la escolta de Gino. Solo cuando el motor del carro rugió a lo lejos, Luciano permitió que la máscara de frialdad se resquebrajara para revelar el abismo de furia que habitaba en su pecho.Se giró lentamente hacia Dante. El hombre que alguna vez fue su socio intentaba arrastrarse sobre el suelo, dejando un rastro de sangre espesa y oscura tras de sí. Su brazo derecho colgaba inútil, destrozado por la bala del francotirador.—¿A dónde vas, Dante? —preguntó Luciano. Su voz no era un grito. era un susurro gélido que parecía vibrar en las vigas de hierro de la destilería—. La fiesta acaba de empezar.Luciano caminó hacia él con una parsimonia aterradora. Cada paso de sus botas resonaba como un tambor de guerra. Se agachó,
El aire en las viejas destilerías del sur era una mezcla espesa de moho, óxido y el olor metálico de la sangre que acechaba en cada rincón. Aurora detuvo el coche a unos cincuenta metros de la entrada principal, un edificio esquelético cuyas ventanas rotas parecían cuencas oculares vacías observándola. Sus manos, aferradas al volante, estaban tan blancas que los nudillos amenazaban con perforar la piel.—Quédate aquí, Emma. No salgas del carro por nada del mundo. Pase lo que pase, mantén las puertas cerradas —instruyó Aurora con una voz que intentaba ser firme, pero que se quebraba.—Tengo miedo, Aurora... ¿Dónde está Luciano? ¿Por qué no vino con nosotros? —preguntó la niña, sollozando en el asiento trasero.Aurora no respondió. No podía. Se bajó del vehículo sintiendo que sus piernas eran tan frágiles. En el bolsillo de su abrigo, su mano derecha apretaba l un revólver pequeño que había robado del despacho de Luciano antes de irse. No era una experta, pero la desesperación le otorga
Luciano se quedó petrificado en medio de la habitación, con el aire escapando de sus pulmones como si le hubieran disparado a quemarropa en el pecho. Las palabras de Aurora “quiero el divorcio” resonaban en las paredes de mármol, golpeándolo con más fuerza que cualquier traición de sus enemigos. Él, que había construido un imperio sobre cadáveres y voluntad, se sentía de repente como un niño perdido en la oscuridad. Su amor por ella no era un simple sentimiento; era el eje sobre el cual giraba su cordura.—No... no estás diciendo esto en serio, Aurora —susurró Luciano, dando un paso vacilante hacia ella. Sus manos, aún manchadas con la sangre de los traidores en el sótano, temblaban visiblemente—. Estás en shock. El parto, el gas, ese maldito de Dante... te han roto los nervios. Descansa, mi vida. Mañana verás las cosas de otra forma. Yo traeré a nuestro hijo, te lo juro por mi honor.Aurora sintió que su corazón se partía en mil pedazos al ver la vulnerabilidad en los ojos de su mar
Luciano no había dormido. No se había curado la herida del hombro, que seguía manchando su camisa blanca. En el sótano de la propiedad, bajo las luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico, tres guardias colgaban de las muñecas, encadenados a las vigas del techo.Gino estaba a un lado, apoyado en su bastón, observando a su jefe con una mezcla de tristeza. Jamás, en todos sus años de servicio, había visto a Luciano así. No era la furia de siempre, era una desconexión total de cualquier rastro de piedad.—Uno de ustedes abrió el panel de servicio —dijo Luciano, su voz era un susurro que cortaba el aire—. Uno de ustedes aceptó el dinero de un hombre quemado que debería estar muerto y le entregó a mi hijo.Luciano caminó hacia el primero de los guardias. Sin previo aviso, le propinó un golpe seco en las costillas con una barra de acero. El sonido del hueso rompiéndose fue lo único que rompió el silencio.—¡No fui yo, señor! ¡Lo juro por mi madre! —chilló el guardia, escup





