INICIAR SESIÓNLa mirada de Aurora cambió por completo cuando escuchó las palabras de Luciano. Muchas cosas comenzaron a pasar por su cabeza.
Él mantuvo una sonrisa cargada de victoria, se separó de ella y la miró de arriba a abajo, era una mujer hermosa, y seguramente trabajando para él le produciría suficiente dinero como para recuperar lo que invirtió en ella.
—No entiendo —ella dijo con su voz temblorosa.
—No tienes porque entender, me debes dinero y debes pagarme. Trabajarás para mí el tiempo necesario y si intentas escapar, iré por tu enferma abuela y tu indefensa hermana… tú decides —él dijo entre sonrisas.
Ella bajó su rostro mientras algunas lágrimas caían por sus mejillas.
—No te metas con mi hermana y mi abuela, ellas no tienen nada que ver. Soy yo quien tiene la deuda, no ellas —Aurora alzó la voz.
Él la sujetó de las mejillas con fuerza haciendo que ella lo mirara. Su rostro quedó muy cerca de ella, tan cerca que sus respiraciones cálidas se mezclaron.
—Entonces no hagas preguntas tontas, la deuda es tuya, tu la pagas… y mírate, eres perfecta para trabajar para mí.
Sus miradas se conectaron, él con su mirada fría y penetrante y ella con su mirada cargada de temor.
—Vendrán por ti en la noche. Espero que hagas bien tu trabajo, tienes una última oportunidad y no me gusta repetir las cosas. Quiero que pagues todo.
Él la soltó con brusquedad y luego de darle una última mirada salió de ahí.
Aurora gritó con fuerza, si hubiese corrido más rápido, si hubiera salido con más tiempo… todo sería diferente.
Se lamentó por su mala suerte.
Se lamentó una y otra vez, porque sabía que su vida iba a cambiar y no sería para bien.
Luciano salió de aquel sótano en donde la tenía, sonrió instintivamente, una sonrisa agria.
Por lo general no solía hacer que sus deudas se pagarán de ese modo, pero su belleza lo había cautivado, una belleza exótica que no estaba acostumbrado a ver con regularidad, una belleza que adornaría a la perfección el infierno.
Él hizo unas cuantas llamadas, para que tuvieran todo listo en su bar, pero sobre todo para dejar claro que ella era intocable..
Nadie más que él podría tocarla.
Aurora comenzó a moverse con desesperación intentando soltarse, su piel estaba completamente rasgada ante la fuerza que estaba ejerciendo, las cuerdas la apretaban con fuerza.
Unos cuantos segundos bastaron para que el agotamiento hiciera que se detuviera, ella suspiró agotada, Por más que intentara soltarse le era imposible.
Necesitaba ver a su hermana y a su abuela garantizar que estuvieran bien. No podía estar ahí encerrada y completamente expuesta ante él.
De pronto alguien entró de nuevo a donde ella estaba, Aurora se puso a la defensiva.
No sabía lo que le esperaba.
Ella vio al hombre que la atrapó en el callejón, lamiéndose los labios mientras la miraba.
—No sé cómo hiciste para que el jefe no haya querido matarte —él hizo una pausa—. Una rata como tú debería estar muerta… ¿Ves la cicatriz que tengo aquí?
Aurora bajó su rostro, el miedo se estaba apoderando por completo de ella. Él la tomó con brusquedad del mentón haciendo que lo mirara.
—Te pregunté ¿si ves esa cicatriz que tengo aquí? el jefe me la hizo por tu culpa —dijo el hombre agarrándose grotescamente el rostro—, me hizo esto porque te dejé escapar más de una vez… pero te aseguro que eso no sé quedará así, me lo pagarás muy caro.
El cuerpo de Aurora comenzó a temblar, sus labios se movían insistentemente como si tuviese frío, toda ella cargada de terror.
—Te juro que me la vas a pagar, puede que en estos momentos no, pero te aseguro que te dejaré una cicatriz igual o peor a está. Te juro que ese lindo rostro quedará marcado con mis propias manos.
Él lo sujetó con fuerza de su rostro y luego la lanzó hacia atrás.
Aurora comenzó a sudar, su corazón latía con rapidez y su pecho parecía que tuviera un nudo atorado, sentía una opresión desgarradora sobre ella.
Él sacó su arma y le apuntó evitando que ella pudiera escapar.
Le soltó las ataduras y vendo sus ojos, para luego subir las escaleras junto con ella.
Luego de subir a un carro se detuvieron después de unos cuantos minutos. Ella intentaba pensar en su familia para que de ese modo, olvidara parcialmente lo que estaba viviendo y tuviera la fuerza para poder salir de ahí.
Aurora tenía zozobra ante todo lo que estaba sucediendo a su alrededor… solo quería volver a ver a su hermana y a su abuela e irse lo más lejos posible.
Ella cerró los ojos con fuerza cuando sintió como el suelo la recibió luego de un empujón y le quitaron las vendas de los ojos.
Los ojos de ella tardaron un poco en acoplarse ante la luz intensa del lugar.
Ella intentó ponerse de pie tal vez para escapar o quizá creyendo torpemente que todo había acabado.
Escuchó las risas frente a ella provocando un escalofrío en todo su cuerpo.
—Arréglate, vístete y báñate… eres el show principal de la noche —escuchó buscando comprender palabra trás palabra.
—¿El show principal? —Aurora cuestionó como si todo fuese un sueño… un maldito sueño.
—Sí, así es, eres el show principal del infierno y más te vale hacer las cosas bien porque al jefe no le gustan los errores.
Aurora apretó sus labios, debía intentarlo… al menos una sola vez.
—Ayúdame por favor… no quiero meterte en problemas, pero en verdad necesito salir de aquí, ayúdame por favor dime ¿cómo lo hago? te garantizo que te estaré eternamente agradecida.
—No sé por qué crees que te voy a ayudar. Más te vale que te acostumbres porque luego de entrar al infierno nadie puede salir.
—¿El infierno?
—Sí, más te vale estar lista. Porque no importa como, te sacaré de aquí, estés como estés, no voy a dejar que el jefe se moleste.
Aurora miró la diminuta ropa y sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. No había otra opción, no había nada más que hacer, este era su destino y lastimosamente había que afrontarlo.
Ella se arregló lo mejor que pudo sin ganas de hacerlo y con sus ojos completamente hinchados de tanto llorar, la mujer con la que había hablado anteriormente apareció y la miró de arriba abajo, hizo una mueca y finalmente asintió.
Aurora caminó detrás de aquella mujer por unos pasillos, detrás de ellas había hombres evidentemente armados.
Ella comenzó a escuchar a lo lejos música a alto volumen, y al ver todo, sintió que el miedo de nuevo se apoderó de ella.
Mujeres bailando prácticamente desnudas, hombres observándolas como si fueran trofeos.
Un ambiente tosco y tenso al que Aurora no estaba acostumbrada.
Pero que a partir de ahora, sería su único destino.
—¿Qué esperas para seguir? Es tu turno Aurora.
Aurora sintió como un frío la recorrió, estaba en manos de Luciano y ya no había forma de huir.
Quince años habían pasado desde que las llamas consumieron la vieja destilería ycon ella, los restos de Dante Russo. La mansión Costello, aunque seguía siendo una fortaleza, había mudado. Las enredaderas cubrían ahora los muros de piedra y los jardines, una vez diseñados para tener líneas de tiro despejadas, eran ahora un laberinto de rosas blancas y robles.Luciano Costello estaba de pie en su despacho, el mismo lugar donde una vez firmó con manos temblorosas un divorcio que casi le arranca el alma. Ahora, sus sienes mostraban algunos hilos de plata y su rostro tenía las líneas de expresión de un hombre que ha cargado el peso de un imperio, pero sus ojos negros conservaban el brillo letal de quien no ha bajado la guardia ni un solo segundo.Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos.—Adelante —dijo Luciano, su voz más profunda y rasposa por los años.Emma entró. A sus veinticuatro años, Emma Costello era la viva imagen de la elegancia y la inteligencia. Graduada en leye
La luz del amanecer se filtraba por los ventanales de la mansión Costello, pero esta vez no traía consigo la sombra del miedo. El aire se sentía limpio, como si la tormenta de sangre de la noche anterior hubiera sido lavada por una lluvia purificadora. En la habitación principal, el silencio era absoluto, roto solo por la respiración de Aurora y el suave murmullo del bebé, que descansaba en una cuna junto a la cama.Luciano entró en la habitación con pasos lentos. Se había bañado y cambiado; ya no quedaba rastro del verdugo que había ardido en la destilería. Vestía una camisa blanca impecable, abierta en el cuello, y su rostro, aunque marcado por el cansancio, reflejaba una paz que Aurora jamás le había visto.Ella se incorporó al sentir su presencia. Sus ojos, todavía hinchados por el llanto, se iluminaron al verlo. Luciano se acercó y se sentó en el borde de la cama, tomándole las manos con una delicadeza que contrastaba con la fuerza que había usado horas antes para destruir a su
El estruendo de los disparos se desvaneció, reemplazado por un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el goteo rítmico de una tubería rota y los jadeos sibilantes de Dante. Luciano se quedó de pie en el centro, observando cómo Aurora se alejaba con el bebé bajo la escolta de Gino. Solo cuando el motor del carro rugió a lo lejos, Luciano permitió que la máscara de frialdad se resquebrajara para revelar el abismo de furia que habitaba en su pecho.Se giró lentamente hacia Dante. El hombre que alguna vez fue su socio intentaba arrastrarse sobre el suelo, dejando un rastro de sangre espesa y oscura tras de sí. Su brazo derecho colgaba inútil, destrozado por la bala del francotirador.—¿A dónde vas, Dante? —preguntó Luciano. Su voz no era un grito. era un susurro gélido que parecía vibrar en las vigas de hierro de la destilería—. La fiesta acaba de empezar.Luciano caminó hacia él con una parsimonia aterradora. Cada paso de sus botas resonaba como un tambor de guerra. Se agachó,
El aire en las viejas destilerías del sur era una mezcla espesa de moho, óxido y el olor metálico de la sangre que acechaba en cada rincón. Aurora detuvo el coche a unos cincuenta metros de la entrada principal, un edificio esquelético cuyas ventanas rotas parecían cuencas oculares vacías observándola. Sus manos, aferradas al volante, estaban tan blancas que los nudillos amenazaban con perforar la piel.—Quédate aquí, Emma. No salgas del carro por nada del mundo. Pase lo que pase, mantén las puertas cerradas —instruyó Aurora con una voz que intentaba ser firme, pero que se quebraba.—Tengo miedo, Aurora... ¿Dónde está Luciano? ¿Por qué no vino con nosotros? —preguntó la niña, sollozando en el asiento trasero.Aurora no respondió. No podía. Se bajó del vehículo sintiendo que sus piernas eran tan frágiles. En el bolsillo de su abrigo, su mano derecha apretaba l un revólver pequeño que había robado del despacho de Luciano antes de irse. No era una experta, pero la desesperación le otorga
Luciano se quedó petrificado en medio de la habitación, con el aire escapando de sus pulmones como si le hubieran disparado a quemarropa en el pecho. Las palabras de Aurora “quiero el divorcio” resonaban en las paredes de mármol, golpeándolo con más fuerza que cualquier traición de sus enemigos. Él, que había construido un imperio sobre cadáveres y voluntad, se sentía de repente como un niño perdido en la oscuridad. Su amor por ella no era un simple sentimiento; era el eje sobre el cual giraba su cordura.—No... no estás diciendo esto en serio, Aurora —susurró Luciano, dando un paso vacilante hacia ella. Sus manos, aún manchadas con la sangre de los traidores en el sótano, temblaban visiblemente—. Estás en shock. El parto, el gas, ese maldito de Dante... te han roto los nervios. Descansa, mi vida. Mañana verás las cosas de otra forma. Yo traeré a nuestro hijo, te lo juro por mi honor.Aurora sintió que su corazón se partía en mil pedazos al ver la vulnerabilidad en los ojos de su mar
Luciano no había dormido. No se había curado la herida del hombro, que seguía manchando su camisa blanca. En el sótano de la propiedad, bajo las luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico, tres guardias colgaban de las muñecas, encadenados a las vigas del techo.Gino estaba a un lado, apoyado en su bastón, observando a su jefe con una mezcla de tristeza. Jamás, en todos sus años de servicio, había visto a Luciano así. No era la furia de siempre, era una desconexión total de cualquier rastro de piedad.—Uno de ustedes abrió el panel de servicio —dijo Luciano, su voz era un susurro que cortaba el aire—. Uno de ustedes aceptó el dinero de un hombre quemado que debería estar muerto y le entregó a mi hijo.Luciano caminó hacia el primero de los guardias. Sin previo aviso, le propinó un golpe seco en las costillas con una barra de acero. El sonido del hueso rompiéndose fue lo único que rompió el silencio.—¡No fui yo, señor! ¡Lo juro por mi madre! —chilló el guardia, escup







