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Capítulo 2

Author: Camila Magnolia
Hace seis años, Wilson me pidió que fuera su novia en la parte trasera de ese mismo bar de jazz. En aquel entonces yo era Vivian Gray y no Vivian Vescari. El apellido Vescari evocaba riquezas heredadas, poder absoluto y hombres que sonreían con excesiva cortesía solo para ganarse el favor de mi padre, Alessio Vescari, uno de los capos más temidos de la Costa Este.

Me fui de casa porque quería saber qué se sentía ser elegida sin mi apellido de por medio. Cuando la gente sabía quién era yo, el amor siempre venía con un precio demasiado alto; los hombres solo veían en mí dinero, protección y una puerta de entrada a un mundo exclusivo al que jamás habrían podido acceder por sí solos.

Por eso, tomé el apellido de soltera de mi madre, alquilé un pequeño apartamento en Manhattan e intenté vivir como una mujer común y corriente. Ahí fue donde me encontré con Wilson. Era el gerente de un restaurante, un tipo encantador y con grandes planes; siempre vestía de traje y su sonrisa hacía que la vida se sintiera cálida. Después de sus turnos nocturnos, me traía un café y me hacía compañía mientras esperábamos nuestros taxis. Incluso recordaba pequeños detalles míos que ni yo misma recordaba haberle dicho.

Lo rechacé cinco veces. Sin embargo, la sexta fue diferente. Un desconocido borracho me siguió a la salida del bar; Wilson se interpuso entre nosotros y recibió un puñetazo que en realidad iba para mí. Ya en el hospital, mientras la enfermera le revisaba el labio roto, él me miró y me dijo:

—Viv, ¿por qué haces que sea tan difícil dejarte cuidar?

En ese momento, mi corazón se derritió por completo.

Esa noche, en el bar de jazz subterráneo, mientras bajábamos los escalones de piedra y la música ya resonaba entre las paredes, me tomó de las manos con una delicadeza infinita y me prometió: "Te lo aseguro, Viv, conmigo jamás volverás a estar sola".

Y le creí. Durante seis años me aferré a esa imagen suya. De hecho, planeaba decirle toda la verdad después de la propuesta; si me elegía de verdad, lo llevaría a casa para presentárselo a mis padres. Estaba segura de que se quedaría a mi lado, incluso después de descubrir el peso de mi familia.

A pesar de que mis padres habían sido pacientes conmigo, durante meses seguían insistiendo en que volviera a casa y aceptara el matrimonio arreglado con Luca Rossi, el heredero de una familia que había apoyado a la nuestra durante generaciones. Sin embargo, yo me había negado una y otra vez porque todavía quería creer que Wilson era el hombre indicado.

Esta noche, él me dio la respuesta definitiva.

Tras salir del local, me subí a un taxi. Nueva York se veía borrosa a través de la ventana por culpa de la lluvia y el reflejo de las luces de neón. En mi teléfono permanecía abierto un correo electrónico cifrado que llevaba cinco días en mi bandeja de entrada. Era de Mateo Rossi, el consejero de mi padre y la mano derecha de nuestra familia. Tenía un único asunto:

[Vuelve a casa]

[El puesto de heredera estará reservado para usted hasta la medianoche del 2 de abril. Si decide regresar, el avión familiar la estará esperando en el aeropuerto de Teterboro].

No había respondido antes porque ansiaba que Wilson cumpliera su promesa, esperando que seis años de amor se convirtieran en algo sólido. Pero esta vez sí le contesté:

[Vivian Vescari acepta regresar. Dile a mis padres que hablaré sobre el acuerdo con Rossi en cuanto llegue a casa].

Esbocé una pequeña sonrisa al enviar el mensaje. Al fin y al cabo, aceptar que no te aman no te mata; solo te espabila de golpe y te quita la venda de los ojos.

Al llegar al apartamento de Wilson, me lavé la cara para quitarme los restos de crema de pastel seca y me puse a hacer el equipaje. A pesar de haber vivido ahí durante tres años, mi vida entera cabía en apenas dos maletas: vestidos, libros, una caja de terciopelo con el escudo de la rosa plateada de los Vescari y un par de guantes de cuero negro que mi padre me había enviado el primer invierno que me negué a volver.

A las tres de la mañana, ya estaba empujando mis maletas hacia la entrada cuando la puerta se abrió. Wilson entró con Chloe apoyada en él; ella estaba completamente borracha y se reía de la nada. Él la recostó en el sofá y luego me extendió una bolsa de papel.

—Genial, aún estás despierta —dijo—. Prepárale algo para la resaca, hay miel y limón en la cocina.

Me quedé mirando la bolsa sin hacer el menor intento por tomarla.

Recordé que, hace años, cuando nos mudamos aquí, Wilson llegó a casa enfermo después de una fiesta. Me preocupé tanto que fui a la cocina a prepararle una sopa, pero la olla se resbaló y el caldo hirviendo me salpicó los brazos y el pecho. Wilson recuperó la sobriedad al instante; me llevó corriendo al lavabo para ponerme bajo el agua fría y lucía tan culpable que casi termino consolándolo yo a él. Más tarde, pegó un pequeño cartel en la entrada de la cocina que decía:

[Zona de peligro. Vivian tiene prohibido entrar aquí].

Después de eso, nunca más me dejó cocinar; ni siquiera me dejaba cortar fruta, él mismo la lavaba, la rebanaba y me la daba en las manos. Ahora entendía que había confundido todo eso con amor. Wilson sabía perfectamente qué cosas me hacían daño, pero elegía olvidarlo cada vez que Chloe quería algo.

Arranqué el cartel y lo tiré a la basura.

—No le debo nada a ella —sentencié—. Llama a alguna de sus amigas y que le preparen el café.

Acto seguido, arrastré mis maletas hacia la salida. Wilson me tomó de la muñeca y me empujó contra la pared.

—Basta, Viv. Una cosa es que lo digas, pero esto de hacer maletas ya es puro drama, ¿no crees?

Su tono de voz se suavizó, usando ese mismo matiz de siempre cada vez que quería convencerme de que me quedara.

—Sé que quieres casarte. Yo también quiero. El año que viene, te lo prometo.

Le sostuve la mirada.

—No me casaré contigo.

—Vivian...

—Te dije que terminamos.

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