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Firmó nuestra ruptura… mientras planeaba nuestra boda

Firmó nuestra ruptura… mientras planeaba nuestra boda

By:  BagelCompleted
Language: Spanish
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Tras tres días sin dar señales de vida, mi prometido —el Capo de la familia Moretti— se fue de viaje con su asistente, Bella. Esperaba que, como siempre, yo me muriera de celos. Pero cuando regresó a Valmont un mes después… se encontró con alguien completamente distinta. Me pidió que le cediera mi oficina. No discutí. Recogí mis cosas y se la entregué. Para hacer brillar a Bella, me dejó en evidencia frente a un socio clave durante la reunión anual de la familia. No me defendí. Acepté el castigo sin decir una palabra. Cuando decidió ponerla al frente del negocio más rentable… tampoco reaccioné. Le entregué todos los documentos y me aparté. Bella sonreía con aire triunfante. —¿Ves? Te lo dije. —A mujeres como ella hay que saber llevarlas. Con un viajecito basta para que se asuste y vuelva dócil. Lucas se lo creyó todo. Incluso la elogió por su “gran intuición”. Después, en un gesto que jamás había tenido conmigo, prometió organizar una boda tan ostentosa que haría historia en el bajo mundo de Valmont. Pero había olvidado algo. El acuerdo de ruptura que firmó… justo antes de subirse al coche aquel día. Yo ya había cortado todos los lazos. Me iba. Y él… ni siquiera lo sospechaba.

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Chapter 1

Capítulo 1

—Elara, ¿qué te pasó? Te estuve esperando una eternidad.

—Dicen que eres rápida y eficiente… —añadió Bella con una sonrisa dulce—. Ya que eres tan buena, hazme un favor y quítame esto de encima. Total, ya estás con lo mismo; para ti es pan comido.

Dejó caer un montón de carpetas desordenadas sobre mi escritorio. Ni siquiera levanté la vista; las recogí con calma.

—Está bien.

Pero Bella no había terminado.

—Ah, por cierto… Lucas y yo iremos más tarde a una partida privada con los Genovese. Cuando acabes, deja los archivos en la oficina del Capo. Ah, y no te olvides de limpiar las copas de vino en su estudio antes de irte.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta. El sonido seco de sus tacones resonó por el pasillo. Los guardias en la puerta me miraron con lástima, pero nadie dijo nada.

En el ambiente de Valmont, todos sabían que Lucas Moretti —el Capo de la familia— era mi prometido, y aun así favorecía a su asistente sin el menor disimulo. No solo rompía las reglas al dejarla entrar en reuniones confidenciales, también le había entregado el territorio más rentable de la familia, el mismo que yo había ganado atravesando una lluvia de balas.

Cuando lo enfrenté, Lucas organizó una votación con los veteranos, fingiendo imparcialidad. Creyó que nadie se atrevería a contradecirlo, pero todos votaron por mí. Bella solo tuvo un voto: el suyo.

Entonces Lucas sacó fotos de una reunión anterior donde yo brindaba con esos mismos hombres y las usó para acusarme de tratos a puerta cerrada. Invalidó todos los votos, y así el único válido fue el de Bella.

Esa noche me preparó una cena a la luz de las velas. Me dio un regalo carísimo como disculpa y me sostuvo con ternura, diciendo que solo estaba protegiendo a Bella, que la vieja guardia la marginaría y que necesitaba reafirmar su autoridad. Y yo, como una idiota, le creí.

Ahora todo eso me parecía ridículo. Bella ni siquiera sabía hacer una suma básica; cualquiera con dos dedos de frente vería que no era “protección”, sino favoritismo descarado. El único que se negaba a admitirlo era él.

Un ruido en el piso de arriba me hizo alzar la vista. Lucas apareció en lo alto de la escalera: alto, impecable, distante. Me lanzó una mirada fugaz y siguió de largo. Llevaba un traje a medida, y desde donde estaba aún podía percibir el ligero aroma de su colonia de cedro.

Lucas nunca usaba colonia. Pero esa… se la había regalado Bella. Sabía perfectamente lo que hacía. Durante cinco años, ese había sido su juego favorito.

Todo empezó cuando encontré los mensajes cifrados entre ellos: simples “buenas noches” que se sentían como una traición. No pude quedarme callada.

Cuando lo confronté, Lucas se rió.

—Si eres tan desconfiada… entonces la tendré a mi lado. Así puedes vigilar todo lo que quieras.

Y con esa excusa la convirtió en su asistente personal. Cuanto más me dolía, más lo exhibía: la llevaba a cenas importantes y, en nuestras propias reuniones, le cortaba la carne y le limpiaba los labios delante de mí.

Si yo “me portaba bien”, me llevaba a la cama. Después besaba las marcas en mi piel y susurraba que yo era la única. Por un tiempo, incluso llegué a creer que el problema era yo, que no estaba siendo lo suficientemente comprensiva, lo suficientemente “abierta”.

Hasta el tercer día de su castigo de silencio. Yo estaba ardiendo en fiebre, agotada de cargar con todo su trabajo. Él me ignoró y se llevó a Bella a una isla. Ese día algo dentro de mí se rompió.

Por fin lo entendí: mis celos nunca fueron el problema. Solo eran su excusa para coquetear sin límites y mantener esa relación ambigua con ella. Aunque nunca hubiera visto esos mensajes, habría encontrado otra forma.

Cuando volvieron de la isla, actuaban como jefe y subordinada, pero en su ropa yo podía oler su perfume. Ya no importaba.

Cinco años caminando sobre el filo de una navaja habían terminado. Estaba cansada.

Terminé de introducir el último número y cerré las cuentas. Saqué el teléfono: Bella había subido varias historias, fotos en un casino clandestino de altísimo nivel. Lucas dominaba la mesa de póker, con fichas por valor de un millón frente a él; Bella, con un vestido de escote profundo, estaba pegada a su brazo.

El texto decía: “Otra noche siendo la favorita del Capo. Todos dicen que soy lo más importante para él.”

En los comentarios, los socios los felicitaban como si fueran la pareja perfecta. Los que no sabían preguntaban cuándo sería la boda. Lucas respondió con unos puntos suspensivos; Bella añadió un emoji travieso. Ninguna corrección, como siempre.

Antes yo habría estado temblando de rabia. Lo habría llamado al instante para exigir explicaciones, y él me habría llamado loca. Pero hoy no.

Le envié un mensaje: “Las cuentas están listas.”

Dejé los archivos en su oficina, limpié las copas… y me fui.

Apenas subí al coche, el teléfono sonó.

—Elara, ¿terminaste los libros? Perdón, otro día cenamos.

La voz dulce de Bella se coló por la línea. Antes de que pudiera responder, Lucas la interrumpió:

—No pierdas el tiempo con ella. Entregó el negocio principal sin protestar. Ahora que se encargue de asistirte y contar recibos.

—Capo… no seas así —ronroneó Bella—. Al final, Elara es tu prometida… sé un poco más amable.

Coqueteaban con una naturalidad insultante, como si la pareja fueran ellos.

Sonreí, sin humor. Ese teléfono era la línea vital de toda la organización. Antes, Lucas me acusaba de cruzar límites solo por mirarlo; ahora se lo daba a Bella como si fuera un juguete.

La respuesta siempre había estado clara. Solo que yo no quería verla.

Y aun así, mi corazón estaba en calma. Extrañamente en calma. Lo que antes me destrozaba ahora no significaba nada.

Después de un rato, Lucas pareció recordar que seguía en la línea.

—Volveré pronto. No me esperes despierta.

Colgó. “Pronto” siempre significaba cuatro o cinco horas. Antes lo esperaba, ansiosa. Esa noche, no.

Arranqué el coche y volví a mi apartamento. Al entrar, miré el calendario. Justo antes de irse a la isla con Bella, mientras yo estaba enferma, aproveché: deslicé el acuerdo de ruptura entre unos documentos médicos. Ni lo miró; firmó sin pensar.

En tres días entraría en vigor. En tres días, sería libre.

Me quedé un momento en silencio y luego hice una llamada: a mi antiguo profesor en el instituto de investigación de Serrania.

Por Lucas, había abandonado mi talento para la economía, dejando mi investigación para encargarme de sus cuentas. Mi profesor intentó detenerme; yo no quise escuchar.

Ahora solo podía pensar que fui estúpidamente ingenua. Los hombres cambian. El capital no.

Cuando contestó, le expliqué que quería volver. Esperaba un sermón, pero solo suspiró. Ya sabía todo… y había guardado un puesto para mí.

—Pero esta vez… ¿de verdad estás lista para cortar con todo?

Bajé la mirada.

—Sí, profesor. El acuerdo de ruptura ya está en marcha.

—¿Qué acuerdo…?

Una voz fría sonó detrás de mí. Todo mi cuerpo se tensó. Me giré lentamente.

Lucas.

Que debería estar en el casino… estaba en la puerta de la casa de seguridad. Un lugar al que jamás debería haber podido entrar.
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