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CAPÍTULO 4: EL RASTRO DEL DEPREDADOR

Autor: T.gaitán
last update Fecha de publicación: 2026-04-19 07:24:51

ELENA

El eco de mi segunda bofetada todavía vibraba en el aire cargado del despacho.

Mis manos temblaban, no de arrepentimiento, sino de una descarga de adrenalina que me hacía sentir viva y condenada al mismo tiempo.

Alaric no se movió de inmediato.

Se quedó allí, con la mandíbula tensa y los ojos fijos en los míos, como si estuviera recalculando cuánto de mi fuego estaba dispuesto a tolerar antes de sofocarlo.

—Esa es la última vez que me tocas sin que yo te lo ordene, Elena —su voz no era un grito, era algo peor: un decreto absoluto.

Antes de que pudiera procesar el peligro, él se movió. Con una agilidad que desmentía su porte de hombre de negocios, me rodeó la cintura con un brazo de hierro y me alzó como si no pesara nada. Solté un grito de sorpresa cuando mi estómago impactó contra su hombro sólido. El mundo se puso del revés; solo veía su espalda impecable y el suelo de mármol alejándose.

—¡Suéltame! ¡Bájame ahora mismo! —Grité, golpeando su espalda con mis puños, pero era como golpear una pared de granito.

Él no respondió.

Caminó por el pasillo con zancadas largas y seguras.

Me llevó de vuelta a la habitación, ese santuario de seda y sombras que empezaba a sentir como mi tumba.

Me dejó caer sobre la cama con una brusquedad controlada.

Antes de que pudiera incorporarme, él ya estaba sobre mí, inmovilizándome las piernas con su propio peso.

De su bolsillo sacó un objeto pequeño, de un negro mate, minimalista y frío.

Parecía una joya tecnológica, pero yo sabía exactamente lo que era.

Un grillete moderno.

—Dijiste que querías ser psiquiatra para entender a los monstruos —dijo él, mientras me sujetaba el tobillo con una fuerza que me hizo jadear—. Ahora vas a estudiar al tuyo desde muy cerca.

Con un clic metálico que sonó definitivo, cerró el dispositivo alrededor de mi tobillo derecho. Era un GPS de última generación, ajustado a mi piel con una precisión que no permitía ni un milímetro de espacio. El contraste del negro sobre mi piel pálida era una marca de propiedad visual.

—Si intentas cortarlo, enviará una señal a mi equipo de seguridad. Si cruzas el umbral de este ático sin mi permiso, las puertas se bloquearán automáticamente —me explicó, acariciando la zona por encima del dispositivo—. Estás conectada a mi sistema, Elena. Eres un activo monitorizado las veinticuatro horas.

—Soy un ser humano, Alaric. No una de tus cuentas bancarias —escupí, sintiendo las lágrimas de frustración agolparse en mis ojos.

—Eres ambas cosas —respondió él, despojándose de su chaqueta y tirándola a una silla—. Ahora, vas a dormir. Mañana tienes tu primera "clase". No creas que por estar aquí vas a descuidar tus estudios. Yo he pagado tu carrera, y yo voy a supervisar cómo absorbes ese conocimiento.

Se acostó a mi lado, envolviéndome con su brazo y obligándome a pegar mi espalda a su pecho. El calor de su cuerpo era una contradicción con la frialdad de su alma.

Me quedé rígida, escuchando los latidos de su corazón, esperando que el sueño me rescatara de esa realidad asfixiante.

ALARIC

La veo dormir, aunque sé que su sueño es frágil, lleno de los fantasmas que yo mismo he invocado hoy.

Su tobillo, marcado con mi rastreador, es la prueba de que el juego ha cambiado.

Ya no es una persecución; es una domesticación.

A la mañana siguiente, la obligué a sentarse en mi despacho. El ambiente era tenso, cargado con el resentimiento que ella emanaba.

Sobre el escritorio, puse sus libros de psiquiatría, esos que recuperé de su edificio antes de mandarlo demoler.

—Lee —le ordené, sentándome en mi sillón de cuero mientras revisaba unos informes de riesgo—. Capítulo sobre trastornos de la personalidad antisocial. En voz alta.

Elena me miró con puro veneno, pero abrió el libro. Su voz, aunque temblorosa al principio, empezó a llenar la sala con términos médicos, diagnósticos y criterios clínicos.

Era irónico.

Me estaba leyendo mi propia anatomía mental mientras yo, bajo el escritorio, deslizaba mi mano por su pierna, subiendo lentamente desde el GPS hasta su rodilla.

—"El individuo muestra un patrón general de desprecio y violación de los derechos de los demás..." —leyó ella, deteniéndose cuando mis dedos apretaron su muslo.

—Continúa, Elena. No te distraigas —susurré, disfrutando de cómo su respiración se volvía errática. Quería que supiera que no importa cuán inteligente sea, su cuerpo siempre respondería a mi control.

La sesión fue interrumpida por Miller. Su rostro mostraba una preocupación que rara vez se permitía.

—Señor Vossen, el señor Ivanov está en la recepción privada.

Dice que no se irá hasta que hablemos sobre el sector portuario.

Me tensé. Ivanov era un animal, un hombre que no entendía de sutilezas ni de límites.

No quería que viera a Elena, pero dejarla sola en la habitación ahora que conocía el despacho era un riesgo que no podía correr.

—Tráelo aquí —dije, mirando a Elena—. Tú, quédate en ese rincón. No hables. No mires. Eres parte del mobiliario hoy.

Ivanov entró como un huracán de colonia barata y testosterona.

Sus ojos recorrieron la oficina hasta que se posaron en Elena.

Una sonrisa lasciva se dibujó en su rostro marcado por cicatrices.

—Vossen, no sabía que habías contratado decoración nueva. ¿Es una de tus analistas o un regalo de algún cliente agradecido? —Ivanov se acercó a ella, ignorándome por completo—. Tiene unos ojos preciosos. Parecen los de una muñeca que quiere romperse.

Vi cómo Elena se encogía, el trauma de su pasado aflorando en sus pupilas. Ivanov extendió una mano para tocarle la barbilla.

No llegué a ver si la tocó.

En un movimiento que ni yo mismo controlé, salté de mi silla. Atrapé la mano de Ivanov en el aire y la retorcí hasta que escuché el crujido de los huesos. El grito del hombre llenó la oficina.

—Si vuelves a mirarla, te arrancaré los ojos. Si vuelves a pensar en tocarla, te enterraré bajo los cimientos de uno de mis bancos —siseé, empujándolo hacia la puerta donde Miller ya lo esperaba para sacarlo a rastras.

Me giré hacia Elena.

Ella estaba pálida, mirando la escena con horror. Me acerqué a ella, todavía con la respiración agitada por la furia protectora.

—¿Ves lo que pasa, Elena? El mundo está lleno de hombres como Ivanov. Hombres que te usarían y te tirarían a la basura. Yo soy el único que te mantiene a salvo —la tomé de la nuca, forzándola a mirarme—. Pero mi protección tiene un precio. Y cada vez que me golpeas, ese precio sube.

Ella me miró, y por un segundo, vi la lucha en su mente. Pero la rebeldía de Elena Mendoza no es algo que se apague con miedo.

En un acto de pura locura, volvió a levantar la mano.

El sonido de la tercera bofetada fue el más fuerte de todos.

—Entonces... —susurró ella, con las lágrimas rodando por sus mejillas— cobra tus malditos intereses, Alaric.

Porque no voy a dejar de recordarte que te odio.

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Comentarios (4)
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Cons Espher
Y en pocas palabras a Alaric le faltan un par de tornillos ...
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Cons Espher
Bien hecho, Helena. Educalo
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FerWang
​"¡Me tienes atrapado/a! ......
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