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CAPÍTULO 5: LA PRIVACIÓN DEL YO

Author: T.gaitán
last update publish date: 2026-04-20 04:59:58

ELENA

El eco de la tercera bofetada todavía flotaba en el aire, denso como el humo después de una explosión.

Mi mano ardía, una sensación punzante que me recordaba que todavía tenía control sobre mis músculos, aunque hubiera perdido el control sobre todo lo demás.

Alaric no se movió.

No gritó. Se quedó allí, con la cabeza ligeramente ladeada, mientras la marca roja de mis dedos empezaba a florecer en su piel perfecta.

Lo que vi en sus ojos no fue ira.

Fue una devoción psicótica.

Una chispa de placer retorcido que me hizo comprender, demasiado tarde, que para un hombre como él, mi odio era tan estimulante como el amor para una persona normal.

—Tres —susurró él, y su voz era un escalofrío que me recorrió la columna—. Tres veces has intentado recordarme que no te poseo, Elena. Y tres veces me has demostrado que eres lo único en este mundo que vale la pena romper.

Antes de que pudiera retroceder, sus manos me atraparon.

No fue un agarre brusco, sino uno inevitable.

Me levantó del suelo y me arrastró hacia el fondo del pasillo, hacia una zona del ático que no había visto.

Abrió una puerta pesada, insonorizada, y me empujó dentro.

La oscuridad era absoluta. No era la ausencia de luz; era una presencia física que me devoraba los ojos.

—Este es tu nuevo mundo —dijo su voz desde algún punto del vacío—. Aquí no hay panaderías, no hay libros de medicina, no hay pasado.

Solo hay oscuridad y lo que yo decida darte.

La puerta se cerró con un sonido neumático. El silencio era tan profundo que podía oír el roce de mis pestañas al parpadear.

El pánico, ese viejo enemigo, se sentó sobre mi pecho.

Grité hasta que mi garganta se sintió como si hubiera tragado cristales rotos, golpeé las paredes acolchadas hasta que mis nudillos sangraron.

Nada.

El tiempo dejó de existir.

No sé si pasaron horas o días.

La privación sensorial es un arma que la psiquiatría describe como la forma más rápida de desintegrar la personalidad.

Empecé a alucinar con el olor a harina, con el sonido de la lluvia, hasta que lo único que deseaba, con una desesperación que me daba asco, era un rastro de humanidad. Aunque esa humanidad fuera él.

Entonces, la luz se encendió.

Una luz blanca, cegadora, que me obligó a cubrirme los ojos.

Alaric estaba allí. Estaba sentado en una silla de terciopelo negro, impecable, observándome con una calma deidad. Yo estaba en el suelo, deshecha, con el cabello enredado y los ojos inyectados en sangre.

—¿Me odias todavía, Elena? —preguntó, su voz era el único anclaje que tenía mi mente.

—Te... te odio —susurré, pero mi voz carecía de la fuerza de antes.

Él se levantó y caminó hacia mí. Se arrodilló y me tomó de la barbilla, obligándome a mirar su rostro. Sus ojos grises estaban cargados de una intensidad eléctrica, una mezcla de hambre y crueldad que me hizo temblar.

—Mientes. Tu mente me odia, pero tu cuerpo... tu cuerpo se está muriendo por un toque que no sea la oscuridad.

Deslizó su mano por mi cuello, sus dedos largos y fríos acariciando la piel que había estado privada de todo contacto.

El roce fue tan intenso que solté un gemido involuntario.

Fue una traición de mis propios nervios. Mi cerebro me decía que huyera, pero mi piel, hambrienta de estímulos, se arqueó hacia su mano.

—Eso es —ronroneó él, acercándose a mi oído—. El castigo no es el dolor, Elena.

El castigo es hacerte desear al hombre que te ha quitado todo.

Su otra mano subió por mi pierna, rozando el GPS negro en mi tobillo, subiendo con una lentitud tortuosa por el interior de mi muslo. El tono sexual de su voz, la forma en que su aliento caliente chocaba contra mi cuello frío, creaba una disonancia cognitiva que me estaba volviendo loca.

—Cada bofetada ha sido una invitación —continuó él, sus labios ahora rozando los míos—. Y yo voy a aceptar cada una de ellas.

Me besó.

No fue el beso de la última vez; este era lento, dominante, diseñado para reclamar cada rincón de mi boca mientras sus manos exploraban mis límites. Era un asalto a mis sentidos.

Me sentía pequeña, atrapada bajo su peso y su voluntad, pero en medio de la oscuridad y la luz blanca, él era lo único que se sentía real.

Me empujó contra el suelo acolchado, sus manos ahora deshaciendo los botones de mi camisa con una urgencia controlada.

Sus ojos no se apartaban de los míos, buscando ese momento exacto en que mi resistencia se quebrara y diera paso a la sumisión por pura necesidad sensorial.

—Dilo —ordenó él, su voz vibrando contra mi piel—. Di que soy lo único que tienes.

—Eres... —las palabras me quemaban la lengua, pero la soledad de la habitación oscura todavía pesaba en mi mente—. Eres lo único que hay.

—No es suficiente —siseó, atrapando mis muñecas por encima de mi cabeza—. Di que me perteneces, Elena Mendoza. Di que eres propiedad de Vossen.

La lucha interna era una agonía.

Mi orgullo gritaba, pero el vacío que él había creado en mí con el encierro era un agujero negro que solo él podía llenar.

Me miró con una posesividad tan absoluta que comprendí que no se detendría hasta que no quedara ni un átomo de mi voluntad que no estuviera bajo su control.

ALARIC

La tengo exactamente donde quería. Rota, confundida, con la mirada perdida entre el odio y la necesidad más primitiva.

Verla así, bajo la luz cruda de esta habitación, es la obra de arte más perfecta de mi banco.

No hay activo, ni moneda, ni imperio que se compare con el sabor de su rendición.

Cada vez que su cuerpo se estremece bajo mi toque, siento una oleada de poder que me emborracha.

La bofetada que me dio todavía me arde en el rostro como una medalla.

La bofetada fue su declaración de independencia; este momento es mi declaración de conquista.

No voy a cansarme de ella.

No es un capricho.

Es una necesidad biológica.

Elena es el análisis psiquiátrico que nunca terminaré, el enigma que voy a desentrañar piel a piel.

Ella cree que este es el castigo, pero el verdadero castigo es que, a partir de ahora, incluso cuando yo no esté en la habitación, ella sentirá mis manos sobre su cuerpo.

He creado un fantasma en su mente, y ese fantasma tiene mi cara.

—Eres mía —le susurré, sellando mi promesa sobre su piel—. Y voy a cobrarme cada una de tus deudas, Elena. No en dinero, sino en cada suspiro que des de ahora en adelante.

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Comments (6)
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Cons Espher
Excelente historia, autora. Felicitaciones
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Cons Espher
Pobre Helena pero creo que le gustará aun en contra de su voluntad
goodnovel comment avatar
Malak
No dejo de leer
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