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EL DÍA DE LA BODA

last update Fecha de publicación: 2025-12-05 10:06:41

~HARPER SULLIVAN~

El amanecer llegó demasiado pronto, con un cielo despejado que parecía burlarse de la tormenta que se desataba en mi interior. Apenas había dormido. Todo lo que había pasado el día anterior: el entierro de mi padre, el señor Blackwood yendo a cobrar la deuda, mi respuesta, dejar a mi madre y mi vida, y el viaje, pesaban como si sobre mis hombros estuviera cargando al mundo entero.

Y para terminar de rematar, el encuentro con aquel hombre en los establos y él enfrentamiento con él, me había dejado intranquila. Había sido brusco, arrogante, y a pesar de mí misma, imposible de ignorar.

Más tarde, mientras una criada de la casa me ayudaba a vestirme con un sencillo vestido blanco —un traje más propio de una ceremonia apresurada que de un matrimonio soñado—, no podía dejar de pensar en lo que estaba a punto de hacer. Cada nudo, cada pliegue, era un recordatorio de que mi destino ya no me pertenecía.

«Será solo un sacrificio», me repetí en silencio, intentando calmar el temblor de mis manos. «Un sacrificio para que mamá esté segura, para que no pasemos hambre, para que al menos tengamos algo de dignidad».

Pero por mucho que intentara convencerme, el nudo en mi garganta no cedía y con cada segundo que pasaba, las ganas de salir corriendo aumentaban.

[...]

La pequeña iglesia de la hacienda se alzaba entre árboles de eucalipto, austera y silenciosa. El interior estaba adornado apenas con unas cuantas flores silvestres, como si aquel evento no mereciera demasiados lujos. Había pocos invitados: por lo que sabía, algunos trabajadores de confianza, dos o tres rostros desconocidos del círculo de Edmund. Nadie de mi mundo, nadie de mi familia, ni siquiera mi madre.

Cuando crucé las puertas de madera, Edmund apareció de repente y me sujetó del brazo.

Me pareció extraño que hiciera eso y que no estuviera esperándome en el altar como era la costumbre, pero supuse que él se estaba asegurando que no saliera corriendo y escapase, lo cual, obviamente, sí se me había ocurrido.

El silencio se hizo más pesado aún, el estómago se me hizo un nudo y el corazón me dio un vuelco. Cada paso hacia el altar resonaba como un golpe de martillo en mi pecho.

Solo levanté la mirada cuando estuvimos cerca del altar. Y entonces, el aire se me escapó de los pulmones y me quedé petrificada, en estado de shock.

Otro hombre me esperaba en el altar.

Sin entender qué estaba pasando, me quedé pegada al suelo y ahogué un gemido de asombro.

El hombre se giró para ver atrás y solo entonces me di cuenta de quién se trataba.

Era él.

El hombre de la noche anterior. El arrogante, el rudo, el imbécil que me había tratado de prostituta, el que me había insultando de todas las formas posibles y me había dicho que el rancho Blackwood sería un infierno y amenazó con serpientes.

El desconocido que me había clavado su mirada filosa y me había hecho sentir rabia y algo más que no quería admitir.

El hijo de Edmund Blackwood.

Nuestros ojos se encontraron apenas un segundo, y en ellos leí algo claro: desdén. Odio. Rabia. Como si él tampoco hubiera sabido nada hasta ese instante, y odiara estar allí tanto como yo lo odiaba.

—No… —murmuré, frenando en seco—. No puede ser… ¿Qué significa esto?

—¿Qué diablos te pasa? —inquirió Edmund entre dientes y tiró de mi brazo para forzarme a seguir, pero jalé mi brazo y me solté.

—¿Por qué no me dijo que era con su hijo que iba a casarme? Creí... Creí... Creí que era con...

Edmund frunció el ceño y luego rio, incrédulo.

—¿Creías que ibas a casarte conmigo, muchacha tonta?

—Usted... —tragué grueso, todavía sin poder creer lo que estaba pasando—. Usted no especificó con quién tenía que casarme y yo asumí...

No, no, no, no.

No sabía qué era peor: si Edmund que era un viejo, o ese cretino al que ya odiaba con todo mi ser.

—¡Da igual con quién sea! —espetó Edmund, cortante y amenazante—. ¡Vas a casarte y punto, o atente a las consecuencias al incumplir nuestro trato!

Respiré ruidosamente, demostrando mi irritación.

No quería casarme con ese idiota, por supuesto que no. Pero Edmund tenía razón en algo: daba igual quién fuera el hombre con el que me iba a casar.

Solo era un convenio para saldar la deuda de mi padre.

—Acabemos con esto de una vez —dije, con decisión y rabia.

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Comentarios (1)
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Adina Zepeda
viejo sinverguenza que no le dijiste nada
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Último capítulo

  • QUERIDA ESPOSA DISCAPACITADA, ¡CUÁNTO TE ODIO!   FINAL

    Muchos años después...~HARPER~El sonido de las risas infantiles llenaba todo el frente de la casa.Sonreí apenas mientras salía hacia el corredor con ayuda de mi bastón. Mi prótesis me molestaba un poco aquella tarde, seguramente porque había pasado demasiadas horas de pie ayudando a Shelia y Nicole a organizar la cena familiar, pero ya a mi edad había aprendido a convivir con esos pequeños dolores.Además, valía completamente la pena.Porque la vista frente a mí era una de esas cosas que hacían sentir que toda una vida había tenido sentido.Cole estaba sentado en una de las viejas sillas de madera del corredor observando el atardecer y a nuestros nietos correr frente a la casa principal como si el mundo entero les perteneciera.Y quizá sí les pertenecía.Porque crecieron libres. Lejos del odio y los rencores que tanto daño nos hicieron a nosotros.Me acerqué lentamente hasta la silla vacía junto a él y me senté con cuidado.Cole volteó inmediatamente hacia mí y sonrió de esa manera

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  • QUERIDA ESPOSA DISCAPACITADA, ¡CUÁNTO TE ODIO!   EXTRA 55: NUEVA GENERACIÓN

    ~NICOLE~ Los siguientes días fueron incómodos. Terriblemente incómodos. Y no porque Oliver y yo discutiéramos o nos lanzáramos insultos otra vez, sino porque él directamente empezó a evitarme. Al principio pensé que estaba exagerando. Que quizá simplemente habíamos coincidido menos durante el trabajo del rancho o que ambos estábamos demasiado incómodos después de lo que pasó en la colina. Pero no. Oliver realmente me estaba evitando. Si yo llegaba a un lugar, él encontraba alguna excusa para irse. Si estábamos todos reunidos, apenas me dirigía el saludo y cuando accidentalmente nuestras miradas se encontraban, él apartaba la vista casi de inmediato. Como si besarme hubiera sido tan terrible que ahora ni siquiera soportaba estar cerca de mí. Y honestamente, eso dolía muchísimo más que cualquier insulto suyo. Lo peor era que intentaba actuar normal. De verdad lo intentaba. Seguía ayudando a Shelia con las prácticas, hablaba con Hazel, bromeaba con Leo y hasta com

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