INICIAR SESIÓNPOV SCARLETT
El interior del coche blindado olía a cuero caro, tabaco de alta gama y a la presencia asfixiante de Klaus Vetrovski. El motor rugió, una bestia de metal alejándome de la única vida que conocía, mientras la nieve golpeaba las ventanas como dedos desesperados intentando alcanzarme.
Klaus estaba sentado frente a mí, con la pierna cruzada con una elegancia que me ponía enferma. Su brazo herido seguía sangrando, manchando la tapicería de color crema, pero él ni siquiera parpadeaba. Solo me observaba. Me desnudaba con la mirada de una forma que no era sexual, sino depredadora; como si estuviera decidiendo por dónde empezar a devorarme. —¿Vas a quedarte ahí sentada como una estatua de hielo o vas a usar ese maletín, malyshka? —Su voz era un ronroneo bajo que me vibró en el estómago. —Vete al infierno, psicópata de m****a —escupí. Las palabras salieron de mi boca antes de que mi cerebro pudiera procesar el peligro. Klaus arqueó una ceja perfectamente depilada. Una chispa de sorpresa, seguida de una diversión retorcida, cruzó sus ojos azules. —Tienes una lengua muy afilada para alguien que está a un centímetro de acabar en una zanja. —Y tú tienes una cabeza muy dura para alguien que está perdiendo medio litro de sangre por minuto —le espeté, abriendo el maletín con manos temblorosas pero precisas—. Si quieres que te cure, cállate y deja de mirarme como si fuera tu cena. No soy una de tus muñecas rusas, soy médico. O casi lo soy. Y mi ética me dice que no debería dejar que te desangres, aunque mi instinto me grite que debería clavarte este bisturí en la yugular. Me acerqué a él, invadiendo su espacio personal. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Tomé su antebrazo con más brusquedad de la necesaria. La herida era limpia, un roce de bala que había desgarrado la carne. —Eres una pequeña salvaje —murmuró él, y por primera vez, noté un matiz de admiración en su tono—. Me gusta. Las mujeres en Moscú suelen arrodillarse antes de que yo se lo pida. Tú... tú me insultas mientras intentas salvarme. —No te estoy salvando por gusto, animal. Lo hago porque bajo el Artículo 3 del Código de Ética Médica, debo atender a cualquier herido —dije, limpiando la sangre con una gasa empapada en antiséptico. Lo presioné con fuerza, esperando que le doliera—. Además, si te mueres ahora, tus gorilas probablemente me matarán a mí. Es pura lógica de supervivencia, algo que dudo que entiendas con ese cerebro lleno de testosterona y pólvora. Klaus soltó una carcajada ronca, un sonido que me aceleró el pulso de una manera que odié profundamente. No se apartó. Al contrario, se inclinó más hacia mí, obligándome a respirar su aire. —La lógica no sirve de nada en mi mundo, Scarlett. Aquí solo importa la voluntad. Y mi voluntad es que te quedes conmigo. —¡No puedes secuestrar a una persona y esperar que se quede sentada tomando té! —le grité, terminando de vendarle el brazo con un nudo apretado—. Esto es un secuestro internacional. Soy ciudadana británica. En cuanto no me reporte a la embajada mañana por la mañana, habrá un equipo de búsqueda rastreando cada rincón de esta ciudad de m****a. —Que busquen —dijo él con una frialdad absoluta, volviendo a abotonar su camisa—. Para cuando lleguen a la puerta de mi fortaleza, no quedará ni rastro de Gwendolyn Dawson. Solo quedará lo que yo decida que seas. El coche se detuvo frente a unas puertas de hierro macizo custodiadas por hombres armados con rifles de asalto. La propiedad de los Vetrovski no era una casa; era un búnker de lujo. Una mansión de tres pisos hecha de mármol negro y cristal blindado, rodeada de cámaras y guardias que se inclinaban al paso del vehículo. Me bajó del coche casi a rastras. Mis botas se hundían en la nieve fresca mientras intentaba zafarme de su agarre. —¡Suéltame, bruto! ¡Puedo caminar sola! —Entonces camina —me soltó de golpe, haciéndome tambalear—. Entra en tu nueva casa, Scarlett. Al cruzar el umbral, el lujo me golpeó como una bofetada. Suelo de obsidiana, arte robado en las paredes y un silencio que pesaba. En el centro del gran salón, sobre una mesa de cristal, había una tableta encendida con mi perfil universitario, fotos de mi infancia en Londres y, lo más aterrador, una foto de mi madre saliendo de un supermercado esta misma mañana. Se me heló la sangre. —¿Qué es esto? —susurré, sintiendo que el aire se volvía denso. —Investigación de mercado —respondió Klaus, caminando hacia un mueble bar para servirse un vodka—. Sé que tu padre le debe tres millones de libras a un fondo de inversión que, casualmente, yo controlo. Sé que tu beca en Moscú fue aprobada gracias a una carta de recomendación de una empresa fantasma de la Bratva. Me giré hacia él, con los ojos ardiendo de rabia y lágrimas contenidas. —¿Me estuviste siguiendo? ¿Todo este tiempo? —No te seguía, Scarlett. Te estaba esperando. —Se acercó a mí con un sobre de papel grueso en la mano—. El incidente en el jardín solo adelantó los planes. Estabas destinada a ser mía tarde o temprano. Me lanzó el sobre sobre la mesa. Lo abrí con dedos torpes. Era un documento legal, redactado con una precisión quirúrgica. —Es un contrato de exclusividad —explicó, rodeándome como un tiburón—. Tus estudios serán financiados por la Fundación Vetrovski. Tendrás acceso a los mejores hospitales y tutores del país. Vivirás bajo este techo, con todas las comodidades de una reina. —¿Y qué quieres a cambio, Zar de pacotilla? —le espeté, arrojando el papel al suelo. Klaus se detuvo justo frente a mí. Su mano subió a mi nuca, enterrando sus dedos en mi cabello y tirando suavemente hacia atrás, obligándome a exponer la garganta. —A cambio, serás mi mujer ante el mundo. Irás a mi lado en cada cena, en cada gala, en cada reunión. Dormirás en mi ala de la mansión. Y cuando yo diga "muévete", tú preguntarás "¿hacia dónde?". Serás el ángel que limpie mi imagen de demonio. —Prefiero morir —le sije, sosteniéndole la mirada—. No puedes comprarme. No soy una de tus empresas. —Oh, no te estoy comprando, Scarlett —susurró él, bajando la cabeza hasta que sus labios rozaron mi oreja, enviando una descarga eléctrica por toda mi columna—. Te estoy salvando. Si firmas, la deuda de tu padre desaparece. Si firmas, tu madre sigue caminando segura por las calles de Londres. Si no... bueno, el invierno ruso es muy largo y los accidentes ocurren a diario. Me soltó y me señaló un bolígrafo de oro sobre la mesa. —Firma el contrato, pajarito. Sé una buena doctora y salva la vida de tu familia. Miré el papel y luego a él. El hombre más buscado de Rusia, un asesino con cara de ángel caído, me estaba ofreciendo una jaula de oro a cambio de la seguridad de los que amaba. Me sentí pequeña, acorralada, pero mi espíritu no se dobló. Tomé el bolígrafo. Mi mano temblaba, pero mi mirada era puro fuego. —Voy a firmar esto para salvar a mi familia, Klaus —dije con voz firme—. Pero quiero que sepas una cosa: puedes tener mi firma, puedes tener mi presencia en tus fiestas y puedes tener mi cuerpo en esta casa. Pero mi alma... mi alma te va a escupir cada vez que intentes tocarla. Te voy a hacer la vida tan miserable que desearás haberme dejado morir en esa nieve. Klaus no se enfadó. Al contrario, una sonrisa lenta y oscura se extendió por su rostro. Se acercó y, antes de que pudiera reaccionar, me tomó la barbilla y me dio un beso corto, violento y posesivo que me dejó sin aliento. —Eso espero, Scarlett —susurró contra mis labios—. No hay nada que me guste más que una guerra que sé que voy a ganar. Firmé el papel con un trazo agresivo, sintiendo que cada letra era un clavo en mi ataúd. Klaus tomó el contrato, lo dobló y lo guardó en su pecho. —Bienvenida a la Bratva, Moya koroleva (Mi reina). Prepárate. Esta noche tenemos nuestra primera cena oficial. Y vas a necesitar un vestido que oculte ese fuego que tienes en los ojos... o que lo haga arder más fuerte. Se dio la vuelta y se fue, dejándome sola en la inmensidad de aquel salón frío, dándome cuenta de que acababa de venderle mi vida al diablo, y lo peor de todo... es que una parte de mí, una parte oscura y traidora, había vibrado con su contacto.POV SCARLETTCinco años después.El invierno en el Altai siempre había sido mi estación favorita, a pesar de que fue aquí donde casi perdemos la vida. Ahora, la antigua Fortaleza de los Susurros ya no era un búnker de guerra, sino una maravilla de la arquitectura moderna y la naturaleza, integrada en la montaña con ventanales de cristal reforzado que daban a un valle que nosotros mismos habíamos reforestado. Aquí, donde el aire es tan puro que parece cristal, el mundo exterior es solo un rumor lejano.Me encontraba en la biblioteca, rodeada de miles de volúmenes de ciencia, historia y literatura. El silencio era absoluto, una paz que hace cinco años habría parecido un sueño febril.Sentí una presencia antes de escucharla. Un calor familiar, una vibración en el aire que solo una persona podía provocar. No necesité girarme para saber que Klaus estaba en la puerta. Su firma energética, suavizada por los años de paz pero tan poderosa como siempre, era la melodía de mi existencia.—Aleksei
POV SCARLETTEl lugar elegido para el fin de la guerra diplomática no fue Ginebra ni Washington. Fue el Vanguard, un superyate blindado fondeado en aguas internacionales, un territorio de cristal y acero donde ninguna bandera ondeaba más alto que la nuestra. El aire estaba saturado con el zumbido de los inhibidores de frecuencia y el aroma del café más caro del mundo, una cortesía irónica para los hombres que habían intentado borrarnos del mapa.Klaus caminaba a mi lado, su presencia llenando el pasillo con una gravedad que hacía que los agentes del Servicio Secreto se pegaran a las paredes. Llevaba un traje gris carbón a medida, sin armas a la vista, pero sus ojos—ese azul eléctrico cargado de oro—eran una amenaza constante. Yo caminaba con la cabeza alta, llevando en mi maletín de seguridad el "Tratado de la Nueva Era", el documento que dictaría cómo se repartiría el futuro biológico de la humanidad.—Recuerda, Scarlett —me susurró Klaus antes de entrar en el salón principal—. No ha
POV SCARLETTEl amanecer en la isla privada se tiñó de un carmesí profundo, como si el cielo mismo supiera que hoy la sangre y el destino se sellarían en un pacto eterno. El aire vibraba con el zumbido de los drones de vigilancia y el rugido lejano de las fragatas de la Guardia de Ébano que patrullaban el perímetro del archipiélago. Dentro de los muros de la villa, el silencio era absoluto, una calma tensa que precedía a la llegada de los reyes de las sombras.Me miré al espejo una última vez. Llevaba un vestido de seda blanca que caía como agua hasta mis pies, con detalles en oro que imitaban las dobles hélices del ADN, un tributo silencioso a la ciencia que nos había dado la vida. Sobre mis hombros, una capa de encaje negro representaba mi papel como la Zarina que había caminado a través del fuego.Klaus entró en la habitación. Si en el Altai parecía un guerrero y en Singapur un depredador, hoy parecía un emperador. Su traje de gala militar, de un negro tan profundo que absorbía la
POV SCARLETTEl mundo exterior estaba en llamas. Las noticias hablaban del colapso de gobiernos y del juicio global contra los remanentes de la Orden del Cisne, pero dentro de nuestra isla privada en el archipiélago de las Seychelles, el tiempo se había detenido. El aire olía a mar, a orquídeas salvajes y al aroma metálico de los equipos médicos de última generación que Klaus había hecho instalar en nuestra villa-fortaleza.Estábamos en el punto de no retorno.—Respira, Scarlett. Solo respira —la voz de Klaus era un trueno bajo, cargado de una angustia que ninguna batalla le había provocado jamás.Estaba sentada en la cama de partos, mis manos aferradas a las suyas con tal fuerza que cualquier hombre normal habría sentido sus huesos romperse. Pero Klaus no era un hombre normal. Estaba allí, sólido como una roca de granito, con el brillo dorado de sus ojos parpadeando al ritmo de mis contracciones. El Eclipse, usualmente una fiera destructiva, se había transformado en un aura de protec
POV SCARLETTEl hangar privado de los Dragones de Agua estaba sumido en una penumbra cargada de humedad y el olor a queroseno quemado. La lluvia de Singapur seguía golpeando el techo de metal con una fuerza monzónica, pero para mí, el único sonido que existía era el de mi propio corazón latiendo contra mis costillas.Habían pasado dos horas desde que la firma térmica de Klaus desapareció del complejo de Marina Bay. Dos horas en las que el mundo exterior había estallado en noticias sobre explosiones y el colapso definitivo de las acciones de la Orden del Cisne. Pero a mí no me importaba el mundo. Solo me importaba la rampa del hangar, que permanecía cerrada como la boca de una tumba.—Viene hacia aquí, Zarina —dijo Mateo, poniéndome una mano en el hombro. Sus ojos reflejaban el mismo agotamiento que yo sentía en el alma.La puerta hidráulica empezó a descender con un quejido metálico. El aire frío y húmedo del exterior entró de golpe, trayendo consigo el olor a humo y a ozono. Y entonc
POV SCARLETTLa sala de monitoreo estaba sumida en una penumbra azulada, solo interrumpida por el parpadeo frenético de los radares y las constantes vitales de Klaus, que se proyectaban en la pared frente a mí como una sentencia. Cada latido de su corazón, ahora amplificado por la tecnología de Lord Wei, resonaba en el cuarto con un eco metálico.110 latidos. 125 latidos. El ritmo de un cazador.—Zarina, el equipo de asalto ha cruzado el perímetro primario —la voz de Mateo era un susurro tenso a mi lado. Él tampoco apartaba la vista de las pantallas—. Klaus está en el conducto de ventilación del nivel 40. Ha cortado el suministro eléctrico del ala este.Cerré los puños, sintiendo mis uñas clavarse en las palmas de mis manos. El pequeño en mi interior estaba inusualmente quieto, como si él también estuviera conteniendo la respiración, esperando el impacto. A través del canal de audio privado, solo escuchaba la respiración rítmica de Klaus. Era una respiración pesada, cargada con la est







