MasukMás tarde, acompañada por Annika, visitó al Alfa Cassian y al antiguo líder, Thomas Thorne. Ambos la esperaban en una sala privada adornada con reliquias de generaciones pasadas. El aire tenía aroma a pergamino viejo, antiguo. Se preguntaba porqué habían solicitado su presencia con tanto misterio detrás. —Queremos mostrarte algo —dijo Cassian con solemnidad. Puso sobre la mesa un gran álbum cubierto en cuero con símbolos del viento. Lo abrió con cuidado, revelando páginas donde fotografías mágicas se movían suavemente como si respiraran. —Este es el legado de tu bisabuela —dijo Thomas—. Fue una mujer sabia que llegó con gran conocimiento aquí. Descubrió que era mate de mi padre y le conto sobre su gran misión con la Diosa Selene, él acepto claro está. Dayleen se quedó sin aliento. Era ella. La mujer del cuadro. Su reflejo más antiguo. Tenían la misma expresión desafiante, la misma curva en los labios, la misma chispa en los ojos. Le dolió el corazón por aquella mujer a la
Dayleen despertó con el sonido del viento silbando suavemente entre las cortinas de lino blanco. La luz era distinta en el reino del Aire, casi irreal. No había calor ni frío, solo una calma que parecía no pertenecerle. La marca de Xavier aún ardía en su cuello. Una mordida que decía “eres mía”, pero no disipaba su confusión. ¿Qué hombre vivía en su corazón? Uno la destruyó, y el otro lo estaba reparando. Annika tocó suavemente la puerta. —¿Estás lista? Hay un rito esta mañana. La Sacerdotisa del Aire unirá a una pareja de mates que cumplen dieciocho hoy. —¿Mates verdaderos? —Sí —asintió con una sonrisa nostálgica—. Es tradición aquí. Se les presenta ante la manada del Viento, y el vínculo se sella con el primer aliento del alba. La misma Selene bendice esa unión y brillará si es auténtica. Dayleen no sabía por qué sus pies la llevaron hasta el salón. Tal vez para entender lo que otros vivían. Tal vez para confrontar lo que a ella le fue arrebatado. ─────༻✧༺───── El
Al terminar el banquete, cuando la música se apagó y cada quien se retiró a sus cabañas semi flotantes, Cassian y Thomas la guiaron hasta un jardín privado. —Tenemos que contarte la verdad —dijo el anciano Alfa con tono serio. Frunciendo el ceño, se acercó para sentarse junto a ellos en la mesa de piedra. Y lo que escucho a continuación cambio por completo su forma de ver el mundo hasta ahora. Le explicaron que lo que conocían hasta ahora era apenas un fragmento del mundo. Que las manadas del oeste, del sur y del este no eran las únicas que existían. Existían otras repartidas más allá del velo protector, más allá de la zona de los pícaros; pero no todas estaban conectadas. Habían otras manadas elementales: hielo, rayo, sombra, espíritu… algunas en guerra, otras dormidas, aisladas de las otras. —Este mundo es más vasto de lo que imaginaste, Dayleen. Tu destino no es solo aquí. Es más grande —dijo Cassian con gravedad—. La abuela Maery nos dejó claras instrucciones acerca de la e
El amanecer llegó demasiado rápido. Dayleen se incorporó con un sobresalto, la respiración entrecortada y la piel perlada de sudor. El eco de la risa de aquella diosa aún latía en sus oídos. —Venuket… —susurró—. Maldita seas. Su loba temblaba, y no era de miedo. Era por vergüenza. Por no haber podido protegerla. Aún eran débiles. Vulnerables a los ataques mentales de entidades más antiguas. Más oscuras. No conocían el alcanza de su propio poder ni cómo activarlo. Lo que sucedió con las sirenas no parecía que fuera a pasar nuevamente. ¿Cómo rayos pudo invocar el fuego para deshacer un hechizo? «Debemos fortalecernos, Dayleen. No podremos huir de todos los ataques. En algún momento tendremos que pasar a la ofensiva», dijo su loba con un susurro apagado. —Lo sé… —susurró ella mientras se envolvía en su capa—. Pero no quiero volver a sentirme así. Frágil. Está jugando con mi mente y no me gusta nada. ─────༻✧༺───── A medio día llegaron finalmente a la entrada del Reino del
El coraje le envolvía el corazón, la ira que sintió no desapareció. Pero no hizo nada, porque una mirada no era justificación para un asesinato. Necesitaba acciones contundentes... que no tardarían en llegar. Cuando todos se retiraron a dormir, Dayleen tardó en conciliar el sueño. El ambiente le escocía, como si algo estuviera rasgando dentro de su mente, se sentía incómoda y no podía cerrar los ojos con tranquilidad. Cuando pensó que al fin lo lograría, el silencio que tanto le inquietaba se terminó. Pequeños sonidos extraños llenaron el ambiente, no lograba asimilar qué era con exactitud. Pasaron unos segundos cuando un sonido particular tuvo sentido para ella. Se quedó sin aire. Y entonces lo entendió, porque pareció como si le subieran el volumen. Jadeos. Quejidos. Madera crujiendo. Gemidos ahogados. Se levantó sin hacer ruido. Siguió el sonido, apenas empujando la tela que separaba su pequeño espacio del de ellos… y ahí estaban. Una escena que le destrozó el alma, su c
El camino hacia la manada de Aire no era tan apacible, justo como Xavier lo había prometido. El viento era más fuerte conforme avanzaban, y los árboles, aunque aún verdes en la copa por su altura, parecían sacudirse por miedo. Dayleen lo sintió primero. Un estremecimiento en su pecho, como si su loba quisiera advertirle algo, pero no tuviera palabras para explicarlo. —¿Lo sientes? —preguntó en voz baja. Xavier asintió desde su caballo. Sus ojos azul profundo escrutaban el horizonte con desconfianza. Había algo raro en el ambiente. La bruma se hizo más espesa cuando llegaron al límite del cañón que conectaba con las tierras altas de la manada de Aire. Lo que encontraron les robó el aliento. —El puente… —murmuró Annika. Dayleen clavó la vista. No quedaban más que escombros dispersos y trozos de cuerda colgando al vacío. El paso original estaba destruido, y no parecía ser un acto al azar, se veía reciente. Otra vez, alguien tratando de no dejarles avanzar. Solo un loco se at







