INICIAR SESIÓN«Naciste para servir, no para gobernar», dijo el Alfa Raphael al rechazar su vínculo. ──────༻❀༺────── Cuando Nyxara descubre que su mate es nada menos que Raphael Thorne, el Alfa de la manada más poderosa del Reino, espera explotar de felicidad… no de dolor. Nacida como Omega, su sola existencia debilita el poder de su pareja en lugar de potenciarlo. Para un Alfa destinado a gobernar, ella es una maldición. Así que es rechazada, humillada y despreciada ante toda la manada. Pero el infierno apenas comienza. Acusada falsamente de asesinar al heredero del Alfa, Nyxara huye para salvar su vida y cruza las fronteras hacia el temido Reino de Molvking, un territorio donde ningún lobo debería pisar. Allí, sin esperanza de sobrevivir, su destino se entrelaza con el del ser más cruel y salvaje de todos los siglos: Asheron Norvak, el Rey Lycan. Mientras Nyxara descubre que no es una simple Omega, sino la portadora de un poder celestial prohibido, la Diosa Selene le revela una profecía aterradora: está destinada a convertirse en la Reina Celestial que salvará a todos… o en la Reina Demonio que destruirá Molvking y sumirá al mundo en sangre. Ahora, atrapada entre un Alfa que la despreció y un Rey Lycan que la reclama como suya, Nyxara deberá elegir qué monstruo quiere ser. Porque ella no nació para servir. «Ya no soy la simple Omega que rechazaste… soy la mujer que tiene en sus manos las vidas de todo el maldito Reino».
Ver más—Raphael, te lo juro por mi hijo. No fui yo —rogó Nyxara, pero él no se inmutó.
La sanadora dictó la sentencia: para salvar al heredero envenenado, se necesitaba la energía vital de otro cachorro del mismo linaje. El hijo de Nyxara. —No puedes pedir eso —susurró ella, buscando una pizca de piedad en los ojos del hombre que amaba—. Es nuestro hijo. Raphael la observó con una frialdad que le heló la sangre. —Es el heredero de la manada —respondió él—. Su vida vale más que la del hijo de una concubina. Hazlo. ───── ☪ ───── Nyxara se despertó antes de que sonara el despertador. Otra vez. Se quedó mirando el techo de madera, escuchando los sonidos cotidianos de la casa, el crujido lejano de las vigas, el viento golpeando suavemente las ventanas. Durante unos segundos fingió que podía volver a dormirse, que aquel día era igual a cualquier otro. Pero no lo era. Hoy nombrarían al nuevo Alfa. Y ese día, nuevamente tendría que servirle a la manada. Soltó el aire despacio y se obligó a sentarse. El frío del suelo le recorrió la planta de los pies cuando bajó de la cama. Siempre le gustaba esa sensación, la hacía despertar más rápido. Se vistió con ropa sencilla. Nada que llamara la atención. Nada que la hiciera destacar. Había aprendido desde niña que pasar desapercibida era la forma más segura de existir si es que no quería recibir atención especial de las Betas y Gamas, incluso de alguna que otra Delta. Cuando entró a la cocina, Emily ya estaba preparando el desayuno. —Buenos días, cariño —dijo sin girarse. Nyxara apoyó la frente un segundo en su hombro antes de separarse. —Buenos días, Em. El olor a pan caliente le hizo rugir el estómago. Tomó un pedazo antes de sentarse, mordiendo rápido, casi con ansiedad. Durante años había tenido que comer despacio, en silencio, agradeciendo cada cosa. Incluso ahora, con comida suficiente, su cuerpo seguía reaccionando como si mañana pudiera volver a no haber nada. Desde que sus hermanos habían conseguido buenos resultados en la escuela, habían recibido mejores dotaciones de comida. Frank levantó la vista del periódico. —Hoy habrá mucha gente —comentó. Nyxara asintió. Alex y Alyssa entraron discutiendo por algo sin importancia, empujándose suavemente. La normalidad de ese momento le apretó el pecho de una forma extraña. Como si algo dentro de ella quisiera memorizarlo. Como si supiera que los días tranquilos nunca duraban demasiado. —¿Lista para el espectáculo? —preguntó Alex, sentándose. —Solo es un nombramiento —respondió Nyxara. —Es el nombramiento del Alfa —corrigió Alyssa. Nyxara se encogió de hombros, bajando la mirada hacia su plato. No era su mundo. Nunca lo había sido. Haber nacido huérfana le había quitado casi todo derecho a ser parte de la manada. Terminó de comer más rápido de lo que debía. Emily no dijo nada, pero le empujó otro trozo de pan hacia el plato. Nyxara dudó un segundo antes de tomarlo. Parte de ella todavía sentía culpa cada vez que comía hasta saciarse, así que solía vomitar todavía. Su cuerpo se sentía saciado con muy poco, así que aún luchaba para poder retener cada vez más comida. Cuando salieron de casa, el aire de la mañana estaba frío, pero limpio. Caminó entre su familia sin decir mucho. Escuchaba a los mellizos discutir, a Frank comentar algo sobre los ancianos, a Emily recordarle que caminara más despacio. Todo era normal. Demasiado normal. La explanada de Evermist estaba llena cuando llegaron. El delicioso aroma cítrico y herbal se coló por sus fosas nasales. Nyxara jamás había percibido un aroma tan exquisito, que la hacía querer inhalar como si fuera una adicta. «Mate», exclamó su pequeña loba, aunque sin fuerza. La mayor parte del tiempo se encontraba dormida, demasiado débil para incluso mantener una charla de más de dos oraciones. Eran tan delgaduchas que les suponía un esfuerzo sobrehumano no derrumbarse en ese mismo instante. Apretó los ojos intentando buscar la fuente de ese aroma, y cuando estuvo casi segura estuvo a punto de desmayarse: él también la había encontrado. Lamentablemente, ninguno pudo decirse nada. Hoy lo estaban nombrando Alfa de la manada Evermist, tenía al lado a su Luna, una mujer tan exótica y hermosa. —Es para mí un honor pasarle el cargo de Alfa a mi heredero, Raphael Thorne. ¡Y un día, él también se lo pasará a su hijo! —señaló el prominente abdomen de la mujer. Como si fuera una cruel burla del destino, cuando por fin encuentra a su alma gemela... resulta ser el Alfa —el cual ya estaba unido a otra mujer—, y quien encima se encontraba embarazada de cinco meses de su futuro heredero. Lágrimas silenciosas cayeron por sus mejillas huesudas, e ignoró los gritos de júbilo que soltaron todos los presentes. Raphael recibió la marca de Alfa en su hombro, y brilló más que el sol. Su poder creció en un instante, e inmediatamente todos se arrodillaron ante él, incluso ella. Su corazón fue destrozado de tajo en tan solo unos minutos. Ese día sería el último de su vida... Lo sabía. Moriría. Estaba destinada a sufrir el peor de los destinos en su mundo y eso ni siquiera es lo peor… … La celebración se extendió hasta bien entrada la madrugada. Nyxara no formaba parte de ella. Nunca lo hacía. Se movía entre los miembros de la manada con la cabeza ligeramente inclinada, sosteniendo una bandeja de copas que reemplazaba en cuanto quedaban vacías. Sus manos se movían con rapidez y precisión, aprendidas tras años de hacer lo mismo. Nadie le daba las gracias, porque nadie la miraba realmente. Era parte del fondo: Una presencia útil, pero prescindible. Su lugar no estaba en la mesa, sino sirviendo a quienes sí tenían derecho a ella. Escuchó risas, brindis, conversaciones llenas de orgullo. Todos celebraban el ascenso del nuevo Alfa. Todos celebraban el futuro de la manada Evermist. —¡Por nuestro nuevo Alfa, Raphael Thorne! Que su poder nos proteja. Nyxara evitó mirar hacia la mesa principal. Sabía que él estaba ahí, podía sentir su mirada por momentos así trató de evadirla. Además, ahí estaba la Luna Erica y lo que menos quería eran problemas. Aunque la pesadez del vínculo no le permitía olvidarlo ni por un segundo. Siguió trabajando hasta que sus pies comenzaron a dolerle y sus manos temblaron por el cansancio, pero no se detuvo. Ningún Omega tenía permitido descansar hasta terminar sus deberes. Cuando finalmente el cielo comenzó a aclararse, la celebración llegó a su fin. Y el verdadero trabajo comenzó. El gran salón quedó hecho un desastre. Copas volcadas, restos de comida, manchas pegajosas sobre las superficies, telas arrugadas. Nyxara y los demás Omegas comenzaron a limpiar en silencio, cada uno sabiendo exactamente lo que debía hacer. El aire de la mañana era frío contra su piel sudorosa. Su garganta estaba seca, y cada movimiento le exigía más energía de la que tenía. No había dormido en toda la noche. Su cuerpo estaba llegando a su límite. Estaba colgando los trapos húmedos bajo el sol cuando una presencia se acercó por detrás. Su cuerpo se tensó de inmediato. No necesitó girarse para saber que no era un Omega. El aire mismo parecía cambiar cuando un rango superior se acercaba. Se dio la vuelta lentamente. Era el Beta James. Lo conocía de vista. Alto, de hombros anchos, con una expresión seria que rara vez cambiaba. Era el segundo al mando de la manada. El corazón de Nyxara comenzó a latir con fuerza, su mente fue a un solo pensamiento: Había llegado el momento de enfrentar su destino. —Nyxara —dijo él, pronunciando su nombre con claridad. Eso la sorprendió, que supiera el nombre de alguien tan insignificante como ella. —Sí, Beta —respondió, inclinando la cabeza. James la observó durante un segundo, como si la evaluara. —El Alfa quiere verte. El mundo pareció detenerse. Nyxara no se movió, no respiró ni pensó por unos segundos.Sintió su hombro arder, e inmediatamente un cúmulo de energía invadió su estómago. Necesitaba expulsar esa energía.Sin pensar, una ráfaga de fuego salió de sus palmas hacia las sirenas. Fue breve, casi un destello. Pero bastó. La magia del canto se quebró, y las sirenas chillaron, retrocediendo con rabia antes de sumergirse nuevamente en el lago.¡Tenía magia!Su loba gruñó con aprobación.«Claro que sí, niña. Está despertando, después de un siglo», le dijo con alegría.Volteó hacia sus compañeros y tenían aún los ojos vidriosos. Los tomo de los hombros y les sacudió hasta que logró ver qué enfocaban la vista nuevamente, luciendo desorientados.Suspiro de alivio cuando Xavier la miro con incredulidad en los ojos.—Estaba a punto de seguirlas, pero de alguna manera rompiste el hechizo de su canto. Se sentía como estar en un trance del que no podía escapar —sacudió la cabeza—. Ese canto era compulsión. Nos obligaba a hacer lo que quisieran. No sé cuánto tiempo me hubiera tomado romperl
El amanecer trajo silencio, pero no paz.La tormenta de nieve se había disipado, y en su lugar quedaban colinas blancas que brillaban bajo la luz del sol como campos de cristal. El aire aún era frío, pero más soportable. Xavier salió de la cueva primero, su figura recortada contra el paisaje invernal.—La tormenta se ha calmado —informó—. Es hora de continuar.Dayleen asintió débilmente desde el interior. Aunque su fiebre había bajado, su cuerpo seguía exhausto, como si la nieve le hubiera robado una parte de su fuerza. Sin embargo, su determinación seguía intacta.Comieron provisiones envueltas con cuidado por los lobos de Tierra: pan de raíz, frutos secos, trozos de carne ahumada. Ninguno habló demasiado. Todos sabían que los peligros no habían terminado.─────༻✧༺─────Retomaron el camino a caballo, avanzando con cuidado por una zona donde los glaciares parecían tener vida. Las piedras resbalaban, el viento silbaba entre grietas estrechas, y el mundo se sentía ajeno. Como si no pert
El sol apenas se alzaba en el cielo cuando los tres lobos dejaron atrás los límites del bosque de la manada de Tierra. Fueron solos, sin la protección de sus guerreros. El camino era peligroso y preferían evitar arrastrar gente innecesariamente.Avanzaban en silencio, bordeando los antiguos caminos que alguna vez conectaron todas las regiones bajo un solo reino, antes de la fragmentación.Antes de la Guerra entre manadas más sangrienta de la historia.Xavier lideraba el grupo con mirada aguda. A su lado, Dayleen cabalgaba con la capa de hojas plateadas ondeando tras ella, y Annika cerraba la formación, alerta a cada sonido: era una excelente rastreadora. El viaje a la manada de Aire no solo implicaba territorio desconocido, sino caminos olvidados, erosionados por el paso del tiempo y por la indiferencia de las manadas enemistadas.No solían visitarse entre ellos a menos que tuvieran una razón importante, como discutir sobre las provisiones o en su casa, conseguir aliados. La manada de
En lo alto de la torre imperial, el Cuervo Real regresó batiendo sus alas oscuras como la medianoche. Aterrizó con precisión sobre el brazo enguantado del maestro de mensajes, quien retiró con delicadeza el pequeño pergamino amarrado a su pata.—Viene con respuesta, mi señor —anunció con voz firme.El mensajero se inclinó ante el trono elevado en la sala de audiencias del Imperio de Aryndell. Allí, entre columnas de obsidiana y fuego líquido, el Rey Alfa observaba con los ojos entrecerrados. A su lado, tres consejeros aguardaban con semblantes solemnes.El papel fue abierto. Era una respuesta breve… pero suficiente.“Acepto la invitación. Viajaré a través de la manada de Aire. Firmado: D.N, Guardiana de los Lobos.”La sala se llenó de un silencio reverente.—Así que vendrá —susurró el Rey, sus dedos tamborileando sobre el respaldo del trono—. La última Guardiana de los Lobos, estará pronto aquí.El más anciano de los consejeros asintió lentamente.—La leyenda cobra vida. Si ella pisa












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