INICIAR SESIÓNLa noche no traía descanso, solo un tipo diferente de fatiga. Cuando Astraea finalmente regresó a la casa principal, sus pulmones aún ardían por el esfuerzo de no romperse a llorar en el bosque. El silencio de la cocina, roto solo por el chisporroteo del fuego que nunca debía apagarse, era su único refugio.
Se quitó la camisa rota con manos temblorosas. Al verse en el pequeño y astillado trozo de espejo que guardaba bajo su jergón, soltó un suspiro entrecortado. Los moretones en sus hombros, producto de los empujones de Killian, ya estaban pasando de un violeta oscuro a un amarillo pálido. Era demasiado rápido. Astraea pasó sus dedos por la piel, sintiendo un calor inusual. Un lobo normal sanaría así, pero ella se suponía que no tenía esa fuerza.
—Es el miedo —se mintió a sí misma en un susurro—. Es solo que mi cuerpo quiere sobrevivir.
Se lavó la cara con agua helada, tratando de borrar el rastro de la tierra y la sangre seca de su mejilla. El corte que Kaelen le había provocado al estrellarla contra el árbol apenas era ya una línea rosada. Le aterraba. En una manada donde la pureza lo era todo, ser "diferente" era una sentencia de muerte. Si los gemelos descubrían que tenía capacidades regenerativas sin tener un lobo despierto, la entregarían al Consejo Supremo para ser experimentada o ejecutada como una aberración.
—¡Astraea! ¡La cena no se va a servir sola, estúpida rata! —El grito de la jefa de cocina, una mujer Beta amargada llamada Martha, retumbó desde la planta superior.
Astraea se puso una túnica vieja, la más holgada que tenía para ocultar su figura y sus marcas, y subió las escaleras.
El Gran Salón de la Manada de la Luna Plateada era un despliegue de opulencia rústica. Largas mesas de roble estaban repletas de carnes asadas, jarras de cerveza y hogazas de pan que ella misma había horneado esa mañana. En la mesa presidencial, el Alpha Thomas presidía con una expresión de orgullo, flanqueado por sus hijos, Kaelen y Killian, quienes reían mientras Sasha y Miriam se colgaban de sus brazos.
Astraea comenzó a repartir las fuentes pesadas. El olor a comida mezclado con el sudor de los guerreros y los perfumes caros de las mujeres le revolvía el estómago.
—Cuidado, huérfana —siseó Killian cuando ella pasó por su lado para servir más vino—. Tus manos tiemblan. ¿Todavía tienes miedo de los "juegos" de esta tarde?
Astraea no respondió, concentrada en no derramar ni una gota. Pero Sasha, que disfrutaba de la atención de Kaelen, no iba a dejarla pasar tan fácilmente.
—Kae, cariño —dijo Sasha, con una voz lo suficientemente alta para que la escucharan las mesas cercanas—, ¿no crees que Astraea necesita un nuevo uniforme? Este parece que se lo robó a un cadáver. Aunque, claro, considerando su olor, quizás el cadáver se sentiría insultado.
Las risas estallaron a su alrededor. Kaelen miró a Astraea de arriba abajo. Sus ojos azules se entrecerraron. Había algo en ella esta noche que lo irritaba; no era solo su presencia, era la forma en que su piel parecía brillar bajo la luz de las antorchas, a pesar de la mugre.
—No malgastes palabras en ella, Sasha —respondió Kaelen con frialdad—. Es solo una herramienta. Y las herramientas no necesitan verse bien, solo necesitan funcionar.
En ese momento, las puertas principales del salón se abrieron de par en par. El viento frío del norte entró como una exhalación, apagando algunas de las antorchas periféricas. El silencio cayó sobre el lugar como una losa de granito. Los guerreros se pusieron en pie, sus instintos de lobo gritándoles que un depredador de rango superior acababa de entrar en su territorio.
El Alpha Thomas se levantó lentamente, su rostro palideciendo.
—Rey Valerius... —murmuró, su voz cargada de una mezcla de reverencia y terror—. No esperábamos su visita hasta dentro de tres lunas.
Astraea, atrapada en medio del pasillo con una jarra de plata en las manos, se quedó petrificada. Nunca había visto al Rey Lycan, pero la energía que emanaba del hombre que caminaba por el centro del salón era abrumadora. Era alto, mucho más que cualquier Alpha de la manada, vestido con ropa de viaje negra que parecía absorber la luz. Su cabello era oscuro como la medianoche y sus ojos... sus ojos eran pozos de oro fundido que parecían ver a través de las paredes, de los secretos y de las almas.
Valerius no miró al Alpha Thomas. Sus ojos barrieron el salón con una indiferencia real, hasta que se detuvieron.
Astraea sintió que el mundo se detenía. Por un segundo, la mirada del Rey se clavó en la suya. Fue como una descarga eléctrica que recorrió cada fibra de su ser, haciendo que la marca en su nuca ardiera con una intensidad dolorosa. Por primera vez en su vida, su lobo inexistente pareció dar un vuelco, un susurro de reconocimiento que la dejó sin aliento.
Valerius apretó la mandíbula, sus fosas nasales dilatándose. El aroma que había rastreado desde el bosque estaba aquí. Era más fuerte, más dulce, pero estaba manchado por el olor del miedo y el desprecio de los que la rodeaban. Vio el moreno amarillento en su brazo, que asomaba por la manga de su túnica rota. Vio la delgadez de sus manos.
—La hospitalidad de la Luna Plateada parece haber decaído —dijo Valerius. Su voz era un barítono profundo que vibraba en el pecho de todos los presentes—. O quizás es que sus sirvientes son tan incompetentes que no merecen ni una túnica entera.
El Alpha Thomas tragó saliva, mirando con odio hacia Astraea.
—Es solo una huérfana, Majestad. Una sin rango. No es representativa de nuestra manada. Por favor, tome asiento. Astraea, ¡lárgate de mi vista! —rugió el Alpha.
Astraea hizo una reverencia apresurada, con el corazón martilleando contra sus costillas, y casi corrió hacia las sombras de la cocina. Podía sentir la mirada del Rey quemándole la espalda, una mirada que no era de desprecio como la de los demás, sino de algo mucho más pesado y peligroso.
Valerius se sentó en el lugar de honor que Thomas le cedió a regañadientes. Kaelen y Killian observaban al Rey con una mezcla de envidia y asombro. Querían ser como él, pero algo en la forma en que el Rey miraba hacia la dirección por la que Astraea se había ido los ponía nerviosos.
—Dime, Thomas —dijo Valerius, aceptando una copa de vino pero sin quitar la vista de la puerta de la cocina—, ¿cómo es que una manada tan próspera tiene a una de sus jóvenes en tales condiciones? El Consejo Supremo tiene leyes muy estrictas sobre el trato a los huérfanos antes de su mayoría de edad.
Kaelen intervino, tratando de sonar seguro.
—Ella no es como nosotros, Majestad. Es... un error. No tiene lobo, no tiene link. Es poco más que una humana que ocupa espacio.
Valerius giró la cabeza hacia Kaelen. La presión en la habitación aumentó de repente. Kaelen sintió que sus rodillas flaqueaban bajo la mesa.
—¿Un error? —Valerius esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Los errores suelen ser los más interesantes de estudiar, joven Alpha. Especialmente cuando sobreviven en lugares donde todo parece diseñado para destruirlos.
En el sótano, Astraea se dejó caer contra la pared de piedra, abrazando sus rodillas. Sus manos no dejaban de temblar. El encuentro con el Rey había despertado algo en ella que no podía controlar. Una sed. Un hambre. Y un miedo atroz a que el reloj del destino estuviera corriendo mucho más rápido de lo que ella podía manejar.
88 días, pensó frenéticamente. Pero la sensación de la mirada del Rey sobre ella le decía que los días de ser invisible habían terminado. Y eso era lo más aterrador de todo.
Capítulo 343: La Caída del Último BastiónLa capitulación pacífica de la Fosa del Cobre resonó como un truco de trueno a lo largo y ancho del continente. Privado del respaldo de su pueblo y abandonado por los señores de la Gran Liga del Sur —quienes prefirieron atrincherarse en sus propios dominios antes que enfrentarse a la marea de emancipación—, el Barón de las Altas Torres quedó completamente acorralado en la torre central de su bastión.A primera hora de la mañana, Valerius y Astraea cruzaron el puente levadizo flanqueados por la vanguardia de la Manada del Norte y los líderes de los gremios liberados. No hubo saquéos ni ejecuciones. Bajo la mirada firme del Alpha y el aura serena de la bruja, la antigua guardia del Barón entregó las llaves de la armería y de los graneros reales, los cuales fueron abiertos de inmediato para redistribuir los suministros entre las familias trabajadoras de la ciudad baja.El Barón fue conducido al salón principal, donde el gran mapa de las tierras f
Capítulo 342: La Red de la DiscordiaLa estrategia de infiltración dio sus primeros frutos con una rapidez que tomó por sorpresa al propio consejo del sur. Durante dos semanas, los exploradores de Branok, moviéndose a través de los desfiladeros del este con la agilidad que les confería su entrenamiento, habían establecido contacto con los líderes de los gremios de mineros y agricultores que trabajaban en los dominios del Barón de las Altas Torres. La noticia de que en la cordillera no existía el vasallaje y que la tierra era trabajada en régimen de cooperación comunitaria se propagó como reguero de pólvora entre la población sometida.En el Asentamiento de las Tres Raíces, la sala del consejo se había convertido en el centro de operaciones de esta guerra invisible. Sobre la mesa de granito, las luces de los cristales de sintonía parpadeaban rítmicamente, transmitiendo las señales que los agentes enviaban desde las tierras bajas.Valerius, Astraea y Jarek escuchaban la voz modulada que
Capítulo 341: Las Sombras de las Altas TorresLa victoria en el Vado de Hierro no trajo descanso al consejo de guerra. Antes de que el sol alcanzara el cenit, la sala de reuniones de la vivienda suspendida se encontraba ocupada por las figuras clave del reino. Las túnicas de lana y las capas de viaje habían sido reemplazadas por las insignias de mando. Sobre la mesa de granito, el plano regional lucía ahora marcas rojas que señalaban la red de alianzas, feudos y guarniciones bajo el control directo del Barón de las Altas Torres, el noble que había financiado la incursión mercenaria.Valerius permanecía con los brazos cruzados, observando la posición geográfica del feudo enemigo. La provincia de las Altas Torres lindaba directamente con las tierras llanas del sur y controlaba el único puente de piedra sobre el río Negro que permitía el paso de suministros pesados hacia la cordillera.—El Barón no actuó por iniciativa propia ni por mera avaricia —declaró Valerius, rompiendo el silencio
Capítulo 340: La Prueba del Barro y el AceroEl paisaje que rodeaba la entrada del desfiladero se había transformado en un terreno traicionero de fango denso, rocas inestables y riachuelos desbordados. La nieve en las cotas medias había desaparecido por completo, dejando al descubierto la tierra negra y saturada de agua que descendía en pendientes resbaladizas hacia los valles exteriores. En el Asentamiento de las Tres Raíces, la integración de los más de doscientos nuevos pobladores avanzaba bajo una organización metódica: las familias recuperadas ocupaban los refugios acondicionados en las terrazas inferiores, mientras los hombres y mujeres capacitados se sumaban a las tareas de contención de los arroyos y limpieza de los caminos.En la gran caverna de las forjas, el ritmo de trabajo no había decaído. Thorin y sus artesanos aprovechaban la energía incesante del salto de agua para mantener operativos los fuelles hidráulicos. Las chispas del hierro purificado volaban en la penumbra de
Capítulo 339: La Apertura del Paso de las SombrasEl ambiente en el Asentamiento de las Tres Raíces había cambiado drásticamente en cuestión de días. El goteo constante que apenas comenzaba a escucharse desde los tejados se había transformado en un crujido sordo y omnipresente que retumbaba por toda la ladera de la montaña. Gigantescas placas de hielo se desprendían de las cornisas superiores, fragmentándose contra los paredones de basalto antes de ser arrastradas por los nuevos torrentes de agua de deshielo. El aire ya no conservaba la sequedad helada del pleno invierno; ahora venía cargado de una humedad densa, tibia en las terrazas inferiores por la acción incesante de la matriz telúrica, pero fría y turbulenta en las gargantas exteriores donde la nieve acumulada comenzaba a ceder.En la plaza central, el suelo de piedra negra relucía mojado bajo un sol que ganaba fuerza a cada hora. Los canales perimetrales, diseñados para conducir las corrientes subterráneas, trabajaban al límite
Capítulo 338: El Peso del Hierro PurificadoEl mediodía trajo consigo una ligera elevación de la temperatura que hizo derretir la capa superior de la nieve en las terrazas más expuestas al sol. El agua caía en gotas constantes desde los tejados de madera, creando una música rítmica sobre los adoquines de basalto. En el sector de las grandes forjas subterráneas, sin embargo, el ambiente era ardiente y seco. El aire estaba impregnado de la vibración de las brasas de carbón de encina y del golpe incesante de los martillos pesados contra las yunques de piedra gris.Valerius descendió por la ancha rampa de piedra que conducía a la gran Caverna del Fuego. El lugar era colosal: una cavidad natural adaptada para alojar seis hornos de fundición alimentados por las corrientes de aire que los antiguos constructores habían desviado a través de chimeneas naturales en la montaña. Decenas de hombres, con los torsos desnudos y cubiertos por una capa de hollín y sudor, trabajaban en la colada del nuev







