INICIAR SESIÓNSienna corrió sin rumbo fijo. Se internó en el bosque oscuro sin importarle el peligro que corría al alejarse de la manada. Los desertores solían merodear por la zona, pero en ese momento nada le importaba.
Cuando sus piernas ya no pudieron seguir, finalmente se detuvo.
Miró a su alrededor y soltó una risa amarga.
Había llegado hasta el lago que colindaba con Rosal.
Se dejó caer a la orilla y las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas. Las imágenes de Karl y Circe juntos golpeaban su mente una y otra vez, no podía creer que Karl la hubiera engañado.
Pero lo que más le dolía era Circe. La persona que siempre había prometido estar a su lado.
Lo único que sabía era que las dos personas en las que más confiaba acababan de destruir todo lo que había construido con ellas.
—Estúpida, eso es lo que eres, Sienna —murmuró mientras se limpiaba las lágrimas con brusquedad.
De repente, escuchó un ruido proveniente del otro extremo del lago.
Se puso de pie de inmediato y entrecerró los ojos intentando distinguir algo entre la oscuridad. Pero sin una conexión con su loba, su visión era mucho más limitada que la de cualquier otro cambiante. Tampoco podía confiar en su olfato.
Soltó un suspiro y observó los alrededores.
Era una mala idea permanecer allí a esas horas de la noche.
Se dio media vuelta dispuesta a regresar a la mansión Alfa. Tenía que cancelar la ceremonia. Santiago exigiría explicaciones y, por doloroso que fuera, pensaba contarle la verdad. Después de todo, era la única persona en la que todavía confiaba.
Pero justo en ese momento se quedó paralizada. Todo su cuerpo se tensó.
Alguien estaba detrás de ella, podía sentir aquella presencia. Era como si el aire a su alrededor se hubiera vuelto más pesado.
Fuera quien fuera, desprendía un aura tan dominante que le resultaba difícil incluso respirar.
El hombre la observaba con sus intensos ojos amarillos desde el otro extremo del lago. Dio un salto limpio y largo, cayendo de pie justo detrás de ella.
El cuerpo de Sienna temblaba, pero no de miedo. Sentía cómo la piel le empezaba a arder y cómo la entrepierna se le mojaba por completo con la sola presencia de ese hombre.
Sienna se armo de valor y se giro para quedar frente a ese hombre, era alto y grande, tuvo que levantar su cabeza para encontrarse con su rostro, pero sus ojos se enfocaron en esa mirada salvaje que la desnudaba.
Sin poder evitarlo se tambaleo a los lados, y cuando pensó que iba a caer fue sostenida por grande y fuertes manos de ese hombre.
Sienna levantó la mirada hacia él. Esos ojos amarillos parecían estar devorándola, sentía cómo su coño chorreaba, empapándose en sus propios jugos ante la cercanía de aquel hombre.
—Estás en celo, lobita —dijo el hombre.
Su voz era profunda y ronca. Sus manos, que estaban en su cintura, bajaron descaradamente hasta sus nalgas. Sienna sintió un fuerte apretón que la hizo jadear; el calor entre sus piernas se volvió insoportable con ese simple contacto.
El desconocido no esperó más. Le agarró los muslos, la levantó de golpe y la empujó contra el tronco del árbol. Sienna abrió las piernas por instinto, frotando su entrepierna empapada contra el pantalón de él
El desconocido la soltó y dio un paso atrás, haciéndola caer de rodillas sobre la tierra. Sienna levantó la vista, respirando agitada, con los ojos fijos en él.
Sin decir nada, el hombre se desabotonó el pantalón y se lo bajó a las caderas. Su miembro se liberó de golpe, completamente erecto. Sienna se quedó mirándolo; era enorme, grueso y venoso, con la cabeza ya brillante por el líquido preseminal. El tamaño la hizo tragar saliva, pero el celo le exigía tenerlo cerca.
El hombre le agarró el pelo con fuerza, tirándole la cabeza un poco hacia atrás, y le acercó la verga a la cara, rozándole los labios.
—Úsalo —ordenó con su voz ronca.
Sienna abrió la boca y él se hundió en ella de una estocada.
El grosor le estiró los labios al límite. Él mantuvo el agarre firme en el cabello para que no se moviera.
El desconocido empezó a bombear con fuerza, metiendo y sacando el miembro de forma bruta y rítmica. Cada estocada llegaba al fondo, haciéndola tragar saliva continuamente.
Sienna al principio quería detenerse, pero poco a poco empezó a sentir un placer que nunca antes había sentido y ella misma empezó a moverse al mismo ritmo que él, disfrutando ese enorme miembro en su boca.
El hombre soltó un gruñido ronco cuando sintió el cambio de ritmo. Le soltó un poco el pelo, dejándole más espacio para moverse, pero sin quitarle la mano de la cabeza.
Sienna empezó a succionar con fuerza, metiéndose ese enorme trozo de carne lo más profundo que podía y dejando que la saliva lubricara cada estocada. El tipo aceleró el movimiento de la pelvis, dándole golpes más duros y seguidos.
Segundos después él se tensó por completo. Le sujetó la cabeza con firmeza y se corrió dentro de su boca, llenándosela con una descarga espesa y caliente de semen.
Sienna saboreó por primera vez ese líquido; Karl nunca le había permitido llegar hasta ese extremo.
—¿Te gustó, lobita? —preguntó el hombre con descaro.
Sienna levantó la mirada hacia él. Sentía el rostro arder de vergüenza, pero sin poder evitarlo asintió, mientras pasaba la lengua para saborear la comisura de sus labios.
El hombre soltó una carcajada ronca ante el gesto. Sin perder tiempo, la agarró de los brazos y la levantó del suelo de un tirón; le arrancó las ropas con brusquedad, dejándola sola en una lencería de encaje rojo.
La empujó de espaldas contra el tronco áspero y la miró con esos intensos ojos amarillos. Sienna apoyó las manos en sus hombros, sintiendo su miembro rígido presionando directamente su vientre.
Ella no se contuvo y atrapó los labios de ese hombre en un salvaje beso. Estaba demasiado mojada, tal vez debido a su celo, pero necesitaba sentir esa enorme verga dentro de su chorreante coño.
El hombre respondió al beso con la misma brutalidad, devorándole la boca mientras sus manos grandes bajaban directo a sus caderas. Agarró la tela del encaje rojo y la arrancó de un tirón, dejando su intimidad completamente expuesta y brillando por la humedad del celo.
Sienna gimió contra sus labios, enredando las piernas alrededor de la cintura de él.
Él no la hizo esperar más, acomodo su enorme miembro y se hundió en ella de una sola estocada profunda. La embestida hizo que Sienna arqueara la espalda, rompiendo el beso con un grito ahogado. El miembro de ese desconocido la llenaba por completo, estirándola de una forma que la hizo temblar.
Sin darle tiempo a acostumbrarse a ella, el desconocido empezó a embestirla con fuerza; cada golpe la empujaba contra la corteza áspera, pero el placer del celo era tan intenso que el dolor apenas le importaba. Sienna se aferró a sus hombros, moviendo la pelvis con desesperación, buscando hundirse más y más en esa verga que la estaba quemando por dentro.
—Oh, ¡Diosa! — gimió Sienna—. Es demasiado grande…
El hombre la miró y sonrió ante sus palabras; continuó embistiéndola sin control, disfrutando de cómo su coño estrecho se estiraba para soportar el tamaño de su miembro.
Ella giró su cabeza a un lado, dejando a la vista su cuello. El hombre sintió cómo su feroz animal empezaba a ser excitado por ese cuello; sus dientes se volvieron filosos y sus manos se convertían en garras que se enterraban en la piel de ella dejando marcas rojas.
Sienna abrió los ojos de sorpresa, sintiendo cómo esa mordida y las embestidas profundas de él la hacían llegar hasta un placentero orgasmo. Un grito desgarrador escapó de su garganta mientras su interior se contraía alrededor del miembro de él.
El hombre dio unas últimas embestidas salvajes hasta que liberó grandes chorros calientes en su interior, llenándola por completo. Mientras tanto, su lengua se deslizaba con intensidad sobre esa marca definitiva que jamás sería borrada y que ahora era la señal de que ella le pertenecía solo a él.
— Eres mía, Sienna — Dijo en un bajo susurro, mientras sonreía con arrogancia.
Axel se dirigía a despedir al Arconte. Aunque hubiera preferido quedarse con Kaerys, estaba pensando en volver antes de que ella despertara.—Ayer tu pareja me negó verte —dijo Teresa a su lado.Axel sonrió y le dirigió la mirada.—No fue ella, fui yo —respondió Axel—. Teresa, jamás dejaría a Kaerys por ti…Teresa entrecerró la mirada, pero no pensaba dejar pasar esa oportunidad.—Ni siquiera la has marcado —respondió ella.—Lo hice anoche —dijo Axel, desabotonando los primeros botones de su camisa para mostrarle la marca en el lado izquierdo de su pecho—. Y ella también me marcó.Teresa frunció el ceño y apretó los puños con rabia. No podía creer que Axel se hubiera dejado marcar por aquella mujer que para ella resultaba tan simple.—Te aburrirás de ella… te vas a arrepentir.—Lo dudo. Kaerys es diferente a todas, incluyéndote —respondió Axel—. Y al parecer, quien se arrepintió fuiste tú, pero llegaste demasiado tarde. Con toda seguridad te lo digo: gracias por haberme rechazado. Gra
Sienna estaba en la nueva recamara que sería para su cachorro, con ayuda de Megan y Kaerys se había encargado de la decoración, aunque de momento prefería que su cachorro durmiera con ella y Maximiliano, sabía que él no se negaría, no la había hecho desde que regresaron al palacio.Maximiliano entró justo en ese instante a la recámara y observó la decoración del lugar, en tonos azules y blancos.—¿Qué te parece? —preguntó Sienna, acercándose a él.—Bueno, es… adecuado para mi cachorro —respondió Maximiliano serio.Sienna entrecerró la mirada. Sabía que él estaba feliz, aunque le era difícil demostrarlo. El cachorro comenzó a llorar en esos momentos, así que ella se acercó a su cuna y lo tomó en brazos.Maximiliano los observaba con una ternura que ni él mismo imaginaba. Sienna levantó la mirada hacia él y sonrió antes de acercarse.—Cárgalo —dijo Sienna.Maximiliano dudó por un par de segundos. No era que no quisiera hacerlo, solo temía no hacerlo bien y lastimar a su bebé. Aun así, c
Maximiliano sintió que el cuerpo de Sienna recuperaba el calor. La miró con miedo mientras esperaba que reaccionara. Sienna abrió lentamente los ojos y se encontró con la mirada de Maximiliano.—Mi amado bestia —susurró con ternura, acariciando su mejilla—. Te extrañé tanto.Maximiliano la abrazó con fuerza y Sienna correspondió al abrazo, cerrando los ojos mientras se aferraba a él.—Volvamos a casa… —susurró Sienna—. Quiero ver a mi cachorrito.Maximiliano se apartó un poco de ella y asintió. Su corazón se sentía en calma al comprobar que esta vez no la había perdido como en sus vidas pasadas.—¿Asteria? —preguntó, mirando de reojo hacia donde yacía su cuerpo, que comenzaba a desvanecerse.—Ya no está y nunca más volverá —susurró Sienna.Maximiliano observó cómo el cuerpo de Asteria desaparecía poco a poco. Después volvió la mirada hacia Sienna y soltó el aire que había estado conteniendo. Por fin todo había terminado.Besó la frente de Sienna, la tomó en brazos y se levantó con ell
Los cuerpos de Sienna y Maximiliano yacían en el suelo. Maximiliano reaccionó primero, tomando aire con dificultad mientras buscaba a su pareja a su lado.Maximiliano tomó a Sienna en sus brazos. Su cuerpo estaba helado, sin rastro de calor. Sintió un nudo en la garganta y un dolor opresivo en el pecho al no escuchar los latidos de su corazón.—No me dejes… por favor —susurró con la voz entrecortada, apretándola contra sí—. Sienna, prometiste que estaríamos juntos…Desesperado, acercó su rostro al de ella, buscando cualquier señal de respiración. El pánico lo invadió al sentirla completamente inerte, incapaz de escuchar su pulso.— Despierta mi bella pareja, te necesito — susurro, mientras sus lágrimas caían sobre su rostro.*******Sienna abrió los ojos en un lugar oscuro. A lo lejos, escuchó el susurro de Maximiliano pidiéndole que despertara. Empezó a caminar buscando la salida, pero todo era sombra a su alrededor.—Sienna… hermanita… —La voz de Circe la hizo detenerse.En medio de
Kaerys empezó el ritual de inmediato. Aunque seguían protegidos por la barrera, Aiden y Megan se pusieron al frente y se hicieron un corte en la muñeca. La sangre no cayó al suelo; en su lugar, flotó en el aire formando dos hilos rojos que volaron directos a la frente del cachorro.La albina puso el dedo índice sobre el pecho del bebé, justo del lado del corazón, y empezó a recitar el hechizo en un idioma antiguo.Con cada palabra, el hilo de sangre penetró en la piel del recién nacido. El pequeño dejó escapar un sollozo ahogado mientras una marca brillante aparecía en su pecho, apagando el calor descontrolado del fuego dorado para estabilizar sus latidos.Pero entonces, el cachorro abrió los ojos de golpe. Su instinto puro sintió que el poder divino y la vida de su madre corrían un peligro mortal. Aunque era solo un recién nacido y no entendía lo que sucedía a su alrededor, se dejó llevar por la conexión ancestral para proteger a Sienna.La pequeña marca en su pecho comenzó a brillar
Sienna sintió su cuerpo consumirse, aplastada por la fuerza de Circe. Pero justo en ese momento de debilidad, cuando el miedo y la derrota la invadían, un hueco se abrió entre el fuego negro y el azul.De entre las llamas apareció su amada bestia, interponiéndose ante el ataque con un fuerte gruñido que hizo temblar la tierra.—¡Maldita bestia! —gritaron Circe y Asteria furiosas, lanzando su poder con más rabia directamente contra Sienna.Maximiliano no dudó. Se interpuso de inmediato, cubriendo el cuerpo de Sienna con el suyo para recibir el fuego negro de lleno. La magia maldita le quemaba la piel y la carne, pero el rey lycan apretó los dientes y se mantuvo firme, sin ceder un solo centímetro con tal de protegerla.—Max… —susurró Sienna.—No te volveré a perder —masculló Maximiliano, combinando su voz con la de Khaor en un rugido ronco y decidido.Sienna asintió mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Ya no estaba sola. Tenía a su amada bestia a su lado y junto a él lucharía para







