LOGINY cuando Aynara, aún débil, aún convaleciente, pudo por fin sentarse en la cama, entraron a su habitación.
—Aynara —dijo el que parecía el líder—. Sabemos quién eres.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó ella, recelosa.
—Somos los licántropos. Los elegidos de la Diosa Luna.
—¿Y qué quieren de mí?
—Tú eres especial —dijo él—. Desde el día de tu nacimiento, hubo señales. La Diosa Luna marcó tu llegada al mundo con un designio.
—No entiendo.
—Eres humana, sí. Pero hay algo en tu sangre, en tu espíritu, que te hace diferente. Eres el recipiente perfecto.
—¿El recipiente para qué?
—Para un espíritu antiguo. Un espíritu de Lycan. El más poderoso de los nuestros, dormido durante milenios, esperando el momento adecuado. El cuerpo adecuado. El alma adecuada para despertar.
Aynara los miró, sin saber qué pensar.
—Si aceptas —continuó el licántropo—, ese espíritu habitará en ti. Te dará fuerzas que nunca imaginaste. Te protegerá a ti y al hijo que llevas dentro.
—¿Mi hijo? —Aynara se llevó una mano al vientre—. ¿Saben lo de mi hijo?
—Lo sabemos todo.
—Pero a cambio —intervino otro—, tú te convertirás en una de nosotros. Pasarás a formar parte de la manada real, bajo la protección directa de la realeza licántropa.
—Ya no serás la humana despreciada por los lobos de sangre impura —añadió el líder—. Serás algo más. Algo que ellos ni siquiera pueden imaginar.
Aynara los miró con sus ojos verdes, aún doloridos, aún llenos de las sombras de la traición. Luego miró a Elena, que la observaba desde el rincón con una mezcla de esperanza y temor.
Finalmente, sus manos buscaron su vientre. Ese vientre que milagrosamente seguía albergando la vida que Damián, sin saberlo, había sembrado en ella.
—Si acepto —dijo lentamente—, ¿qué pasará con mi hijo?
—Será licántropo —respondió el líder—. El primero nacido de una humana portadora del Gran Espíritu. Será poderoso. Será respetado. Será uno de nosotros.
—Y Damián...
—Damián —el líder sonrió con desdén—. Ese lobezno que te traicionó. No volverá a hacerte daño. Ninguno de ellos podrá.
Aynara guardó silencio por un largo momento.
—Acepto —dijo finalmente.
Y en ese momento, el mundo cambió para siempre.
La habitación del hospital se llenó de una energía distinta cuando la bruja del aquelarre cruzó el umbral.
No era una mujer cualquiera. Sus ojos parecían contener siglos de sabiduría. Sus manos, cubiertas de símbolos tatuados que brillaban con tenue luz propia, sostenían un cuenco de obsidiana del que emanaba un humo espeso y fragante.
Aynara, aún débil por las heridas pero con una determinación recién nacida ardiendo en su pecho, la observó acercarse sin miedo.
—¿Estás lista? —preguntó la bruja. Su voz era como el crujir de hojas secas.
—Sí —respondió Aynara.
Los licántropos reales se apostaron alrededor de la cama como centinelas de otra época. Elena fue conducida suavemente hacia un rincón.
—Quédate aquí —le dijo uno de ellos—. Solo observa.
—¿Le pasará algo malo? —preguntó Elena, nerviosa.
—No temas. Saldrá fortalecida.
La bruja comenzó a entonar palabras en una lengua que Aynara no reconoció. Un idioma anterior a los hombres. Anterior quizás a los mismos lobos. Un lenguaje que vibraba en el aire y hacía temblar los objetos a su alrededor.
—Concéntrate en mi voz —dijo la bruja—. No te resistas.
—No lo haré.
La bruja vertió el contenido del cuenco sobre el pecho de Aynara. El líquido, que parecía hecho de luz líquida y sombras danzantes, se filtró a través de su piel sin dejar rastro.
Por un instante, todo fue negro.
Luego, un dolor inmenso. Pero no un dolor físico. Algo más profundo. Más antiguo. Como si cada fibra de su ser fuera desgarrada y tejida de nuevo con hilos diferentes.
Aynara gritó.
—¡Aynara! —gritó Elena desde el rincón, intentando acercarse.
—¡Quieta! —la detuvo un licántropo—. No interfieras.
El dolor cesó tan repentinamente como había comenzado.
Y entonces, la paz.
Cuando Aynara abrió los ojos, el mundo ya no era el mismo.
Veía colores que antes no existían. Escuchaba susurros en el viento que antes le eran inaccesibles. Y en lo más profundo de su alma, enredada con la suya como una hiedra antigua y poderosa, sentía la presencia de otro ser.
—¿Lo sientes? —preguntó la bruja, inclinándose sobre ella—. ¿Sientes al Gran Espíritu?
—Sí —susurró Aynara—. Está aquí. Conmigo.
No era una voz. No era una personalidad que le hablara. Era una conciencia paralela. Una fuerza dormida pero inmensa que latía al unísono con su propio corazón.
El Gran Espíritu Lycan había encontrado su hogar.
Se miró las manos. Ya no vio las marcas de las heridas. Su cuerpo, antes maltrecho y dolorido, ahora irradiaba una energía que la hacía sentir capaz de cualquier cosa. Se incorporó en la cama sin esfuerzo.
—¿Cómo te sientes? —preguntó la bruja.
—Diferente —respondió Aynara—. Me siento... fuerte.
Entonces sintió algo más: el bebé en su vientre. Pero ya no era el mismo. Podía percibirlo con una claridad sobrecogedora. Podía sentir su esencia. Lo que antes era un cachorro de lobo
Aynara estaba viva. Pero algo en su mirada había cambiado. Algo profundo y dorado brillaba en sus ojos verdes, donde antes solo había desesperación.
La bruja que había realizado el ritual, Laesha, permanecía de pie junto a la cama, observando a Aynara con sus ojos velados. El cuenco de obsidiana humeaba aún en sus manos.
—Ya está —dijo con voz serena—. El Gran Espíritu ha encontrado su hogar.
Elena, desde el rincón, se atrevió a acercarse.
—¿Aynara? ¿Estás bien?
—Estoy… —Aynara se miró las manos, las movió, sintió la energía que recorría su cuerpo—. Estoy mejor que nunca.
La puerta se abrió. Una mujer entró en la habitación.
Era alta, de una belleza sobrecogedora. Su cabello, del mismo negro azabache que el de Bóreas, caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Sus ojos, dorados como los del rey, brillaban con una inteligencia antigua. Vestía con una elegancia sencilla pero imponente.
A su paso, los licántropos que custodiaban la habitación inclinaron la cabeza.
—Madre Luna —murmuraron al unísono.
El funeral de Damián se celebró en la Manada Colmillo Blanco, bajo un cielo gris y amenazante. La lluvia caía suavemente, como si la naturaleza misma llorara la partida del alfa.Aynara llegó con una pequeña comitiva. Bóreas iba a su lado, en señal de respeto. También asistieron Elena, Kurt, y algunos guardias Lycan.Saya, la madre de Damián, los recibió con los ojos enrojecidos y el rostro demacrado.—Gracias por venir, majestad —dijo, haciendo una reverencia.—Lo siento por su pérdida —respondió Aynara.—Él la quería. Hasta el final.—Lo sé.—¿Puedo... puedo abrazarla?Aynara dudó un segundo. Luego, asintió.Saya la abrazó con fuerza, como si buscara consuelo en la mujer que su hijo nunca pudo tener.—Usted le dio la sangre que lo mantuvo vivo estos años —susurró Saya—. Sin usted, habría muerto antes.—Hice lo correcto.—Eso es lo que importa.Se separaron.Aynara caminó hacia el féretro.Damián yacía allí, con las manos cruzadas sobre el pecho, el rostro pálido pero en paz. Su lobo
Capítulo 138 El AtaqueFueron varios días de preparativos, de reuniones, de estrategias.Pero un día, cuando Aynara viajaba en uno de los convoy hacia una de las manadas más lejanas, ocurrió lo inesperado.Los renegados atacaron.Eran muchos. Demasiados. Salieron de entre los árboles como una marea de pelaje y colmillos, sus ojos brillando con odio. El convoy quedó rodeado en segundos.Aynara llevaba a Uzziel y a sus dos hijas pequeñas. Las niñas comenzaron a llorar. Uzziel, de diez años, se puso delante de ellas con una determinación que helaba la sangre.—No tengan miedo —dijo—. Mamá nos va a proteger.—Mamá no puede sola —respondió una de las niñas.—No está sola. Están los salvajes.Y los salvajes, como si hubieran escuchado, surgieron de las sombras.El contraataque fue brutal. Los Lycan salvajes se abalanzaron sobre los renegados con una ferocidad que rayaba en la locura. No hubo piedad. No hubo negociación. Solo una masacre que tiñó de rojo la nieve.Aynara observaba desde el i
Aynara veía cómo todos engranaban conjuntamente.Los niños corrían por el jardín, sus risas llenando el aire. Los adultos conversaban en grupos, algunos serios, otros riendo a carcajadas. Las parejas se miraban con esa complicidad que solo los años y el amor verdadero pueden construir.Todo estaba en su lugar.Todo funcionaba.Y entonces, recordó.Vio a Bóreas al otro lado del jardín, conversando con Moron y Kurt. Su esposo. Su rey. El padre de sus hijos. El hombre que había cambiado su vida para siempre.Recordó el día en que se encontró con él en ese cumpleaños. Ella era tan jovencita, apenas una adolescente que se había perdido en los pasillos de la fortaleza. Él era un rey, imponente, inalcanzable. Y sin embargo, sus destinos se habían entrelazado desde antes incluso de que todo se desencadenara.—¿En qué piensas? —preguntó Yskara, sentándose a su lado y acariciando su cabello con suavidad.Aynara sonrió.—En el pasado.—¿Duele?—No. Ya no. Era un dolor intenso, pero ahora... ahor
Tarian, Carla y Milka se sentaron juntas en un banco del jardín. Elena se unió a ellas al poco tiempo. Las cuatro mujeres, que habían pasado por tanto juntas, ahora disfrutaban del sol y del chisme.Carla comenzó.—Hay unas lobas en mi manada que no dejan de rondar a Moron.—¿En serio? —preguntó Milka.—Sí. Se le acercan, le sonríen, le ofrecen comida. Es desesperante.—¿Y él qué hace?—Las ignora. Pero a mí me da rabia.—Es comprensible.Milka se quejó.—En mi manada también pasa. Una loba se le acercó a Carlo. Casi la mato.—¿Casi?—No la toqué. Solo la miré.—¿Y con eso bastó?—Soy una princesa Lycan. Claro que bastó.Tarian negó con la cabeza.—Ustedes no saben lo que es tener un humano como esposo. Son más frágiles. Hay lobas que no solo quieren arrimarse. Algunas han intentado abusar de él.—¿Abusar? —preguntó Elena.—Sí. Una vez, una loba lo tomó del brazo y trató de besarlo. Antonio se asustó tanto que casi se desmaya.—¿Qué hiciste?—La confronté. Le dije que si volvía a tocar
Bóreas y Aynara observaban el salón desde lo alto de la escalera principal.La fiesta de Uzziel estaba en su apogeo. Los invitados reían, bailaban, celebraban. Y en medio de todos, su hijo, el pequeño tirano, caminaba entre las piernas de los adultos como si fuera el dueño del mundo.—Mira —dijo Aynara—. Ya está dando órdenes.—Es mi hijo —respondió Bóreas.—Eso no es una excusa.—Es una explicación.Aynara rió.—Eres imposible.—Lo sé. Por eso me quieres.—Eso no es cierto.—Un poco.—Solo un poco.Bóreas la tomó de la mano.—Estamos bien —dijo.—¿Cómo?—Nuestra familia. Nuestro reino. Nuestro futuro. Todo está bien.Aynara asintió.—Sí. Todo está bien.—¿Estás contenta?—Más de lo que imaginas.—¿Arrepentida?—Nunca.Bóreas la besó.—Te quiero.—Yo también te quiero.—¿Mucho?—Más de lo que imaginas.—Entonces ven. Vamos a celebrar.—¿Celebrar qué?—Que ganamos.—¿Ya ganamos?—Todavía no. Pero lo haremos.—¿Cuándo?—Pronto.Aynara sonrió.La fiesta continuó.Los invitados se fueron
Kurt no quería tener hijos.No era que los odiara. No era que no le gustaran. Era que un cachorro Lycan era muy difícil de criar, y más aún para una humana como Elena. Los embarazos Lycan eran complicados, peligrosos, y a menudo ponían en riesgo la vida de la madre.—No quiero que sufras —le dijo una noche, mientras cenaban en la fortaleza.—No voy a sufrir —respondió Elena.—No lo sabes.—Lo sé. Porque tú me cuidas.—No puedo cuidarte de todo.—Puedes intentarlo.Kurt suspiró.—Eres terca.—Lo sé. Por eso me quieres.—Eso no es un argumento.—Es el único que tengo.Kurt negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír.La Diosa Luna, sin embargo, tenía otros planes.Una noche, en una de esas en que Kurt se emocionó más de la cuenta, Elena quedó embarazada.No fue un embarazo cualquiera. Fue un embarazo de trillizos. Tres cachorros Lycan creciendo en su vientre al mismo tiempo.Kurt casi se muere cuando lo supo.—¿Tres? —preguntó, pálido.—Tres —confirmó la curandera.—¿Estás segura?—







