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last update Fecha de publicación: 2026-08-12 20:17:40

Seis

La mañana llegó demasiado pronto; la luz del sol se colaba por las cortinas que no recordaba haber cerrado. Las sábanas a mi lado estaban vacías, pero aún calientes.

El sonido amortiguado del agua corriendo en el baño me devolvió a la realidad. La noche anterior había sido salvaje, demasiado salvaje como para olvidarla.

Cerré los ojos, reviviendo imágenes fugaces del rostro de Carmen, de su cuerpo, de la forma en que gritaba mi nombre.

Mi celular vibró en la mesita de noche, rompiendo la neblina. Lo tomé.

Recordatorio de vuelo. Nueva York.

La misión.

Esta era mi boleta de salida. La última tarea que Don Antonio tenía para mí. Si la completaba, por fin dejaría atrás esta vida.

Me vestí rápidamente, poniéndome mi atuendo habitual, todo negro. No esperé a que ella terminara de ducharse.

Sin despedidas, sin promesas, sin apegos. Solo otro momento fugaz para guardar bajo llave junto con el resto de mis pecados.

Me detuve brevemente en la puerta del baño, casi deseando que ella saliera. En cambio, me di la vuelta y me fui, con mis pasos resonando en el silencio.

Veinticuatro horas más tarde, me encontraba en la mansión de Capo Marco en Nueva York, esperando conocer a mi protegida: la mujer a quien protegería durante los próximos tres meses.

—Seis —la voz atronadora de Marco Falcone me sacó de mis pensamientos—. Ven a conocer a mi prometida. Es una mujer hermosa, ya lo verás.

Me di la vuelta.

Y ahí estaba ella.

No era Carmen.

Arabella Rodríguez.

La heredera del imperio Rodríguez.

La futura esposa del Capo.

Y mi maldita aventura de una noche.

M****a.

Su rostro era una máscara de perfecta compostura, pero capté el destello de reconocimiento en sus ojos. Ella se recuperó primero, por supuesto que sí.

—Es un placer conocerte, Six —dijo, con una sonrisa impecable y refinada. No había ni rastro de la mujer que me había suplicado que me la tirara la noche anterior—. He oído hablar mucho del legendario ejecutor.

Me obligué a mantener una expresión neutra; mis años de entrenamiento entraron en acción. —Señorita Rodríguez.

El brazo de Marco se deslizó alrededor de su cintura, un gesto posesivo destinado a establecer su dominio. Mis dedos se crisparon al recordar la sensación de su suave piel bajo ellos.

—Arabella se quedará aquí hasta la boda —anunció Marco—. Serás su sombra. A donde ella vaya, tú vas. ¿Entendido?

«Entendido, Capo». Mi voz sonaba firme, pero por dentro era una tormenta.

Los labios de Arabella esbozaron una sonrisa pícara. «Estoy segura de que nos llevaremos de maravilla».

Marco sonrió, ajeno a la chispa que saltaba entre nosotros. «Seis es el mejor. Nunca ha fallado en una misión».

Hasta ahora, tal vez.

—Esta noche tengo una gala de caridad —dijo Arabella, con un tono dulce e inocente—. ¿Me acompañarás, Seis?

—Para eso estoy aquí —respondí con calma. Necesitaba quedarme a solas con ella, para hablar. Por ahora podía mantener esta farsa, pero la verdad flotaba en el aire como una guillotina.

Ella se excusó para prepararse, dejándome a solas con Marco. Él encendió un cigarro, mirándome a través de la neblina de humo.

«Es hermosa, ¿no?», dijo, con un tono cortante en la voz. «Y pronto será mía. El imperio Rodríguez junto con ella».

Una advertencia. Un recordatorio de cuál era mi lugar.

«El Don mencionó amenazas», dije, llevando la conversación a terreno más seguro.

—Los enemigos de su papá ahora son los míos —murmuró Marco, exhalando un anillo de humo perfecto—. Manténla a salvo, Seis. Cueste lo que cueste.

Asentí con la cabeza, sabiendo que estaba atrapado en una trampa que yo mismo había tendido. Un paso en falso y todo se derrumbaría.

Marco me mataría por tocar a su mujer. Don Antonio me mataría por poner en peligro la fusión. Y Arabella...

Arabella era una incógnita que no podía descifrar.

Reapareció con un vestido rojo que le quitó el aliento a todos los presentes. Se me oprimió el pecho cuando los recuerdos que había tratado de reprimir volvieron a inundarme. Se colocó un arete, y su reflejo en el espejo captó mi mirada.

—¿Nos vamos? —preguntó con voz ligera y juguetona. Demasiado inocente.

La seguí hasta el auto que nos esperaba y me senté adelante, junto al chofer. En el espejo retrovisor, sus ojos se encontraron con los míos. Había algo peligroso ahí: un desafío, un reto.

Tres meses. Solo tenía que sobrevivir tres meses.

Pero cuando me sonrió en el espejo —una sonrisa llena de secretos y pecado—, lo supe.

Ya estaba muerto.

***

El viaje parecía no tener fin, aunque sabía que estábamos a solo unos minutos del hotel.

Había una tensión tácita que era casi insoportable.

Traté de mirar al frente, pero mis ojos… mis ojos no dejaban de desviarse hacia el espejo retrovisor. No podía evitarlo.

Y cada vez que lo hacía, ahí estaban, esos ojos inquietantemente hermosos, mirándome fijamente.

Arabella Rodríguez. ¿O debería decir, Carmen?

Cada vez que nuestras miradas se cruzaban en el espejo retrovisor, sentía como si ella me estuviera arrastrando hacia algo más profundo, algo que no estaba seguro de querer entender.

No solo me estaba mirando; estaba sosteniendo mi mirada, desafiándome a desentrañar la verdad.

¿Era esto una prueba?

¿Sabía ella quién era yo aquella noche en Roma? La forma en que había sonreído, me había tocado y había pestañeado, todo parecía tan calculado.

¿Era una coincidencia, o había caído en una trampa cuidadosamente tendida? ¿Un juego retorcido del que solo ella conocía las reglas?

Mantuve la atención en la carretera. Mantener la calma bajo presión era algo natural para mí, pero ahora su presencia estaba socavando los límites de mi control.

No podía dejar de preguntarme qué se le pasaba por la cabeza mientras estaba sentada ahí, con su mirada clavada en la nuca.

La siguiente vez que crucé la mirada con ella por el espejo, ya no pude aguantarlo más. Su expresión era un muro de silencio, que no revelaba nada.

Eso me enfureció. Me giré ligeramente, dejando que mi voz rompiera la tensión.

—“¿Estás bien, señorita Rodríguez? ¿Necesitas algo?”

Era una excusa débil para echarle un vistazo con ese vestido, y ambos lo sabíamos.

Ella tragó saliva, moviendo la garganta por un segundo antes de responder, con voz tranquila y controlada. “Estoy bien, gracias.”

Asentí con la cabeza, volviendo la vista hacia la carretera, tratando de sacudirme esa sensación que me carcomía por dentro. Las luces de la ciudad pasaban borrosas mientras el auto zumbaba suavemente bajo nosotros, pero mis pensamientos estaban todo menos tranquilos.

Cuando llegamos al hotel, salí rápidamente, rodeando el auto antes de que lo hiciera el valet. No fue solo instinto, fue una excusa para acortar la distancia.

Le abrí la puerta y le puse una mano ligeramente en la parte baja de la espalda para guiarla al salir. El gesto fue profesional, ensayado, pero la forma en que se puso tensa bajo mi contacto me dijo todo lo que necesitaba saber.

Ella recordaba.

«Así que, Carmen, ¿eh?», murmuré, con una voz lo suficientemente baja como para que solo ella pudiera oírme. Me incliné más cerca, escudriñando el área en busca de miradas indiscretas, manteniendo mi tono agudo y deliberado. 

«Ese nombre no me engañó».

Se quedó paralizada por un segundo —tan breve que podría habérmelo perdido si no la hubiera estado observando tan de cerca—. Pero luego se volvió hacia mí con una sonrisa lenta y calculada, de esas que me hacen sentir un escalofrío que me recorre la espina dorsal.

«Qué intuitivo de tu parte, Seis». Su voz era suave como el terciopelo, y sus ojos azules brillaban con un destello juguetón y peligroso. «Estoy impresionada».

Y así, sin más, dio media vuelta, alejándose de mí con una elegancia que se sintió como una bofetada en la cara.

Ni siquiera miró hacia atrás, dejándome ahí parado, clavado en el lugar.

Observé su figura que se alejaba, con la mente a mil por hora.

¿En qué diablos me había metido?

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