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last update Fecha de publicación: 2026-08-12 20:18:55

Arabella

Entré a la gala, con cada paso medido, cada movimiento envuelto en una sonrisa ensayada. Por fuera, era la elegancia personificada. Por dentro, me estaba desmoronando.

Tenía las palmas sudorosas y el corazón latía a un ritmo incómodamente rápido. Pero nadie podía darse cuenta. Mantuve una postura impecable, saludando con la mano a algunos rostros conocidos al pasar.

Aun así, mis pensamientos seguían volviendo una y otra vez a ese momento en la mansión del Capo: el momento en que la mano de Marco se posó en mi cintura, posesiva y asfixiante.

Su tacto aún perduraba, como un peso fantasmal sobre mi piel. «Seis», había declarado Marco, con una voz que resonaba por toda la sala como un foco. «Ven a conocer a mi prometida. Es una mujer hermosa, ya lo verás».

En ese momento había levantado la vista, y se me había cortado la respiración al cruzar mi mirada con la suya. Seis. El hombre al que me había esforzado tanto por olvidar. El hombre cuyos ojos penetrantes podían desnudarme de una manera que nadie más había logrado jamás.

Los recuerdos de esa noche volvieron a inundarme: nítidos, vívidos, implacables. La sensación de sus manos, su aliento rozando mi oreja, la forma en que su tacto había borrado el mundo a nuestro alrededor.

Se me oprimió el pecho y exhalé lentamente, tratando de alejar esos pensamientos. Concéntrate, Arabella. Esta noche no se trataba de él. Mis ojos recorrieron la multitud resplandeciente, buscando algo, a alguien, mucho más importante que la enredada red en la que Six y yo estábamos atrapados.

Pero como si el destino tuviera un sentido del humor perverso, lo sentí antes de verlo. Su calor se presionó contra mi espalda, y el aroma tenue y embriagador de su colonia se enroscó en mis sentidos. Mis músculos se tensaron.

—Cuando dije que podías acompañarme a una gala —murmuré, manteniendo la voz baja a pesar de que mi pulso se aceleró—, no quise decir que debieras estar respirándome en la nuca todo el tiempo.

Su voz llegó, una suave ondulación de diversión burlona. —He estado más cerca que esto, Arabella —dijo, y sus palabras rozaron mis defensas—. En ese entonces no parecía importarte.

Un escalofrío me recorrió la columna antes de que pudiera detenerlo. Los recuerdos volvieron a aflorar con fuerza, demasiado vívidos e intrusivos: sus manos recorriendo mi piel, su boca reclamando la mía, el infierno que habíamos creado juntos.

Mi cuerpo me traicionó, recordando sensaciones que preferiría olvidar. El calor se acumuló en la parte baja de mi abdomen y me mordí el interior de la mejilla, furiosa conmigo misma.

Enderecé la espalda, forzando la rigidez en mi columna vertebral. Fijé la mirada en las lustres ornamentadas que tenía delante, desesperada por evitar su mirada. «No sé de qué estás hablando», respondí, con voz monótona, la mentira tan frágil como el vidrio.

Su risa le siguió, grave y peligrosa, envolviéndome como humo. Se me clavó en la piel, amenazando con derrumbarme. —¿Así es como vas a jugar esto? —preguntó, con un tono exasperantemente divertido.

Apreté la mandíbula. —No creo que quieras ninguna foto de nosotros juntos esta noche —repliqué, con voz cortante, aunque mis manos temblaban ligeramente.

Esa maldita sonrisa burlona se extendió por su rostro, maliciosa y cómplice. «Recuerdo que tu esposo insistió en que me mantuviera cerca», dijo, y el énfasis burlón en esa palabra me revolvió el estómago.

«No es mi esposo», espeté, con las palabras como una piedra amarga en mi garganta. Solo pensarlo me ponía la piel de gallina.

Six levantó una ceja, inclinándose ligeramente hacia adelante, y su voz bajó una octava. «Ah, pero es solo cuestión de tiempo, ¿no?»

Antes de que pudiera responderle con brusquedad, Katherine, una amiga mía, apareció a nuestro lado, mirando de mí a Six con curiosidad en los ojos.

«Arabella», me saludó cálidamente, aunque su atención se demoró en él. «¿Y quién es este?»

Esbocé una sonrisa forzada, volviéndome hacia ella, aunque podía sentir el peso de la mirada de Six. —Katherine, este es Six —dije, con un tono seco y un poco demasiado formal—. Mi guardaespaldas.

Arqueó las cejas y volvió a fijarlo con la mirada. —¿Tu guardaespaldas? —repitió, con un tono teñido de intriga.

—Sí —confirmé, esbozando una sonrisa con los labios apretados—. Solo mi guardaespaldas.

Los ojos de Katherine lo recorrieron de nuevo, y casi podía ver las preguntas formándose en su mente.

Ella le sonrió, con su curiosidad apenas disimulada. —Bueno, Six, es un placer conocerte. Estoy segura de que nos veremos más seguido.

Él inclinó ligeramente la cabeza, pero yo no me atreví a mirarlo. Podía sentir que me observaba; su presencia era una sombra constante, imposible de ignorar.

Su risa resonó débilmente en mis oídos, con los ojos brillando con esa mezcla enloquecedora de diversión y peligro.

Por más que intentara escapar de él, siempre se las arreglaba para volver a atraparme.

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