LOGINPara Aisha, la vida cotidiana de una adolescente no estaba fuera de lo común, a excepción de unos sueños que en las últimas semanas, parecían atormentarla por lo real que parecían, pero al despertar solo se desvanecian, sin embargo eran como una espina bajo la piel. Sobre todo porque cuando despertó, gritó, “Zaira” , no sabía si era un recuerdo, un eco ajeno o una mentira sembrada en su mente. Solo sabía que cada vez que cerraba los ojos, ese nombre volvía a llamarla.
Desde ese momento, para ella, estar en el Colegio Mayor Unidad se había vuelto extraño. Demasiado frío para la estación, siempre mirando fijamente por la ventana, como perdida en sus pensamientos, observando que algo le diese la razón, a algo que aun no sabia como llamarlo o reconocer.
Un estremecimiento le recorrió la espalda.
—Ya no estás sola —susurró algo dentro de ella.
No era su voz, definitivamente, es como si algo perturba su alrededor, miró alrededor y solo estaba ella, y sus compañeros, lo extraño vino después, su libro en su escritorio, vibro, la cubierta era como si palpitara, algo como si por dentro respirara, pero el libro se abrió, y allí estaba ese nombre.
Zaira.
Era una presencia. Su figura parecía moverse entre las líneas, envuelta en sombras y llamas. La piel marcada. Los ojos cansados. El dolor escrito en cada trazo.
—No… estoy loca—jadeó Aisha, con el corazón desbocado.
La página onduló, como la superficie de un lago alterado por el viento. Zaira dio un paso adelante sobre el papel, dejando una estela oscura a su paso. A su alrededor, la niebla se cerraba como una jauría invisible.
Un frío antiguo mordió el aire.
Aisha parpadeó.
Sus compañeros la miraron por unos minutos, “Oye que te sucede”, a lo que Aisha tomó sus cosas y salió deprisa del aula, viendo no el pasillo, sino un bosque, que la abrumaba, suelo húmedo, las cubiertas de madera en llamas y cenizas, entonces ella freno como pudo y giró a ver, frente a ella, la escena de Zaira arrodillada, Aisha paso saliva con dificultad, como si todo fuera a quebrar la respiración.
—No quería esto para ti —escucho a la mujer hablar. —. En el futuro ella nacerá, con eso me recordarás, pero no ocupará mi lugar, será…Aisha retrocedió, solo viéndola mover la boca pero sin poder oirla, confundida, con un nudo ardiendo en la garganta.—¿Quién eres?
Zaira alzó el rostro. Sus ojos reflejaban un cansancio infinito.
—Soy la razón por la que él no puede amar sin culpa.
—¿Quién…soy? —susurró Aisha.
El viento rugió entre los árboles. Algo brilló en el suelo.
Un medallón de plata, partido en dos.
Zaira señaló el objeto con una tristeza que parecía eterna.
—Sanathiel —murmuró—. Él me vio arder. Ahora te observa vivir Aisha.
El grito que brotó de Aisha no le pertenecía.
Despertó sobresaltada, con el sabor metálico de las cenizas en la boca y el corazón golpeándole las costillas. A su lado, su compañero trataba de despertarla.
—Tome nota, así que copialo y luego me los regresas.
—. Gracias, pero me quedé dormida.“Toda la clase, no te preocupes ya saldremos.”Pero el temblor en sus manos la traicionaba.
Ni bien tocó el timbre de salida, fue la primera en salir, intentando dejar atrás aquella sensación, y mientras lo hacía, al bajar para el segundo piso, se chocó con alguien peculiar, el impacto fue tremendo, porque casi pisa en falso y se rueda, sino fuese por aquel. Quien la sostuvo, a lo que Aisha pudo verlo con claridad.
—Lo siento.
Lo primero que cruzó por su mente, fueron esos ojos violetas, poco peculiares, su cabellera blanca peinada hacia atrás, contrastaba con la dureza elegante de su rostro y alto, con un porte e intensidad que le erizo la piel. Un calor extraño le atravesó el pecho. Al mismo tiempo, un frío instintivo le advirtió que debía apartarse.
—Tú… ¿Nos conocemos? —preguntó ella, sin saber por qué.
Él recogió el cuaderno que había caído por las gradas. Al hacerlo, una hoja suelta se deslizó fuera: un trébol en espiral, un triskel... Y un lobo formado por una sola palabra repetida hasta el delirio: Sanathiel.
—Así que ese es su nombre... —susurró el chico de ojos violetas, observando la hoja antes de devolverla.
«Así te llamas...», pensó Aisha, recibiendo el papel con manos temblorosas.
—Ruanda es mi apellido. Pero dime, ¿te gustan los cuentos de hadas, Aisha? —preguntó él con calma.
El pulso de ella se disparó.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Los ojos violetas brillaron un instante, como si algo antiguo despertara tras ellos.
—Dicen que los lobos nunca desaparecen del todo.
Parpadeó. Cuando volvió a enfocar, el muchacho ya se había alejado, perdiéndose entre los estudiantes. No había dejado huellas en el suelo húmedo.
Aisha se quedó inmóvil, con el cuaderno apretado contra el pecho.
No sabía quién era.
No sabía qué quería.Solo sabía una cosa:
Desde ese momento, nada volvería a ser solo un sueño.
“Cuando el tiempo se rompe, la memoria es la única herida que no cicatriza.” La tierra seguía temblando, y las últimas partículas de luz de Sanathiel se iban desvaneciendo lentamente en el aire. Un silencio abrumador cubrió el campo de batalla, como si el mundo entero se hubiera detenido, conteniendo el aliento ante lo inevitable.Aisha permanecía arrodillada, sosteniendo el medallón que aún brillaba débilmente, mientras las lágrimas surcaban su rostro. Incluso cuando una de las partículas roso levemente su rostro como dando consuelo. Ella sintió la mano de él, su lobo blanco.“Sanathiel”, cerrando los ojos, como si pudiera verlo.Salomón se acercó lentamente, con el rostro endurecido por la mezcla de rabia y desesperación.—Él no tenía que hacerlo —murmuró, sus manos apretando los restos de la lanza.Aisha levantó la mirada, con los ojos llenos de determinación.—Lo hizo porque sabía que nadie más podía. No entiendes, Salomón… Sanathiel creyó en algo más grande que nosotros.Por otr
Epílogo: El Nuevo AmanecerUn recuerdo, un grito en la luna roja, un medallón que se abre solo, o la sensación de que alguien más la observa. El cielo comenzaba a despejarse tras el enfrentamiento final. En el corazón de la ciudad en ruinas, Aisha sostenía el cuerpo inerte de Sanathiel, mientras la primera luz del amanecer bañaba su rostro.—Te prometo que tu sacrificio no será en vano, lobo blanco —susurró.Sus palabras se fundieron con las lágrimas que caían, silenciosas. Sanathiel, completamente desvanecido, se llevaba consigo la esencia de los Nevri, dejando tras de sí un recuerdo imposible de borrar.Mientras las lágrimas de Aisha se perdían en el viento, las sombras comenzaban a avanzar. Los vampiros, ahora señores de lo que quedaba, se esparcían como una plaga. El último pulso de energía sagrada apenas resistía, sosteniendo un frágil hilo de esperanza para los pocos que aún permanecían ocultos.A lo lejos, Varek observaba en silencio. Su mirada melancólica se detuvo en la
Capítulo 121: El aire en la ciudad era irrespirable, impregnado de humo y un hedor metálico que anunciaba la extinción. Las calles, una vez vibrantes, eran ahora un cementerio de soldados y civiles; el caos reinaba en cada esquina. Criaturas sedientas de sangre, deformadas por la corrupción de la comunidad de los Trece, devoraban a los pocos sobrevivientes, reduciendo a los humanos a sombras distorsionadas de lo que alguna vez fueron.Skiller golpeaba frenéticamente una puerta de acero con los puños ensangrentados, su respiración agitada por la desesperación.—¡Abran, maldición! ¡Hay sobrevivientes aquí! —gritó, con la esperanza de que aún quedara alguien con vida detrás de aquellas paredes.La puerta finalmente cedió con un chirrido metálico, pero dentro solo encontró cuerpos apilados. La muerte había llegado antes que él.Un leve murmullo rasgó el silencio.En el centro de la habitación, entre las llamas y la destrucción, una figura conocida se alzaba: Cristal.Su cabello brillaba
Capítulo 120: “Donde el mundo olvidaba el tiempo, Varek aún recordaba el dolor.”El santuario existía fuera del flujo del tiempo. Un solo día en el mundo real podía convertirse en meses, incluso años, dentro de aquel dominio. Aisha no lo supo hasta que su cuerpo comenzó a cambiar, hasta que el peso de una nueva vida creció en su interior.Varek observaba desde las sombras, su mirada cargada de anhelo y desesperación. La imagen de Aisha, libre de todo sufrimiento, debería haberle traído consuelo, pero en su interior, una sombra de culpa lo atormentaba.—Te traje aquí para salvarte de ellos, de todo. Pero no puedes salvarte de mí —susurró, más para sí mismo que para ella.Aisha comenzó a moverse, como si despertara de un sueño largo y confuso. Su mirada buscó algo en el vacío, algo que no podía recordar del todo.—¿Dónde estoy? —preguntó, su voz temblorosa.—Estás a salvo —respondió Varek, avanzando hacia ella—. Aquí no hay peligro, ni luchas. Solo paz."La paz del santuario era artifi
Capítulo 119:“Desde que la luz del medallón se extinguió, habían pasado horas… o tal vez siglos. El tiempo no tenía significado en ese lugar.”Varek, con Aisha aún inconsciente en sus brazos, avanzó hacia un portal que se materializó frente a él. Las sombras danzaban alrededor de su figura, envolviéndolo en un abrazo oscuro. Era un espacio entre mundos, un refugio que él había creado mucho tiempo atrás, un lugar donde ni los demonios ni el destino podían alcanzarlos.Al atravesar el portal, se encontraron en un vasto campo cubierto por una niebla plateada, iluminado por la tenue luz de una luna que no pertenecía a ningún cielo conocido. Todo estaba en silencio, excepto el suave susurro del viento que parecía hablar directamente a Varek.Varek no esperaba que lo amara. Aún no.Pero si al despertar lo buscaba a él primero —aunque solo fuera con la mirada—...Entonces todo este santuario, todo este abismo, habría valido la pena.Él la depositó con sumo cuidado sobre un lecho de flores b
Capítulo 118:"Donde la oscuridad se rompe..." Aisha dejó escapar un sollozo de alivio y alegría mientras lo abrazaba con fuerza. Pero justo en ese instante, el tiempo pareció detenerse de nuevo, congelando cada movimiento, cada partícula de luz en el aire.De entre las sombras se deslizó una figura, y en sus ojos titilaban galaxias enteras: “Moira.”—Este será el escenario decisivo... —dijo con un tono solemne que resonó en los corazones de quienes aún podían oír—. El destino fluye como un río: jamás se desvía... salvo cuando alguien lo rompe.Aisha, aún aferrada al medallón y a Rasen, levantó la vista, enfrentando a Moira con una determinación que nunca antes había sentido.—Forjaré mi propio destino —respondió con firmeza, su voz resonando en el vacío—. Uno en donde nadie tenga que morir.Moira ladeó la cabeza, intrigado por sus palabras.——¿Cambiarías el sacrificio del lobo blanco... por el humano que fue devuelto a la vida por ti?La pregunta perforó la mente de Aisha, pero no va







