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Capítulo 3: Bajo la tormenta

Author: Balloleth
last update publish date: 2024-09-14 23:27:12

De camino a la autopista, la lluvia se deslizaba sobre el parabrisas, mojando todo aquello que se atrevía a cruzarlo, incluso al bajar la ventanilla del auto, y sacar sus dedos largos y gruesos, susurro, “Esto de ser libre, se siente bien”, el carro siguió su camino, pero la lluvia estaba próxima a parar, cuando se abrieron las rejas, frente a él una mansión vigilada del tejado por gárgolas.

El elegante auto azul noche, se detuvo muy cerca de la entrada, y de él descendió, Sanathiel cuyo traje azul marino contrastaba con el cielo plomizo y el ambiente. Con un pie fuera del auto, vio en el charco el reflejo de dos figuras, una suya y la otra de un lobo de ojos dorados, con los colmillos manchados de sangre.

Por un instante, esa sombra desapareció, ya no tenía forma humana.

—Señor Ruanda —dijo el mayordomo, levantando la sombrilla para evitar que se moje. —. Insistieron en que la leyera antes de la reunión.

Sanathiel tomó la carta, mirando de reojo el sello, mientras la lluvia resbalaba por la cicatriz imperceptible de su oreja. El recuerdo llegó sin aviso.

El aire olía a flores y a hierro.

Aquella mujer que gritaba su nombre en medio del bosque era Zaira. Y esos ojos celestes lo perseguirán por siempre.

No era un ataque.

Era una cacería.

La lluvia volvió barro la tierra. Zaira resbaló. Sanathiel pudo atraparla.

Pero no lo hizo.

Con un zumbido fuerte, regresó su mente al presente, subiendo las gradas, tomó con fuerza la carta y dentro, rompió el sello de cera.

—¿Creen que su veneno me afecta? —murmuró.

Un humo sulfúrico emergió del pergamino. Tomó forma.

Un rostro conocido.

Demasiado.

Sanathiel retrocedió un paso. La memoria le abrió el pecho. Esas mismas palabras de aquella mujer.

—No vas a morir por mí, vivirás en mi lugar, aunque me odies por eso.

Era justo lo que él sentía, odio y resentimiento por lo sucedido aquella última vez que se vieron. Y la odiaba. Porque a veces el amor no es suficiente.

Ahora el destino giraba a su favor, otra luz en vez de condena.

—¿Qué buscas de mí? —susurró al vacío.

Sus garras astillaron la mesa, mientras leía, “Si muere o vive, debes cederla a tu hermano”

Muy cerca de su estante, sacó un libro y esta puerta escondía, se abrió, dentro encendió la encimera y dejó caer la carta, la cual ardió con fuerza, mientras se volvía cenizas. Las palabras se deslizaron sobre su piel:

Sanguis Zaïrae ligat te ad aeternum.

La sangre de Zaira te ata por siempre.

—Sanathiel.

Mica irrumpió, dando golpecitos sobre la puerta, a lo que Sanathiel salió de su refugio y como si nada pasase, dejó que Mica abriese la puerta, y lo observó sentada sobre el sillón. Su visitante sostenía un reloj de bolsillo. El tic-tac se aceleró, ni bien entró, sentándose cerca de la mesita.

—¿Cuántos cadáveres más necesitas para entender que estás solo?

El reloj cayó sobre la mesa.

—Sigues fingiendo que eres un rey —susurró—. Pero incluso los reyes caen.

Sanathiel cerró el puño. La madera crujió. El reloj se detuvo.

—¿Vienes a advertirme? —trazó un círculo con su sangre—. ¿O a confesar a quién vendiste mi ubicación?

Mica apretó los dientes.

—Lionel ya se movió.

El nombre cayó como plomo.

—No puedes detenerlo —añadió—. Hay decisiones que ni tú puedes romper.

El aire se espesó. Sanathiel reconoció el hedor que precedía a las masacres.

Sus colmillos emergieron.

—Dile que recuerde cómo gritaba al ver morir a su madre.

Mica se retiró en silencio.

En otra parte de la mansión, un vitral estalló.

Desde la oscuridad, Falco observaba, un diario abierto en sus manos. La tinta se retorcía, deformando un rostro femenino.

En la distancia, tres aullidos rasgaron la noche.

No eran lobos.

Eran los que aúllan cuando la sangre llama.

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