INICIAR SESIÓNDiego
Como si viera más allá del pacto. Como si codiciara otra cosa.
No importa. Sus motivaciones personales no cambian nada el asunto.
Me giro sobre mis talones y entro. La casa está silenciosa, pero ya no está vacía. Ahora contiene dos presencias femeninas. Una, anunciada, legítima, que llega con los honores y una fría determinación que, lo percibo ahora, podría esconder fuegos in
Es pequeña, pero representa algo que hacía mucho tiempo que no tenía.Una posibilidad.—Empieza cuando quieras —me dice—. Deja que la pintura saque de ti todo lo que llevas dentro.Me instalo frente a un caballete y preparo la paleta con tonos bermellón, índigo y oro pálido.El pincel comienza a moverse.Pinto a Diego rodeado de rojo, atrapado en una composición que recuerda a una herida abierta. Pinto a Chiara envuelta en una oscuridad profunda, con una telaraña de miradas frías extendiéndose a su alrededor. Después me pinto a mí misma, desnuda y encadenada en medio de una luz que parece querer liberarme.Las horas desaparecen mientras trabajo.Cuando Lucien vuelve a examinar mis cuadros, ya ha caído la tarde. He terminado un autorretrato fragmentado y avanzado considerablemente en otros tres dibujos.—Excelente —dice, observando el resultado—. Vuelve mañana a las diez. Tienes alma de superviviente, V
ChiaraDiego duerme a mi lado, agotado.Lo observo durante un largo rato. Su rostro parece tranquilo, pero incluso en sueños conserva una tensión que conozco demasiado bien.Quiero convencerme de que esta noche ha cambiado algo, de que por fin he conseguido romper el muro que levantó entre nosotros.Sin embargo, cuando se mueve ligeramente entre las sábanas, lo escucho murmurar un nombre.—Valentina...La palabra me atraviesa.Mi expresión permanece inmóvil, pero algo dentro de mí se resquebraja.Ni siquiera dormido consigue olvidarla.Y yo, que he pasado veinte años esperando ocupar un lugar en su corazón, comprendo que una noche no bastará para conseguirlo.DiegoDespierto bruscamente con las primeras luces del amanecer.Un dolor punzante me atraviesa las sienes. Tengo el cuerpo entumecido y cada músculo parece recordarme que la noche anterior ocurrió algo que todavía n
DiegoEl nombre de Valentina resuena en mi cabeza.Sus ojos verdes, la suavidad de su piel, el recuerdo de aquel beso que todavía me persigue.Sacudo la cabeza, intentando apartar esas imágenes, pero la confusión no desaparece. Es como si una fuerza ajena a mí hubiera tomado el control de mis sensaciones, dejando mi voluntad atrapada detrás de una puerta cerrada.¿Es el vino?¿Me ha dado algo Chiara?La sospecha comienza a abrirse paso entre mis pensamientos.Ella me observa con una intensidad que nunca había visto en sus ojos. Durante años ha esperado algo de mí, algo que jamás he sabido o querido darle.Y ahora parece convencida de que esta noche cambiará todo.—Diego... —murmura.Su voz me devuelve a la habitación.La miro y, por primera vez en mucho tiempo, veo algo más que a mi esposa. Veo a una mujer que ha pasado años esperando una respuesta que nunca llegó, una mujer
ChiaraMi voz suena tranquila, serena, modulada como aprendí en aquellas clases de dicción que tomaba en secreto para perfeccionar mis modales.Diego asiente mecánicamente y toma la copa que el mayordomo acaba de colocar delante de él. Las gotas ya han desaparecido, disueltas en el líquido rubí como lágrimas en el océano.Perfecto.Bebe un largo sorbo y después otro. Sigo con la mirada el movimiento del vino por su garganta, completamente absorta.—Los negocios, como siempre —responde con voz ronca y cansada—. Hay movimientos sospechosos en las cuentas offshore y transferencias que no consigo rastrear. ¿Y tú, Chiara? ¿A qué se debe esta cena improvisada? ¿Hay alguna crisis que deba resolver? ¿Algún problema con el personal?Su voz transmite agotamiento, pero percibo el primer indicio del cambio: sus pupilas parecen dilatarse ligeramente y su respiración se acelera apenas un poco.El elixir ha comenzado a actuar
ChiaraContemplo mi reflejo en el espejo del baño que comunica con nuestro dormitorio conyugal, aquella amplia estancia de mármol negro donde tantas noches de soledad han dejado surcos invisibles en mi memoria.Mis ojos, rodeados de ojeras violáceas por el insomnio y las lágrimas derramadas en silencio sobre la almohada, me devuelven la imagen de una mujer a la que apenas reconozco. Conservo la misma mandíbula decidida, los mismos pómulos altos que heredé de mi madre. Sin embargo, en el fondo de mis pupilas hay una grieta que palpita como una herida abierta, una fractura insidiosa que avanza y amenaza con derrumbar todo lo que he construido con tanta paciencia: mi imperio, mi máscara de esposa devota, ese amor retorcido que siento desde hace dos décadas por un hombre que, durante las últimas semanas, atraviesa mi mirada sin verme, como quien recorre un pasillo familiar sin prestar atención a los cuadros colgados en las paredes.Pero yo no soy de las que se derrumban.No después de vei
ChiaraToma el teléfono, lee el mensaje una segunda vez. Veo la lucha en sus ojos. La desconfianza. El deseo. El miedo.—¿Cómo sé que no es una trampa?—No lo sabes. Eso es la libertad. Es un riesgo.Le dejo tiempo. El silencio se espesa entre nosotros. Miro los libros esparcidos, las marcas en su cuello, la luz que danza sobre su cabello. Es bella, lo veo. Comprendo por qué está obsesionado. Pero la belleza no basta. La juventud no basta. Hace falta más para retener a un hombre como Diego. Hace falta veneno. Y ella aún no ha aprendido a fabricarlo.—Acepto.Su voz es firme, pero veo la duda en sus ojos.—Dame la dirección.Anoto la dirección en un papel, se lo tiendo. Lo toma, lo aprieta en su puño.—Hay una condición. Diego no debe saberlo. Nadie debe saberlo. Es tu secreto. Si quieres sobrevivir aquí, tienes que aprender a tener secretos.—¿Por qué me ayudas de verdad?Me







