LOGIN**(PUNTO DE VISTA DE ISABELLA)**
El trayecto a casa se desdibujó entre luces de ciudad y asfalto brillante por la lluvia. Mis manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Cada semáforo en rojo parecía una acusación. Cada faro que barría mi cara me hacía preguntarme si se notaba: el brillo tenue y pegajoso que él había dejado en mi labio inferior se secaba despacio, marcándome.
El teléfono desechable pesaba en mi regazo. Por ahora permanecía en silencio. Lo miraba de reojo cada dos segundos. Una parte de mí esperaba que se iluminara con la prueba de que el dinero ya estaba en movimiento. La otra parte estaba aterrorizada de que lo hiciera.
Cuando me moví en el asiento, mis muslos se pegaron. Estaban resbaladizos y doloridos. El recuerdo de su polla estirándome la garganta se repetía a cámara lenta.
Llegué a las puertas de la mansión Conti justo después de la medianoche. Las luces de seguridad se encendieron automáticamente: frías, blancas, convirtiendo el camino de entrada en una pasarela que no quería recorrer. Apagué el motor y me quedé allí sentada un buen minuto. Respiraba con dificultad. Miré mi reflejo en el espejo retrovisor.
Mis labios estaban hinchados y magullados. En la comisura aún quedaba una fina línea nacarada de él bajo el resplandor del salpicadero.
Dentro de la casa todo estaba en silencio. Demasiado silencio. La luz del despacho de Matteo estaba apagada. No se oía música en la suite principal. Ni golpes rítmicos contra el cabecero. Por primera vez en dos semanas, no se estaba follando a nadie en nuestra cama.
Una pequeña misericordia.
Me quité los tacones en el vestíbulo para que mis pies descalzos no hicieran ruido sobre el mármol. Subí las escaleras como un fantasma. Pasé por delante de la puerta del dormitorio principal: cerrada, sin luz debajo. Seguí hasta la habitación de invitados al final del pasillo.
Cerré con llave.
Mis dedos subieron hasta mi boca casi por instinto. Recorrí la marca seca que me había dejado. Me acerqué al espejo del tocador y encendí la pequeña lámpara.
Ahí estaba yo. El rímel ligeramente corrido por las lágrimas cuando me llegó al fondo de la garganta. El pelo revuelto por su puño. Los labios rojos e hinchados. Esa línea era sutil ahora, pero inconfundible si sabías qué buscar.
Me quité el vestido; la tela cayó a mis pies. Salí de las bragas empapadas y las aparté de una patada. Me quedé desnuda, salvo por las huellas tenues de sus dedos en mis caderas, donde me había sujetado antes.
La cama se sentía fría cuando me metí entre las sábanas. Las de la habitación de invitados eran rígidas y desconocidas, pero prefería unas sábanas tiesas y extrañas al olor de los perfumes de las amantes interminables de Matteo. Me acurruqué de lado, con las rodillas contra el pecho, y apreté los muslos con fuerza. El dolor entre ellos latía al ritmo de mi corazón.
Alargué la mano hacia el teléfono desechable en la mesita de noche.
Todavía no había mensajes nuevos.
Abrí la cámara, la puse en modo selfie y giré el teléfono para que la luz de la lámpara me iluminara justo como quería. Tenía los labios entreabiertos. La marca seguía visible. Los ojos vidriosos y oscuros.
Saqué una foto. Luego otra, más cerca. Saqué la lengua para humedecerme el labio inferior. Dejé el teléfono boca abajo y cerré los ojos.
Mañana empezaría a llegar el dinero. Mañana comenzaría a sacar archivos del despacho de Matteo cuando él no mirara. Mañana empezaría a desmantelar todo lo que él creía que le pertenecía. Y desde mañana él empezaría a aprender, despacio y con amargura, que no se engaña a tu esposa.
Esa noche me dormí con el sabor de Damien todavía en los labios. Su orden resonaba en mis oídos.
*Lleva mi semen como pintalabios hasta mañana.*
Y lo hice.
A la mañana siguiente, antes de que el sol terminara de salir, sonó el timbre. Fuerte e impaciente. Luego, silencio. No se oyeron pasos alejándose por el camino. Ni motor arrancando. Quien dejó el paquete ya se había ido cuando bajé.
Lo encontré en el escalón de mármol frente a la puerta principal: una caja negra mate, sin etiqueta ni remitente. Mis dedos temblaban cuando la subí a la habitación de invitados y cerré con llave.
Tiré del lazo. La tapa se levantó con un suspiro suave.
Seda negra medianoche se derramó sobre el papel de seda. Era un vestido. Un vestido arrebatadoramente sexy. La espalda bajaba tanto que la tela terminaría justo encima de los hoyuelos de la base de mi columna. El escote se hundía entre mis pechos. Una abertura en el muslo subía tan alto que se abriría con cada paso. Sin tirantes. Implacable.
Debajo del vestido había lencería de encaje negro: unas bragas sin entrepierna y un sujetador a juego que me subiría y me sacaría los pechos como una ofrenda. Unos stilettos negros de charol con tacones finos como agujas que podrían servir de arma. Y un collar de diamantes engastados en platino. Pesado, frío, más collar que joya.
Levanté el vestido por los tirantes. La seda se deslizó sobre mis antebrazos, fresca y pesada. Me lo puse delante del espejo de cuerpo entero y vi cómo cambiaba mi reflejo. El escote profundo enmarcaba mi pecho, la abertura dejaría mi muslo al descubierto cada vez que caminara y la espalda no dejaría nada a la imaginación cuando me diera la vuelta.
Me quedé allí diez minutos enteros, imaginando los ojos de Damien sobre mí al otro lado del salón de baile de la gala. Imaginándolo mirando la mano de Matteo en mi cintura mientras sabía exactamente qué había debajo. Sabría que llevaba las bragas sin entrepierna. Sabría que el collar alrededor de mi garganta era su forma de marcarme como suya.
La puerta se abrió sin llamar.
Matteo entró y se quedó congelado en el umbral. Tenía el teléfono a medio camino de la oreja. Sus ojos se entrecerraron al ver la caja abierta sobre la cama.
—¿Qué coño es eso?
Cruzó la habitación en tres zancadas. Me arrancó la tapa de las manos y miró el vestido.
Su labio se curvó. Era la misma mueca de asco que tenía la noche en que me empujó al pasillo y me dijo que esperara mientras se follaba a otra en nuestra cama.
—¿Ahora te dedicas a disfrazarte? —Tiró la tapa de vuelta a la caja como si fuera basura—. Eso no es para ti. Te pondrás el azul marino que elegí yo. El modesto. Hasta la rodilla. Cuello alto. No me vas a avergonzar esta noche. Apenas hay nada interesante en ti para que alguien mire.
Se dio la vuelta sin esperar respuesta. Ya estaba tecleando en el teléfono, probablemente escribiéndole a la pelirroja que pensaba lucir con lentejuelas y nada más.
La puerta se cerró con un clic.
Doblé el vestido con cuidado y lo metí de nuevo en la caja. Lo escondí al fondo del armario, detrás de mis abrigos viejos. Matteo nunca miraba ahí.
Luego cogí el teléfono desechable de la mesita.
La pantalla se iluminó con una notificación nueva.
*Transferencia recibida: 225 000 000 $.*
Casi al instante llegó un segundo mensaje de un número desconocido.
*Úsalo. Sin sujetador. Sin bragas. Solo el collar. Envía prueba. Tienes una hora.*
Miré la puerta cerrada y empecé a desabrocharme la blusa.
El teléfono vibró otra vez.
Abrí el mensaje.
*He cambiado de opinión. Póntelo ahora. Pruébatelo. Enséñame cómo queda en mi propiedad.*
Se me cortó la respiración.
Me pasé la seda por la cabeza. El corsé me ciñó la cintura mientras el escote profundo enmarcaba mis pechos. La abertura se abrió alto en mi muslo. Me abroché el collar de diamantes alrededor de la garganta. Pesaba, pero de alguna forma se sentía correcto.
Me puse los stilettos y me planté frente al espejo.
La mujer que me devolvía la mirada ya no era la esposa de Matteo.
Era de Damien… lo que él quisiera que fuera.
Levanté el teléfono y lo giré para captar toda la imagen. El collar brillaba en mi garganta. La seda se pegaba a cada curva. Mis pezones se marcaban contra la tela. Mis muslos quedaban desnudos bajo la abertura.
Saqué la foto y la envié.
El mensaje se entregó.
Segundos después aparecieron tres puntos, desaparecieron y llegó su respuesta.
*Perfecta. No lleves nada debajo esa noche. Quiero que estés chorreando por mí mientras él te coge de la mano.*
Me quedé mirando la pantalla. El pulso me retumbaba en los oídos.
El juego acababa de empezar.
**PUNTO DE VISTA DE MATTEO**Ferro me esperaba en la puerta del local vacío, un espacio pequeño en una calle tranquila, lejos de cualquier zona que alguna vez hubiera pertenecido a Sophia o a mi antigua organización.—Es más chico de lo que imaginaba —dijo, recorriendo el lugar con la mirada—. Pero sirve.—No necesitamos algo grande todavía. Necesitamos algo honesto.La idea había empezado como una conversación casual, semanas atrás, cuando Ferro, ya completamente recuperado de la herida del lanzamiento, mencionó que no sabía qué hacer con el resto de su vida ahora que la guerra había terminado. Yo tampoco lo sabía, para ser honesto. Los dos habíamos pasado años entrenados para un solo tipo de trabajo, y ese trabajo ya no tenía lugar en la vida que estábamos tratando de construir.—Seguridad privada —había dicho Ferro esa noche—. Legal. Para empresas que de verdad necesitan protección, no para gente que quiere imponer miedo.La idea había crecido desde entonces hasta convertirse en es
**PUNTO DE VISTA DE ISABELLA**Firmamos el acuerdo con La Corona un martes cualquiera, sin ceremonia, en una oficina de abogados neutral donde Ibarra y Damien intercambiaron documentos con la misma formalidad fría con la que cualquier otro negocio legítimo cierra un trato. Yo estuve ahí, a pedido de Damien, no porque mi firma hiciera falta en ningún papel, sino porque él quería que viera con mis propios ojos que esta vez la paz se construía sobre algo distinto al miedo.—Se siente raro —le dije, de vuelta en el auto—. Tan simple. Después de todo lo que costó llegar hasta acá.—La paz siempre se siente rara después de la guerra —dijo Damien—. Una parte de mí sigue esperando que algo salga mal en cualquier momento.—¿Y la otra parte?—La otra parte está empezando, muy despacio, a permitirse creer que tal vez esto puede durar.Esa noche, de vuelta en la casa que ya llevaba meses sintiendo completamente mía, até los cabos sueltos que llevaba semanas evitando pensar del todo. La fábrica es
**PUNTO DE VISTA DE DAMIEN**Villanueva confirmó la información de Salazar al tercer día: un hombre que coincidía con la descripción de Esteban Ibarra había llegado al restaurante de la zona portuaria esa misma mañana, con dos guardaespaldas y ninguna intención visible de quedarse más de un par de horas.—Es él —dijo Villanueva, mostrándome las fotos tomadas desde un auto estacionado a media cuadra—. Salazar no mintió.Sentí algo parecido al alivio mezclado con una tensión nueva, distinta a la que había cargado las últimas semanas. Teníamos, por primera vez, información real sobre el hombre que había estado manejando todo desde las sombras, y con ella, la posibilidad de cambiar completamente los términos de cualquier negociación futura.—No vamos a atacarlo —dije, antes de que Villanueva pudiera sugerirlo—. Eso solo garantiza una guerra que ninguno de los dos necesita. Vamos a dejarle saber que lo conocemos, de una forma que no deje lugar a dudas de que la próxima vez que quiera negoc
**PUNTO DE VISTA DE ISABELLA**Marisol me esperaba en la puerta del taller cuando llegamos, los brazos cruzados, con la expresión de alguien que ya sabía que algo andaba mal antes de que le dijéramos una sola palabra.—Hace una hora vino un hombre preguntando por los contratos de la fábrica —dijo, apenas bajamos del auto—. No dio nombre. Dijo que representaba a un grupo interesado en comprar nuestra producción completa, a un precio mucho más alto del que cualquiera pagaría de verdad.Sentí el estómago apretárseme. Exactamente como Salazar había descrito: presión disfrazada de oportunidad, el tipo de oferta que un dueño de fábrica pequeña, con márgenes ajustados y cuentas que pagar, encontraría casi imposible de rechazar.—¿Qué le dijiste? —preguntó Matteo, ya revisando con la mirada las entradas del taller, calculando ángulos por instinto.—Que lo iba a pensar. Que necesitaba hablar con mis socios antes de decidir nada.—Bien hecho —dije, aunque por dentro sentía la urgencia creciendo
**PUNTO DE VISTA DE DAMIEN**Encontré a Salazar exactamente como Matteo me había descrito por teléfono: hinchado, con la mano izquierda hecha un desastre que claramente necesitaba un médico antes que cualquier otra cosa, pero lúcido, con los ojos moviéndose entre los dos con la clase de cálculo nervioso de alguien que sabe que su vida depende de las próximas palabras que diga.—Empezá por el líder —dije, sin sentarme, todavía de pie junto a la puerta, sin terminar de confiar del todo en que esto no fuera una trampa elaborada.—Se llama Ibarra. Esteban Ibarra. No usa ese nombre en la ciudad, siempre a través de intermediarios como Tovar, el que se reunió con usted. Pero viene en persona cada tres semanas a revisar los números, siempre al mismo lugar: un restaurante privado en la zona portuaria, el que antes era de un socio de Sophia.Reconocí el lugar de inmediato. Lo habíamos usado nosotros mismos, años atrás, para reuniones que preferíamos mantener lejos de oídos curiosos.—¿Cuándo e
**PUNTO DE VISTA DE MATTEO**Lo encontré en la puerta de mi edificio, apoyado contra la pared como si llevara ahí horas, con la cara tan hinchada que tardé un segundo de más en reconocerlo.Salazar.—No vine a pedir nada —dijo, antes de que pudiera preguntar nada, la voz quebrada, apenas audible—. Solo necesitaba decírselo a alguien antes de que me maten de verdad.Lo ayudé a entrar, contra cada instinto entrenado que me decía que esto podía ser una trampa, que La Corona bien podía estar usándolo como cebo para llegar hasta mí, hasta Damien, hasta cualquiera de nosotros. Pero la sangre seca en su camisa, los dos dedos de la mano izquierda doblados en ángulos que no eran naturales, no parecían parte de una actuación.Lo senté en el sillón y le acerqué hielo envuelto en un repasador.—Hablá —dije, sin suavizar la voz más de lo necesario.—Les di todo lo que tenía. El plan de seguridad completo, los horarios, los nombres de los hombres de Damien. Pensé que eso me compraba un lugar en su







